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Opinión: En tu palabra, echaré las redes, por Ángel Corbalán

10 Feb algeciras

Opinión: En tu palabra, echaré las redes, por Ángel Corbalán

Hoy, el Evangelio nos ofrece el diálogo, sencillo y profundo a la vez, entre Jesús y Simón Pedro, diálogo que podríamos hacer nuestro: en medio de las aguas tempestuosas de este mundo, nos esforzamos por nadar contra corriente, buscando la buena pesca de un anuncio del Evangelio que obtenga una respuesta fructuosa...

Y es entonces cuando nos cae encima, indefectiblemente, la dura realidad; nuestras fuerzas no son suficientes. Necesitamos alguna cosa más: la confianza en la Palabra de aquel que nos ha prometido que nunca nos dejará solos. «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). Esta respuesta de Pedro la podemos entender en relación con las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Y es en el cumplimiento confiado de la voluntad del Señor cuando nuestro trabajo resulta provechoso.

                               




 Y todo, a pesar de nuestra limitación de pecadores: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). San Ireneo de Lyón descubre un aspecto pedagógico en el pecado: quien es consciente de su naturaleza pecadora es capaz de reconocer su condición de criatura, y este reconocimiento nos pone ante la evidencia de un Creador que nos supera.


Solamente quien, como Pedro, ha sabido aceptar su limitación, está en condiciones de aceptar que los frutos de su trabajo apostólico no son suyos, sino de Aquel de quien se ha servido como de un instrumento. El Señor llama a los Apóstoles a ser pescadores de hombres, pero el verdadero pescador es Él: el buen discípulo no es más que la red que recoge la pesca, y esta red solamente es efectiva si actúa como lo hicieron los Apóstoles: dejándolo todo y siguiendo al Señor (cf. Lc 5,11).
 
 

 
 
 
 
 
 

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.

Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:

«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:

«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Y Jesús dijo a Simón:

«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 
 
                                     

 
Las tres lecturas de hoy, nos presenta a tres hombres:  Isaías, Pedro y Pablo.  Tres personas ... como cualquiera de nosotros.  Escogidos por Dios, llamados por Dios, que supieron responder a Dios.
 
“Aquí estoy, Señor.  Envíame”, le respondió Isaías, a quien vemos en la Primera Lectura (Is. 6, 1-8).
 
En el Evangelio vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan.  “Desde hoy serás pescador de hombres”, le dijo Jesús a Pedro. Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron (Pedro, Santiago y Juan)” (Lc. 5, 1-11).
 
En la Segunda Lectura vemos a Pablo.  Y recordamos la lectura del día que celebramos su conversión (25 de enero) cuando, respondiendo a la luz y la voz que oye camino a Damasco, pregunta: “¿Qué debo hacer, Señor?”  (Hech. 22, 3-16).
 
                 

 
 
En los relatos del llamado que Dios les hace, podemos apreciar cómo Dios se manifiesta a cada uno de estos hombres por El escogidos.  Y se manifiesta en forma poderosa, impresionante, convincente.
 
Al Profeta Isaías se le presenta en una visión que lo deja estupefacto.  En breves momentos de intimidad con Dios, Isaías puede apreciar la santidad y el poder de Dios.  Ni siquiera puede describir a Yahvé, porque sólo ve que “la orla de su manto llenaba todo el Templo”.
 
Y queda invadido de un temor que no es susto: es la sensación que se experimenta al estar ante Dios.  Capta, entonces, esa distancia abismal que hay entre Dios y él.  Así, reducido a su realidad, siente no sólo su nada, sino también su indignidad y su impureza.
 
                    

 
 
Cuenta Isaías que uno de los Serafines, que se encontraba junto a Dios, llevando una brasa a su boca, le dice: “Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados”.  Así, cuando siente la voz del Señor preguntando “¿A quién enviaré?  ¿Quién irá de parte mía?”, Isaías no duda y enseguida responde: “Aquí estoy, Señor.  Envíame”.
 
Muchas enseñanzas nos trae este pasaje.  No podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas como si vinieran de parte de Dios.
 
Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto que valga para decir no.  Ni siquiera sirve el creerse incapaz o el no sentirse digno.  Porque lo que sí sabemos es que si Dios llama, equipa bien a sus enviados.
 
                               

 
Tal es el caso de los Apóstoles.  Nos cuenta el Evangelio que Jesús se subió a la barca de Pedro, con quien -por cierto- ya había tenido un contacto previo (cfr. Jn. 1, 35-42), yle pide alejarse un poco de tierra, para predicar desde allí.  Al final de la predicación les ordena ir más adentro para pescar.
 
Pedro, pescador experimentado, dice que no hay pesca, que ya han probado, pero “confiado en tu palabra, Señor, echaré las redes”.  Sucedió, entonces, la llamada “pesca milagrosa”: atraparon tantos peces que “las barcas casi se hundían”.
 
Al ver la manifestación del poder de Dios, a Pedro le sucede como a Isaías:  se reconoce pecador e indigno y siente ese temor reverencial, que no es miedo.  “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”.   “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres”, le dice el Señor.   Y nos cuenta el Evangelio que llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 
                              

 
 
A San Pablo le sucede lo mismo, cuando camino a Damasco para perseguir cristianos, la luz divina lo tumba al suelo y queda enceguecido.
 
Su sentimiento de indignidad lo resume en una palabra terrible, que nos trae la Segunda Lectura de hoy: “Finalmente se me apareció también a mí, que soy como un aborto… indigno de llamarme apóstol” (1 Cor. 15, 1-11).
 
Aunque indignos, fueron escogidos por Dios.  ¿Y quién es digno? ¡Nadie!  ¿Y quién es de veras capaz?  ¡Nadie!  Pero es que esas deficiencias no cuentan, porque cuando Dios llama, Él mismo purifica, prepara y equipa al escogido para la misión que le encomienda.
 
                                    

 
Y San Pablo nos explica qué es lo que sucede: es Dios Quien obra en quien ha llamado.  “Por gracia de Dios soy lo que soy... he trabajado ... aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios”.

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Pedro Pablo | 11-02-2019

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