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Opinión: Los números de Susana, por Rafael Fenoy

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Finalizaron las “Primarias del PSOE” que, dicen, permiten cerrar heridas, roturas… En breve se verá si esto es así. Aunque se antoja que tanto poder puesto en entredicho, por la afiliación del PSOE en las urnas, no barrunta buenos tiempos. Y el dato más positivo es la enorme participación, ya que el 80,3 % del censo de personas afiliadas socialistas se acercó a votar.

Los ganadores: Pedro Sánchez, el que más y Patxi López, que podía haber hecho el ridículo y el respaldo del 9% lo deja en un digno “tercer lugar”. De no haber entrado en liza Patxi, autoproclamándose la tercera vía, posiblemente la victoria de Pedro sobre el susanismo, felipismo y zapaterismo hubiera sido mucho más contundente.

La victoria de Pedro Sánchez, se verá a no mucho, bien pudiera calificarse de “pírrica”, ya que el ganar no supone, en modo alguno, controlar los poderes dentro del PSOE. Los estatutos no han cambiado y con ellos en la mano hicieron que Pedro dimitiera no hace tanto. Por otro lado, el congreso del PSOE, a un mes vista, puede ser la ocasión del aparato para ampliar su control con una ponencia marco que ataría las manos a la secretaría general y, además, en el parlamento el grupo socialista se alineó mayoritariamente con quienes derrocaron a Pedro y pretendían aupar a Susana. Y un Secretario General no tiene tanto poder como para imponer disciplina de voto en el parlamento o senado.

La gran perdedora de todas todas: Susana. Evidentemente se ha quedado descompuesta, ya que la garantía recibida del aparato como “Yegua ganadora” se ha esfumado en las urnas, que con el anonimato, han roto la presión del miedo a quienes, por más que compromiso, tuvieron de mala gana que firmar el dichoso aval en su momento. Y es que el aparato del partido controla a un buen número de persona que dependen directamente de los “favores” que se les hace o deben hacer.

El PSOE desde las elecciones de 2015 cuenta con 20.828 concejalas y concejales. Añadir algo más de 10.000 cargos de la administración, incluyendo los asesores, sin dejar de lado alrededor de 4.000 “militantes” colocados en cargos de dirección y consejos de administraciones de empresas públicas, cuyo número se calcula en 2.500. Suponen una fuerza numérica proclive al aparato.

Sumémosle familiares amigos y conocidos de estos y la resultante permite apreciar de donde han salido los 59.000 votos de Susana, que por cierto no llegan a los 60.231 avales presentados en apoyo de su candidatura. Y la pregunta es obvia: ¿Cómo es posible que miles de personas que avalaron a Susana no la hayan votado? ¡Claro! El aval no era anónimo. ¿Mucho compromiso? ¿Mucho miedo? A Susana debe preocuparle esta deserción de “fieles”, más que otro asunto. Porque puede llegar a la conclusión de que sus días en primera línea de la política están contados.

Fdo Rafael Fenoy Rico

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Opinión: En 3 meses el puerto tendrá la energía necesaria para continuar, por José Ignacio Landaluce

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La política, como la vida misma, nos pone frecuentemente ante difíciles dilemas en los que tenemos que elegir uno u otro camino primando unos objetivos sobre otros y alcanzando, lógicamente, metas distintas.
Debemos estar orgullosos de haber conseguido que 2018, el año que viene, vaya a ser el año de la conexión eléctrica al puerto tras un largo proceso, pero en el que finalmente vemos ya concluida, por parte de Red Eléctrica Española y, por tanto, del Gobierno de España, la subestación de Cañuelo y su conexión con Los Barrios.

Endesa ya ha realizado la canalización en los tramos previstos entre Cañuelo e Isla Verde y en los próximos doce meses se realizarán los dos tramos aéreos y el tendido del cable de las líneas, estando ya acopiadas las bobinas de cable subterráneo y llegando en unos días los apoyos necesarios para los aéreos. No obstante, en el mes de julio el puerto dispondrá ya, gracias a estos trabajos, de las dos terceras partes de la capacidad prevista para poder desarrollar su actividad actual.

Además, se están ultimando los permisos para que Red Eléctrica Española ejecute la conexión entre Cañuelo y Pinar del Rey, previendo su finalización para finales del año que viene y anticipándose así el Gobierno de España dos años a la previsión existente y facultando al puerto para desarrollar su actividad actual y para seguir avanzando con nuevos proyectos que generen empleo.

Pero el camino no fue fácil y, quizá ahora, con la solución ya dibujada, nos parece que esto nunca nos preocupó ni nos ocupó y que no fue portada de periódicos y motivo de debates en los cafés y las tertulias. Por eso, debemos recordar precisamente lo que nos costó llegar aquí, para evaluar cómo lo conseguimos, en qué acertamos y en qué nos equivocamos y aplicar las fórmulas más adecuadas en otros retos que tenemos pendientes.

Para llegar a esta conexión eléctrica debimos ceder en algunas cosas que a priori no nos gustaban y apostar fuertemente por el progreso de nuestra tierra. Ahí está un suelo algecireño que podría haber tenido otro uso políticamente más rentable pero que tuve que decir “Adelante, que vaya por ahí la conexión eléctrica para que no tarde cinco años más” o un dinero puesto por la APBA para lograr este objetivo que podrían haber invertido en otra cosa.

Pero, sobre todo, debimos mantener la bandera de Algeciras y del Campo de Gibraltar, banderas de unidad y de futuro. No las de nuestros partidos o de nuestros intereses personales, sino las del bien común. Yo defendí el proyecto de conexión eléctrica cuando el PP estaba en la oposición y, con el mismo ímpetu, pero con más tino, al estar en el gobierno.

Quizá las manifestaciones que hiciéramos debieran llevar banderas azules y amarillas de Algeciras o verdes y moradas del Campo de Gibraltar en vez de un bloque de rojas, otro grupo de verdes y otro de moradas cada una con el logo de su respectivo partido político. Claro está, dicho sea de paso, los vecinos, aunque algunos los tomen por tontos e intenten engañarlos, son lo suficientemente inteligentes para no meterse allí donde intentan manipularlos políticamente. Y es que ninguna victoria es tal si quien pierde es Algeciras.

José Ignacio Landaluce

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Opinión: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, por Ángel Corbalán

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Hoy, la escena que contemplamos en el Evangelio nos pone ante la intimidad que existe entre Jesucristo y el Padre; pero no sólo eso, sino que también nos invita a descubrir la relación entre Jesús y sus discípulos. «Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3): estas palabras de Jesús, no sólo sitúan a los discípulos en una perspectiva de futuro, sino que los invita a mantenerse fieles al seguimiento que habían emprendido. Para compartir con el Señor la vida gloriosa, han de compartir también el mismo camino que lleva a Jesucristo a las moradas del Padre.

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14,6-7). Jesús no propone un camino simple, ciertamente; pero nos marca el sendero. Es más, Él mismo se hace Camino al Padre; Él mismo, con su resurrección, se hace Caminante para guiarnos; Él mismo, con el don del Espíritu Santo nos alienta y fortalece para no desfallecer en el peregrinar: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1).

En esta invitación que Jesús nos hace, la de ir al Padre por Él, con Él y en Él, se revela su deseo más íntimo y su más profunda misión: «El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza» (San Gregorio de Nisa).

Un Camino para andar, una Verdad que proclamar, una Vida para compartir y disfrutar: Jesucristo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

En el Evangelio de hoy, nuestro Señor Jesucristo nos da la que tal vez sea la definición más completa y profunda que El hizo de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Y nos dejó esa definición la noche antes de su muerte, cuando cenando con los Apóstoles, les daba sus últimos y quizás más importantes anuncios. Los Apóstoles, sin lograr entender mucho de lo que les decía, estaban evidentemente preocupados. Y el Señor los tranquilizaba diciéndoles: “En la Casa de Mi Padre hay muchas habitaciones … Me voy a prepararles un lugar … Volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, también estén ustedes. Y ya saben el Camino para llegar al lugar donde Yo voy” (Jn. 14, 1-12).”

Tomás, el que le costaba creer, le replica: “Señor, si ni siquiera sabemos a dónde vas ¿cómo podemos saber el camino?”, a lo que Jesús le responde: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Efectivamente, Jesús iba a morir, resucitar y ascender al Cielo; es decir, se iba a la Casa del Padre. Y a ese sitio desea llevarnos a cada uno de nosotros, para que estemos donde El está. Y El no solamente nos muestra el Camino, sino que nos dice que El mismo es el Camino, cuestión un tanto complicada, que Jesús les explica de seguidas: “Nadie va al Padre si no es por Mí”

El Camino del cual nos está hablando el Señor no es más que nuestro camino al Cielo. Es el camino que hemos de recorrer durante esta vida terrena para llegar a la Vida Eterna, para llegar a la Casa del Padre, donde El está.

Y … ¿cómo es ese camino? Si pudiéramos compararlo con una carretera o una vía como las que conocemos aquí en la tierra, ¿cómo sería? ¿Sería plano o encumbrado, ancho o angosto, cómodo o peligroso, fácil o difícil? ¿Iríamos con carga o sin ella, con compañía o solos? ¿Con qué recursos contamos? ¿Tendríamos un vehículo … y suficiente combustible? ¿Cómo es ese Camino? ¿Cómo es ese recorrido?

Veamos algo importante: Jesús mismo es el Camino. ¿Qué significa este detalle? Significa que en todo debemos imitarlo a El. Significa que ese Camino pasa por El. Por eso debemos preguntarnos qué hizo El. Sabemos que durante su vida en la tierra El hizo sólo la Voluntad del Padre. Y, en esencia, ése es el Camino: seguir sólo la Voluntad del Padre. Ese fue el Camino de Jesucristo. Ese es nuestro Camino.

Vista la vida de Cristo, podríamos respondernos algunas preguntas sobre este recorrido: es un Camino encumbrado, pues vamos en ascenso hacia el Cielo.

Sobre si es ancho o angosto, Jesús ya lo había descrito con anterioridad: “Ancho es el camino que conduce a la perdición y muchos entran por ahí; estrecho es el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que dan con él” (Mt. 7, 13-14).

¿Fácil o difícil? Por más difícil que sea, todo resulta fácil si nos entregamos a Dios y a que sea El quien haga en nosotros. Así que ningún recorrido, por más difícil que parezca, realmente lo es, si lo hacemos en y con Dios.
Carga llevamos. Ya lo había dicho el Señor: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lc. 9, 23).

No vamos solos. No solamente vamos acompañados de todos aquéllos que buscan hacer la Voluntad del Padre, sino que Jesucristo mismo nos acompaña y nos guía en el Camino, y -como si fuera poco- nos ayuda a llevar nuestra carga.

¿Recursos? ¿Vehículos? ¿Combustible? Todos los que queramos están a nuestra disposición: son todas las gracias -infinitas, sin medida, constantes, y además, gratis (por eso se llaman gracias)- que Dios da a todos y cada uno de los que deseamos pasar por ese Camino que es Cristo y seguir ese Camino que El nos muestra con su Vida y nos enseña con su Palabra: hacer en todo la Voluntad del Padre.

En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 6, 1-7) se nos relata la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en “siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que les ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor “a la oración y al servicio de la palabra”.

Y respecto de esos “Ministerios” o funciones de servicio dentro de la Iglesia, el Concilio Vaticano II nos indica que, no sólo los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas tienen funciones, sino que también los Laicos pueden y deben realizar funciones de servicio en la Iglesia. Y este derecho le viene a los Seglares del simple hecho de ser bautizados, pues el Sacramento del Bautismo los hace “participar en el Sacerdocio regio de Cristo” (LG 26).

Y el Concilio basa esa solemne declaración en la Segunda Lectura que hemos leído hoy, tomada de la Primera Carta del Apóstol San Pedro (1 Pe. 2, 4-9). En efecto, en su Documento sobre el Apostolado Seglar (AA 3) el Concilio explica lo que significa hoy para nosotros esta Segunda Lectura:

1. El Apostolado y el servicio de los Seglares dentro de la Iglesia es un derecho y es un deber.

2. Por el Bautismo los Laicos forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación son fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a realizar la Evangelización, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Nótese que el Concilio nos habla de derecho y de deber. O sea que la misión de evangelizar que tienen los laicos es obligatoria, no es optativa.

Y, especialmente ahora esa obligación es más apremiante. ¿Por qué? Porque desde Juan Pablo II se está llamando a todos, Sacerdotes y Laicos, a realizar la Nueva Evangelización.

Y ¿por qué hace falta una Nueva Evangelización? No tenemos más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que la Fe y la pertenencia real a la Iglesia está en niveles críticos.

Y niveles críticos significa que la gente no parece estar siguiendo el camino que Jesús nos dejó señalado, el camino para llegar al Padre, para llegar al Cielo donde cada uno tiene un sitio preparado por el mismo Jesús.

La gente está a riesgo de no llegar a la meta señalada. Y esto que es tan crucial, no parece ser importante para casi nadie. ¿Sabe la gente para qué fue creada, hacia dónde va, qué sucede después de esta vida, qué opciones hay al morir?

No hay negocio más importante, no hay meta más crucial que la Vida Eterna. ¿Quién lo sabe? ¿Quién se da cuenta? ¿Quién actúa de acuerdo a esto?

Por ello, hay que evangelizar. Y ¿qué es evangelizar? Es llevarle la Buena Nueva de salvación a toda persona que quiera escucharla: Dios nos envió a su Hijo Único para salvarnos, para abrirnos las puertas del Cielo. Esa es nuestra meta. Hacia allí debemos dirigirnos. En eso consiste la Nueva Evangelización, que es deber de todos, y es urgente.

Volviendo a lo que nos dice San Pedro en esta Carta: Cristo es la piedra fundamental -la piedra angular. Pero todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, “somos piedras vivas, que vamos entrando a formar parte en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo”. Por eso el Concilio, basándose en esta Carta, declara que los Seglares “son consagrados como sacerdocio real y nación santa”.

Sin embargo, a pesar de toda la grandeza y significación que tiene el hecho de que los Seglares participen del Sacerdocio de Cristo, hay que tener en cuenta que hay una distancia considerable entre la función de un Sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden Sacerdotal y la función evangelizadora de un laico -inclusive si éste es un Ministro Laico instituido para ejercer algún tipo de función dentro de la Iglesia.

Pero es así como, a través de unos y otros Ministerios dentro de su Iglesia – los Ministerios Sacerdotales y los Ministerios Laicales y los laicos evangelizadores- “el Señor -como hemos repetido en el Salmo (32)- “cuida de los que le temen”, cuida de cada uno de nosotros.

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Opinión: Nuestra Señora de Fátima… 100 años después, por Ángel Corbalán

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La aparición de María y los secretos que les confió a los niños portugueses son uno de los misterios modernos de la Iglesia católica. Según la creencia, en el humilde pueblo de Fátima, Francisco, Jacinta y Lucía vieron por primera vez a la madre de Jesús el 13 de mayo de 1917. Hoy se cumplen 100 años…

La canonización de Francisco y Jacinta. El Milagro del niño brasileño.

La curación total de una grave lesión cerebral que padecía un niño brasileño fue lo que, al ser reconocido como milagro por la Iglesia, hará posible hoy, día 13 de Mayo de 2017, la canonización de los hermanos Francisco y Jacinta Marto, dos de los tres pastores de Fátima testigos de las apariciones marianas. Ya fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II en el año 2.000.

Francisco (1908-1919) y Jacinta (1910-1920), junto con su prima mayor Lúcia (1907-2005), aseguraron ver a la Virgen en 1917, en varias apariciones cuyo centenario se conmemora con la presencia del papa Francisco.

La historia que justifica el paso de beatos a santos de los hermanos portugueses, hasta ahora envuelta en secretismo, fue desvelada el viernes en Fátima por los padres del niño, João Baptista y Lucila Yuri, que llegaron procedentes del estado de Paraná (Brasil).

Según el relato del matrimonio, su hijo Lucas sufrió una grave lesión cerebral al caer por una ventana en marzo de 2013, cuando tenía 5 años. El desolador pronóstico médico le auguraba “pocas probabilidades de vivir”, y si sobrevivía lo haría “con grandes deficiencias cognitivas o, incluso, en estado vegetativo”.

Fue entonces cuando la familia, que se declara devota de Fátima, rezó a los pastores y pidió a una comunidad cercana de carmelitas que también lo hicieran. Días después, Lucas muestra una recuperación total, sin ninguna secuela.

Lucía Dos Santos, la mayor de los tres pastorcitos, se hizo monja y falleció en 2005; el Vaticano plantea beatificarla.

El Papa, un feligrés más.

Como uno más de 300.000 feligreses que han llegado al santuario de la Virgen de Fátima, en Portugal, anoche el papa Francisco rezó el rosario en la explanada del lugar, donde hace cien años la Virgen se les apareció a tres sencillos pastorcitos.

Minutos antes de empezar el rezo, el pontífice argentino permaneció de pie en total recogimiento durante unos 10 minutos ante la imagen entallada en madera de cedro y con la corona con la bala que hirió a Juan Pablo II en 1981.

Lo mismo había hecho en la mañana, cuando arribó a este lugar donde este sábado celebrará una misa en la que canonizará a dos de los niños pastores, Jacinta y Francisco, que murieron de 9 y 10 años de edad por la gripe española. Lucía, la tercera y quien se hizo monja, murió en el 2005.

En su mensaje a los fieles, Francisco rechazó la idea de un Dios “justiciero” y de una Virgen María como “una santita a la que se acude para conseguir gracias baratas”.

Oh Virgen Santísima, Vos os aparecisteis repetidas veces a los niños; yo también quisiera veros, oír vuestra voz y deciros: Madre mía, llevadme al Cielo. Confiando en vuestro amor, os pido me alcancéis de vuestro Hijo Jesús una fe viva, inteligencia para conocerle y amarle, paciencia y gracia para servirle a Él a mis hermanos, y un día poder unirnos con Vos allí en el Cielo.

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Opinión: Y de repente…Los valores, por Ángel Corbalán

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Los Valores Humanos, esos que cada uno de nosotros decimos tener y de los que en ocasiones presumimos.

De repente, como si se tratara de una canción o un baile, se ha puesto de moda hablar de “valores”. Y por supuesto, humildad.

Lo chocante de esto es que quienes los nombra se sienten poseedores tanto de los valores, que ellos sabrán realmente lo que serán, y como no… como avalistas de la humildad.

En muchas culturas, lo de valores y humildad, se les atribuye a personas de gran nivel o cercanas a la santidad. Vamos, la perfección personalizada… y no se la dan ellos, es el pueblo, los estudiosos, las mentes privilegiadas o el propio convencimiento de varias generaciones de personas… claro que esto, se les reconoce, ya muertos y bien muertos.

Entonces, esta gente que dan carnets de valores y humildad… están muertos?, locos o sólo son un holograma?.

“Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad.”

(Lao Tse)

P.D. ¿Quién soy yo para hablar de estas cosas?

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Opinión: Estimado Empresario, también Vd. puede hacer algo, por Rafael Fenoy

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La situación socio económica desastrosa que vive esta tierra motivan esta misiva. El implorar, al cielo de los gobiernos, remedios, no parece que de resultado alguno, por más que los políticos que los apoyan pretendan justificar lo injustificable. El empresariado se guarda mucho de protagonizar nada que no sea el lanzamiento de su negocio, y es normal. No es un reproche. De hecho, una de las mayores dificultades, para que la participación democrática aumente en calidad, reside en que un sector de la inteligencia, que sin duda forma parte del empresariado, se inhibe cuando de propuestas ciudadanas se trata. Precisamente para evitar el señalamiento que supone apoyar algunas medidas propuestas por uno o varios partidos.

Muchos, quizás como Vd. sean comerciantes. Entonces el hándicap para expresarse con libertad es inmenso. Su clientela es muy variopinta y ¡claro!, al cliente de siempre, o al futuro, no se le debe importunar. Si su empresa le trabaja al Estado, o a alguna administración pública, importa, y mucho, el color político de la misma. Por otro lado Vd. asume, inteligentemente, que esto de la participación por representación del pueblo, puede ser un señuelo y que participar públicamente en este laberinto no le trae cuenta. Porque Vd. sabe que quienes mandan, de verdad, no están en los parlamentos ni en los gobiernos. Que quizás todo es una gran mentira.
Y por eso Vd. a lo suyo, a su empresa, que bastante tiene con llevarla para adelante, sobre todo en tiempos tan aciagos. Además, salvo raras excepciones, Vd. es autónomo, y le preocupa lo que le quedará de paga como pensionista que es “ridículo”, mucho más que ridículo, contando con su sueldo, el que Vd. se pone, de muy superior categoría, comparado con la exigua pensión que le quedará después de haber dedicado a su empresa toda su vida. Y no es una exageración, ya que Vd., como buen empresario no acaba de distinguir entre su casa y su hacienda.

El próximo 18 de mayo, jueves, posiblemente en horario de tarde, está prevista, en Algeciras, una magna manifestación de todo el Campo de Gibraltar, por la DIGNIDAD de un pueblo, al que el PP le quita el pan y la sal. La necesaria mejora de la vía del tren Algeciras – Bobadilla, entre otras urgencias de salud y desempleo por ejemplo, no se concretará, ni este año ni los venideros. El horizonte de 2020, quedan tres escasos años, se antoja insuficiente plazo para terminar esta obra que supone una inversión de 1300 millones de euros. El PP dio en 2016, 50 millones, que no se gastaron, y en los presupuestos 2017 reflejan 20 millones de euros. A este paso se requieren 60 años para culminar este asunto.

El día 18, Vd., como empresario, tiene la oportunidad de facilitar la asistencia a la manifestación de las personas que le trabajan y además de sumarse personalmente a esa acción reivindicativa ciudadana. Y para ello nada mejor que un cierre de su empresa o establecimiento. Un cierre general de todas las empresas del campo de Gibraltar son palabras mayores que serán, sin duda, escuchadas por el Partido que gobierna. Y si sigue sordo ¡ya le vale!

Fdo. Rafael Fenoy Rico

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Opinión: Sólo quería abrazarte mamá, lo demás no me importa, por Ángel Corbalán

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Como no podía ser de otra manera, en el mes de la mujer, donde se celebra el Día de la Madres, tengo para una mujer muy importante en mi vida estos recuerdos:

Eran ya las 10 de la noche y había sonado el timbre que como todas las noches y a la misma hora, hacía sonar el Bedel, lo que indicaba que todos los chicos (seminaristas) debían estar acostados en sus respectivas camas y en silencio en los dormitorios.

Aunque ya llevaba más de tres meses interno en aquel Seminario, Ángel, no se había adaptado ni a las clases ni a los días de visita. Éstas, eran cortas los domingos y muy tristes cuando se marchaba su madre y él se quedaba meditando e intentando alargar los recuerdos de aquella hora de domingo.

Si todas las noches, se acostaba para dormir después de sus oraciones, esa noche, le resultaba difícil. No era una noche cualquiera, era La Noche.

Era Noviembre y hasta Enero no cumplía los 11 años, era un niño todavía, muy retraído y como dirían hoy, “con mucha vida interior.”

Esa noche, la había preparado mentalmente, había tomado una gran decisión, iba a escapar del seminario mientras los demás dormían e iría a casa de sus padres que se encontraban en la misma ciudad y a unos 5 kilómetros del Colegio Seminario, donde se encontraba en régimen de interno.

Aunque la decisión la había tomado esa misma tarde, durante el rezo del rosario, que entonces, se hacía, si el tiempo lo permitía, paseando por el campo de deportes, ya eran varias semanas que por distintas razones no había podido ver a su madre…

Entre oración y oración, paseaba por el campo de deportes, con los brazos recogidos y las palmas de las manos juntas en señal de oración. Xabier, repasaba cada uno de los momentos que deberá vivir, una vez tomada la decisión de salir por la noche, saltar el muro y seguir a la carrera hasta llegar a casa de sus padres.

Xabier, tenía amigos, como Johann, pero era una decisión personal la que había tomado y no quería perjudicar a sus amigos y menos, que éstos le quitaran la idea de la cabeza.

Tanto la merienda, como la cena no fue de su agrado, se encontraba muy nervioso y esto le restó el apetito.

Conforme llegaba la hora del “silencio”, las 10 de la noche, el chico sentía como le latía el corazón con un ritmo diferente, hasta parecía que le retumbaba el sonido en los oídos, como unos golpes de martillos contra un yunque. De no ser tan retraído, alguien lo habría notado y quizá el plan no lo habría llevado a cabo.

Habrían pasado unos 40 minutos desde el timbrazo (silencio) u orden de acostarse, e incluso, habían pasado tanto el Bedel como los sacerdotes encargados de cada curso escolar, que comprobaban que los alumnos estaban dormidos y a modo de recuento, estaban todos.

Una hora después, todo estaba a oscuras y además en silencio. Claro, si no tenemos en cuenta los ronquidos de Ginés, un chico muy afable de Cartagena y que dormía en la cama de al lado.

Aún pasaron aproximadamente 30 minutos más y Nuestro chico, muy nervioso, daba vueltas y vueltas a lo que pretendía hacer, e incluso tuvo dudas…y hasta pensó dejarlo para otro día.

Era entonces, en esos momentos de debilidad cuando, una fuerza muy grande que le salía desde dentro, desde el corazón, le daba fuerzas para llevar a cabo esas decisiones que de antemano había tomado.

LA HUIDA

Lo había visto una y otra vez, casi treinta veces, en la película de François Truffaut , “Los 400 golpes”, ya que se había proyectado en el Seminario en tantas otras ocasiones. En ella, el protagonista de la película francesa, de aproximadamente la edad de Angelito, cogía la almohada y la tapaba con la manta y la colcha y así simulaba el cuerpo de un niño acostado y tapado. Y así lo hizo, pensó que nadie le echaría en falta, sólo faltaba cruzar cerca de la portería donde se encontraría el Bedel.

Mientras en la película, el protagonista huía de aquel internado (reformatorio), no un Seminario, y su meta era llegar hasta ver la mar… para nuestro chico, su meta era llegar a casa y ver a su madre.

Antes, cruzó despacio el dormitorio, como se había acostado con la ropa de la calle puesta, no tendría que hacer ruido de taquillas.

De repente, se paró cerca de la portería, había una luz tenue, la que le servía al Bedel para leer y a la vez no le molestaba si se daba alguna cabezada “reparadora”. Angelito, no apreciaba ningún movimiento, sólo escuchaba de fondo la radio encendida de la portería. Aguardó unos minutos que se les hicieron muy largos y demasiados calurosos, ya que de los nervios no paraba de sudar.

Mientras esperaba, tuvo otro momento de debilidad, pensó “si me pillan me echan del Seminario y en casa me castigarán y mis padres nunca me lo perdonaran”…

Pero siempre, salía esa fuerza interior que le apoyaba y empujaba a seguir. En eso, que observó como el Bedel salía de la portería y se dirigía hacia las escaleras que le llevaban a la primera planta.

Gracias a Dios!, murmuró el chico y hasta se santiguó, ese era el gran momento. Por lo tanto, corrió de puntillas para no hacer ruido y cruzó el hall y la portería y salió del edificio. Sin dejar de correr saltó para encaramarse al muro y de primeras resbaló y cayó al suelo, sólo eran unos rasguños de nada.

Se volvió a levantar y esta vez con más carrera y decisión, consiguió con su salto encaramarse al muro que bordeaba el recinto y una vez arriba, se descolgó por el otro lado que daba a la calle.

CAMINO DE CASA

La ciudad estaba tranquila, hacía una noche fría propia del otoño del interior berlinés y había poca gente por las calles, eran más de las 11 de la noche y eran los 70. Tampoco era una hora punta, aunque para Angelito, que sólo miraba hacia el frente y con paso ligero, la gente o el tráfico, parecía que no les importara o no iban con él.

En su marcha, sólo veía pasar por sus costados, escaparates, coches, árboles del paseo, algún motociclista, pocos peatones… como cuando miraba a través de las ventanillas de un coche y veía pasar todo ello por un lado u otro, eso pensaba él.

Al fondo se vislumbraba el Parque de Floridablanca, con los árboles muy altos y, frondosos y a la vez muy oscuros. Había pocas luces y éstas eran de poca potencia. En otras ocasiones, habría pasado un poco de miedo. Aún así, cruzó el parque en menos de cinco minutos y al salir vio al frente la farola de luz amarilla, que tan bien conocía, que indicaba donde estaba la calle donde se encontraba su casa con sus padres… su madre.

EN CASA

Nuestro chico, había entrado en la calle donde se encontraba su casa e iba caminando y aminorando la marcha, conforme se acercaba a casa, las piernas le temblaban, le entraban dudas, se le secaba la boca y hasta empezaba a tener miedo.

Era la hora de la verdad, estaba frente a casa y pensó que se le caía todo encima. Su padre, don Justo, le echaría la gran bronca y probablemente le “calentarían” el culo con algunos azotes…

Fueron tres minutos muy largos frente a la puerta de casa y por fin, decidió aporrear la puerta con los nudillos de la mano derecha, porque el timbre no funcionaba.

“Quien es?”, se oyó una voz grave desde dentro de la casa, era la voz de su padre, era pasada la media noche y estarían acostados, pensó el chico.

Se volvió a escuchar y esta vez más fuerte y cercana a la puerta “Quién es?”

Apenas le salía la voz y entre cortado, Angelito, dijo varias veces,” soy yo, Angelito, Papá, soy yo Angelito”.

Se abrió la puerta y ahí estaban sus padres. Don Justo, con el gesto fruncido, preguntó, “ Qué ha pasado? ¿Qué haces aquí?

Entonces, Angelito, se lanzó a los brazos de su madre y se puso a llorar. El padre, lo separó y lo llevó a un dormitorio y le volvió a preguntar, ¿Por qué estás aquí? ¿Qué te ha pasado?

El chico, entre lloros iba explicándose con la dificultad propia de la emoción y con ese nudo que tenía en la garganta que apenas le permitía hablar..

“Padre, hoy he saltado el muro del Seminario porque quería venir a casa”, pudo decir el chico.

“Tú estás loco?”, decía con gran enfado el padre, y lo zarandeó a la vez que le decía “¿No te das cuenta que tendrás una falta y puedes suspender y perder la beca de estudios?”. El padre, estaba indignado y profería palabras ininteligibles y en voz alta, mientras iba de un lado para otro. De verdad estaba indignado con la actitud de su hijo menor.

Mientras, la madre, mirando a su hijo con una mirada más tranquila y con voz pausada, le preguntó… Angelito, ¿Por qué has hecho esto?

El niño, la miró, rompió a llorar y lanzándose al cuello de su madre y mientras la besaba en las mejillas humedecidas por sus propias lágrimas, le decía…

“Por esto, mamá, por esto, sólo quería abrazarte mamá, lo demás no me importa”.

Gracias, Mamá, por transmitirme esos valores que han hecho de mi, en momentos puntuales, elegir el mejor camino.

Ángel

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Opinión: Yo soy la puerta de las ovejas, por Ángel Corbalán

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Hoy, en el Evangelio, Jesús usa dos imágenes referidas a sí mismo: Él es el pastor. Y Él es la puerta. Jesús es el buen pastor que conoce a las ovejas. «Las llama una por una» (Jn 10,3). Para Jesús, cada uno de nosotros no es número; tiene con cada uno un contacto personal. El Evangelio no es solamente una doctrina: es la adhesión personal de Jesús con nosotros.

Y no sólo nos conoce personalmente. También personalmente nos ama. “Conocer”, en el Evangelio de san Juan, no significa simplemente un acto del entendimiento, sino un acto de adhesión a la persona conocida. Jesús, pues, nos lleva en su Corazón a cada uno. Nosotros también lo hemos de conocer así. Conocer a Jesús no implica solamente un acto de fe, sino también de caridad, de amor. «Examinaos si conocéis —nos dice san Gregorio Magno, comentando este texto— si le conocéis no por el hecho de creer, sino por el amor». Y el amor se demuestra con las obras.

Jesús es también la puerta. La única puerta. «Si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Y poco más allá recalca: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Hoy, un ecumenismo mal entendido hace que algunos se piensen que Jesús es uno de tantos salvadores: Jesús, Buda, Confucio…, Mahoma, ¡qué más da! ¡No! Quien se salve se salvará por Jesucristo, aunque en esta vida no lo sepa. Quien lucha por hacer el bien, lo sepa o no, va por Jesús. Nosotros, por el don de la fe, sí que lo sabemos. Agradezcámoslo. Esforcémonos por atravesar esta puerta, que, si bien es estrecha, Él nos la abre de par en par. Y demos testimonio de que toda nuestra esperanza está puesta en Él.

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas.

Si nos fijamos bien, son muchas las veces que en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, se nos compara a nosotros los seres humanos con las ovejas. Y, ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo. De hecho, muchos de los hebreos eran pastores. Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo- el perro o el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habrían aves de muchas clases.

Entonces cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja? Se ve esto mucho en los Salmos y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para la mayoría, el comportamiento de la oveja resulta prácticamente desconocido. Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en películas, en la televisión o en internet.

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil. Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.

Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola: depende totalmente de su pastor. Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor. Es tan incapaz, que con sus débiles y poco flexibles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba. No así un perro … o un gato.

Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola: necesita que el pastor la rescate.

Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola. Si llegara a quedarse sola, no es capaz de defenderse: es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor. No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reune en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces… ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas? … Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”? El Señor nos dice que El es el mejor de los pastores, pues El da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas. Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz. Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).

Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor. Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces. Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos.

Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos.

¿Cuántas veces no nos sucede esto? Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual. Y ¿quién puede desenredarnos? ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados? Bien lo sabemos: necesitamos de nuestro Pastor. Y El nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil. De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida.

¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

Cuando Jesús nos compara con las ovejas, El se compara con el Buen Pastor. Es la imagen que conocemos mejor. Pero Jesús también nos ha dicho: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10).

Para comprender qué nos quiere decir el Señor cuando se compara con el portal de las ovejas, hay que imaginar cómo eran esos rediles en que los pastores colocaban a sus ovejas para cuidarlas. Eran unos corrales hecho de muros de piedras bastante altos y sólo había un portal de entrada. Ahí se colocaba el pastor para impedir que entrara alguna fiera o algún bandido.

Por eso Jesús agrega: “Yo soy la puerta; quien entre encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Oveja que entre por la puerta que es Jesús, estará bien alimentada y cuidada por El. Pero el ladrón, ése que se trepa por la pared de rocas del corral y se mete en medio del rebaño, “viene a robar, a matar y a destruir”.

Y Jesús identifica a esos ladrones y bandidos: en su tiempo, eran los fariseos que se opusieron a Jesús, el Mesías enviado de Dios. Pero ¿quiénes son ésos bandidos ahora? ¿Quiénes son los que hablan a las ovejas para confundirlas?

No debemos, entonces, obedecer la voz de los ladrones de ovejas. De éstos nos habla el Señor en el Evangelio de hoy. Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.

Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor

Algunos se pueden identifican sin problema, porque se oponen directamente a Dios: unos son a-teos y más recientemente han aparecido unos más agresivos, que son anti-teos. Pero hay otras voces más traicioneras, que sí logran engañar a algunas ovejas. ¿Cómo quiénes?

Por ejemplo aquéllos que dicen que da lo mismo cualquier religión, que no hay que aceptar todo lo que dice la Iglesia que Jesús fundó. Eso es como decir que se puede estar en cualquier rebaño o se puede estar solo por ahí lejos del rebaño de Cristo.

Aquéllos que difunden por la TV, por Internet, por el cine, por libros, cuestiones que parecen verdades pero que son errores. Son todos los errores y herejías modernas, contenidas -por ejemplo- en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Otros son aquéllos que quieren cambiar el matrimonio de un hombre y una mujer por uniones entre personas del mismo sexo y le dicen al rebaño que no aceptar esas uniones es estar contra las personas con tendencias homosexuales.

Otros quieren instaurar una supuesta educación sexual, que lo que pretende es enseñarles prácticas sexuales de cualquier tipo a nuestros niños pequeños.

Otros son aquéllos que dicen que no hay que confesarse con el Sacerdote que es un pecador igual o peor que el que se va a confesar.

Otros son aquéllos que manipulan a las ovejas, usando la mentira para engañarlas; además convirtiendo a la justicia en instrumento de sus deseos tiránicos y de paso estimulando odio, violencia y muertes.

A los predicadores de estos errores se refiere Jesucristo en el Evangelio de hoy que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por otro lado: “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir … Mis ovejas reconocen mi voz … A un extraño mis ovejasno lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”. ¡Cuidado con las voces extrañas! ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor! Se parecen… pero no son.

Nosotros y los que nos enseñen deben entrar por la puerta del redil. ¿Qué es la Puerta? Es Jesucristo mismo, pues en este pasaje también se identifica como la Puerta del sitio donde guarda a sus ovejas. Para entrar al sitio donde el Pastor guarda sus ovejas, tenemos que entrar por esa Puerta que es Cristo mismo y todo lo que Cristo es y nos ha dejado:su Gracia, su Iglesia, sus Sacramentos, sus enseñanzas. No podemos inventarnos otras puertas, ni saltar por la cerca del redil, ni escuchar a los que han entrado así, pues ésos no son pastores, sino ladrones.

OJO, pues, ¡que los bandidos son muchos!

Quiere decir que no podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.

Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor. Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

San Pedro vuelve a insistirnos en esta Carta suya sobre el valor del sufrimiento, a imitación de Cristo sufriente: “Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios”. Cristo nos dejó su ejemplo y debemos seguir sus huellas… aún en el sufrimiento injusto: aquél que pueda venirnos por hacer el bien.

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos. Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor y nosotros, sus ovejas.

Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor. Por eso, aunque pasemos por cañadas oscuras (aunque pasemos por dificultades, adversidades, contrariedades) nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad. El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponer nuestras fuerzas.

Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”

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Opinión: El 18M todos por el tren, por María José Jiménez

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EL 18M TOD@S POR EL TREN

Los “lobbies” son grupos de presión política, colectivos con intereses comunes que realizan acciones dirigidas a influir ante la Administración Pública para promover decisiones favorables a los intereses de ese sector concreto de la sociedad. Los más poderosos son los “lobbies” industriales de las grandes multinacionales o los financieros de los grandes bancos, pero existen para cualquier actividad económica.

Durante los últimos dos décadas, la toma de decisiones dentro de la Unión Europea ha sido secuestrada por estas grandes corporaciones a través de los lobbies sectoriales. Las consideraciones sociales y ecológicas son frecuentemente marginadas en este proceso tan poco democrático.

En España, los principales actores dentro de los grandes “lobbies” europeos son las empresas transnacionales, líderes de facto de la contribución estatal a la actual globalización neoliberal. Ellos presionan al Gobierno español, a las organizaciones internacionales y a la misma Unión Europea en todo tipo de toma de decisiones.

Los “lobbies” tienen dos caras. Por un lado, una pública y transparente encarnada en aquellos grupos que gestionan su poder de influencia desde las grandes capitales del poder, y, por el otro, una faceta oculta, generalmente inaccesible al público, desde la que intentan ganar voluntades de una manera más oscura.

Uno de los grandes “lobbies” del Mediterráneo es Ferrmed. Manuel Morón, presidente de la Autoridad Portuaria, en un acto organizado por la Asociación @ndaluciabay 20.30 apuntó que “Ferrmed está influyendo en el Gobierno de Rajoy con un plan de acción para evitar que el puerto de la Bahía de Algeciras se conecte con Madrid a través del eje ferroviario Bobadilla-Algeciras”. Esta conexión ferroviaria que llegaría desde Algeciras hasta Estocolmo alcanzaría los 3.500 kilómetros, conectaría a 245 millones de ciudadanos (el 54% de habitantes de la Unión Europea) y el 66% del producto interior bruto europeo.

En este acto reivindicativo del tren Algeciras-Bobadilla, también lamentaba la “falta de voluntad política y la falta de credibilidad política de los populares” y habló de agravios comparativos por parte del Gobierno de España y del peligro que representa el puerto de Sines (Portugal). Un puerto que estará comunicado eléctricamente vía ferrocarril con Madrid antes que el de Algeciras con el apoyo del Gobierno español. ¿Por qué? ¿Son más importantes los intereses portugueses que los españoles para Rajoy?

El próximo día 18 de mayo se ha convocado una manifestación comarcal en Algeciras en defensa de inversiones para una línea férrea electrificada Algeciras-Bobadilla-Madrid. Un línea electrificada de la que carece el primer polígono industrial de Andalucía, el primer Puerto del Estado y la bahía de Algeciras, privilegiada por su posición geográfica y transfronteriza, pero con devastadores índices sociales y la más alta tasa de paro y precariedad -colocando a algunas de las poblaciones campogibraltareñas entre las más empobrecidas de todo el país-, debido a la falta de equidad del Gobierno en la distribución de los fondos públicos.

El futuro de nuestra Comarca, la creación de empleo estable y de calidad, y la viabilidad de las empresas de la zona requieren una rectificación inmediata de lo presupuestado este año para esta obra estratégica que consolida dos de los ejes de transporte básico de Europa. Ejes que terminan o empiezan en Algeciras vertebrando toda la cadena logística del continente europeo. Todo ello desde el absoluto convencimiento de que estamos exigiendo recursos para la obra pública de mayor tasa de retorno del Estado. ¿Pero cómo no lo ve el Gobierno? ¿Cómo podemos competir con los puertos de Valencia o Barcelona con una mano atada a la espalda por el aislamiento al que nos somete el Gobierno del PP?

En la Bahía de Algeciras somos más de 220.000 habitantes, convivimos con dos mares, dos continentes, cuatro lenguas y tres banderas. Y sobre todo, con un desprecio continuo de nuestros Gobiernos, de todos sin excepción. Conectar el Puerto de Algeciras con el centro de España y el resto de Europa es bueno no sólo para Algeciras, sino para el Campo de Gibraltar, Andalucía, España y Europa. Gastemos el dinero en lo verdaderamente importante. Europa lo sabe. Nosotros deberíamos saberlo. Así que el 18M en Algeciras estaré en la calle para reivindicar nuestro tren, y espero que, sin distinción de ideología, partido o credo, los algecireños también se sumen porque ya hemos cumplido suficiente penitencia con UN SIGLO SIN TREN.

María José Jiménez Izquierdo

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Opinión: Aquel mismo día, el domingo, por Ángel Corbalán

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Hoy comenzamos la proclamación del Evangelio con la expresión: «Aquel mismo día, el domingo» (Lc 24,13). Sí, todavía domingo. Pascua —se ha dicho— es como un gran domingo de cincuenta días. ¡Oh, si supiésemos la importancia que tiene este día en la vida de los cristianos! «Hay motivos para decir, como sugiere la homilía de un autor del siglo IV (el Pseudo Eusebio de Alejandría), que el ‘día del Señor’ es el ‘señor de los días’ (…). Ésta es, efectivamente, para los cristianos la “fiesta primordial”» (San Juan Pablo II). El domingo, para nosotros, es como el seno materno, cuna, celebración, hogar y también aliento misionero. ¡Oh, si entreviéramos la luz y la poesía que lleva! Entonces afirmaríamos como aquellos mártires de los primeros siglos: «No podemos vivir sin el domingo».

Pero, cuando el día del Señor pierde relieve en nuestra existencia, también se eclipsa el “Señor del día”, y nos volvemos tan pragmáticos y “serios” que sólo damos crédito a nuestros proyectos y previsiones, planes y estrategias; entonces, incluso la misma libertad con la que Dios actúa, nos es motivo de escándalo y de alejamiento. Ignorando el estupor nos cerramos a la manifestación más luminosa de la gloria de Dios, y todo se convierte en un atardecer de decepción, preludio de una noche interminable, donde la vida parece condenada a un perenne insomnio.

Sin embargo, el Evangelio proclamado en medio de las asambleas dominicales es siempre anuncio angélico de una claridad dirigida a entendimientos y corazones tardos para creer (cf. Lc 24,25), y por esto es suave, no explosivo, ya que —de otro modo— más que iluminar nos cegaría. Es la Vida del Resucitado que el Espíritu nos comunica con la Palabra y el Pan partido, respetando nuestro caminar hecho de pasos cortos y no siempre bien dirigidos.

Cada domingo recordemos que Jesús «entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29), con nosotros. ¿Lo has reconocido hoy, cristiano?

AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.

Esta es la tónica de la Primera Lectura (Hch. 2, 14.22-23), tomada de los Hechos de los Apóstoles, la cual nos narra el discurso de Pedro el día de Pentecostés. Después de haber recibido el Espíritu Santo, San Pedro irrumpe en palabras que explicaban el triunfo de Jesús sobre la muerte, discurso que estaba lleno de alegría porque Cristo, el que había sido entregado a la muerte en la cruz, había resucitado.

El Salmo 15 es un Salmo del Rey David, que San Pedro recuerda en su discurso, el cual nos llena de esperanza en nuestra propia resurrección. Hemos cantado: “Se me alegra el corazón … porque Tú no me abandonarás a la muerte”. Y en él le hemos pedido al Señor que nos enseñe el camino de la vida, para poder ser saciados del gozo de su presencia en alegría perpetua junto a El. Hemos repetido en el Salmo: “Enséñanos, Señor, el camino de la Vida”.

En la Segunda Lectura (1 Pe.1, 17-21), San Pedro nos habla también de camino, de “nuestro peregrinar por la tierra”, pidiéndonos que vivamos en esta vida “siempre con temor filial”. Es decir, siempre con el respeto y el amor que debemos a Dios nuestro Padre, porque hemos sido rescatados, no pagando con algo efímero, como pueden ser el oro y la plata, sino que el precio de nuestro rescate ha sido ¡nada menos! que la vida de su Hijo, “la sangre preciosa de Cristo”.

En el Evangelio (Lc. 22, 13-35) vemos el famoso pasaje de un camino, el camino entre Jerusalén y un poblado situado a unos once kilómetros de distancia, llamado Emaús. Por ese caminoiban dos discípulos de Jesús, que hacían este recorrido tres días después de los sucesos de la muerte del Señor, precisamente el día en que Cristo había resucitado. Y mientras iban caminando y comentando todo lo que acababa de suceder en Jerusalén, el mismo Jesús Resucitado se les apareció haciéndose pasar por un viajero más que iba caminando en la misma dirección.

Nos dice el Evangelio que los ojos de los discípulos estaban “velados” y no pudieron reconocer a Jesús. (Lc. 24, 13-35). Jesús se hace el desentendido, el que no sabía nada de lo sucedido, y ellos se impresionan: “¿Serás tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”.

Jesús sigue haciéndose el desentendido, con lo que logra que ellos expresen exactamente qué piensan de Jesús: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.”

Luego le contaron que algunas mujeres de su grupo los habían dejado “desconcertados”, pues habían ido esa madrugada al sepulcro y llegaron contando que no habían encontrado el cuerpo y que se les habían aparecido unos ángeles que les habían dicho que Jesús estaba vivo. Le refirieron que también los hombres, los Apóstoles, habían constatado lo del sepulcro vacío, pero añadían incrédulos que a Jesús no lo habían visto.

Varias cosas resaltan en esta primera parte del relato evangélico: ¿Por qué estaban “velados” los ojos de Cleofás y de su compañero? ¿Por qué no pudieron reconocer a Jesús Resucitado cuando se les incorporó en el camino hacia Emaús? Más aún, ¿por qué estaban “desconcertados” ante la información dada por las mujeres que fueron al sepulcro?

Realmente se nota en ellos una gran falta de fe. Si Jesús había anunciado a sus discípulos, a sus seguidores que resucitaría al tercer día ¿cómo, entonces, no iban a creer el cuento de las mujeres, si lo que ellas informaron fue justamente lo que El ya había anunciado? ¡Qué incredulidad ante el testimonio de los mismos Apóstoles quienes ratificaron lo del sepulcro vacío!

Fijémonos en el comentario completo: “Algunos de nuestro compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a El no lo vieron”. ¡Qué falta de fe! Tenían que ver para creer. Y nuestra fe … ¿cómo es? ¿Necesita también de pruebas … o podemos creer sin comprobaciones?

Pero no sólo había falta de fe en estos dos discípulos: había también apego a sus propios criterios. Fijémonos que ellos dicen haber esperado un Mesías diferente a lo que Jesús fue: ellos esperaban un Mesías que fuera “libertador de Israel”. ¿Y qué nos dice este comentario sobre el Mesías? Con esto nos muestran que no aceptaban del todo lo que Jesús había hecho o lo que había dejado de hacer, sino que más bien tenían su propia idea de cómo debían ser las cosas, de cómo debía actuar el Mesías.

Con razón el Señor los reprende duramente: ¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿No tendría también que reprendernos el Señor así? ¿No podría el Señor tacharnos de “insensatos”, pues también tenemos nuestros propios criterios e ideas, por cierto no muy ajustados a los criterios e ideas de Dios? ¿No podría el Señor tacharnos de “duros de corazón” también, pues somos duros para creer?

Luego de esta fuerte corrección, comienza Jesús a explicarles todos los pasajes de la Escritura que se referían a El.

Y, al sentirse ellos emocionados con estas explicaciones, le piden a Jesús que no siga de camino. “Quédate con nosotros”, le dicen.

Jesús accede y al estar dentro sentado a la mesa, nos dice el Evangelio que “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio”. Fue en ese momento cuando “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Al escuchar lo que Jesús les iba diciendo, su corazón se emocionaba e iban entendiendo lo que les explicaba… Y al recibir a Cristo en la Eucaristía, pudieron reconocerlo y pudieron creer que realmente había resucitado.

¿Qué otra enseñanza podemos sacar del camino a Emaús?

Nosotros debemos escuchar a Jesús. Debemos buscarlo primeramente en su Palabra contenida en la Biblia y en las lecturas de cada domingo. Debemos estar en sintonía con El, para reconocerlo cuando se nos acerque en nuestro camino. Para estar en sintonía con el Señor, debemos buscarlo sobre todo en la oración, pero -además- recibirlo con frecuencia en la Sagrada Eucaristía.

En la Palabra de Dios, en la oración y en la Eucaristía tenemos las gracias necesarias para poder creer sin ver, para desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas.

Así podremos creer sin ver. Así podremos desprendernos de nuestros propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas. Así podremos reconocer al Señor cuando nos enseña su Verdad y cuando nos muestra sus criterios. Así podremos aprovechar la gracia de su presencia en nosotros y en medio de nosotros. Así tiene sentido pedirle: “Quédate con nosotros”.

Sin la Palabra de Dios, la oración y la Eucaristía, Jesús podrá pasar delante de nosotros y no lo reconoceremos ni aprovecharemos su presencia. Sería una lástima.

En esto consiste nuestro camino a Emaús. En esto consiste ese “camino de la Vida”, que hemos pedido al Señor en el Salmo.

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