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Opinión: El que quiera ser el primero, que sea el último, por Ángel Corbalán

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Jesús dice que no vino a ser servido sino a servir, y es que todos tenemos una misión, un servicio que cumplir. Ya lo decía Madre Teresa: el que no vive para servir, no sirve para vivir ¿Qué es lo que Dios me pide a mí? Si ya he encontrado mi camino debo lanzarme a seguirlo pues a través de él llegaré a Dios. Si todavía no estoy seguro, debo seguir buscando con la seguridad de que hay uno para mí porque Dios no hace nada sin sentido.

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En la oración, no debo temer preguntarle a Dios qué me pide, o contarle mis deseos y sueños. Él es un Padre que se interesa por sus hijos y quiere que le hable sobre aquello que me preocupa. Sí, es Dios y lo sabe todo, pero también es Padre y desea que como niño me acerque a Él con confianza y amor.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

«El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

En el Evangelio de hoy (Mc. 9, 30-37) vemos cómo Jesús seguía tratando de explicar a sus discípulos su pasión y muerte, la cual era ya inminente. Nos cuenta el Evangelista que iba Jesús atravesando Galilea con ellos, pero que no quería que nadie lo supiera pues iba enseñándoles justamente sobre lo que iba a ocurrir pocos días después.

Por cierto, el Señor cada vez que hablaba de su muerte, también hablaba de su resurrección. Pero los discípulos no querían entender. Probablemente se quedaban con el anuncio de la primera parte -e igual que nosotros hacemos- atemorizados por el sufrimiento y la muerte, ni se daban cuenta del triunfo final: la resurrección.

De tal forma huían los Apóstoles del tema que Jesús quería tratar con ellos que, según nos cuenta este Evangelio, se pusieron a hablar -sin que Jesús les oyera- sobre quién de ellos era el más importante.

¡Cuán lejos puede llevarnos esa mentalidad de mundo que nos hace huir de la cruz que Jesús nos ofrece!

Miremos a los Apóstoles, los más allegados al Señor: ante un asunto tan serio y delicado, tan necesario de comprender y de aceptar, ellos usan la evasión y llegan al extremo de cambiar el tema por discutir sobre quién sería el primero, cuando ya Jesús no estuviera.

Caminando al lado de Jesús, a Quien ya no tendrían con ellos por mucho más tiempo, hacen todo lo contrario a lo que El les enseñó: dan entrada al orgullo, a las rivalidades y las envidias. Con esos pensamientos y ocultas conversaciones, hubieran podido llegar a cualquier desorden y a toda clase de obras malas.

Es precisamente lo que nos advierte el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura (St. 3, 16 – 4, 3), la cual vale la pena detallar, porque con frecuencia caemos en estos desórdenes de que nos habla Santiago.

Comienza por precavernos acerca de las “envidias y rivalidades”, porque éstas son señal “de desorden y de toda clase de obras malas”. Y … ¿nos damos cuenta de que, como la envidia es un pecado medio escondido nos sentimos con derecho a acunar en nuestro corazón tales sentimientos, sin darnos cuenta de lo que nos alerta el Apóstol: esos “desórdenes y obras malas” que son consecuencia de las rivalidades y de la envidia.

El que acune en su corazón lo que nos vende el Demonio, termina siendo instrumento del Mal, del mismo Demonio. El Apóstol Santiago lo sabe, lo ha visto y nos alerta de las consecuencias de la envidia. “Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

Y ¿dónde comenzaron esos conflictos? Bien lo dice Santiago: “las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes”. Así comienza todo: en nuestro interior.

En cambio –nos dice Santiago- “los que tienen la Sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo”. Vale la pena destacar la Sabiduría que viene de Dios y la pureza de corazón.

¿Qué es tener la Sabiduría Divina? Es tener el pensar de Dios, la forma de ver las cosas que tiene Dios, la manera de analizar las circunstancias de nuestra vida según Dios. Es ver las cosas como Dios las ve, no con nuestra miopía espiritual, tan contaminada por el mundo y tan de acuerdo a nuestros pensamientos humanos que suelen estar tan desviados de la visión eterna. Y que, por supuesto, están tan desviados de las paradojas que nos propone el Evangelio de hoy y el del domingo anterior:

Tomar nuestra cruz de cada día. Perder la vida para ganar la Vida. Ser último para llegar a ser primero. Ser pequeños, sencillos y confiados como son los niños. Los Sabios, según Dios –no según el mundo- son también “puros”. Y ¿qué es pureza de corazón? Es no anidar en nuestro corazón pensamientos y sentimientos contrarios a la Sabiduría Divina. Es tener rectitud de intención: lo que hago lo hago porque así debe ser, porque así Dios lo quiere … no por ser popular y aceptado, no por ser reconocido y quedar bien. Es también tener lo que se ha dado por llamar “honestidad mental”.

Los que así se comportan son, entonces, “amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros”.

Volviendo al Evangelio: porque la envidia, las rivalidades y los deseos de primacía son tan peligrosos, Jesús tiene que detener de inmediato la inconveniente discusión que traían los Apóstoles por el camino.

Y lo hace, valiéndose el Señor de su Omnisciencia, mediante la cual Dios conoce nuestros más íntimos pensamientos y sentimientos, además de nuestras más escondidas palabras. Es así como, haciéndose el inocente, le pregunta a los discípulos: “¿De qué discutían por el camino?”. Por supuesto, se quedaron atónitos sin poder responder. Luego de este silencio, llamó a los doce Apóstoles y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Es lo que precisamente el Señor les venía anunciando de su pasión y muerte. El, Dios mismo, el Ser Supremo, el verdaderamente más importante y primero de todos, se rebajaría a la condición de servidor de todos, para darnos el mayor servicio que nadie podía darnos: dar su vida misma, con un sufrimiento indescriptible, por el rescate de cada uno de nosotros.

Ahora bien, ¿por qué matan a Jesús, sin realmente tener culpa? Muchas son las explicaciones y motivos que pueden aludirse, basándonos en la Biblia. Una de éstas explicaciones la trae el Libro de la Sabiduría (Sb. 2, 12.17-20), que leemos en la Primera Lectura:

“Los malvados dijeron entre sí: ‘Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley, nos reprende las faltas contra los principios en que fuimos educados … Sometámoslo a la humillación y a la tortura … Condenémosle a una muerte ignominiosa’”.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Estos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio.

El Salmo 53 es especialmente elocuente y de gran consuelo y fortaleza: “El Señor es Quien me ayuda”, repetimos en el responsorio. Al ser atacados, perseguidos, al recibir cualquier trato injusto, debemos saber que es Dios mismo Quien está a nuestro lado para defendernos… aunque no lo veamos y a veces ni nos demos cuenta de su presencia que nos acompaña y fortalece, aunque nos parezca que no está y que nos hacen trizas y parecen ganar la lucha. Recordemos que la lucha tiene un final, el mismo de la Pasión de Cristo: es la gloria de nuestra resurrección.

Otras estrofas del Salmo 53 nos dicen: “Gente violenta y arrogante contra mí se ha levantado. Andan queriendo matarme.” Pero… “El Señor es Quien me ayuda … El es Quien me mantiene vivo”

Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a El. De allí que El nos recuerde: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc. 8, 34).

Los Apóstoles terminaron entendiendo lo que antes no entendían, al punto que dieron su vida por Cristo y por el Evangelio. Y nosotros … ¿ya hemos comprendido estas palabras?

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Opinión: Así NO. Acoso Escolar. Cuando las familias son parte del problema, por Ángel Corbalán

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Padres y madres. Avanzaremos en la prevención (eso que se hace para evitar algo) del Acoso Escolar y en la red (Bullying y Ciberbullying), cuando se le dedique más tiempo a proteger a nuestros menores ante esta lacra que los victimiza que, en preparar la fiesta de Halloween.

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Al día de hoy, la mayoría de AMPAS, no acuden a charlas de información y ayuda para prevenir el Bullying y Ciberbullying y por el contrario, son una inmensa mayoría los participantes, generalmente las madres, que dedican más de 3 días, en la preparación, montaje y otros… para la fiesta escolar del Halloween.

Es más, en algunas localidades de nuestra comarca, se les ha invitado para informarles de estadísticas de la situación de esta lacra para con sus menores y no entra en sus agendas. Eso sí, la preparación del Halloween, es más entretenida y no hay niños ni niñas.

El Bullying, se potencia por la indefensión en la familia del menor. Por falta de comunicación o de formación… los niños y niñas, no los trae la cigüeña a un patio de colegio. De momento.

Tras el informe del pasado curso escolar, la situación para con esta lacra y su efecto negativo para con nuestros menores que, es muy preocupante. Sólo se muestran interesados en informarse y tomar medidas para prevenirla, las administraciones, delegaciones de educación y docentes.

Estamos a tiempo, Ojalá este post les sirva para agitar el árbol de la indiferencia de algunas familias. Recuerden que tienen una gran responsabilidad y que los niños o niñas… son suyos.

Ahora. Eso sí, no vayan a las tutorías y luego denuncien ocultando su responsabilidad a otros estamentos distintos a los centros educativos. Al final, se recoge lo que se siembra.

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Opinión: Por un Campo de Gibraltar con voz propia ante el Brexit, por José Ignacio Landaluce

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El Campo de Gibraltar vive quizá estos meses sus horas más inciertas, pues todos somos conscientes de que a los problemas más habituales de nuestra comarca, se les une la recta final del Brexit y la futura relación que establezcamos con Gibraltar.

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La mayoría de nuestras necesidades no son nuevas y, de hecho, todas deben resolverse haya o no Brexit; pero a buen seguro esta salida de la Unión Europea de nuestros vecinos podría dinamitar el futuro del Campo de Gibraltar si las distintas Administraciones no le dan respuesta ya de forma coordinada y conjunta a las demandas históricas de nuestra zona.

Por eso, toda articulación de los posibles y complejos acuerdos debe contar con el Campo de Gibraltar, de forma que este pueda no solo no verse perjudicado por el Brexit, sino incluso aprovecharlo como una oportunidad para situarse como una región de progreso económico, bienestar social y empleo.

No tiene sentido que el Gobierno de Gibraltar acuda a las reuniones de negociación bilateral entre dos países soberanos como son Reino Unido y España y el Campo de Gibraltar quede relegado, si acaso, a ser informado posteriormente de lo que allí ocurre. Nuestra comarca debe tener voces autorizadas en esas mesas que puedan poner el foco en lo que realmente importa: las personas a las que va a afectar el Brexit y, muy especialmente, a los trabajadores transfronterizos.

El Gobierno de España debe tomar nota en dos sentidos: dar voz real al Campo de Gibraltar en las mesas de negociación, tal y como Reino Unido hace con la colonia, y trabajar por el Campo de Gibraltar con un plan integral que debe tener contenido, cronograma y financiación.

José Ignacio Landaluce Calleja
Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Algeciras

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Opinión: Si alguno quiere venir en pos de mí tome su cruz y sígame, por Ángel Corbalán

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Hoy día nos encontramos con situaciones similares a la descrita en este pasaje evangélico. Si, ahora mismo, Dios nos preguntara «¿quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc 8,27), tendríamos que informarle acerca de todo tipo de respuestas, incluso pintorescas. Bastaría con echar una ojeada a lo que se ventila y airea en los más variados medios de comunicación. Sólo que… ya han pasado más de veinte siglos de “tiempo de la Iglesia”. Después de tantos años, nos dolemos y —con santa Faustina— nos quejamos ante Jesús: «¿Por qué es tan pequeño el número de los que Te conocen?».

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Jesús, en aquella ocasión de la confesión de fe hecha por Simón Pedro, «les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él» (Mc 8,30). Su condición mesiánica debía ser transmitida al pueblo judío con una pedagogía progresiva. Más tarde llegaría el momento cumbre en que Jesucristo declararía —de una vez para siempre— que Él era el Mesías: «Yo soy» (Lc 22,70). Desde entonces, ya no hay excusa para no declararle ni reconocerle como el Hijo de Dios venido al mundo por nuestra salvación. Más aun: todos los bautizados tenemos ese gozoso deber “sacerdotal” de predicar el Evangelio por todo el mundo y a toda criatura (cf. Mc 16,15). Esta llamada a la predicación de la Buena Nueva es tanto más urgente si tenemos en cuenta que acerca de Él se siguen profiriendo todo tipo de opiniones equivocadas, incluso blasfemas.

Pero el anuncio de su mesianidad y del advenimiento de su Reino pasa por la Cruz. En efecto, Jesucristo «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho» (Mc 8,31), y el Catecismo nos recuerda que «la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (n. 769). He aquí, pues, el camino para seguir a Cristo y darlo a conocer: «Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Las Liturgia de hoy nos lleva una vez más a meditar sobre la paradoja de la cruz y del sufrimiento humano. El misterio del dolor humano es ¡tan difícil! de aceptar, mucho menos comprender … Las lecturas de hoy, sin embargo, pueden ayudarnos a entenderlo un poco más.

La Primera Lectura (Is. 50, 5-9) nos presenta el anuncio que, siglos antes, hace el Profeta Isaías de los sufrimientos de Cristo, descripciones tan reales que parece como si el Profeta hubiera estado presente en el momento mismo que se sucedieron estos acontecimientos.

Importante observar la actitud de Jesús ante las torturas inflingidas a El: aceptación del dolor con mansedumbre y abandono confiado en la voluntad del Padre: “Yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos”.

El abandono confiado en Dios Padre se nota en esta frase: “Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”. La confianza plena en el Padre le hace sentir cierto alivio y le asegura el triunfo final, que se dará en el momento de la resurrección, cumpliéndose el objetivo de su sufrimiento: la salvación de la humanidad.

Es fácil, entonces, sacar conclusiones aplicables para los momentos de sufrimiento propio: mansedumbre ante el dolor, entrega confiadísima a Dios, con la seguridad del alivio y del triunfo final.

Además, tener siempre en cuenta el objetivo del sufrimiento: la salvación propia y de los demás. Como bien dice San Pablo: “completo en mi cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col. 1, 24). Y es así: nuestros sufrimientos bien aceptados, en imitación a Jesús sufriente y crucificado -y, por lo tanto, unidos al sufrimiento de Cristo- los utiliza la providencia divina para la salvación de la humanidad.

El Evangelio (Mc. 8, 27-35) recoge uno de los pasajes más impactantes de Jesús con los Apóstoles. Iban de camino en una de sus largas correrías, cuando Jesús decide preguntarles quién dice la gente que es El.

Las respuestas sobre lo que dice la gente son evidentemente equivocadas. Pero al precisarlos un poco más, preguntándoles quién creen ellos que es, la respuesta del impetuoso Pedro no se hace esperar: “Tú eres el Mesías”. Es decir, ellos sabían que era el esperado por el pueblo de Israel para salvarlo, y Pedro lo confiesa así.

El problema estaba en el concepto que tenía el pueblo de Israel del Mesías. Y los apóstoles, a pesar de andar con Jesús, también querían un Mesías libertador y vencedor desde el punto de vista temporal. ¿Para qué? Para que los librara del dominio romano y estableciera un reino terrenal, mediante el triunfo y el poder.

Pareciera como si los Apóstoles, y junto con ellos el pueblo judío, no hubieran puesto mucha atención a las clarísimas profecías de Isaías sobre el Mesías, como el Siervo sufriente de Yahvé.

Por eso Jesús tiene que corregirlos de inmediato. Cuando Pedro, pensando tal vez en ese Mesías triunfador, llama a Jesús aparte para tratar de disuadirlo de lo que acababa de anunciarles como un hecho, la respuesta del Señor resulta ¡impresionante!

Nos cuenta el Evangelio que enseguida que Pedro lo reconoce como el Mesías, Jesús “se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día”.

El Evangelista agrega: “Todo esto lo dijo con entera claridad”. Y lo dice para que nos demos cuenta de que Jesús sí les anunció todo lo que iba a sucederle, inclusive les anunció su resurrección.

Pero ellos, obnubilados por el rechazo al patético anuncio de la pasión y muerte, no entendieron bien, ni tampoco pudieron acordarse de estas palabras tan importantes cuando se sucedieron todos los acontecimientos que el Señor les había anunciado muy claramente.

La corrección que hizo el Señor de la idea equivocada del Mesías triunfador temporal, fue especialmente severa para con Pedro, pero fue para todos los discípulos, pues nos dice el texto que “Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, reprendió a Pedro”. Le dijo sin ninguna suavidad: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. ¡Llamó a Pedro “Satanás”!

Ahora bien, tan tremenda respuesta tiene que tener algún motivo serio. San Pedro estaba siendo tentado por el Demonio y a éste Jesús le responde igual que cuando en el desierto quiso también tentarlo con el poder temporal.

Por la severa respuesta de Jesús, resulta evidente que, para sus seguidores, rechazar el sufrimiento no es una opción. Todo intento de rechazo de la cruz y del sufrimiento, todo intento de buscarnos un cristianismo sin cruz y sufrimiento, es una tentación y, como vemos, no va de acuerdo con lo que Jesús continúa diciéndonos en este pasaje evangélico.

Dice el texto que, luego de reprender a Pedro, se dirigió entonces a la multitud y también a los discípulos, para explicar un poco más el sentido del sufrimiento: el suyo y el nuestro.

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Más claro no podía ser: el cristianismo implica renuncia y sufrimiento.

Seguir a Cristo es seguirlo también en la cruz, en la cruz de cada día. Y para ahondar un poco más en el asunto, agrega una explicación adicional: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero … ¿qué significa eso querer salvar nuestra vida? Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo. Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Y a veces, inclusive, a lo que consideramos lícito y hasta un derecho.

Si pretendemos salvar todo esto, lo vamos a perder todo. Y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”. Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna.

En la Segunda Lectura (St. 2, 14-18) el Apóstol Santiago nos habla de que la fe sin obras es cosa muerta. Relacionando esto con el sentido del sufrimiento humano, podríamos decir que, si el cristiano no testimonia su fe en Cristo, aceptando llevar con El su cruz, esa fe es vana.

Sin embargo, más allá de esta aplicación de la carta de Santiago al sufrimiento humano, cabe aquí destacar lo trascendente y doloroso que ha sido este tema de la fe y las obras en la vida de la Iglesia. En efecto, este tema ha sido un tema muy conflictivo, a partir de la Reforma Protestante, iniciada por Lutero.

Pero esta diferencia de tanto tiempo entre Católicos y Luteranos quedó saldada en Noviembre de 1999, con la firma de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación. También la han firmado los Metodistas en 2006. De este documento copiamos a continuación algunos párrafos que resultan muy esclarecedores y útiles para la vida espiritual:

“En la fe juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino … Junto confesamos: ‘Sólo en la gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras’ (#15).

“Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios … y es incapaz de volverse hacia El en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios. Puesto que Católicos y Luteranos lo confesamos, es válido decir que: (#19)

“Cuando los Católicos afirman que el ser humano ‘coopera’, aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana. (#20)

“Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo … Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras (#25)

“Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor. (#37)

“Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se profundice la comunión en Cristo. Cuando los Católicos afirman el carácter ‘meritorio’ de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el Cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto a don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humano por sus actos. (#38)

“Los Luteranos … consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios ‘méritos’, también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una ‘recompensa’ inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente” (#39)

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Opinión: Le presentan un sordo que, además…, por Ángel Corbalán

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Hoy, la liturgia nos lleva a la contemplación de la curación de un hombre «sordo que, además, hablaba con dificultad» (Mc 7,32). Como en muchas otras ocasiones (el ciego de Betsaida, el ciego de Jerusalén, etc.), el Señor acompaña el milagro con una serie de gestos externos.

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Los Padres de la Iglesia ven resaltada en este hecho la participación mediadora de la Humanidad de Cristo en sus milagros. Una mediación que se realiza en una doble dirección: por un lado, el “abajamiento” y la cercanía del Verbo encarnado hacia nosotros (el toque de sus dedos, la profundidad de su mirada, su voz dulce y próxima); por otro lado, el intento de despertar en el hombre la confianza, la fe y la conversión del corazón.

En efecto, las curaciones de los enfermos que Jesús realiza van mucho más allá que el mero paliar el dolor o devolver la salud. Se dirigen a conseguir en los que Él ama la ruptura con la ceguera, la sordera o la inmovilidad anquilosada del espíritu. Y, en último término, una verdadera comunión de fe y de amor.

Al mismo tiempo vemos cómo la reacción agradecida de los receptores del don divino es la de proclamar la misericordia de Dios: «Cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban» (Mc 7,36). Dan testimonio del don divino, experimentan con hondura su misericordia y se llenan de una profunda y genuina gratitud.

También para todos nosotros es de una importancia decisiva el sabernos y sentirnos amados por Dios, la certeza de ser objeto de su misericordia infinita. Éste es el gran motor de la generosidad y el amor que Él nos pide. Muchos son los caminos por los que este descubrimiento ha de realizarse en nosotros. A veces será la experiencia intensa y repentina del milagro y, más frecuentemente, el paulatino descubrimiento de que toda nuestra vida es un milagro de amor. En todo caso, es preciso que se den las condiciones de la conciencia de nuestra indigencia, una verdadera humildad y la capacidad de escuchar reflexivamente la voz de Dios.

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

El Evangelio de hoy nos trae un milagro de curación en que Jesús dice: Effetá: ábrete. Y al pronunciar Jesús esta palabra y al tocar la lengua de un sordo y tartamudo, éste quedó totalmente curado de esa doble limitación. Y los presentes exclamaban: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc. 7, 31-37).

Los milagros son signos exteriores de cosas más profundas que Dios realiza en cada persona. Son signos de la conversión, del perdón del pecado, de la gracia divina que actúa, de la vida nueva que Cristo comunica.

Este milagro en particular ha sido un símbolo especial en la Iglesia desde los primeros siglos. La Iglesia lo ha tomado como referido a lo que sucede en el Bautismo.

Los que hayan ido a un Bautizo, podrán haberse dado cuenta de que hay un momento en la ceremonia cuando el Celebrante hace mención a este milagro. Así le reza al bautizado: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe”.

En efecto, el Bautismo nos ha liberado de la sordera para escuchar la voz de Dios y de la traba en la lengua para proclamar nuestra fe en El. Pero el Demonio, que no ceja en tratar de llevarnos a su bando y a la condenación eterna, puede poner nuevas sorderas y nuevas trabas.

Sin embargo, después de Cristo y después del Bautismo ya hemos sido redimidos, rescatados, y tenemos todos los medios necesarios para poder escuchar la voz de Dios y para proclamar nuestra fe en El.

Todos los obstáculos y trabas del Demonio quedan bajo control, siempre y cuando aprovechemos las gracias que Dios nos comunica en todo momento.

Y ¿en qué consiste la sordera espiritual? En no poder escuchar a Dios. El ruido del mundo puede opacar y hasta tapar la voz de Dios. El mundo puede aturdirnos. Las insinuaciones del Demonio tratan de que captemos la voz de Dios como no importante, hasta tonta, contraria a “nuestras” ideas, etc.

Más aún: el Demonio nos hace creer que la voz de Dios es contraria a nuestros pretendidos “derechos”.

Y, si nuestros “derechos” nos vienen de Dios … ¿cómo creer que lo que El nos proporciona como su Ley, o nos presenta como su Voluntad, va a estar en contra nuestra?

Como siempre, el Demonio pretende engañar y –de hecho- engaña a los que se quieren dejar engañar, porque prefieren las nefastas y malignas sugerencias del Maligno, que la suave y respetuosa voz de Dios.

Volviendo a la sordera: las enfermedades físicas pueden ser un gran peso, sobre todo si no se llevan con entrega a la voluntad de Dios. Pero, con todo el peso que éstas pueden causar, las otras, las espirituales, son mucho más dañinas y peligrosas.

Un ciego espiritual es aquél que no puede ver los caminos de Dios.
Un cojo espiritual es aquél que no puede andar por los caminos de Dios.

Un sordo espiritual es aquél que no puede oír la voz de Dios.

Un mudo espiritual es aquél que no puede proclamar su fe en Dios.

Estos enfermos espirituales están en una situación mucho más grave que los que tienen impedimentos físicos de la vista, el oído o la lengua. Porque un ciego que no puede ver el mundo físico que lo rodea, podría -si está abierto a Dios- ver en su corazón el camino que El le señala. Y un sordo que no pueda oír a nadie, podría oír a Dios en su corazón.

Ya en el Antiguo Testamento habían sido anunciados los milagros de curaciones físicas y espirituales que el Mesías realizaría. Sobre todo, el profeta Isaías los anunció como si los hubiera visto (Is. 35, 4-7), pasaje que nos trae la Primera Lectura de hoy.

Jesús hace mención a este pasaje de Isaías cuando San Juan Bautista manda a preguntarle si era el Mesías esperado. Así responde el Señor a su primo, el Precursor:

“Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan sanos, los muertos resucitan, y la Buena Nueva llega a los pobres” (Mt. 11, 4-5 y Lc. 7, 22-23). Y Juan Bautista entendió clarito lo que Jesús le mandó a decir.

Y, además de las curaciones, Jesús hace saber a Juan que la Buena Nueva ha llegado a los pobres. ¿Por qué a los pobres? ¿A quiénes se refiere Cristo? ¿Quiénes son los “pobres” que reciben la Buena Nueva que Cristo nos vino a traer?

Es muy importante notar que en la pobreza también distinguimos la material y la espiritual. En cuanto a la pobreza material, Dios no hace distinciones y exige que nosotros tampoco las hagamos, como bien instruye el Apóstol Santiago (St. 2, 1-5).

Y si alguna preferencia tiene el Señor es por los pobres, pero sobre todo por los que son pobres espirituales.

La pobreza material puede ir acompañada o no de la pobreza espiritual. La pobreza material por sí misma no santifica. La pobreza espiritual, sí. La material hay que remediarla. La espiritual hay que promoverla.

La espiritual consiste en sabernos necesitados de Dios, en sabernos débiles si no tenemos la fuerza de Dios, en reconocernos incapaces de nada si Dios no nos capacita, en saber poner nuestra esperanza sólo en Dios.

Desde el Antiguo Testamento se habla de esta pobreza espiritual:

Is. 66, 6: “fijo realmente mis ojos en el pobre y en el corazón arrepentido, que se estremece por mi Palabra”.

Is. 61, 1: “Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres”.

Sof. 2, 3: “Busquen a Yavé, todos ustedes pobres del país que cumplen sus mandatos”.

Sof. 3, 12: “Dejaré un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio sólo en el Nombre de Yavé”.

Tener pobreza espiritual es saber que es Dios Quien hace maravillas en nosotros, como bien lo proclamó la Santísima Virgen María en el Magnificat: “el Poderoso ha hecho maravillas en mí” (Lc. 1, 46-55).

Esa promesa se cumplirá en aquéllos que seamos pobres espirituales, quienes -como María- nos demos cuenta que no somos nosotros, sino que es Dios el que hace maravillas en quienes Lo reconocemos a El como el Todopoderoso.

“¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”, nos dice el Apóstol Santiago. Y una de las condiciones para heredar su Reino es el hacernos pobres espirituales.

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Opinión: Vuelta al cole, uniformes, libros, calzado… y prevención de Ciberbullying, por Ángel Corbalán

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No, no nos cansamos de recordar que la prevención, como en tantas cosas de la vida, en caso de bullying y Ciberbullying, es mejor que lamentarlo.

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Cuando para algunos centros educativos y familias de alumnado menor, las actividades sobre estas lacra que victimizan a nuestros menores, consisten en una “x” en un casillero como una actividad de entretenimiento, se hacen flaco favor tanto los docentes cómo los familiares. En Internet, los minutos son eternos.

Este verano, durante las vacaciones, ojalá hayan sido muy entretenidas y divertidas, de eso se pretende, han crecido o más bien, se han multiplicado los delitos en la red por 3.

En el caso que nos ocupa, nuestros menores, los que llamo de manera cariñosa (tengo 4 nietos)… la generación del “ciberchupete”, desde que han tenido uso de razón, les hemos proporcionado (abuelos, abuelas, tit@s, padrinos, padres, madres, etc.) dispositivos electrónicos, cada vez más avanzados y con conexiones a la red, como si de juguetes se trataran.

Desde muy niños, interactúan entre ellos y aprenden de manera “horizontal”. Eso quiere decir que, apenas aprenden de una persona mayor o adulta y responsable.

Ellos y ellas, el alumnado, son menores y por lo tanto, juegan. Y juegan con dispositivos muy peligrosos para ellos. Ya que, quienes atentan contra nuestros menores, son adultos mayores de 35 a 55 años y son verdaderos delincuentes.

Por otra parte, las familias; padres, madres, abuel@s, tutor@s, etc., siguen pensando que los “nenes” están jugando con otros nenes y que, seguro desconocen quienes pueden estar al otro lado del On Line, WhatsApp, Instagram, Play Station, etc.

Los delitos se dan porque hay delincuentes. Y también, porque los menores que no están bien tutelados en esto de las nuevas tecnologías, son víctimas propicias de los delincuentes.

Y los delitos son muy graves y pueden afectar no sólo psicológicamente a nuestros pequeños… también afectan a su seguridad.

En la actualidad se ha incrementado el número de casos de acoso en la red y ello provoca que la sociedad se habitúe a dichas noticias. Estamos hablando de un problema que afecta a personas en proceso de formación y evolución por lo que se puede y se debe trabajar con esperanza al abordarlo.

Y esto tiene solución?…. Si.

Comiencen el curso los familiares, comprando libros, zapatos. Uniformes, etc… y colaboren con los docentes del centro escolar en el plan de prevención de Acoso Escolar y Acoso en la red.

Existen en Ofertas Educativas distintas actividades, como el Plan Director. Y también se puede complementar con un plan de prevención para los 3 trimestres a través de la colaboración del Plan Prevención Stop Bullying y Ciberbullying.

Los centros escolares que llevaron a cabo el plan de prevención que, se complementa con otras actividades, han aprendido a tomar medidas en clase y en vacaciones para proteger a nuestros menores. Y afrontan el nuevo curso con ciertas seguridades.

Lo que les recomiendo no es malo. A veces, hay que hacer cosas para cambiar las cosas. No dejemos desprotegidos a nuestros menores… y menos con los “aparatitos” de Internet.

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Opinión: Luces y sombras al comienzo del nuevo curso escolar, por Sebastían Alcón

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Iniciamos un nuevo curso en el que vemos esperanzados que los acuerdos suscritos por CCOO en los últimos meses van a suponer diversas mejoras para los trabajadores y trabajadoras de la enseñanza en Andalucía y para el sistema educativo andaluz, pero en el que aún quedan importantes retos que conseguir a través de la negociación y movilización.

Foto IU CCOO Enseñanza1

Un curso en el que se dan pasos importantes hacia la mejora de la estabilidad en el empleo. No tenemos más que remitirnos a la recuperación del 100% de la tasa de reposición más el 8 % adicional para el fomento del crecimiento en el empleo; o la recuperación de la jornada de 18 horas lectivas para el profesorado de secundaría, lo que va a suponer 2.500 nuevos docentes contratados en Andalucía, de los que alrededor de 300 estarán en la provincia de Cádiz; o a la gran convocatoria de oposiciones de este año y las que se convocarán en años venideros, que lejos de expulsar al paro a muchos interinos, como auguraban agoreros interesados, ha supuesto que muchos de estos interinos, ahora funcionarios, hayan mejorado sus condiciones de trabajo.

Un curso en el que se van a recuperar condiciones laborales perdidas con la crisis como la supresión de las retenciones salariales por baja o enfermedad y en el que se van a implantar otras nuevas conquistas de Comisiones obreras, como el permiso de paternidad de 20 semanas o la jornada de trabajo continuada o adaptada para atención de familiares.

Un curso en el que se inician importantes mejoras retributivas, concretamente un incremento salarial del 7,5% entre 2018 y 2020.

Pero un curso en el que, sin duda, sigue habiendo muchos asuntos pendientes, muchos de ellos que se arrastran año tras año.

Seguiremos reclamando la gratuidad del 1º ciclo de Educación Infantil y el reconocimiento del carácter educativo y no sólo asistencial de una etapa tan importante para la prevención del fracaso escolar en etapas posteriores.

Seguiremos reclamando incremento de las plantillas, tanto de docentes como del personal de administración y servicios, incremento imprescindible para asegurar la atención a la diversidad y mejorar la calidad de la enseñanza en Andalucía.

Seguiremos reclamando que las ausencias por baja o licencia sean cubiertas desde el primer día lo que mejorará las condiciones de trabajo en los centros educativos.

Seremos especialmente activos en la defensa de los trabajadores más precarios de los centros educativos; como las monitoras escolares fijas discontinuas, junto a las que seguiremos reivindicando la jornada de trabajo completa y durante todo el año; o los trabajadores y trabajadoras que trabajan en la actualidad en los centros educativos a través de empresas externalizadas en condiciones de precariedad insoportables, como las monitoras de apoyo a alumnos y alumnas con necesidades educativas especiales, los intérpretes de lengua de signos, las trabajadoras de las aulas matinales, comedores escolares externalizados o monitores y monitoras de actividades extraescolares.

Continuaremos reclamando la recuperación de las pagas extra y complementos específicos perdidos como consecuencia de la crisis en los años 2013 y 2014.

Y seguiremos reclamando que las diferentes administraciones dejen de “pasarse la pelota de unas a otras” y de una vez se aseguren las inversiones tanto en la construción de nuevas insfraestructuras como en el mantenimiento de las ya existentes.

Como se ve, va a ser este un curso con luces y sombras, en el que CCOO va a continuar trabajando para consolidar lo conseguido y para conseguir lo que aún es necesario para el sistema educativo andaluz y especialmente para sus trabajadores y trabajadoras, para conseguir que la recuperación económica llegue también a las familias.
Mucho ánimo y feliz curso 2018-19.

SEBASTIÁN ALCÓN
SECRETARIO GENERAL DE ENSEÑANZA DE CCOO CÁDIZ

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Opinión: Una sociedad democrática no puede permitir lugares de culto a genocidas, por Afresama

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Los franquistas asesinaron en el Campo de Gibraltar a más de mil civiles indefensos.

Familiares ante una de las fosas del Marrufo. Julio 20121

La Asociación de Familiares de Represaliados por el Franquismo en La Sauceda y El Marrufo (Afresama) y el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar queremos manifestar:

-Ningún genocida puede tener un monumento en una sociedad sana y democrática. Los restos de Franco, José Antonio y demás autores intelectuales y materiales del genocidio contra el pueblo español no pueden descansar en un lugar público convertido en homenaje permanente al fascismo y sus terribles consecuencias.
-Quienes predican que hay que amar al prójimo y poner la otra mejilla frente al agresor no pueden permitir que sus símbolos amparen a los responsables de una guerra contra el pueblo español que costó la vida a más de un millón de personas, el exilio de más de medio millón y el fusilamiento o la cárcel para centenares de miles de hombres y mujeres inocentes.

Restos hallados en fosa del Marrufo. Julio 2012 (2)3

-Sabemos los nombres y apellidos de unas seiscientas personas que fueron fusiladas en el Campo de Gibraltar por los sublevados contra la democracia española. Aquí no hubo guerra, sólo una represión feroz y cruel contra una población civil indefensa perpetrada según el plan de los militares traidores al pueblo que en Andalucía asesinaron a unas 60.000 personas inocentes en las tapias de los cementerios o en las cunetas de las carreteras. Los historiadores aseguran que esa cifra de 600 desaparecidos hay que multiplicarla al menos por tres para saber cuantas personas fueron realmente asesinadas. La mayoría de los fusilamientos los cometieron los fascistas al principio de la guerra sin juicio previo, sin ninguna instrucción policial y no hay rastro documental de buena parte de ellos. Sólo en Algeciras, que en 1936 tenía 22.000 habitantes, los fascistas fusilaron a más de 300 personas. En La Línea, sólo en un día, el 19 de julio, las tropas sublevadas asesinaron a más de cien personas junto al cuartel de Ballesteros.

-Nos sentimos profundamente ofendidos, agraviados e indignados por la proliferación estos días en la televisión, las radios y los periódicos de comentaristas y tertulianos que defienden abiertamente a los genocidas y el genocidio. ¿Se imaginan ustedes qué podrían sentir las familias de Miguel Ángel Blanco o de Ernest Lluch si cada vez que alguien fuese a hablar en la tele del aniversario de los atentados de Hipercor aparecieran miembros de ETA o HB defendiendo los atentados y la lucha armada? Pues eso es lo que sentimos nosotros todos estos días. Un asco tremendo y un dolor sin consuelo. Con la diferencia de que los asesinos de nuestros padres y abuelos no fueron sometidos a juicio, no pagaron por sus crímenes y encima han gozado y gozan de impunidad y respetabilidad para una parte de la sociedad que siguen sin romper con el franquismo.

-El juez Garzón le puso nombre a 115.000 personas asesinadas por las huestes franquistas cuyos restos siguen esparcidos por las cunetas y fosas comunes de los cementerios de toda España. Cualquier Estado civilizado y democrático haría lo mínimo: Ordenar una investigación judicial, hallar los restos mortales de todos ellos, devolvérselos a sus familias, poner nombre y apellidos a los culpables de tanto crimen, juzgarlos y reparar el daño sufrido por las víctimas. Pero amparado por un aparato judicial en gran parte heredero del franquismo, los jueces se han escudado en la Ley de Amnistía de 1977 para decir que los crímenes de los funcionarios, militares, policías y dirigentes del franquismo están perdonados, y que por eso no hay nada que investigar ni fosas que descubrir. Europa, la ONU, y todos los organismos internacionales de derechos humanos no paran de ponerle la cara colorada al Gobierno español. Los crímenes de genocidio, los crímenes contra la humanidad nunca prescriben.

Es obligación del Estado investigarlos y reparar a las víctimas o sus familiares. Afresama y el Foro pusieron una denuncia en el juzgado de Jerez cuando aparecieron los restos de los 28 fusilados del Marrufo. Pero el juez decretó el archivo de la causa. Nuestra abogada presentó el pertinente recurso, también rechazado. Luego entregamos toda la documentación sobre La Sauceda y el Marrufo y la de los 600 asesinados en el Campo de Gibraltar al Grupo de Trabajo de la ONU sobre Desapariciones Forzosas e Involuntarias y a los abogados de la querella presentada en Argentina contra los criminales franquistas que investiga la jueza María Servini.

-Nos gustaría pensar que en España hay jueces a los que se les cae la cara de vergüenza viendo cómo tiene que venir una jueza de otro país a hacer su trabajo. Nosotros alentamos y apoyamos con todas nuestras fuerzas la acción de la jueza Servini y de cualquier otra instancia internacional que colabore en romper la impunidad del franquismo. La razón, el derecho natural y los principios más elementales de la justicia nos asisten. Esperamos que el nuevo Gobierno de España no se limite solo a sacar los restos de Franco del valle de Cuelgamuros, clausure los monumentos de exaltación al fascismo y elimine toda la simbología franquista que aún existe en este país.

-Y esperamos que se anulen las condenas dictadas por los tribunales franquistas contra nuestros padres, madres, abuelos y abuelas. Los traidores al pueblo español juzgaron y condenaron por rebelión a quienes sólo habían permanecido fieles al orden constitucional. La justicia al revés. Los traidores juzgando y condenando a los traicionados. El Estado español debe devolver a nuestros familiares el buen nombre que jamás han perdido en nuestras conciencias. Blas Infante, un notario de pueblo defensor de los jornaleros y los trabajadores, fue asesinado por un pelotón de fusilamientos compuesto por falangistas.

Sus restos mortales yacen aún en una de las fosas comunes del cementerio de Sevilla junto a los de otros cuatro mil asesinados. En 1940, Blas Infante, cuando llevaba cuatro años muerto, fue condenado por rebelión y a su familia se le impuso una multa de 20.000 pesetas de las de entonces. Andalucía necesita reparara esta aberración. Los andaluces necesitamos recuperar los restos de Blas Infante, los de sus compañeros de fosa y los de las 60.000 personas asesinadas por los franquistas.

Necesitamos saber quienes y cómo los asesinaron y necesitamos que el Estado heredero asuma su responsabilidad, anule las sentencias contra las víctimas y condene a los culpables de su asesinato. Y si alguien (Ejército, Guardia Civil, Iglesia católica, Tribunal Supremo, o presidente de Gobierno) pide perdón por tanto crimen y tanta infamia, mucho mejor.

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Opinión: Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres, por Ángel Corbalán

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Hoy, la Palabra del Señor nos ayuda a discernir que por encima de las costumbres humanas están los Mandamientos de Dios. De hecho, con el paso del tiempo, es fácil que distorsionemos los consejos evangélicos y, dándonos o no cuenta, substituimos los Mandamientos o bien los ahogamos con una exagerada meticulosidad: «Al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas…» (Mc 7,4).

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Es por esto que la gente sencilla, con un sentido común popular, no hicieron caso a los doctores de la Ley ni a los fariseos, que sobreponían especulaciones humanas a la Palabra de Dios. Jesús aplica la denuncia profética de Isaías contra los religiosamente hipócritas: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6).

En estos últimos años, San Juan Pablo II, al pedir perdón en nombre de la Iglesia por todas las cosas negativas que sus hijos habían hecho a lo largo de la historia, lo ha manifestado en el sentido de que «nos habíamos separado del Evangelio».

«Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15), nos dice Jesús. Sólo lo que sale del corazón del hombre, desde la interioridad consciente de la persona humana, nos puede hacer malos. Esta malicia es la que daña a toda la Humanidad y a uno mismo. La religiosidad no consiste precisamente en lavarse las manos (¡recordemos a Pilatos que entrega a Jesucristo a la muerte!), sino mantener puro el corazón.

Dicho de una manera positiva, es lo que santa Teresa del Niño Jesús nos dice en sus Manuscritos biográficos: «Cuando contemplaba el cuerpo místico de Cristo (…) comprendí que la Iglesia tiene un corazón (…) encendido de amor». De un corazón que ama surgen las obras bien hechas que ayudan en concreto a quien lo necesita «Porque tuve hambre, y me disteis de comer…» (Mt 25,35).

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Las lecturas de hoy nos hablan de la Ley de Dios y de los legalismos y anexos que se le habían ido haciendo a esa Ley divina a lo largo del tiempo, hasta que Jesús decide deslastrarla de todo lo que los hombres le habían ido agregando.

Dios entregó a Moisés su Ley para el cumplimiento estricto de todos: del viejo pueblo de Israel y del nuevo pueblo de Israel, que es hoy la Iglesia de Cristo. Más aún, es una Ley tan sabia, tan prudente y tan necesaria que es indispensable seguirla, tanto para el bien personal y como para el bien de los grupos, pequeños o grandes, y hasta para el bien mundial.

Por eso, aparte de estar esa Ley escrita en las piedras que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, está también inscrita en el corazón de los seres humanos. Y cuando nos apartamos de esa Ley, porque creemos encontrar la felicidad fuera de ella, nos hacemos daño a nosotros mismos y hacemos daño a los demás.

Y la Palabra de Dios, en la cual está contenida esa Ley, ha sido sembrada en nosotros para nuestra salvación, como nos lo recuerda el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura (St. 1, 17-18.21-22.27): “ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos”. Es por ello que nos recomienda ponerla en práctica y no simplemente escucharla y hablar de ella.

Moisés, quien había recibido las instrucciones directamente de Dios, había instruido al pueblo así: “No añadirán nada ni quitarán nada a lo que les mando”.

Pero sucedió que, a lo largo del tiempo, se fueron anexando a la Ley una serie de detalles minuciosos prácticamente imposibles de cumplir, además de interpretaciones legalistas y absurdas que hacían perder de vista el verdadero espíritu de la Ley.

Por todo esto Cristo tuvo que aclarar bien lo que era la Ley y lo que eran los anexos y legalismos. Y tuvo que ser sumamente severo contra los Fariseos, que regían la vida religiosa de los judíos, y contra los Escribas, que eran los que fungían de intérpretes de la Ley. (cfr. Mt. 23, 1-34 y Lc. 11, 37-47)

Tal es el caso que nos narra San Marcos en el Evangelio de hoy (Mc. 7, 1-8.14-15.21-23): en una ocasión los discípulos de Jesús no cumplieron las normas de purificación de manos y recipientes, según se exigía de acuerdo a estos anexos y legalismos.

Y, ante el reclamo de unos Escribas y Fariseos, el Señor les responde algo bien fuerte: “¡Qué bien profetizó de ustedes Isaías! ¡hipócritas! cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí … Ustedes dejan de un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

A juzgar por la respuesta de Jesús, definitivamente se habían agregado cosas humanas a la Ley divina. No habían cumplido lo que Moisés, por orden de Dios, había instruido: no quitar ni agregar nada a la Ley. Y por eso habían puesto cargas tan pesadas que ni ellos mismos cumplían. Y cada vez que le reclamaban a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad les iba tumbando todos los legalismos y anexos que habían ido agregando a la Ley de Dios.

En otra oportunidad fue Jesús mismo quien se sentó a la mesa, precisamente casa de un Fariseo, sin la rigurosa purificación exigida. Al anfitrión reclamarle, Jesús no se midió en su respuesta, ni siquiera por ser el invitado: “Eso son ustedes, fariseos. Purifican el exterior de copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Estúpidos! … Según ustedes, basta dar limosna sin reformar lo interior y todo está limpio” (Lc. 11, 37-41). Ver también Mt. 23, 1-37.

Por eso Jesús les insiste en este Evangelio que lo importante no es lo exterior sino lo interior. Lo importante no son los detalles que se habían inventado, sino el corazón del hombre. Es hipocresía lavarse muy bien las manos y tener el corazón lleno de vicios y malos deseos. Es hipocresía aparentar por fuera y estar podrido por dentro. Lo que hay que purificar es el interior, lo que el ser humano lleva por dentro: en su pensamiento, en sus deseos. Los pecados brotan del interior, no del exterior…

Por eso, para corregir el legalismo absurdo, dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. Son todas cosas que nos ensucian y que debemos expulsar de nuestro interior para no estar manchados.

Nosotros tal vez no tengamos legalismos agregados, pero sí podríamos revisar nuestro interior a ver si tenemos cosas de esas que nos ensucian. Y entonces limpiarnos con el arrepentimiento y la confesión.

La Segunda Lectura de la Carta del Apóstol Santiago (Stgo. 1, 17-18; 21-22.27) nos recuerda la importancia de “aceptar dócilmente la palabra que ha sido sembrada” en nosotros, y que no basta escucharla, sino que hay que ponerla en práctica, sobre todo en obras de justicia, caridad y santidad: “visitar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones, y guardarse de este mundo corrompido”.

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Opinión: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, por Ángel Corbalán

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Hoy, el Evangelio nos sitúa en Cafarnaúm, donde Jesús es seguido por muchos por haber visto sus milagros, en especial por la multiplicación espectacular de los panes.

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Socialmente, Jesús allí tiene el riesgo de morir de éxito, como se dice frecuentemente; incluso lo quieren nombrar rey. Es un momento clave dentro de la catequesis de Jesús. Es el momento en el que comienza a exponer con toda claridad la dimensión sobrenatural de su mensaje. Y, como que Jesús es tan buen catequista, sacerdote perfecto, el mejor obispo y papa, les deja marchar, siente pena, pero Él es fiel a su mensaje, el éxito popular no lo ciega.

Decía un gran sacerdote que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han caído personas que parecían columnas imprescindibles: «Se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66). Tú y yo podemos caer, “pasar”, marchar, criticar, “ir a la nuestra”. Con humildad y confianza digámosle al buen Jesús que queremos serle fieles hoy, mañana y todos los días; que nos haga ver el poco sentido evangélico que tiene discutir las enseñanzas de Dios o de la Iglesia por el hecho de que “no los entiendo”: «Señor, ¿a quién iremos?» (Jn 6,68). Pidamos más sentido sobrenatural. Sólo en Jesús y dentro de su Iglesia encontramos la Palabra de vida eterna: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Como Pedro, nosotros sabemos que Jesús nos habla con lenguaje sobrenatural, lenguaje que hay que sintonizar correctamente para entrar en su pleno sentido; en caso contrario sólo oímos ruidos incoherentes y desagradables; hay que afinar la sintonía. Como Pedro, también en nuestra vida de cristianos tenemos momentos en los que hay que renovar y manifestar que estamos en Jesús y que queremos seguir con Él. Pedro amaba a Jesucristo, por eso se quedó; los otros lo querían por el pan, por los “caramelos”, por razones políticas y lo dejan. El secreto de la fidelidad es amar, confiar. Pidamos a la Virgo fidelis que nos ayude hoy y ahora a ser fieles a la Iglesia que tenemos.

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

El Evangelio de hoy nos muestra cómo el “pan” del escándalo terminó en abandono de muchos: algunos seguidores más o menos firmes, y también muchos discípulos de Jesús lo dejaron al escandalizarse porque les daría a comer el “pan” que es su propio cuerpo.

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn. 6, 55.60-69). Nos cuenta el Evangelio que al oír esto muchos discípulos de Jesús pensaron y comentaron que ya eso era “intolerable, inaceptable”. Y Jesús, lejos de ceder un poco para tratar de impedir la huída de muchos de los suyos, más bien reafirma su mensaje y exige una elección.

Los presentes no lograban entender, mucho menos aceptar, cómo los alimentaría con su propia carne. Y Jesús da una explicación un tanto difícil de captar: “¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha”.

¿Qué puede significar esa explicación del Señor? Eso de comer la carne, que parece cosa muy terrenal, se justifica en el caso del Pan de Vida, porque esa carne es la de Cristo resucitado. Es decir: El Señor nos está hablando de una realidad material transformada en una realidad espiritual por el Espíritu. Y como es el Espíritu el que actúa, por eso da vida, Vida Eterna.

Pero para aprovechar este alimento hay que tener fe. Y, si no tenemos fe en este Pan, nos puede suceder como a Judas. El era uno de los presentes. Sabemos cómo terminó Judas. Pero ¿cómo comenzó?

Si nos fijamos bien, este pasaje del Evangelio da a entender que Judas pudo haber comenzado a apartarse de Jesús al escandalizarse también con este Pan. Dice el Evangelio: “En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían en El y quién lo habría de traicionar”.

Nuestra fe tiene que ser firme y perseverante. No podemos hacer lo de Judas, que comenzó siguiendo a Jesús y terminó vendiéndolo por unas cuantas monedas de plata.

Puede suceder que inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida y olvidarnos de El. Esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertas disyuntivas.

Este “Pan” es un pan especialísimo, pues lo comemos, pero quien actúa es Cristo resucitado, no el pan ingerido. Y Cristo actúa asimilándonos a El. Al recibirlo es El quien nos transforma y nos une a El. “Nos unimos a El y nos hacemos con El un solo cuerpo y una sola carne” (San Juan Crisóstomo).

Y al recibir ese “Pan” e ir dejándonos santificar por ese “Pan de Vida” Cristo nos llevará a donde El se fue cuando ascendió al Cielo, a donde los Apóstoles que permanecieron fieles, lo vieron subir: a donde estaba antes. Justamente, Cristo bajó del Cielo, para rescatarnos a nosotros y llevarnos con El. Y eso será posible si no nos escandalizamos, si creemos en su Palabra, si seguimos su Camino, si -como El- cumplimos la Voluntad del Padre.

Y seguirlo a El significa optar por El en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente.

Si no, también puede sucedernos como al pueblo de Israel a lo largo de su historia, que se desviaba y optaba por ídolos. (Jos. 24,1-2.15-17.18). Pero tiene que optar:o escoge la idolatría o se decide por Yahvé; o Dios o los ídolos. Y aunque la decisión inicial estaba tomada a favor de Yahvé, muchos a lo largo del camino se van quedando con los ídolos. Siempre -es cierto- quedaban algunos fieles, pero muchos se iban quedando fuera.

Es lo mismo que sucede con el nuevo pueblo de Dios, todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy. Inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida. Esa elección hay que renovarla continuamente, en especial ante las disyuntivas difíciles, o ante otros escándalos.

Por ejemplo: ¿vamos a dejar de seguir a Cristo y de recibir ese Pan de Vida, por el escándalo que hemos conocido de algunos Sacerdotes y hasta de Obispos y Cardenales con relación a su pecaminosa vida sexual? Hay que recordar que una cosa es Cristo y su Iglesia como institución divina, y otra cosa somos todos los que formamos parte de la Iglesia, sean cardenales, obispos, sacerdotes o laicos. La verdad y santidad de la Iglesia no depende de sus miembros, sino de Cristo mismo.

Es imposible servir a Dios y también servir a los ídolos modernos: el dinero, el poder, el placer, las teorías contra la fe, los desacuerdos contra la moral y, en general, todo lo que el mundo nos vende como valioso y hasta necesario.

Esa elección que tenía que hacer el pueblo de Israel y que tuvieron que hacer los seguidores de Jesús en el momento de su discurso sobre el Pan Eucarístico, se nos presenta también a nosotros. Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También ustedes quieren dejarme?”. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “¿A dónde iremos, Señor si sólo Tú tienes palabra de Vida Eterna?”.

Creer y vivir el misterio del “Pan de Vida” fue en ese momento el toque de distinción del verdadero seguidor de Cristo. Y hoy también lo es.

Y Jesús quiere que creamos sin tener pruebas. En eso consiste la Fe. Sin embargo, suceden milagros eucarísticos que muestran hostias consagradas, las cuales resultan ser músculo cardíaco.

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