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Opinión: Radicalismo radicales en libros de texto, por Rafael Fenoy

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Suele utilizarse la palabra radical o radicalismo con intención peyorativas, descalificadora. Así cuando se hacen determinadas propuestas que pretenden solucionar problemas de cualquier tipo, si no gozan de la “simpatía” de quien debe atenderlas se tachan simplemente de “radicales”. En un intento de asociarlas a inviables: por extremistas, por no estar centradas en el asunto, por no contemplar las distintas perspectivas…etc.

La fácil descalificación genera mayor escándalo cuando se plasma en libros de texto que contienen lecturas que están dirigidas a formar las jóvenes mentes del alumnado. Precisamente la falta de control sobre el contenido de los libros de texto genera una gran preocupación entre familias y profesorado, ya que a través de ellos, el alumnado puede recibir una información errónea en el mejor de los casos o malintencionadamente manipulada en el peor. Conviértese entonces la enseñanza en adoctrinamiento. Fenómeno peligroso en extremo porque de eso viven los integrismos de cualquier género. Sancionar con que “esto es así y punto”, sin matices, sin reflejar la existencia de posiciones, al menos divergentes, es mostrar un universo cerrado, totalitario, a la juventud que se está preparando para asumir su inaplazable responsabilidad social.

Un botón de muestra es el caso de lo publicado por una editorial conocida de libros de texto al reflejar afirmaciones más que tendenciosas sobre el feminismo, además de calificarlo de radical, como si el ir a la raíz de los problemas fuese un tipo de delito. Porque eso y nada más que eso es ser radical. Enfocar la solución de un problema analizando la raíz del mismo, las causas primigenias que lo provocan. Más que un reproche sería el mayor de los elogios tildar una propuesta de “radical” ya que no hay solución posible de un problema si no se aborda desde la raíz del mismo. Se pretenderá haber mejorado algo, pero en ocasiones, precisamente por no ser radicales, son peores los remedios que las enfermedades.

Se impone una supervisión de cada uno de los textos escolares, al objeto de que las editoriales esmeren la suya propia y no permitan la distorsión de la realidad a fuerza de inocular, posiblemente sin pretenderlo, en la mente infantil o juvenil el “pensamiento único”.

Fdo Rafael Fenoy Rico

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Opinión: ¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?, por Ángel Corbalán

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Hoy, en el Evangelio, Pedro consulta a Jesús sobre un tema muy concreto que sigue albergado en el corazón de muchas personas: pregunta por el límite del perdón. La respuesta es que no existe dicho límite: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del rey centra el tema de la parábola: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33).

El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, obrar con los demás según los criterios de Dios.

El pecado grave nos aparta de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1470). El vehículo ordinario para recibir el perdón de ese pecado grave por parte de Dios es el sacramento de la Penitencia, y el acto del penitente que la corona es la satisfacción. Las obras propias que manifiestan la satisfacción son el signo del compromiso personal —que el cristiano ha asumido ante Dios— de comenzar una existencia nueva, reparando en lo posible los daños causados al prójimo.

No puede haber perdón del pecado sin algún genero de satisfacción, cuyo fin es: 1. Evitar deslizarse a otros pecados mas graves; 2. Rechazar el pecado (pues las penas satisfactorias son como un freno y hacen al penitente mas cauto y vigilante); 3. Quitar con los actos virtuosos los malos hábitos contraídos con el mal vivir; 4. Asemejarnos a Cristo.

Como explicó santo Tomás de Aquino, el hombre es deudor con Dios por los beneficios recibidos, y por sus pecados cometidos. Por los primeros debe tributarle adoración y acción de gracias; y, por los segundos, satisfacción. El hombre de la parábola no estuvo dispuesto a realizar lo segundo, por lo tanto se hizo incapaz de recibir el perdón.

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Palabra del Señor

A lo largo de todo el Evangelio, Jesús nuestro Señor nos invita -y más que invitarnos, nos obliga- a perdonar. Y no sólo nos lo dice de palabra, sino que nos da su ejemplo: mientras agonizaba colgado de la cruz, nos enseña con su oración al Padre cómo nos perdona.

A los verdugos que lo torturaban y lo mataban no les reclama nada, sino que oraba así: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). ¿Qué mayor ejemplo podemos tener para nosotros perdonar a los que nos hacen daño? ¿Qué mayor seguridad podemos tener de que Dios nos perdona, aunque hayamos cometido el peor de los delitos, si perdonó así a sus propios asesinos?

Sin embargo, siempre nos asalta la objeción: ¡Es que no puedo perdonar! ¿Cómo hacer para perdonar? ¿Cómo perdonar, si nuestra tendencia natural nos lleva al resentimiento, al desquite, a la retaliación e inclusive a la venganza?

Para respondernos esto, debemos estar convencidos Dios nunca nos pide imposibles. Y si nos está pidiendo perdonar, es porque podemos hacerlo. Y podemos perdonar, porque El nos da las gracias para hacerlo… más aún, es El Quien perdona en nosotros.

Recordemos algunas instrucciones de Jesús sobre el perdón. Una de las más célebres es la que nos trae el Evangelio de hoy, aquélla en la que el Señor responde a Pedro cuántas veces se debe perdonar. Pedro le pregunta: “Señor, ¿hasta siete veces? (pensando, tal vez, que siete veces era mucho). Y Jesús le responde con aquella multiplicación (70 x 7), que da un resultado de 490 veces, pero que no significa esa cifra exactamente, ni tampoco 77, sino que es una expresión del Oriente Medio que equivale a decir “siempre”: “No sólo hasta siete, sino setenta veces siete” (Mt. 18, 21-35).

Por cierto esta expresión aparece ya en el Antiguo Testamento (Gn. 4, 24) en el canto del feroz Lamec, quien se jacta de vengarse de las ofensas “setenta veces siete”. Eso sí: si nos arrepentimos. Y Jesús nos cuenta una parábola para demostrarnos que El nos perdona mucho, porque muchos son nuestros pecados. Y nos demuestra también que en realidad a nosotros nos toca perdonar muy poco. La parábola es la del siervo despiadado, a quien el amo le perdonó una deuda inmensa y éste, enseguida de haber recibido la condonación de su deuda, casi mata a un deudor suyo que le debía una cantidad muy pequeña.

¿Qué sucedió, entonces? El amo, al enterarse, lo hizo apresar hasta que pagara el último centavo de la deuda que le había perdonado antes.

Y remata Jesús su parábola así: “Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

¡Tremenda amenaza! Así como perdonemos… o dejemos de perdonar, así nos perdonará Dios nuestras deudas con El.

Y esto no sólo nos lo dijo Jesús en ese momento, sino que nos lo ha puesto a repetir cada vez que rezamos el Padre Nuestro, la oración que El nos dejó para rezar al Padre Celestial. Y ¿qué decimos allí? Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt. 6, 12-14).

Por cierto, en la versión idolátrica de esta oración que Jesús nos dejó de sus propios labios, se comieron esta frase sobre el perdón. Sabrá Dios por qué…

Pero volviendo a lo del perdón. La verdad es que estamos amarrados: si perdonamos mucho, mucho se nos perdonará; si perdonamos siempre, siempre se nos perdonará. Pero si perdonamos poco, poco se nos perdonará. Y si no perdonamos… no se nos perdonará.

Cuando nos sea difícil perdonar una ofensa, perdonar a una persona en particular, ayuda mucho pedir a Dios la gracia del perdón, pensando en esa ofensa o en esa persona cada vez que rezamos esa frase en el Padre Nuestro. En el verdadero Padre Nuestro, ¡claro!

También puede ayudarnos a perdonar el meditar algunas frases que nos vienen en la Primera Lectura (Si. 27, 33-28, 9), tomada del Libro del Eclesiástico o de Sirácide: “Cosas abominables son el rencor y la cólera … El Señor se vengará del vengativo … No guardes rencor a tu prójimo … Pasa por alto las ofensas”.

Una frase del Libro del Eclesiástico de la Primera Lectura, “Perdona la ofensa a tu prójimo y, así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados”, ¿no se parece a las instrucciones de Cristo? ¿No se parece a la frase del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”?

Fijémonos, entonces, que en el Antiguo Testamento se contienen en germen las verdades que luego aparecen en el Nuevo Testamento, predicadas por Cristo. Este germen es un verdadero anticipo del Evangelio.

Y si al pueblo hebreo antiguo ya se le pedía el perdón, ¿qué no se nos pedirá a nosotros, el nuevo pueblo de Israel, la Iglesia de Cristo, que vio a Jesús perdonar a sus verdugos mientras moría crucificado?

Jesús, entonces, perfeccionó la ley del perdón. Antes era la Ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente (Ex. 21, 22-27 y Dt. 19, 18-21). Ya esta Ley era un avance con respecto de lo anterior, pues ponía un cierto freno a la venganza excesiva de Lamec (Gn. 4, 23-24).

En efecto, La Ley del Talión, aunque nos parezca inhumana en nuestros días, era una máxima sana para ese momento, pues pretendía poner un cierto límite a la sed de venganza, además de recordar a los jueces y a la comunidad la obligación de proteger a los débiles de aquéllos que pretender abusar de ellos.

Y Dios, que conoce que su pueblo es “cabeza dura” (cf. Ex. 32, 9 y Dt. 32, 27), lo va “domando” poco a poco. Por eso en cuanto al trato con los enemigos, va progresivamente mejorando la forma de hacer justicia y de perdonar.

De allí que Jesús haga alusión a esta Ley del Talión durante el Sermón de la Montaña, que se iniciaba con las Bienaventuranzas: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero Yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécela también la otra”. (Mt. 5, 38-39).

¿Qué significa eso de poner la otra mejilla? No significa dejarse destruir, pues Jesús mismo reclamó al ser abofeteado: “Jesús dijo: ‘Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me has golpeado así?’” (Jn. 18, 22-23).

“Poner la otra mejilla” significa devolver bien por mal: “No te dejes vencer por el mal, más bien derrota el mal con el bien” (Rom. 12, 20-21). “Poner la otra mejilla” significa lo que Jesús dice un poco más adelante en el Sermón de la Montaña: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt. 5, 44).

Así que el cristiano que perdona no es un tonto, no se hace ilusiones acerca del mundo que lo rodea, tal como Jesús lo demuestra en el insólito y sumario juicio que lo llevó a su condenación a muerte, cuando reclama la injusta bofeteada.

El cristiano que perdona está sencillamente siguiendo las instrucciones de Cristo: perdonar y orar por los que nos hacen daño. El sabrá qué hacer con ellos. A nosotros no nos corresponde la venganza. La venganza le corresponde a Dios: “Hermanos: no se tomen la justicia por su cuenta, dejen que sea Dios quien castigue, como dice la Escritura: ‘Mía es la venganza, Yo daré lo que se merece, dice el Señor’” (Rom. 12, 19).

Jesús, entonces, no viene a decirnos que no hay enemigos, sino que El ha venido a vencer al verdadero Enemigo, que es el Demonio. Ese sí es nuestro verdadero Enemigo. El cristiano que verdaderamente está del lado de Jesús combate contra los verdaderos enemigos: el Demonio y todos su secuaces, es decir todos lo que persistan en estar del lado del Maligno. De allí que la lucha del cristiano sea contra los espíritus de las tinieblas (cf. Ef. 6, 10-18). Y llegará el día en que Jesús los vencerá a todos y pondrá a sus enemigos bajo sus pies (1 Cor. 15, 24-26).

Pero todos los hombres, mientras estén vivos, pueden potencialmente volverse amigos. Y esto sucede cuando ellos, libremente, aceptan las gracias que Dios siempre proporciona a todos, tanto a los buenos, como a los malos: “Porque El hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5, 45).

Y pueden nuestros enemigos volverse amigos de Dios e -inclusive- podrían volverse amigos de aquéllos a quienes han hecho daño. Porque los amigos de Dios son amigos entre sí.

Así que, para que se cumpla lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Rm. 14, 7-9) “Ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor”, para “ser del Señor”, entre otras cosas, debemos perdonar como el Señor nos perdona a nosotros y como nos pide que nosotros perdonemos a los demás.

El Salmo 102 canta las misericordias de Dios: El Señor compasivo y misericordioso. Además nos recuerda que el Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo, ni nos trata como merecen nuestras culpas, ni paga según nuestros pecados.

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Opinión: Stop Bullying IV No tenemos tiempo para excusas, por Ángel Corbalán

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En la vida, no podemos estar permanentemente basándonos en excusar nuestros errores y señalar a todos como culpables de los mismos… vamos, como el faro de Chipiona, los marinos me entienden. Es el que gira constantemente.

La gente no busca razones para hacer lo que quiere hacer, busca excusas. Es el caso que “cienes y cienes de veces” hemos estado comentando; en medios de comunicación, charlas, en las red, etc.,.

Nos referimos al Acoso Escolar y Acoso en la red, que victimiza, cada vez más, a nuestros menores.

Al día de hoy, los centros disponen de un Protocolo Antibullying y Ciberbullying, para actuar de inmediato a la primera señal que se dé de esta lacra que hace mucho daño a nuestros escolares… que son menores de edad y hay que protegerles.

Este protocolo que publicó La Junta de Andalucía en el Boja, en 2011 y ha actualizado a principio del 2017,dá las pautas a seguir para combatir ese acoso escolar y en red… desde el inicio.

Por otro lado, están muy bien definidas las responsabilidades tanto de docentes como de las AMPAs. Otro caso es que se lleven a cabo en ciertos centros escolares.

Al finalizar el curso pasado, tras una labor de campo de dos años, con más de 60 centros escolares y cerca de 6000 escolares de nuestra comarca campogibraltareña, donde se habían llevado a cabo actividades para explicar los peligros y como protegerse de estos peligros, en el centro escolar y en la red, finalizábamos con los resultados de dicho estudio y recomendábamos que por fin… se llevara a cabo un plan de prevención, y con él, minimizar los casos de esta lacra que va creciendo y dañando a nuestros menores.

Son muy pocos centros escolares los que han tomado iniciativas para junto con otras actividades, iniciar proyectos y trabajos en pos de prevenir los casos de Acoso Escolar y en red, en este curso escolar que comienza. Eso dice mucho de esos centros.

Es mi opinión. Pero, los profesionales docentes que toman medidas de prevención y con ello, comprometen a padres, madres y tutores de los escolares, demuestran algo que se les supone a todos y sólo quienes lo hacen lo demuestran… me refiero a la vocación.

El docente, como el cirujano, el militar y otras pocas profesiones… la vocación es un valor añadido, de hecho, se les supone. Pero, en bastantes casos, pasa como con los pimientitos de Padrón; “unos pican outros non”.

A todos, desde aquí, les animo a que hagan prevención de Bullying y Ciberbullying. Si lo hacen, minimizarán los daños que se causa a los menores y dormirán con la conciencia más tranquila.

Y si no lo hacen… no se preocupen, encontrarán millones de excusas. Para eso, sólo hay que sentarse con alguien, tomar unos cafés y buscar culpables…

Es más, les puedo dar alguna idea… los padres, las madres y tutores de los menores… la cigüeña, no dejó a los niños o niñas en el patio del colegio.

Esto último es en clave de humor. Pero, el fondo, es muy serio.

Recuerden; “El acoso escolar y el ciberacoso son formas de violencia contra las que todos los niños y niñas tienen derecho a ser protegidos”

Dios proveerá.

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Opinión: Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele… por Ángel Corbalán

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Hoy, el Evangelio propone que consideremos algunas recomendaciones de Jesús a sus discípulos de entonces y de siempre. También en la comunidad de los primeros cristianos había faltas y comportamientos contrarios a la voluntad de Dios.

El versículo final nos ofrece el marco para resolver los problemas que se presenten dentro de la Iglesia durante la historia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Jesús está presente en todos los períodos de la vida de su Iglesia, su “Cuerpo místico” animado por la acción incesante del Espíritu Santo. Somos siempre hermanos, tanto si la comunidad es grande como si es pequeña.

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). ¡Qué bonita y leal es la relación de fraternidad que Jesús nos enseña! Ante una falta contra mí o hacia otro, he de pedir al Señor su gracia para perdonar, para comprender y, finalmente, para tratar de corregir a mi hermano.

Hoy no es tan fácil como cuando la Iglesia era menos numerosa. Pero, si pensamos las cosas en diálogo con nuestro Padre Dios, Él nos iluminará para encontrar el tiempo, el lugar y las palabras oportunas para cumplir con nuestro deber de ayudar. Es importante purificar nuestro corazón. San Pablo nos anima a corregir al prójimo con intención recta: «Cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Gal 6,1).

El afecto profundo y la humildad nos harán buscar la suavidad. «Obrad con mano maternal, con la delicadeza infinita de nuestras madres, mientras nos curaban las heridas grandes o pequeñas de nuestros juegos y tropiezos infantiles» (San Josemaría). Así nos corrige la Madre de Jesús y Madre nuestra, con inspiraciones para amar más a Dios y a los hermanos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Las lecturas de este Domingo nos presentan una faceta importante, aunque muy delicada, del amor al prójimo. Se trata de la corrección fraterna; es decir, de cómo corregir a los demás de acuerdo a las instrucciones que nos da Jesús en el Evangelio de San Mateo (Mt. 18, 15-20).

Se trata de la obligación de todos aquéllos que tienen personas a su cargo: padres de familia, educadores, superiores, pastores del pueblo de Dios, etc. de corregir, de no dejar pasar las faltas que deben ser corregidas, pero de hacerlo cómo nos lo indica tan claramente el Señor en este Evangelio.

En la Segunda Lectura, San Pablo nos habla de la “deuda del amor mutuo” que tenemos para con nuestro prójimo (Rm. 13, 8-10). Y una de esas deudas es la corrección debidamente hecha por quien corresponde hacerla.

Sabemos que todos los consejos y exigencias de Dios para con los seres humanos están dirigidos al bien de cada uno de nosotros en particular y al bien de la humanidad en su conjunto. Aún los preceptos más exigentes y que nos parezcan muy difíciles de cumplir, son para nuestro mayor bien.

Veamos sólo unos ejemplos de nuestros días: la perversión sexual ¿qué ha traído como consecuencia? Destrucción de las familias, hijos abandonados, enfermedades incurables, el desprestigio de la Iglesia, etc. La avaricia por dinero y por bienes ha causado robos, asesinatos, tráfico de drogas, corrupción, etc. ¿A qué se deben todos estos males? A que los hombres y mujeres de hoy hemos dejado de cumplir la Ley de Dios. Y así podríamos seguir enumerando situaciones de pecados personales, que causan daño a la misma persona que los comete, a otras personas cercanas y también a la sociedad en su conjunto.

Cuando faltamos a una ley, a una exigencia o a algún consejo de Dios, las cosas salen mal, y sus consecuencias son tanto espirituales, como materiales, y -aunque no nos demos cuenta- son para pocos y son para muchos.

Si en alguna situación podemos ver en forma inmediata los efectos negativos que puede tener no seguir la recomendación del Señor es en esto de la corrección a los demás.

En efecto, si no se siguen los pasos que el mismo Jesús nos da en este Evangelio, las consecuencias negativas se sienten y se sufren enseguida. Por cierto, este sapientísimo consejo de Jesús es aplicable tanto al plano espiritual, como a situaciones cotidianas que se nos pueden presentar.

Jesús nos da con mucha precisión la forma como debemos corregirnos unos a otros. Primer Paso: “Si alguien comete un pecado, amonéstalo a solas”. Segundo Paso: “Si no te hace caso, hazlo delante de dos o tres testigos”. Tercer Paso: “Si ni así te hace caso, díselo a la comunidad”. Cuarto Paso: “Si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él”.

La experiencia muestra que cuando corregimos a otro u otros de una manera distinta a este orden que nos indica el Señor, se crean problemas, pues el corregido se siente atacado injustamente. Por ejemplo, si alteras el orden y haces el segundo o tercer paso de primero, se interpreta que has hecho un chisme. Si haces el cuarto paso, sin pasar por los otros tres, estás faltando a la caridad, pues aunque la persona a corregir sea culpable de algo, no puedes alejarte sin darle alguna explicación o sin que al menos entienda por qué te estás alejando.

Ahora bien… ¿qué significa “apartarse de él”? No significa despreciar a la persona, no tratarla o no saludarla. Apartarse significa diferenciar el pecado del pecador. Significa, ante todo, no seguir sus proposiciones, ni sus caminos. Pero podría significar, además, “sacudirse el polvo de las sandalias” (Mt. 10, 14), como también aconsejó Jesús a sus discípulos para cuando no fueran escuchados.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es que corregir -cuando hay que corregir- es una obligación ineludible. Para aquéllos a quienes el Señor les ha dado responsabilidad sobre otros, la corrección no se puede evadir. Esto es especialmente importante para los padres que muchas veces temen corregir a sus hijos por miedo a no ser queridos por ellos.

En la Primera Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 33, 7-9), el Señor es muy severo con respecto a personas que, teniendo la obligación de corregir a otros, no lo hacen.

“Si Yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero Yo te pediré cuenta de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.

¿Qué significa esto? ¿Qué conexión hay entre esta lectura del Profeta Ezequiel y el consejo de Cristo sobre la corrección fraterna? Son los dos extremos, las dos caras de la misma moneda.

Significa que, aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos amonestados por Dios por no cumplir su responsabilidad.

Ahora bien, no siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección, pues a veces, aún siguiendo el orden que el Señor nos da, el otro puede rechazarla. Por el contrario, depende siempre de nosotros el buen resultado, cuando somos nosotros los corregidos. El dejarse corregir es un deber tan importante, como corregir.

Pero, por otro lado hay que tener en cuenta otra instrucción del Señor, que es muy clara, muy exigente y de mucho cuidado. Es lo opuesto a la corrección. Se trata del juicio a los demás. La admonición de Jesús sobre el juicio a los demás es de tanta severidad, como la de Dios Padre al Profeta Ezequiel por no corregir a alguien.

Así nos dice Jesús: “No juzguen y no serán juzgados, y con la medida con que midan los medirán a ustedes. ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decir a tu hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita, sácate primero la viga que tienes en el ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Mt. 7, 1-5).

Sin embargo, con frecuencia nos toca hacer juicios sobre las acciones propias y de los demás. ¿Cómo podemos cumplir la previa instrucción del Señor de corregir, si no nos hacemos un criterio de un acto o una actitud del prójimo?

¿Cómo resolver este dilema? ¿Debemos juzgar o no podemos juzgar? ¿Qué debemos juzgar? ¿Cómo debemos juzgar?

Podemos y de hecho a veces tenemos la obligación de juzgar un hecho, una acción, una actitud para hacernos un criterio moral sobre algo que observamos no está bien. Estamos, entonces, juzgando un hecho. Lo que no podemos hacer es juzgar a la persona, mucho menos condenarla.

Con la persona, con el pecador, misericordia. De allí que el Señor después de decirnos: No juzguen y no serán juzgados, enseguida nos diga: con la medida con que midan los medirán a ustedes.

Si somos duros y faltos de misericordia, así seremos tratados y medidos por el Señor. Si, por el contrario, somos capaces de condenar el pecado con toda la fuerza que sea necesaria, pero podemos ser comprensivos y misericordiosos con el pecador, el Señor usará esa medida con nosotros.

De elemental lógica es el siguiente consejo de Jesús: ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? Y en esto fallamos ¡tanto! Estamos muy listos para corregir al otro de algo pequeño y no nos damos cuenta (o no aceptamos ser corregidos) de cosas nuestras mucho más graves.

El Señor concluye su consejo recomendando la oración entre dos o más. “Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre Celestial se lo concederá”.

Pareciera que en este caso el Señor pueda estar refiriéndose a que cuando tengamos a alguien cercano a quien hay que sacar del mal, la oración en común por éste no debe faltar. Siempre la oración por la conversión de alguien es bien escuchada en el Cielo. Y estamos seguros que las gracias llegan a esa persona. Claro está: todo depende después de la libertad que cada uno de los seres humanos tiene para recibir o no esas gracias, es decir, para dar un sí o un no a la Voluntad de Dios.

En conclusión:

1.) Una cosa es juzgar el pecado y otra cosa es juzgar al pecador.
2.) No debemos estar juzgando a todo el mundo, pero los que tiene responsabilidad no pueden evadir la corrección cuando sea necesario hacerla.
3.) Pero para que todo salga bien al corregir, para corregir de acuerdo a Dios, debemos corregir siguiendo los pasos de la corrección fraterna que el mismo Señor nos dejó.
4.) Estar pendiente de nuestros defectos, faltas y pecado, más que de los de los demás.
5.) No debemos olvidar orar para que el pecador enmiende su vida.

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Opinión: ¿Educación gratuita? Lo que cuesta estudiar, por Rafael Fenoy

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El comienzo de curso ha llegado y aún el alumnado no ha pisado las aulas cuando las familias, muchas de ellas mediante grupos de wassap reciben el listado del material escolar que deben llevar al centro, incluyendo los paquetes de folios correspondientes por cada hijo o hija y una suma de dinero que puede oscilar entre 10 y 25 euros. Se preguntan las familias ¿Qué ha pasado con el material que el año pasado se llevó al centro? Los retoños apenas utilizaron un 30% del mismo y nada se sabe del resto. Es difícil hacer comprender a cada familia que haya gastado los 1000 folios, o los 10 lápices de escribir, o que las tijeras se hayan roto o la regla que todos los años se vuelve a pedir. Una de dos o el alumnado son agujeros negros que consumen y rompen todo el material de curso a curso o algo nada claro ocurre en los centros. Y del dinero mucho cuidado con no dar cuentas claras de en qué se gasta hasta el último céntimo de dineros que nunca debieron ser pedidos.

La enseñanza es obligatoria y por ello gratuita. Si obligan a las familias a llevar a sus hijas e hijos a los centros, cosa más que discutible, aunque por tradición se ha asumido, qué menos que esa obligación con el Estado no conlleve “impuestos adicionales”. Se supone que se pagan impuestos para, entre otras cosas, que la educación sea gratuita. Que nadie tenga que aportar cosa alguna y que con los gastos de funcionamiento de los centros educativos se atiendan todas las necesidades. Cuando se dice que España es el 5º país por la cola en inversiones en educación, se entiende que quien hace las cuentas no cuenta con lo que les cuesta a las familias la educación de sus hijos e hijas.

Políticos y sindicalistas que defienden una escuela de todos y para todos deberían pedir cuentas a los gobiernos autonómicos, que son los competentes, sobre el control de la “gratuidad”. En función de la norma ningún centro educativo tiene competencia en pedir nada a las familias. Y las familias no deben gastar dineros en materiales escolares. Incluso el asunto de los libros de texto, donde el costo está tasado y existen “cheque libros” para su adquisición, debería ser a cuenta totalmente de las administraciones educativas.

El estado de limosneo que algunas familias deben hacer para que sus hijas e hijos puedan tener material escolar es denigrante, cuando la ley les obliga a enviarles a la escuela o instituto. En este estado de pedigüeñísmo, de los centros escolares, tiene sentido que la Caixa y ayuntamientos “donen” materiales escolares, cual de nuevas limosnas se tratara denigrando, porque son publicitadas, tanto a quien la recibe como a quien públicamente se enorgullece de darlas. Justicia y no favores. Esto de pedir material escolar a las familias debe cortarse de raíz.

Fdo Rafael Fenoy Rico

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Opinión: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?, por Ángel Corbalán

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Lectura+del+Santo+Evangelio+según+San+Mateo+16,+13-191

Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana.

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

El Evangelio de hoy nos habla de San Pedro, el primer Papa, precisamente en el momento en que Jesús le anunció la función que tendría dentro de la Iglesia. Además nos informa de cómo Cristo gobernaría esa Iglesia fundada por El, a través de San Pedro y de todos los Papas que le sucedieran.

“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, fueron las palabras de Jesús al que antes se llamaba Simón y que ahora llama “piedra” -o más bien “roca”. El Apóstol San Pedro es, entonces, la “roca” sobre la cual Cristo funda su Iglesia.

¿Cómo fue este nombramiento? Sucedió que un día Jesús interroga sus discípulos sobre quién creía la gente que era El, pero más que todo le interesaba saber quién creían ellos que era El. Enseguida, Simón (Pedro) salta -de primero, como siempre- y sin titubeos, ni disimulos, responde con claridad: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 13-20).

Hay que ubicarse en ese momento para podernos percatar lo que significaba esta declaración de Pedro. Jesús había comenzado a manifestar su gran poder a través de milagros que los Apóstoles habían presenciado: agua cambiada en vino, muchas curaciones, multiplicación de panes y peces, calma de tempestades, etc.

Es raro, pero en ningún momento Jesús les había dicho quién era El. Y ahora les pide que sean ellos quienes lo identifiquen. No había sucedido aún la Transfiguración. De allí el impacto de la declaración de Pedro.

Por eso es que el Señor se apresura a decirle: “Dichoso tú, Simón, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los Cielos”. Los sabios de Israel no captaron lo que Pedro y los Apóstoles sí pudieron captar. Ellos no eran de los sabios y racionales, sino de los sencillos y humildes a quienes el Padre revela sus misterios. Por eso les muestra Quién es su Hijo. Es la mayor muestra de esa oración de Jesús al Padre Celestial: “Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los sencillos”. (Mt. 11, 25)

No es que no se pueda razonar. Pero para razonar hay que estar en una búsqueda sincera de la Verdad, no en una búsqueda de argumentos para contradecir la “verdadera” Verdad y poder seguir en lo que ahora ha dado por llamarse “la propia verdad”, que suele ser un error. Además, es que los razonamientos estériles no llevan a ningún lado: más bien pueden cegar y ser obstáculos para llegar a la Verdad. Hace falta la sencillez, la humildad, la niñez espiritual, para conocer los secretos de Dios y para darnos cuenta de dónde está Dios.

Una fe viva, fervorosa, perseverante, inconmovible sólo viene de Dios y sólo la reciben los que se abren a este don. Y la llave que abre nuestro corazón y nuestra mente a las cosas de Dios es la humildad.
Por eso en el Salmo 137, rezamos y recordamos que somos obra de Dios. Entonces, ¿de qué engreírnos? En efecto: Se complace el Señor en los humildes y rechaza al engreído.

Continuemos con el relato, pero sigamos ubicados en el momento. Para entonces sonaba demasiado espectacular la frase de Jesús: “sobre esta Roca edificaré mi Iglesia”. Al lado de Jesús sólo estaban los Apóstoles y otros cuantos seguidores. Ninguno pudo medir el alcance de las palabras del Señor. Pero el Señor sí: habla de SU Iglesia como cosa que El iba a construir: será una obra divina y no humana. Como humanas son todas las otras iglesias y religiones fundadas por hombres que no son Dios. Y promete, además, que nadie -ni siquiera el Demonio- podrá destruir su obra. Y mira que han tratado de destruirla –desde dentro y desde fuera. Pero sigue bien en pie, a pesar de todo…

Jesús le entrega a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos. ¿Qué significa esto de las llaves? En lenguaje bíblico, las llaves indican poder.

Este significado de las llaves como símbolo de poder es evidente en la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 22, 19-23). Estanos presenta a Eleacín, mayordomo del palacio real. Allí se habla de “traspaso de poderes” en el palacio. “Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Este hecho del Antiguo Testamento es una prefiguración del traspaso de poderes de Jesús a San Pedro, el primer Papa. Por eso la Iglesia sabiamente coloca esta lectura el mismo día en que leemos cómo Jesús da las llaves de su Reino a Pedro.

Y vemos aquí el gran poder que el Señor dio al Mayordomo Eleacín. Sin embargo, el poder conferido a Pedro -y a todos los sucesores de San Pedro en el Papado- es inmensamente mayor que el poder en el palacio de David.

Fijémonos que Jesús les da “las llaves del Reino de los Cielos”. ¿Podemos imaginarnos lo que es esto? La siguiente promesa del Señor nos da un indicio: “Lo que ates en la tierra, quedará atado en el Cielo”, que equivale a decir: lo que decidas en la tierra, será decidido así en el Cielo. Las decisiones que tomes, serán ratificadas por Mí.

A San Pedro y a todos los Papas que han venido después de él se les dan las llaves, no de un reino terreno, sino del Reino de los Cielos, que es el Reino que Jesús a venido a establecer con su Iglesia. Y en ésta Pedro tiene el poder de decidir aquí lo que Dios ratificará allá.

Aprobación previa de parte de Dios en el Cielo a lo que decidan los Papas en la tierra sobre la Iglesia de Cristo.

¡Qué estilo de gerencia es la gerencia divina! No podía ser de otra manera: tal peso sobre Pedro y sobre todos los Papas después de él, tenía que contar con una asistencia especial.

Así ha querido Jesús edificar su Iglesia: con la presencia constante hasta el final de su Espíritu Santo, y dándole a Pedro -y a todos sus sucesores, los Papas- el inmenso poder de decidir aquí en la tierra lo que Dios decidirá en el Cielo.

En un mundo tan racional como el nuestro, esto puede parecer bien difícil de comprender y de aceptar. Pero así es. Cristo fundó su Iglesia y la puso a funcionar de esa manera. Y prometió estar con ella hasta el final. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt. 28, 20).

Así son los designios de Dios: misteriosos, incomprensibles para los que no nos vemos en nuestra verdadera dimensión: que nada somos ante Dios. Pero … si todo nos viene de El ¿qué podemos nosotros reclamar o proponer? ¿de qué nos atrevemos a dudar?

De allí que San Pablo exclame en la Segunda Lectura: “¡Qué impenetrables son los designios de Dios y qué incomprensibles sus caminos!” Pero … ¿quién ha podido darle algo a Dios que Dios no le haya dado antes? En efecto, continúa San Pablo: “Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por El y todo está orientado hacia El”
La Iglesia Católica es la única Iglesia fundada por Dios mismo, pues viene de Jesucristo hasta nuestros días: viene directamente desde San Pedro, como el primer Papa, hasta nuestro Papa actual. Y para dirigirla, Dios estableció este estilo de gerencia: lo que decidas en la tierra, será decidido en el Cielo.

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Opinión: Carta abierta al Alcade de Algeciras, por María José Jiménez

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El alcalde, José Ignacio Landaluce, escribió el pasado sábado 19 de agosto un artículo de opinión en el diario Europa Sur donde después de mostrar solidaridad con las víctimas de los cobardes atentados terroristas perpetrados en Cataluña, se preguntaba cómo se podía combatir esta sin razón. Y la respuesta era clara, a través de la legalidad vigente y de la unión de todos los demócratas. Terminaba diciendo que “Todos somos Cataluña”.

Estoy totalmente de acuerdo con lo expresado por el Alcalde, pero creo que se ha quedado corto pues desde los Ayuntamientos se podría hacer algo más para combatir el extremismo violento. Solo basta mirar otras experiencias dentro y fuera de nuestras fronteras. Los modelos más citados son los de Aarhus en Dinamarca o Malinas en Bélgica, aunque existen otras iniciativas en las que inspirarse, pues ya hay ciudades compartiendo sus buenas prácticas a través de redes internacionales.

Estas ciudades tienen planes de acción local cuyos elementos fundamentales son básicamente tres. Uno, Combinar la política social y la política de seguridad para prevenir la radicalización. Establecer una alianza entre los asuntos sociales y los cuerpos de seguridad del estado con elementos de disuasión más o menos efectivos: educación, campañas de integración, propaganda, presencia policial, elementos psicológicos y físicos de contención…

Dos, las ciudades deben disponer de mesas multisectoriales y organismos de coordinación en las que participan todo tipo de actores locales: desde educadores y trabajadores sociales a médicos de cabecera, policía y movimientos vecinales. La integración de todos estos actores -y el desarrollo de la confianza mutua resultante- facilita una identificación de los problemas y una resolución más ágil de los mismos.

Tres, estas iniciativas locales son experimentos sujetos a una evaluación técnica al margen de las luchas partidistas y en algunos casos, como el del programa británico de prevención de la radicalización Channel, se inspiran en iniciativas ya existentes a escala nacional y supranacional. Es decir, se articulan a partir de un consenso social y político que excluye el terrorismo de la disputa política y electoral.

Así que pese a las enormes dificultades económicas a las que ya se enfrentan nuestros Ayuntamientos, se puede y se debe actuar contra el extremismo islamista, porque las ciudades están en primera línea (siete de cada diez europeos residen en centros urbanos). La descentralización de programas de prevención y la adopción de planes de acción local no son sólo necesarios, sino básicos para nuestra seguridad y la respuesta lógica a la creciente radicalización.

La administración municipal conoce mejor su población y sabe dónde hace falta intervenir. El nivel de confianza de la ciudadanía también tiende a ser mayor y el capital social resulta fundamental en las tareas de prevención pues se requiere la colaboración de los vecinos. La sociedad civil local también dispone de una inteligencia muy útil para detectar las problemáticas que afectan a sus ciudadanos en riesgo de radicalización violenta.

Algeciras, como han hecho otras poblaciones europeas, debe empoderarse, y elaborar planes de acción local que mejoren la convivencia, mitiguen las amenazas violentas y la capacidad de recuperación frente a la adversidad.

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Opinión: Stop bullying III El centro escolar, por Ángel Corbalán

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Un centro escolar ha de ser un espacio de convivencia, respeto, formación y de Paz. La escuela ha de ser ese lugar donde se cree una conciencia de respeto al otro como individuo y para esto es preciso respetar la escuela como estamento social.

El enemigo número uno de la víctima de acoso es el silencio. Pero si el niño aprende a expresar sus emociones y a comunicárselas a un adulto o a una persona de su confianza, habremos ganado en parte la batalla.

Demasiadas veces tenemos que leer en los medios de comunicación las siguientes frases: “nunca se apreció acoso escolar”, o “problemas ajenos al centro por completo”.

Según los expertos, falta percepción por parte de algunos docentes de lo que ocurre en el aula. Las peleas, los insultos… no son “cosas de niños”.

Esta dificultad para detectar las situaciones de acoso en sus fases preliminares es la causa de algunas de las sentencias condenatorias a colegios por casos de acoso escolar que se están produciendo en España. «Como responsables de los menores a su cargo durante las horas lectivas, los colegios tienen la obligación y la posibilidad de combatir esta lacra social. Y para ello necesitan nuevas herramientas que les ayuden a detectar y a prevenir este tipo de situaciones».

Ya son varios los centros escolares en nuestra provincia (I.E.S. Fernando Quiñones de Chiclana, Colegio Los Pinos de Algeciras, etc…) que no se conforman con un protocolo anti acoso escolar o ciberacoso. Actualizan y mejoran la formación de los docentes y recursos para prevenir esta lacra que va aumentando en el día a día.

Para ello, es un imperativo que los profesores sepan detectar cualquier señal que vean durante la estancia de los niños en el centro escolar.

Es por lo que un buen Plan Anti bullying y Ciberbullying, puede ser una herramienta destinada a que sean los propios centros de enseñanza los que puedan identificar síntomas y prevenir posible casos de acoso en sus aulas, basada en la información y sensibilización de toda la comunidad educativa: equipo directivo del colegio, profesores y padres, con especial incidencia en el equipo docente, que recibe formación específica para identificar y evitar el acoso.

Estos serían algunos de los consejos a la hora de prevenir el acoso escolar en las primeras etapas:

1. Identificar los perfiles psicológicos que hay en el aula.
2. Enseñar a los escolares más pequeños a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, y a canalizar su ira.
3. Fomentar la comunicación
4. Ser conscientes de la gravedad tanto de los ataques intimidatorios como de los psicológicos
5. La identificación de los lugares «ciegos» en las instalaciones de la instalación escolar
6. Dar a conocer los distintos tipos de acoso escolar… no todo son “cosas de niños”… hay agresiones verbales, físicas, sexuales, sociales…

Aún así, en el proyecto o en el plan que se siga, ha de tener un rol importante el AMPA. El objetivo ha de ser el mismo… pero, los docentes son docentes y las familias son las familias… distintas labores y responsabilidades para alcanzar un mismo objetivo… reducir el acoso escolar y en red contra los menores.

Al día de hoy, así me consta, ya hay en marcha proyectos muy serios para poner herramientas y mejorar los protocolos anti bullying en los centros escolares de nuestra provincia… los docentes están en ello… y las familias?

Recordamos lo que comentábamos en el informe del curso pasado; de 50 colegios, sólo 2 AMPAs accedieron a charlas informativas para proteger a los menores en acoso escolar y en red. Además, los padres y madres, facilitan dispositivos móviles conectados a la red a menores de 10 y 11 años, y no los instruyen en su protección.

El problema es social. Todas las partes han de comprometerse y en el mismo objetivo, diferentes obligaciones y responsabilidades… pero, hay que acabar con esa lacra que muchos menores sufren o van a sufrir en edad escolar.

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Opinión: Señor, también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos, por Ángel Corbalán

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Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Jesús. Sale a su encuentro y con gritos le dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). No le pide nada, solamente le expone el mal que sufre su hija, confiando en que Jesús ya actuará.

Jesús “se hace el sordo”. ¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando» (Mt 15,23).

La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Mt 15,26-27).

Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón: «Tienes razón, Señor». Pero consigue ponerle de su lado. Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo.

La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor

El Evangelio de hoy nos habla de la fe. Nos trae el relato de una mujer, famosa por su fe, tanto que se habla de “la fe de la cananea”. (Mt. 15, 21-28)

A veces Dios no nos responde. A veces pareciera que se nos escondiera o que no prestara atención a nuestras solicitudes. Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús. El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Impresiona, por tanto, que esta no-judía llame a Jesús “hijo de David”, con lo que está reconociéndolo como el Mesías que los judíos esperaban. Impresiona, también que, siendo pagana, le pida a Jesús que le sane a su hija que está “terriblemente atormentada por un demonio”.

A veces Dios nos coloca en una posición de impotencia tal que no nos queda más remedio que clamar a Él, seamos cristianos o paganos, creyentes o no creyentes, religiosos o a-religiosos, católicos practicantes o católicos fríos. Es lo que posiblemente le sucedió a esta madre que, siendo pagana, pero abrumada por la situación de su hija, no le queda más remedio que acudir al Mesías de los judíos.

El desarrollo del relato evangélico nos muestra que la cananea como que intuía que Jesús era Mesías no sólo de los judíos, sino de todos, porque a pesar de no ser judía, se atreve a pedir a Jesús que cure a su hija.

Y Jesús se hace el que no escucha. Así es Dios a veces: simula no escucharnos. Y ¿por qué? O, más bien ¿para qué? … Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Pero no se trata de una prueba como un examen o un test, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.

Ese aparente silencio divino es más bien como la calistenia del atleta para fortalecerse en su especialidad. Podemos decir que Dios refuerza nuestra fe. Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de fortalecer nuestra fe débil.

Sin embargo, Jesús insiste en ejercitar aún más la fe de su interlocutora. No le parece suficiente el silencio inicial, sino que, al recibir la petición de la mujer, le responde que no le toca atender a los que no sean judíos, pues “ha sido enviado sólo para las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no acepta esta respuesta de Jesús, sino que se postra ante Él y le suplica: “¡Señor, ayúdame!”.

Igual que el entrenador exige al atleta templar más sus músculos y aumentar su resistencia para estar mejor preparado, sigue el Señor forzando la fe de la cananea. Le responde: “No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos”, queriendo significar que para ese momento no debía ocuparse de los paganos sino de los judíos.

La mujer no ceja. Definitivamente, no acepta un “no” como respuesta de Jesús. Iluminada por el Espíritu Santo, le responde a Jesús con un argumento irrebatible: “hasta los perritos se comen las migajas de la mesa de sus amos”.

La fe de la mujer había sido reforzada con los aparentes desplantes del Señor. Y ahora la fe de la mujer queda recompensada, pues obtiene de Jesús lo que pide. Nos dice el Evangelio que “en aquel mismo instante quedó curada su hija”.

“¡Qué grande es tu fe!”, le dice el Señor a la mujer. Y … ¡qué gentil es el Señor! Nos da crédito por lo que no viene de nosotros sino de El. ¡Si la fe es un regalo que El mismo nos da!

Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos. Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente. Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con el regalo definitivo que Dios quiere darnos: la Vida Eterna.

Esta oración persistente de la mujer cananea nos recuerda la necesidad de orar, orar incesantemente, sin desfallecer.

Recordemos, además, que a Dios se le pide, no se le exige. Orar con humildad, como esta mujer, que no exigió, sino pidió. Orar, con humildad, confiando plenamente en Dios, en que nos dará lo que nos conviene para nuestra salvación, y sólo eso, no la satisfacción de caprichos. Y orar, pidiendo a Dios las cosas buenas, lo que nos conviene y siempre atenido todo a su Voluntad, no a nuestros deseos.

Hay otro tema en la Liturgia de este Domingo: la salvación es para todos, judíos y no judíos. Las respuestas de Jesús a la mujer cananea parecieran indicar lo contrario.

Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación. Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación. Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.

Queda esto claro en la Primera Lectura (Is. 56, 1.6-7), en la que Dios, por boca del Profeta Isaías, asegura que cualquier extranjero (no israelita) que crea en Él, que lo sirva y lo ame, que le rinda culto y que cumpla su alianza, “los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración… porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”.

Todo el que crea en Dios será reunido en su Casa. La Casa de Dios será morada para todos los que quieran creer en Dios y hacer su Voluntad.

La Segunda Lectura (Rm. 11, 13-15.29-32) de San Pablo, “el Apóstol de los Gentiles”, nos habla también de la salvación universal. San Pablo se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo
.
Y nosotros … ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuánto tiempo estuvimos rechazándolo y dándole la espalda! ¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos! ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos más en nuestro mal!
¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestro capricho o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de El! ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!

Pablo concluye este trozo de su carta así: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse.

Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita. Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios. Es decir, a todos los que -como nos dice Isaías en la Primera Lectura- crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza: a todos los que hagan su Voluntad.

De allí que cantemos en el Salmo 66 las alabanzas del Señor, para que “conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora”.

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Opinión: Stop bullyin II la responsabilidad de las AMPAs, por Ángel Corbalán

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Las AMPAs, pueden y deben hacer algo más para prevenir el Bullying y el Ciberbullying entre menores escolares.

La prevención de estos delitos, son tan importantes como el calzado, uniformes y los libros de texto… los niños y niñas, tienen que ser protegidos durante su etapa de crecimiento, no sólo estéticamente… hay que educarlos y formarlos. Al fin y al cabo, son sus hijos e hijas menores e indefensos ante el acoso escolar y en la red.

«Los padres tienen la responsabilidad de hacer que nuestros hijos puedan llevar a cabo de la forma más segura posible el crecimiento emocional»,

«Hay determinada información que los niños no deben recibir antes de tiempo porque en su cerebro no existen cajones donde colocarla para poderla entender» (Sentencian los expertos)

El 95% de los menores navega por la red. A partir de los 15 años, el 94% tiene móvil, según datos de la Encuesta sobre equipamiento y uso de tecnologías de información y comunicación en los hogares, del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Una de las principales preocupaciones de los padres es que sus hijos vean material inapropiado por internet, Aun así, el 80% confiesa que nunca le explicó a su hijo que existen páginas que no son apropiadas para él, como revela la Encuesta sobre hábitos de uso y seguridad de internet de menores y jóvenes de España, del Ministerio del Interior.

Por lo tanto, no es cuestión de mirar para otro lado o buscar posibles culpables en otros lugares o instancias… es asumir la responsabilidades como padres, madres y tutores…

Mi recomendación para aquellas AMPAs que se busquen excusas y no asuman responsabilidades ni colaboren con el mismo objetivo y en unión con docentes… es que, se preparen para pagar sanciones y asumir responsabilidades legales… los niños infractores son menores de edad… y todo no se acaba pagando 100.000€…

Y por otro lado, las víctimas, si no disponen de apoyo y defensa real de sus familias… se convierten en solitarios que se sienten culpables.

Ojalá, estas reflexiones, sirvan para mejorar la prevención de los acosos es colares y en la red… sobre todo, en la comarca donde el índice es el más alto de España.

Hay que prevenir… es labor de todos… de los padres, madres y tutores de menores… también.

Aunque siempre se le podrá culpar, a Neymar, Messi, Ronaldo, el Cambio Climático, el Gobierno… o la mala suerte…

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