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Opinión: Salió un sembrador a sembrar, por Ángel Corbalán

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Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.

El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).

Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.

El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

En la Liturgia de hoy tenemos un Evangelio en el que Jesucristo presenta una parábola: la Parábola del Sembrador. Y podríamos decir que el Señor también nos da su propia “homilía”, ya que después de haber lanzado esa ilustrativa parábola, El explica a los discípulos lo que significa todo lo que ha dicho.

Recordemos que los discípulos le preguntan al Señor por qué habla a la gente en parábolas. Y el Señor les da el por qué. Y es muy interesante ver los motivos que da el Señor. Pero más que interesante debiera resultarnos “preocupante” -debiera más bien ser motivo de preocupación- el percatarnos de la razón que da Jesús.

Oigamos sus palabras: “Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”. Y pasa Jesús a recordar que ya esto estaba dicho, pues había sido anunciado por boca del Profeta Isaías. Así continúa el Señor: “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos… porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”

Cuando Jesús terminó de exponer la Parábola del Sembrador, cerró con esta frase: “El que tenga oídos que oiga”. Y … ¿qué significa oír a Dios? ¿Quiénes son los que oyen a Dios? Lo dice muy claramente Jesús con las palabras del Profeta Isaías que El mismo cita. ¿Quiénes son los que oyen? … Pues si los que no oyen son los que no quieren convertirse, ni ser salvados por El… los que síoyen tienen que ser los que están abiertos a la conversión y los que se sienten necesitados de ser salvados por Jesucristo.

Pero, veamos cuál es la situación real. ¿Qué es lo que sucede? … Sucede que la mayoría de nosotros nos encontramos aturdidos por los atractivos del mundo y ocupados con sus exigencias; es decir, estamos -como si dijéramos- “atrapados” por el mundo, por todo lo mundano. Y entonces no tenemos ni tiempo, ni tranquilidad, ni ganas siquiera, de pensar en la necesidad que tenemos de convertirnos… porque no pensamos sino en las cosas de mundo.

Vivimos como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados
Hay otros que llegamos a pensar que tal vez debiéramos convertirnos… y hasta damos algunos pasos en ese sentido. Pero … ¿quiénes somos los que concientizamos suficientemente la necesidad que tenemos de ser salvados por Jesucristo? ¿No es cierto que más bien tomamos nuestra redención algo así como un “derecho adquirido”, como algo que ya está dado y que en realidad no tiene mayor importancia?

¿Quiénes somos los que realmente pensamos que tenemos una necesidad vital de ser redimidos por Jesucristo? … ¿Quiénes? … ¡Qué lejos estamos de la realidad, qué lejos estamos de la verdad, con nuestra forma de pensar! ¿O podríamos más bien llamarla “forma de no pensar”? Pues, como decíamos antes, realmente no nos ocupamos mucho de pensar en esto…

La Segunda Lectura de la Carta San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 18-23) que seguimos leyendo poco a poco a lo largo de estas semanas del Tiempo Ordinario, nos habla de esa necesidad que tenemos de ser redimidos. Nos habla de los sufrimientos de esta vida, por los que tenemos que pasar, pero teniendo la firme esperanza de que seremos definitivamente llevados a la gloria de los hijos de Dios.

Los que en esta vida tratan de vivir en gracia, tienen esa vida divina en la parte espiritual de su ser, pero esperan ser transformados totalmente, cuerpo y alma, en el momento de la resurrección. Y mientras estamos en esta vida, aunque vivamos en gracia, en Dios, y podamos vivir la Paz de Cristo, los sufrimientos y las tentaciones nos impiden gozar de la gloria, de la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por ahora, nos dice San Pablo, toda la creación -incluyéndonos a nosotros- gime, sufre, como con dolores de parto. Pero estamos esperando nuestra liberación definitiva cuando también nuestro cuerpo sea glorificado en la resurrección final.

Volvamos, entonces, a la Parábola del Sembrador, la cual es muy clara. Como dijimos, el Señor mismo nos la explica. Y ¿qué nos dice el Señor? … Que debemos ser “tierra buena” para recibirlo a El. Lo más importante a considerar en esta parábola son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas. Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor. ¿Y nosotros … cómo recibimos todo esto? ¿Qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor?

¿Somos de los que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿O seremos tal vez de los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman inicialmente -es decir, dejan germinar la semilla- pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces la siembra se pierde?

¿O más bien somos de los “espinosos”, que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano, con el apego que tienen al racionalismo y el orgullo intelectual, etc., etc. etc. … que ahogan la Palabra de Dios con ¡tantas otras cosas! que terminan por hacer que la siembra no dé sus frutos?

Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.

Entonces cabe preguntarnos: ¿realmente queremos seguir con los ojos cerrados, con los oídos cerrados y con el corazón cerrado? ¿O queremos abrirnos para ser de esa “tierrabuena”, que es como llama Jesús a las almasde los que sí abren sus ojos, sí abren sus oídos y sí abren su inteligencia y su corazón, para que el Señor pueda sembrar y para que podamos dar fruto.

En la Primera Lectura (Is. 55, 10-11) Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina. Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir, la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación.

El Salmo 64 que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales. Y nos habla de la preparación de la tierra. Y ¿quién prepara la tierra? ¿quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto? La prepara el mismo Señor, el Sembrador.

Así hemos rezado en el Salmo: “Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia”.

Dispongámonos a que el Señor nos prepare para su siembra, dejemos que El reblandezca nuestro suelo con la lluvia de su Gracia, dejemos que El aplane nuestro terreno, moldeándolo de acuerdo a su Voluntad. Así podremos ser esa tierra buena que El busca para sembrar su Palabra y para que dé el fruto esperado.

“Unos dan el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”. Ojalá estemos entre éstos, porque -si es así- el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.

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Opinión: Viva la Virgen del Carmen, estrella de los mares, por Ángel Corbalán

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Hoy es domingo, 16 de Julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen. La Iglesia celebra a María bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Se trata de una de las advocaciones marianas más populares que existen, merced a la labor divulgadora de los carmelitas, que extendieron su devoción por todo el mundo. Es comúnmente invocada como patrona de las gentes de la mar.

La también llamada “Estrella de los mares”, en nuestra parroquia de San García Abad, será motivo de gran celebración esta tarde durante el Culto que se hace en su honor, la imagen de Nuestra Señora, está entronizada cerca del altar y con el nombre de “Nuestra Señora del Carmen , Estrella de los Mares”. Al finalizar la ceremonia de la Santa Misa, se imponen los escapularios bendecidos de Nuestra Señora.

“También yo llevo sobre mi corazón, desde hace tanto tiempo, el Escapulario del Carmen! Por ello, pido a la Virgen del Carmen que nos ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente, para crecer en su amor e irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia”.

(SanJuan Pablo II)

La Devoción a la Virgen del Carmen.

El Carmelo era sin duda, el monte donde numerosos profetas rindieron culto a Dios. Los principales fueron Elías y su discípulo Eliseo, pero existían también diferentes personas que se retiraban en las cuevas de la montaña para seguir una vida eremítica. Esta forma de oración, de penitencia y de austeridad fue continuada siglos más tarde, concretamente en el III y IV, por hombres cristianos que siguieron el modelo de Jesucristo y que de alguna forma tuvieron al mismo Elías como patrón situándose en el valle llamado Wadi-es-Siah.

A mediados del siglo XII, un grupo de devotos de Tierra Santa procedentes de Occidente -algunos creen que venían de Italia-, decidieron instalarse en el mismo valle que sus antecesores y escogieron como patrona a la Virgen María. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Santa María del Monte Carmelo. Desde su monasterio no quisieron crear una nueva forma de culto mariano, ni tampoco, el título de la advocación, respondía a una imagen en especial.

Quisieron vivir bajo los aspectos marianos que salían reflejados en los textos evangélicos: maternidad divina, virginidad, inmaculada concepción y anunciación. Estos devotos que decidieron vivir en comunidad bajo la oración y la pobreza, fueron la cuna de la Orden de los Carmelitas, y su devoción a la Virgen permitió que naciera una nueva advocación: Nuestra Señora del Carmen.

Patrona de los marineros.

En la Edad Media se creía que María significaba “estrella del mar”, en latín “stella maris”. Desde aquella época, muchos carmelitas han aclamado a María como la “Flor del Carmelo” y la “Estrella del Mar”. Lo hizo el mismo Simón Stock con esta plegaria que se le atribuye:

“Flor del Carmelo Viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda, singular. ¡Oh Madre tierna, intacta de hombre, a todos tus hijos proteja tu nombre, Estrella del Mar!.

El nombre de “Stella Maris” se ha dado también a todos los centros del Apostolado del Mar de la Iglesia Católica que están ubicados en los puertos.

Pero … ¿de donde viene el patronazgo de la Virgen del Carmen hacia los marineros?. En el siglo XVIII, cuando ya era muy popular la fiesta de la Virgen del Carmen en España, el almirante mallorquín Antonio Barceló Pont de la Terra, nacido en 1716 y fallecido en 1797, impulsó su celebración entre la marinería que él dirigía. Fue a partir de entonces cuando la marina española fue sustituyendo el patrocinio de San Telmo por el de la Virgen del Carmen. En muchas localidades españolas se celebran grandes procesiones marítimas que son un auténtico éxito. En el obispado de Girona cabe remarcar las de: l’Escala, Roses, Llançà, Arenys de Mar y Palamós.
Aunque la Virgen sea la patrona de los marineros, muchos de ellos comparten aún el patrocino con San Telmo. También los pescadores tienen a la Virgen del Carmen como patrona sin olvidar a San Pedro. Se la puede invocar para que nos proteja ante posibles naufragios y tempestades en alta mar.

En Catalunya, antiguamente, las chicas rogaban con una pequeña oración a Nuestra Señora del Carmen para que les encontrara esposo rápidamente, daba igual su estatus económico, rico o pobre: “Mare de Déu del Carme, doneu-me un bon marit, sia pobre, sia ric, mentre vingui de seguit”. También le tenían como patrona los ya desaparecidos serenos (policía nocturna) de Barcelona.

El gran santuario dedicado a Nuestra Señora del Carmen se encuentra lógicamente en el Monte Carmelo, en Haifa (Israel), pero … no en el valle del Wadi-es-Siah, sino en el valle conocido como “El-Muhraqa”. Allí hay el monasterio de los carmelitas, una hospedería y un gran mirador.

Testimonio de San Simon Stock sobre la Virgen del Carmen.

Como ya sabrán, la fiesta de Nuestra Señora del Carmen es el 16 de julio, ya que según la tradición, fue el 16 de julio de 1251 la fecha del regalo del escapulario por parte de la Virgen a San Simón Stock. .A continuación mostramos el testimonio de este santo antes de morir;

“En el ocaso de mi vida, y al final de mis días como General de la Orden del Carmen, invoco una vez más a la Virgen María y le ruego me conceda la fuerza necesaria para dejar testimonio de algunos hechos que dieron sentido a mi paso por este mundo.

Hace algún tiempo, yo, Simón Stock, tuve el privilegio de unirme a aquellos religiosos llegados del bíblico Monte Carmelo, que se consideran discípulos del profeta Elías y, al mismo tiempo, hermanos de la Madre de Dios. Pertenecer a una Orden cuyos vínculos con María se remontan al Antiguo Testamento es mi mayor orgullo: Ya Elías vio prefigurada a María –antes de su nacimiento– en una nubecilla que ascendía del mar y que se interpretó como una prefiguración de la Inmaculada Concepción de la Virgen. Este hecho explica el vigor con el que los carmelitas siempre la hemos defendido, llevando el color que simboliza su pureza en el blanco de nuestras capas.

En una peregrinación al Monte Carmelo conocí otras tradiciones que unían nuestra historia a la de la Virgen. Durante su infancia, María visitaba con frecuencia esta Sagrada Montaña, ya que Nazaret está a pocas leguas de distancia. También se cuenta que volvió más tarde con José y con Jesús. Esa estrecha relación entre la Virgen y el Carmelo explica algunos acontecimientos que tuvieron lugar tiempo después.

Con la llegada de la Orden a Occidente, en los primeros años de esta centuria del 1.200, llegaron también los tiempos difíciles. Nuestra rápida expansión por Europa fue contemplada por algunos como una amenaza, y esto desencadenó una dura persecución contra nosotros. Fueron tiempos duros, que me hicieron comprender la importancia de la fe, el único refugio que buscábamos los Carmelitas y que hallamos bajo el manto de Nuestra Señora.

A Ella elevaba cada día mis plegarias en espera de obtener su protección. La respuesta llegó en el año de gracia de 1251. En esas fechas tuve el honor de recibir el favor de la Madre de Dios. Ella quiso escoger a este humilde siervo para mostrar su protección a la Orden Carmelita, haciéndome entrega del Escapulario.

Ella me dijo: «Recibe este signo de mi amor y protección para ti y para todos los carmelitas: Quien muriere con él no padecerá las penas del infierno». Aquellas palabras convertían en un sacramental, en un don del cielo, lo que hasta entonces había sido una tosca indumentaria, propia de los plebeyos y, por ello, sinónimo de servidumbre. A partir de entonces sería símbolo de protección y promesa de salvación eterna.

Sé que se acerca el día en que veré esa promesa cumplida y el rostro de quien me eligió para dejar este testimonio. Hasta entonces seguiré invocándola del modo que ella me inspiró, rezando, con la misma devoción con la que invito a mis hermanos a hacerlo, el Flos Carmeli.”. (Fray Simón Stock.)

Salvados del Mar

En el verano de 1845 el barco inglés, “Rey del Océano” se hallaba en medio de un feroz huracán. Las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón.

Entre la tripulación se encontraba el irlandés John McAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario que quedó depositado a los pies del muchacho.

Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia Católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.

EL ESCAPULARIO DE LA VIRGEN DEL CARMEN

Quienes reciben la imposición de este Escapulario y lo visten habitualmente, necesitan saber las razones que la iglesia ha tenido para autorizarlo y recomendarlo, bendiciendo e indulgenciando a sus devotos.

De este modo lograrán que les sirva de medio en su perfeccionamiento en la fe de Cristo y alcanzarán con más facilidad la saludable ayuda de la Virgen Santísima, Madre espiritual y medianera de todas las gracias, a la que pretenden honrar. Ella, a los que vivan esta común consagración carmelitana, significada en el Escapulario, los conducirá a una más plena participación de los frutos del Misterio Pascual.

El Escapulario es un símbolo de la protección de la Madre de Dios a sus devotos y un signo de su consagración a María. Nos lo dio La Santísima Virgen. Se lo entregó al General de la Orden del Carmen; San Simón Stock, según la tradición, el 16 de julio de 1251, con estas palabras: «Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno».

Alude a este hecho el Papa Pío XII cuando dice: «No se trata de un asunto de poca importancia, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen».

Privilegio sabatino

También reconocida por Pío XII, existe la tradición de que la Virgen, a los que mueran con el Santo Escapulario y expían en el Purgatorio sus culpas, con su intercesión hará que alcancen la patria celestial lo antes posible, o, a más tardar, el sábado siguiente a su muerte.

Resumen de las promesas

1. Morir en gracia de Dios.

2. Salir del Purgatorio lo antes posible.

Interpretación

Alcanzar estas promesas supone siempre el esfuerzo personal colaborando con la gracia de Dios. Nos lo enseña con toda claridad el Concilio Vaticano II: «La verdadera devoción… procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes».

Ayuda en la vida

Tanto en los peligros espirituales como en los corporales. Hay muchos hechos que lo atestiguan.

Vinculaciones

El que recibe el Escapulario es admitido en la familia de la Madre de Dios y de la Orden Carmelitana.
Por ello participa de los privilegios, gracias e indulgencias que los Sumos Pontífices han concedido a la Orden del Carmen.
Se beneficia, además, de los méritos, de las penitencias y de las oraciones que se hacen en todo el Carmelo.

Objetivo

Ir más fácilmente a Jesús, según la enseñanza del Concilio Vaticano II: «Los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen,siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad».
Por eso afirmó Pío XII que «nadie ignora, ciertamente, de cuánta eficacia sea para avivar la fe católica y reformar las costumbres, el amor a la Santísima Virgen, Madre de Dios, ejercitado principalmente mediante aquellas manifestaciones de devoción, que contribuyen en modo particular a iluminar las mentes con celestial doctrina y a excitar las voluntades a la práctica de la vida cristiana. Entre éstas debe colocarse, ante todo, la devoción del Escapulario de los carmelitas».

Es una devoción y una forma de culto

Prueban lo primero, incluyéndolo entre las prácticas y ejercicios de piedad marianas, recomendados por el Concilio Vaticano II, las palabras de Pablo VI: «Creemos que entre estas formas de piedad mariana deben contarse expresamente el Rosario y el uso devoto del ESCAPULARIO DEL CARMEN». Y añade tomando las afirmaciones de Pío XII: «Esta última práctica, por su misma sencillez y adaptación a cualquier mentalidad, ha conseguido amplia difusión entre los fieles con inmenso fruto espiritual».

También destaca entre las más antiguas formas de culto, especial y necesario a María Santísima, que cooperan a que «al ser honrada la Madre, sea mejor conocido, amado, glorificado el Hijo, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandarniento» (L.G. 66). La celebración de la Virgen del Carmen, 16 de julio, está entre las fiestas «que hoy, por la difusión alcanzada, pueden considerarse verdaderamente eclesiales» (Marialis Cultus 8).
«Este culto se convierte en camino a Cristo, fuente y centro de la comunión eclesiástica» (M. C. 32).

Espiritualidad

Quien entra en comunión con la familia consagrada al amor, a la veneración y al culto a María, queda señalado con un peculiar carácter mariano de espíritu de oración y contemplación, de los diversos modos de apostolado y de la vida misma de abnegación. Asume también un compromiso de imitar a María.
Este don de la Virgen es signo de las muchas gracias que puede ella conceder, como consecuencia de su privilegiada e íntima participación en la historia de la salvación.
Entraña, pues, la experiencia de unas vivencias marianas y espirituales. Ya que «ante todo, la Virgen María ha sido propuesta siempre por la Iglesia a la imitación de los fieles… porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios» (M. C. 35).

Compromiso

Vida mariana. Es decir: Vivir en obsequio de Jesucristo y de su Madre. Nuestra vida ha de estar informada por la luz y el amor de María, unido estrechamente al de Cristo. El fruto del Escapulario consistirá en que quien lo lleve se esfuerce eficazmente en la imitación de las virtudes de la Santísima Virgen.

Representa la participación en el carisma de la Orden del Carmen, siendo señal como de un contrato entre la Virgen y nosotros, por el cual Ella nos protege y nosotros le estamos consagrados.

La Medalla escapulario

Está autorizado su uso con tal de que por un lado lleve la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y por el otro una de la Santísima Virgen: La imposición debe realizarse con Escapulario de tela. A pesar de ello, el mismo San Pío X, al conceder esta dispensa, recomendó el uso del Escapulario de tela. Este es más simbólico, por ser una expresión abreviada del hábito del Carmen,

Indulgencias

Se puede ganar indulgencia plenaria:

1.- El día que se inscribe en la Cofradía.
2.- En la Solemnidad de la Sma. Virgen del Carmen, el 16 de julio.
3.- En la festividad de San Simón Stock, el 16 de mayo.
4.- En la festividad de San Elías, Profeta, el 20 de julio.
5.- En la festividad de Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre.
6.- En la festividad de San Juan de la Cruz, el 14 de diciembre.
7.- En la festividad de Sta. Teresita del Niño Jesús, el 1 de octubre.
8.- En la festividad de Todos los Santos de la Orden, el 14 de noviembre.

Los signos en la vida humana

Vivimos en un mundo hecho de realidades materiales llenas de simbolismo: la luz, el fuego, el agua…

Existen también, en la vida de cada día experiencias de relación entre los seres humanos, que expresan y simbolizan cosas más profundas, como el compartir la comida (signo de amistad), participar en una manifestación masiva (signo de solidaridad), celebrar juntos un aniversario nacional (símbolo de identidad).

Tenemos necesidad de signos o símbolos que nos ayuden a comprender y vivir hechos de hoy o de ayer, y nos den conciencia de que somos como personas y como grupos.

Los signos en la vida Cristiana

Jesús es el gran don y signo del amor del Padre. Él estableció la Iglesia como signo e instrumento de su amor. En la vida cristiana hay también signos. Jesús los utilizó: el pan, el vino, el agua, para hacernos comprender realidades superiores que no vemos ni tocamos.

En la celebración de la Eucaristía y de los Sacramentos (Bautismo, Confirmación, Reconciliación, Matrimonio, Orden Sacerdotal, Unción de los enfermos) los símbolos (agua, aceite, imposición de las manos, anillos) expresan su sentido y nos introducen en una comunicación con Dios, presente a través de ellos.

Además de los signos litúrgicos, existen en la Iglesia otros, ligados a un acontecimiento, a una tradición, a una persona. Uno de ellos es el Escapulario del Carmen.

El Escapulario. Un signo Mariano.

Uno de los signos de la tradición de la Iglesia, desde hace siete siglos, es el Escapulario de la Virgen del Carmen. Es un signo aprobado por la Iglesia y aceptado por la Orden del Carmen como manifestación externa de amor a María, de confianza filial en ella y como compromiso de imitar su vida.
La palabra “escapulario” indica un vestido superpuesto, que llevaban los monjes durante el trabajo manual. Con el tiempo se le fue dando un sentido simbólico: el de llevar la cruz de cada día, como discípulos y seguidores de Jesús.

En algunas Órdenes religiosas, como en el Carmelo, el Escapulario se convirtió también en signo de su manera de ser y de vivir.
El Escapulario pasó a simbolizar la dedicación especíal de los carmelitas a María, la Madre del Señor, y a expresar la confianza en su protección maternal; el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás. Se transformó en un signo mariano.

De las Órdenes Religiosas al pueblo de Dios

En la Edad Media, muchos cristianos quisieron asociarse a las Órdenes religiosas fundadas entonces: Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas. Surgió un laicado asociado a ellas, por medio de Cofradías o Hermandades.

Todas las Ordenes religiosas quisieron dar a los laicos un signo de su afiliación y participación en su espíritu y en su apostolado. Ese signo era una parte de su hábito: la capa, el cordón, el escapulario.
Entre los carmelitas se llegó a establecer el escapulario reducido en tamaño, como la señal de pertenencia a la Orden y la expresión de su espiritualidad.

El valor y el sentido del Escapulario

El Escapulario hunde sus raíces en la tradición de la Orden, que lo ha interpretado como signo de protección materna de María. Tiene, en sí mismo, a partir de esa experiencia plurisecular, un sentido espiritual aprobado por la Iglesia.

Representa el compromiso de seguir a Jesús, como María, el modelo perfecto de todo discípulo de Cristo. Este compromiso tiene su origen en el bautismo que nos transforma en hijos de Dios.

La Virgen nos enseña a:

Vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida.
Escuchar la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida, a creer en ella y a poner en práctica sus exigencias
Orar en todo momento, descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias
Vivir cercanos a las necesidades de nuestros hermanos y a solidarizarnos con ellos.

Introduce en la fraternidad del Carmelo, comunidad de religiosos y religiosas, presentes en la Iglesia desde hace más de ocho siglos, y compromete a vivir el ideal de esta familia religiosa: la amistad íntima con Dios en la oración.

Coloca delante el ejemplo de los santos y santas del Carmelo, con los que se establece una relación familiar de hermanos y hermanas.

Expresa la fe en el encuentro con Dios en la vida eterna, mediante la ayuda de la intercesión y protección de María.

Normas prácticas

El escapulario es impuesto, sólo la primera vez, por un sacerdote o por una persona autorizada.

Puede ser sustituido por una medalla que tenga por una parte la imagen del Sgdo. Corazón y por otra la de la Virgen.

El Escapulario exige un compromiso cristiano auténtico: vivir de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, recibir los sacramentos y profesar una devoción especial a la Sma. Virgen que se expresa, al menos, con la recitación cotidiana de tres avemarías.

Fórmula Breve para la imposición del escapulario

Recibe este Escapulario, signo de una relación especial con María, la Madre de Jesús, a quien te comprometes a imitar. Que este Escapulario te recuerde tu dignidad de cristiano, tu dedicación al servicio de los demás y a la imitación de María.

Llévalo como señal de su protección y como signo de tu pertenencia a la familia del Carmelo, dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y a empeñarte en el trabajo por la construcción de un mundo que responda a su plan de fraternidad, justicia y paz.

El Escapulario del Carmen

NO ES:
Un signo protector mágico
Una garantía automática de salvación.
Una dispensa de vivir las exigencias de la vida cristiana.

ES UN SIGNO:
Aprobado por la Iglesia desde hace siete siglos.
Que representa el compromiso de seguir a Jesús como María:
Abiertos a Dios y a su voluntad.
Guiados por la fe, la esperanza y el amor.
Cercanos a las necesidades de los demás.
Orando en todo momento y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias.
Que introduce en la familia del Carmelo
Que aumenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna con la ayuda de la protección e intercesión de María.

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Opinión: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, por Ángel Corbalán

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Hoy, Jesús nos muestra dos realidades que le definen: que Él es quien conoce al Padre con toda la profundidad y que Él es «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). También podemos descubrir ahí dos actitudes necesarias para poder entender y vivir lo que Jesús nos ofrece: la sencillez y el deseo de acercarnos a Él.

A los sabios y entendidos frecuentemente les es difícil entrar en el misterio del Reino, porque no están abiertos a la novedad de la revelación divina; Dios no deja de manifestarse, pero ellos creen que ya lo saben todo y, por tanto, Dios ya no les puede sorprender. Los sencillos, en cambio, como los niños en sus mejores momentos, son receptivos, son como una esponja que absorbe el agua, tienen capacidad de sorpresa y de admiración. También hay excepciones, e incluso, hay expertos en ciencias humanas que pueden ser humildes por lo que al conocimiento de Dios se refiere.

En el Padre, Jesús encuentra su reposo, y su paz puede ser refugio para todos aquellos que han sido maleados por la vida: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Jesús es humilde, y la humildad es hermana de la sencillez. Cuando aprendemos a ser felices a través de la sencillez, entonces muchas complicaciones se deshacen, muchas necesidades desaparecen, y al fin podemos reposar. Jesús nos invita a seguirlo; no nos engaña: estar con Él es llevar su yugo, asumir la exigencia del amor. No se nos ahorrará el sufrimiento, pero su carga es ligera, porque nuestro sufrimiento no nos vendrá a causa de nuestro egoísmo, sino que sufriremos sólo lo que nos sea necesario y basta, por amor y con la ayuda del Espíritu. Además, no olvidemos, «las tribulaciones que se sufren por Dios quedan suavizadas por la esperanza» (San Efrén).

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Hoy tenemos en el Evangelio uno de los pasajes más preciosos… y tal vez uno de los menos aprovechados: es aquella oración en que Jesús clamaba así al Padre Celestial: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.” (Mt. 11, 25)

Sí, al Padre le ha parecido bien esconder las cosas de su Reino -esconder su Sabiduría- a los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que no creen en nada que no sea comprobable, a los que necesitan “ver para creer”. Pero sí se las ha revelado a la gente sencilla.

¿Quiénes son esa gente sencilla? Son aquéllos, ricos o pobres (no se refiere Jesús a la condición económica), que creen no saber mucho o tal vez no saber nada. Son aquéllos que se dejan enseñar por el Espíritu Santo, que saben que no saben nada… nada que no les venga de Dios; son los que saben que, ante Dios, no son nada. A ésos que son así, el Padre les revela sus secretos.

Conocida esta oración del Señor, no sorprende, entonces, que San Pablo, dirigiéndose a los griegos, quienes se dedicaban con mucho ahínco a la búsqueda del saber humano, les dijera esto: “Si entre ustedes alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdadero sabio. Pues la sabiduría de ese mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3,18-20). Luego pasa a citar frases del Antiguo Testamento: “Dios atrapa a los sabios en su propia sabiduría … El Señor conoce las razones de los sabios, y sabe que no valen nada” (Job 5, 13 y Sal. 94, 11).

¡Qué distinto ve Dios las cosas a como las vemos nosotros los humanos! Si alguno quiere ser verdadero sabio, que se reconozca incapaz de saber y de conocer por sí solo, que se reconozca insuficiente, que sepa que nada puede por su cuenta, porque … querámoslo reconocer o no … nada puede el hombre por sí solo. En esto consiste la “pobreza de espíritu”. Sólo los sencillos, los “pobres de espíritu” podrán conocer la verdadera “Sabiduría” -aquélla que viene de Dios.

Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría? En poder ver las cosas a los ojos de Dios, en poder ver las cosas como Dios las ve, en poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, en poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Aunque no forman parte de las Lecturas de este Domingo, para mejor entender esta oración de Jesús, vale la pena repasar el 1o. y el 2o. Capítulo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. Al leer a partir de 1 Cor. 1, 17 hasta 2, 15, puede entenderse mejor la discrepancia, que -por cierto- no es mera diferencia, entre “saber humano” y “Sabiduría Divina”.

El “saber” humano logrado con el raciocinio, va en sentido contrario de la “Sabiduría” que viene de Dios. En estos Capítulos, San Pablo echa mano de algunos pasajes del Antiguo Testamento para descalificar el saber humano y realzar la “locura” de la humildad, de la debilidad, para realzar la “locura de la cruz”: todo un Dios, que es la Sabiduría perfecta se rebaja hasta morir aparentemente fracasado en una cruz.

Es la descripción de Dios que leemos en la Primera Lectura tomada del Profeta Zacarías (Za. 9, 9-10). Un Dios, que, siendo Rey, “viene humilde y montado en un burrito”. Y con esa humildad -continúa el Profeta Zacarías- “hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate … y su Poder se extenderá de mar a mar y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Ese Dios humilde, que desea nuestra humildad y nuestra pequeñez, destruirá a los fuertes y poderosos que creen no necesitar a Dios porque creen bastarse a sí mismos. Si el Evangelio y las citas de San Pablo nos oponen el saber humano a la Sabiduría Divina, esta lectura del Profeta Zacarías opone el poder divino a la pretendida fortaleza humana.

Continuemos con San Pablo a los Corintios: “Como dice la Escritura: ‘Haré fallar la sabiduría de los sabios y echaré abajo las razones de los entendidos’ (Is. 29, 14). Sabios, filósofos, teóricos: ¡cómo quedan! ¿Y cómo queda la sabiduría de este mundo? … Dios la dejó como tonta… Porque la “necedad” de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la “debilidad” de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres … Fíjense, hermanos, a quiénes ha llamado Dios. Son pocos los de ustedes que pueden considerarse cultos y son pocos los que son pudientes o que vienen de familias famosas. Pero Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes. Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada, para rebajar a lo que es. Y así ningún mortal ya podrá alabarse a sí mismo delante de Dios … La Escritura, pues, nos dice: ‘No se sientan orgullosos, más bien estén orgullosos del Señor’ (Jer. 9, 22) … Yo mismo, hermanos, no llegué a ustedes con palabras y discursos elevados para anunciarles el mensaje de Dios … me presenté a ustedes débil, inquieto y angustiado: mis palabras y mi predicación no tenían brillo … Pero sí se manifestó el Espíritu de Dios con su poder, para que ustedes creyeran, y no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el Poder de Dios … Sólo el Espíritu de Dios conoce los secretos de Dios … Hablamos, no con palabras llenas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu de Dios, para expresar las cosas espirituales en un lenguaje espiritual. El hombre que se queda en lo humano no entiende las cosas del Espíritu de Dios. Para él son necedad y no las puede entender, pues éstas sólo se pueden entender a partir de una experiencia espiritual … ‘¿Quién ha conocido el pensamiento de Dios?’ (Is. 40, 13) … Pues … nosotros conocemos el pensamiento de Cristo”. (1 Cor. 1, 17-20 y 2, 1-15)

A esto precisamente se refiere el Evangelio de hoy al continuar así: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26-27).

Y ¿a quién quiere revelarse Dios? ¿A quién quiere revelar Dios sus secretos? No a los sabios, a los cultos, a los racionalistas. No. Dios se revela a los sencillos: a los que saben que no saben, a los que no necesitan pruebas, a los que se abren a las enseñanzas del Espíritu Santo.

Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes. Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo” (Rm. 8, 9-13).

Pero debemos tener en cuenta que para ser de Cristo no basta haber recibido su Espíritu en el Bautismo. Es necesario hacer crecer la Vida del Espíritu de Dios en nosotros, para poder actuar de acuerdo a ese Espíritu que nos inunda de Sabiduría Divina, y dejar así de actuar de acuerdo a la sabiduría del mundo.

La Santísima Virgen María, modelo de humildad y de esa Sabiduría que viene de Dios, sabe que nada puede por sí sola. Por ello reconoce que, no ella, sino Dios, el Poderoso, “ha hecho grandes cosas” en ella. (Lc.1,49

Pequeñez. Sencillez. Humildad. Virtudes evangélicas necesarísimas, que nos llevan a ser pobres en el espíritu. Pero ¡qué lejanas están estas virtudes de lo que nuestro mundo actual -tan distinto de Dios- nos propone!

1) Ante la pequeñez espiritual del Evangelio, se nos propone el engrandecimiento del propio yo.

2) Ante la sencillez del Evangelio, se nos proponen los racionalismos estériles.

3) Ante la humildad del Evangelio, se nos propone la soberbia de lograr cualquier cosa con tan sólo proponérnosla.

4) Ante la pobreza en el espíritu del Evangelio se nos propone la auto-suficiencia y el engreimiento del ser humano.

Pero las proposiciones contenidas en la Sagrada Escritura son para todos los tiempos, incluyendo el de nuestra “avanzada” civilización. Y la Palabra de Dios nos aconseja reconocernos incapaces ante el Todopoderoso … para poder llegar a ser sabios. Hacernos pequeños -necesitados como los niños … para que Dios pueda crecer en nosotros. Hacernos humildes … reconocernos que no somos nada ante Dios … para poder ser engrandecidos por El.

No significa que no estudiemos, que no nos preparemos. Significa que esos conocimientos no son los que nos capacitan para obtener la Sabiduría que viene de Dios. Los conocimientos humanos nos capacitan para cosas que tenemos que hacer, pero no para ser los sabios que Dios quiere que seamos.

Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría? Consiste en poder ver las cosas como Dios las ve, poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Sólo así, podremos salirnos del grupo de los “sabios y entendidos”, a quienes le quedan escondidos los secretos de Dios y podremos, entonces, ser contados entre la “gente sencilla” a quienes el Padre revela sus secretos, los secretos de su Sabiduría.

La Segunda Lectura (Rm. 8, 9.11-13) nos recuerda nuestra futura resurrección, asegurándonos que el Espíritu Santo dará nueva vida a nuestros cuerpos mortales. Así como Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos.

Adicionalmente San Pablo nos insta a dejar el egoísmo y las malas acciones. El egoísmo (la preferencia de nuestro “yo”) y las malas acciones (el pecado) están muy conectados, pues el pecado es básicamente egoísmo: anteponer nuestro “yo” al “Tú” de Dios, preferirnos a nosotros mismos antes que preferir a Dios. San Pablo nos asegura que tenemos todo el auxilio del Espíritu Santo, para dejar ese egoísmo que nos lleva al pecado.

Al comienzo de esta lectura, nos dice el Apóstol: “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes”.

Y, vivir conforme al Espíritu de Dios, no solamente es dejar el egoísmo y el pecado, sino que es también vivir de acuerdo a la Sabiduría Divina. Para ello debemos aprovechar todas las gracias que el Espíritu Santo continuamente derrama en nosotros, para dejar de ser sabios y entendidos, y llegar a ser de la gente sencilla de la cual nos habla el Evangelio de hoy.

Con el Salmo 144 hemos implorado la misericordia del Señor en el responsorio: Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

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Opinión: Hoy es Santa Isabel de Portugal, por Ángel Corbalán

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Hija de Pedro III de Aragón y de Constanza de Sicilia, nació hacia 1270, no se sabe ciertamente si en Zaragoza o Barcelona. A los 12 años fue pedida en matrimonio por los príncipes herederos de Inglaterra y de Nápoles y por don Dionís, rey de Portugal, que fue el aceptado. El 11 febrero de 1282 contrajo matrimonio por poderes en la capilla de Santa María, luego llamada de Santa Águeda, del palacio real de Barcelona. En junio de este mismo año llegó a Portugal y en Troncoso, a donde había salido a recibirla, se encontró con su esposo al que conoció por primera vez.

Los años de reina en la corte portuguesa

La nieta de Jaime I el Conquistador, pese a su corta edad, aparecía ante todos como una mujer adornada de energía tenaz y fuerza de alma no comunes. Además, como quiere la leyenda medieval de su vida, era una mujer dulce y bondadosa, inteligente y bien educada. No obstante estas excepcionales cualidades, bien pronto tuvo que sufrir las infidelidades de su marido, que ella supo disimular con heroico silencio. Nunca quiso enfrentarse con él, sino que con dulzura y amor quería apartarlo de sus ilícitas relaciones. Tan heroica fue su paciencia que hasta llegó a ocuparse con toda solicitud de los hijos bastardos de su esposo. Fuerza para llevar con resignación estos agravios la encontró la reina en su trato con Dios. Bajo la dirección de su confesor, el mercedario fray Pedro Serra, cultivó una intensa vida interior y de entrega a la voluntad divina, sin perder la naturalidad de esposa y reina. Nunca quiso rehuir sus obligaciones, aun aquellas que parecían más mundanas, y siempre, como reina que era, se la halló presente en las solemnidades, banquetes, recepciones y demás fiestas palaciegas. Minuciosa atención prestaba a las audiencias y visitas de sus súbditos, porque, como decía, era responsable de su salvación y bienestar. Pero no por esta actividad su vida espiritual sufría menoscabo alguno. Antes al contrario, supo encontrar a Dios y estar unida a Él en el cotidiano quehacer. Durante toda su vida dedicó largas horas a la oración y a la lectura piadosa. Su espíritu de mortificación fue grande, especialmente en ayunos y abstinencias. Otra gran virtud fue su caridad para con los pobres y enfermos, compensada alguna vez por Dios con prodigios extraordinarios.

Tras seis años sin tener sucesión le nacieron dos hijos: la princesa Constanza y el príncipe Alfonso que fue su cruz y el gran amor de su vida. Crecido el futuro Alfonso IV el Bravo en la Corte portuguesa, no se dejaron sentir en él sus negativas influencias, antes bien su vida fue limpia, pudiendo verse aquí el decisivo influjo de su madre a la que tanto vio sufrir por las infidelidades de su marido. De estos hechos empezó a nacer, en la conciencia del infante don Alfonso, un fuerte odio hacia su padre que con el correr de los años traería días de luto al corazón de Isabel. Ésta hizo cuanto estuvo a su alcance para que el hijo, pese a todo, obedeciera y respetara al rey su padre.

Llevó a cabo una labor pacificadora por su intervención delicada en los asuntos de gobierno, tan difícil en ciertos momentos. Hay que destacar en ella este especial don. Así, merced a su constante y discreta intervención, contribuyó a reconciliar a Portugal con el Papa, reconciliación que se confirmó con la firma de un Concordato y con la fundación de la Universidad de Coimbra. Una alta visión política, a la par que un gran desprendimiento, demostró tener la reina, cuando cedió parte de sus derechos a la dote que le correspondía, en favor de su sobrina la hija de don Alfonso, hermano de don Dionís. Con ella quedó apaciguado el intento de guerra civil que para defender los intereses de su hija se aprestaba a promover don Alfonso. También afianzó la paz entre castellanos y portugueses, mediante la unión matrimonial de sus hijos con los del rey de Castilla. En momentos difíciles para esta paz se entrevistó con la reina castellana María de Molina, siendo eficaz su intervención para los intereses de ambos reinos, amenazados por las discordias promovidas en Castilla por los Infantes de la Cerda, que comprometían no sólo al rey Fernando, su yerno, sino al mismo rey de Portugal, su marido, y al de Aragón, Jaime II, su hermano. Con el mismo efecto pacificador medió entre su hermano don Fadrique, rey de Sicilia, y Roberto de Nápoles, dispuestos a dar solución a sus problemas con las armas.

Si ardua y difícil fue esta labor pacificadora, lo fue mucho más la que tuvo que poner en juego para evitar o aminorar los enfrentamientos entre don Dionís y su hijo Alfonso. Vieja era en el ánimo del príncipe heredero la animadversión hacia su padre que se acrecentó por la envidia que en él despertaban los favores que el rey dispensaba al mayor de sus bastardos. Por tres veces se alzó el príncipe en rebeldía. Estas luchas entre sus dos más grandes amores fueron la gran prueba que tuvo que sufrir durante largos años la reina Isabel. «Vivo vida muito amargosa», dice en una carta a su hermano Jaime II de Aragón.

A todos los sacrificios estaba dispuesta con tal de lograr la paz de su reino y la reconciliación del padre con el hijo. Para conseguirlo una vez más, así se expresa en una carta dirigida a su esposo: «No permitáis que se derrame sangre de vuestra generación que estuvo en mis entrañas. Haced que vuestras armas se paren o entonces veréis cómo en seguida me muero. Si no lo hacéis, iré a postrarme delante de vos y del infante, como la leona en el parto si alguien se aproxima a los cachorros recién nacidos. Y los ballesteros han de herir mi cuerpo antes de que os toque a vos o al infante. Por Santa María y por el bendito S. Dionís, os pido que me respondáis pronto para que Dios os guíe». Hasta el mismo campo de batalla llegó sola, montando una mula, cuando empezaba en el llano de Alvalade, cerca de Lisboa, otra lucha parricida entre el rey y su hijo. Allí mismo consiguió, una vez más, de su esposo el perdón para el hijo inquieto y rebelde. Un año después enfermó don Dionís; lo llevan a Santarem y allí su esposa le cuidó con desvelo y abnegación. Murió el 7 de enero 1325. Inmediatamente después, Isabel se retiró a su cámara, se vistió el hábito de las clarisas, cortó por sí misma los cabellos de su cabeza, y volviendo ante el cadáver de su esposo, dijo a los cortesanos presentes: «Daos cuenta de que a la vez que al Rey perdisteis a la Reina».

Su entrega al servicio de los demás

Se ha visto cómo Isabel siempre estuvo dispuesta a la ayuda del necesitado y cómo, en medio de sus deberes de reina, supo estar unida a Dios. Al enviudar, y heredar el trono su hijo Alfonso IV, quedó libre para entregarse más por entero a sus devociones y a sus obras de caridad. Hasta el fin de sus días vivió una vida retirada, vistiendo siempre el hábito de la Tercera Orden franciscana, aunque libre de votos religiosos, pues siempre quiso mantener su patrimonio, como ella dice, para construir iglesias, monasterios y hospitales.
Ya de antiguo tenía tomada esta resolución, que tanto su confesor como su hijo conocían. Liberada, pues, de los deberes de la Corte, no vive sino para ayudar al necesitado. Sus riquezas van a parar a los pobres y enfermos en forma de ropa y alimentos. En los hospitales pasaba largas horas consolando a los allí acogidos. Construyó iglesias y monasterios: ella misma dirigió las obras del monasterio de Santa Clara de Coimbra. No podía faltar en su vida cristiana la peregrinación a Compostela. Allí ofreció, como prueba de devoción al Apóstol Santiago, la corona más noble de su tesoro. De vuelta a Portugal venía con su bordón y esclavina para «aparecer peregrina de Santiago».

Una vez más, e iba a ser la última, tuvo que intervenir la anciana reina ante su hijo Alfonso y su nieto Alfonso XI de Castilla para evitar la guerra entre ambos. Pese a sus muchos años se puso en camino hacia Estremoz, con el fin de parlamentar con su hijo, y disuadirle de aquella empresa. Aquel viaje agitado y presuroso, en medio de los calores veraniegos, significó su muerte, aunque la causa próxima fue una herida en el brazo, acompañada de fuerte dolor y fiebre. Reconociendo que se acercaba el fin de su vida confesó, oyó misa y «con gran devoción y muchas lágrimas recibió el cuerpo de Dios». Puede decirse que desde aquel momento no dejó de rezar. Su lengua, cada vez más débil, recitaba salmos y los versos latinos de himnos litúrgicos, como el Maria, mater gratiae.

Junto a su lecho, según ella siempre deseó, estaba su hijo por el que tanto había sufrido. Murió el 4 julio 1336, en el castillo de Estremoz. Su cuerpo fue trasladado hasta el monasterio de Santa Clara de Coimbra, donde recibió el último homenaje y adiós de sus súbditos. Allí reposa envuelto en una aureola de milagros. El pueblo cristiano ha rodeado, a través de los siglos, de una gloria inmortal a esta santa medieval. Fue canonizada por Urbano VIII el 25 mayo 1625.

Señor, que diste a santa Isabel de Portugal un espíritu generoso que la llevó a dejarlo todo por amor a ti, te pedimos por su intercesión que podamos entregarnos de cuerpo y alma a predicar la Palabra y practicar las obras de misericordia.

Publicado por San García Abad en 13:41
Etiquetas: Reina de Portugal, San García Abad, Santa Isabel
domingo, 2 de julio de 2017
El Obispo de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Don Rafael Zornoza, celebrara confirmación en San García Abad!!

Este domingo 2 de Julio tendrá lugar en la Parroquia algecireña de San García Abad, la celebración del sacramento de la confirmación donde 30 miembros de esta comunidad parroquial recibirán el Espíritu Santo tras un periodo de formación que han llevado a cabo en salones parroquiales.

El amplio grupo formado por personas de diferentes edades recibirán con gozo el sacramento en una Eucaristía presidida por el Obispo de Cádiz y Ceuta, Don Rafael Zornoza Boy.

El sacramento de la Confirmación perfecciona la gracia bautismal, y nos da la fortaleza de Dios para ser firmes en la fe y en el amor a Dios y al prójimo.

Nos da también audacia para cumplir el derecho y el deber, que tenemos por el bautismo, de ser apóstoles de Jesús, para difundir la fe y el Evangelio, personalmente o asociados, mediante la palabra y el buen ejemplo.

Estarán presentes junto al señor Obispo, vicario general y nuestro párroco, reverendo Juan Ángel García.

El acto comenzará ea las 21:00 horas. Estando invitados todos los feligreses a la Santa Eucaristía.

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Opinión: El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí, por Ángel Corbalán

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Hoy, al escuchar de boca de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (Mt 10,37) quedamos desconcertados. Ahora bien, al profundizar un poco más, nos damos cuenta de la lección que el Señor quiere transmitirnos: para el cristiano, el único absoluto es Dios y su Reino. Cada cual debe descubrir su vocación —posiblemente esta es la tarea más delicada de todas— y seguirla fielmente. Si un cristiano o cristiana tienen vocación matrimonial, deben ver que llevar a cabo su vocación consiste en amar a su familia tal como Cristo ama a la Iglesia.

La vocación a la vida religiosa o al sacerdocio pide no anteponer los vínculos familiares a los de la fe, si con ello no faltamos a los requisitos básicos de la caridad cristiana. Los vínculos familiares no pueden esclavizar y ahogar la vocación a la que somos llamados. Detrás de la palabra “amor” puede esconderse un deseo posesivo del otro que le quita libertad para desarrollar su vida humana y cristiana; o el miedo a salir del nido familiar y enfrentarse a las exigencias de la vida y de la llamada de Jesús a seguirlo. Es esta deformación del amor la que Jesús nos pide transformar en un amor gratuito y generoso, porque, como dice san Agustín: «Cristo ha venido a transformar el amor».

El amor y la acogida siempre serán el núcleo de la vida cristiana, hacia todos y, sobre todo, hacia los miembros de nuestra familia, porque habitualmente son los más cercanos y constituyen también el “prójimo” que Jesús nos pide amar. En la acogida a los demás está siempre la acogida a Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt 11,40). Debemos ver, pues, a Cristo en aquellos a quien servimos, y reconocer igualmente a Cristo servidor en quienes nos sirven.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

El Evangelio de San Mateo, el cual hemos estado siguiendo durante este Tiempo Ordinario, nos hablaba el Domingo pasado de la persecución a que está sujeto todo cristiano que sigue a Cristo como El lo pide. Este Domingo el Evangelio de San Mateo nos plantea una idea que podría parecer contradictoria a lo que debieran ser las buenas relaciones familiares.

Por ello, para mejor entender esta idea, debemos leer dos versículos que conectan la lectura del Domingo anterior con la lectura de hoy.

Dice así el Señor: “No piensen que vine a traer la paz a la tierra; no vine a traer la paz, sino la espada. Vine a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre, y a la nuera en contra de su suegra. Cada cual encontrará enemigos en su propia familia” (Mt. 10, 34-36).

¿No les parece a ustedes que éste es uno de los pasajes más sorprendentes y desconcertantes del Evangelio? Por cierto, Jesús toma estas palabras del Antiguo Testamento, citando textualmente al Profeta Miqueas (Mi. 7, 6).

Con ellas quiere indicar la contradicción que provoca su mensaje, el Evangelio. Recordemos que desde que Jesús era un bebé recién nacido en brazos de su Madre, al irlo a presentar al Templo, el viejo Simeón, hombre lleno del Espíritu Santo, anunció que ese bebé se convertiría en “signo de contradicción”, o sea en una señal que tendría gran oposición, pues sería rechazada por muchos (cf. Lc.. 2, 34).

Y hoy el Señor nos dice que, entre esos muchos que rechazan a Dios, a Jesucristo, a su Iglesia, podrían estar miembros de nuestras propias familias. Eso es lo que significan estas palabras de Jesús que nos resultan tan fuertes y tan desconcertantes.

En efecto, cuando la fe es vivida por todos en una familia resulta fuente de unión, de paz, de concordia, de amor. Pero también puede ser signo de contradicción, también puede ser motivo de división.

Veamos por qué … Cuando un cristiano opta por seguir a Cristo, como Cristo merece y como Cristo desea ser seguido, ¿no se fijan ustedes como enseguida levanta oposición, crítica y hasta persecución? … Y esto puede suceder aún dentro de una misma casa, dentro de una misma familia, en medio de los más allegados. ¿No le ha sucedido esto a algunos de ustedes?

Para mejor entender esta difícil situación, recordemos unas palabras del Señor que complementan muy bien esta exigencia suya de hoy: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc. 8, 21).

Veamos bien qué significa esto … Significa que la Palabra de Dios une a los seres humanos, los hace familia … Cuando seguimos la Palabra de Dios, la Palabra nos une, nos hace hermanos. Pero los que se resisten a seguir la Palabra de Dios, se separan ellos mismos; es decir: se dividen de aquéllos que sí la siguen. Es muy claro, entonces, quién se separa, quién se divide… No se separa quien sigue la Voluntad de Dios, sino quien se aparta de ella.

Ahora bien … ¿cuál debe ser la actitud del quien quiere seguir a Cristo? … Es la que nos dice el Señor al comienzo del Evangelio de hoy. Y el Señor es muy, muy claro: “El que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí.” (Mt. 10 , 37).

Con estas palabras el Señor nos quiere indicar que el amor que debemos a Dios está muy por encima del amor a cualquiera de sus criaturas … aún al amor a nuestros seres más queridos. Hay que amar a Dios más que a los padres, más que a los hijos … y, por supuesto, más que a uno mismo.

No quiere decir el Señor que no amemos a nuestros familiares -cosa que sería contraria a la Ley de Dios. No significa que no tengamos afectos familiares. Significa que el amor a Dios viene antes que el amor a cualquier persona. Y cuando las circunstancias de la vida nos pusieran en la alternativa de optar por Dios o por un ser querido, estas palabras del Señor nos recuerdan que, aunque el corazón duela, no puede haber duda sobre cuál debe ser nuestra opción.

Precisamente en esto consiste el Primer Mandamiento: en Amar a Dios sobre todas las cosas. Y este Mandamiento se repite muy fácilmente, pero tiene implicaciones gravísimas … como ésta que hoy nos presenta el Evangelio. Sin embargo, este Mandamiento y esta exigencia que hoy nos hace el Señor no significa que dejamos de amar a nuestros seres queridos, sino que los amamos aún más: los amamos con el amor con que Dios nos ama, pues al amar a Dios de primero, Dios vive en nosotros y es Dios mismo Quien, entonces, ama en nosotros, y ese Amor de Dios en nosotros se desborda hacia los demás.

Fijémonos que este Evangelio no se queda aquí, sino que prosigue a plantearnos algo que podría parecernos contradictorio. Nos dice así el Señor: “El que trate de salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la salvará” . Otras traducciones dicen “la hallará” (Mt. 10, 39).

Y ¿por qué nos parece esta frase contradictoria? Porque se nos escapa el verdadero significado de “Vida”. Recordemos nuevamente que la verdadera Vida es la Vida Eterna, la que nos espera después de esta vida pasajera, efímera, corta, que vivimos en la tierra.

Por tanto, cuando el Señor dice “el que trate de salvar su vida”, se está refiriendo a todo lo que para nosotros parece muy importante de esta vida pasajera que tenemos aquí en la tierra. Eso incluye todos los apegos que tenemos a criaturas, a cosas, a planes, a ideas, etc. … apegos que podrían parecer lícitos y hasta convenientes.

Pero si esos apegos nos apartan -siquiera un poquito- del Camino que lleva a la Verdadera Vida, ¿qué nos sucede entonces? … Podríamos terminar por perder ésa: la Verdadera Vida, la Vida Eterna. Por eso el Señor nos recomienda “perder nuestra vida por El”, para poder encontrar la Vida Eterna.

Es decir: “perder” lo que nos puede parecer importante, conveniente, lícito … pero que no está enmarcado dentro de la Voluntad de Dios. Significa “perder” para “ganar”: para ganar en el negocio más importante que tenemos durante nuestra vida en la tierra. Y ese negocio es: obtener la Vida Eterna en el Cielo.

¿Qué esto cuesta sacrificios y negaciones? Ciertamente sí. Por eso el Señor nos habla también de “tomar su cruz y seguirlo” (Mt. 10, 38). Nos dice que no es digno de El, quien no tome su cruz y lo siga.

La cruz significa muerte, esa muerte a la cual se refiere San Pablo en la Segunda Lectura de la Carta a los Romanos (Rom. 6, 3-4, 8-11). No significa muerte física -necesariamente- salvo para aquéllos pocos escogidos para el martirio físico.Es la muerte al pecado; es decir: sepultar el pecado. Es la muerte a uno mismo: a nuestros deseos, a nuestras inclinaciones.

Es morir al “yo”, para que viva en nosotros ese “Tú” que es Dios. Es desechar los propios planes, para aceptar los que Dios nos presenta. Es descartar las propias ideas, para asumir las ideas de Dios. Es morir a uno mismo, para vivir en Dios y para que Dios viva en nosotros.

A esto se refiere San Pablo cuando nos dice en la Segunda Lectura: “si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con El”.

San Pablo, quien cumplió esto como Cristo lo exige, pudo llegar a exclamar en otra de sus Cartas: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo Quien vive en Mí” (Gál. 2, 20). Y Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, describe esta misma experiencia en un poema:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta Vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.

En eso consiste la santidad: en ese morir continuamente a uno mismo para dejar que sea Dios Quien viva en uno. Esa palabra “santidad” asusta. Pero … ¿qué es la santidad? No es algo inalcanzable … Tratar de ser santos es tratar de seguir la Voluntad de Dios para nuestra vida.

Y ¿cómo se hace esto? Se hace dejando de tener voluntad propia, dejando de tener planes y rumbos propios, dejando de tener criterios y pretensiones propias … Es cambiar todo eso por lo que Dios quiere para mí. Es renunciar a la propia voluntad y asumir la Voluntad de Dios como propia. Es dejar que Dios sea Quien haga, Quien muestre su plan, Quien indique rumbos, Quien proponga criterios, etc.

Ejemplo de esta actitud dócil a los planes de Dios es la pareja infértil que nos presenta la Primera Lectura del Libro Segundo de Reyes (2R4, 8-11.14-16). No tenían hijos. Parecían aceptar su situación. “¿Qué podemos hacer por tí?”, le preguntó Eliseo a la mujer. Ella respondió: “No me falta nada en este pueblo”

Sólo deseaban servir, atendiendo al Profeta Eliseo. Y, a través del Profeta, Dios les mandó un regalo … sin ellos pedirlo. ¡Nada menos que un hijo!

Por eso el Salmo 88 es un Salmo de alabanza a la Misericordia del Señor: Proclamaré sin cesar la Misericordia del Señor.

Si tenemos en cuenta que la Voluntad de Dios es el plan perfecto que tiene Dios para santificarnos a cada uno de nosotros, resulta fácil entender y practicar todas las cosas que el Señor nos pide en la Lecturas de hoy. Recordémoslas y meditémoslas, pidiendo a Jesús su gracia para seguirlas: “perder la vida” … “morir al pecado” … “tomar la cruz” … “morir con Cristo” … “amar primero a Dios que a nadie”… Que así sea.

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Opinión: Hoy es San Pedro y San Pablo, por Ángel Corbalán

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Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ante todo es una fiesta de la catolicidad.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16). Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de millones de peregrinos que llegan de todo el mundo.

Pablo, el perseguidor de Cristianos que se convirtió en Apóstol de los gentiles, es un modelo de ardoroso eevangelizador para todos los católicos porque después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

Y hoy 29 de junio se considera además como el Día del Papa.

En este día, además, se colabora con la solidaridad del Santo Padre, al recaudarse el Óbolo de San Pedro, cuyo fondo se destina a la misión evangelizadora y de caridad de la Iglesia.
Hoy el Papa Francisco presidirá una Misa por la Solemnidad e impondrá el palio arzobispal a nuevos arzobispos.

San Pedro, Apóstol (s. I )

Recorría las calles de Betsaida con las cestas llenas acompañado de su padre Jonás y su hermano Andrés para vender la pesca. También pasaron horas remendando las redes, recomponiendo maderas y renovando las velas.

Se casó joven. Era amigo de los Zebedeos, de Santiago y Juan, que eran de su mismo oficio. A veces, se sentaban en la plaza y, comentaban lo que estaba en el ambiente pleno de ansiedad y con algo de misterio; hablaban del Mesías y de la redención de Israel. En la última doctrina que se explicó en la sinagoga el sábado pasado se hablaba de Él.

Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, ha calentado el ambiente con sus bautismos de penitencia en el Jordán. Andrés está fuera de sí casi, gritándole: ¡Lo encontré! ¡Llévame a él!, le pidió. Desde entonces no se le quitará de la cabeza lo que le dijo el Rabbí de Nazaret: ¡Te llamarás Cefas!

Continúa siendo tosco, rudo, quemado por el sol y el aire; pero él es sincero, explosivo, generoso y espontáneo. Cuando escucha atento a Jesús que dijo algo a los ricos, tiempo le faltó para afirmar «nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué será de nosotros?» Oye hablar al Maestro de tronos y piensa de repente, sin pensarlo «Seré el primero».

Pedro es arrogante para tirarse al agua del lago y al mismo tiempo miedoso por hundirse. Cortó una oreja en Getsemaní y luego salió huyendo. Es el paradigma de la grandeza que da la fe y también de la flaqueza de los hombres. Se ve en el Evangelio descrita la figura de Pedro con vehemencia para investigar; protestón ante Cristo que quiere lavarle los pies y noble al darle su cuerpo a limpiar.

Es el primero en las listas, el primero en buscar a Jesús, el primero en tirar de la red que llevaba ciento cincuenta y tres peces grandes; y tres veces responde que sí al Amor con la humildad de la experiencia personal.

Roma no está tan lejos. Está hablando a los miserables y a los esclavos prometiendo libertad para ellos, hay esperanza para el enfermo y hasta el pobre se llama bienaventurado; los menestrales, patricios y militares… todos tienen un puesto; ¿milagro? resulta que todos son hermanos. Y saben que es gloria sufrir por Cristo.

En la cárcel Mamertina está encerrado, sin derechos; no es romano, es sólo un judío y es cristiano. Comparte con el Maestro el trono: la cruz, cabeza abajo. En el Vaticano sigue su cuerpo unificante y venerado de todo cristiano.

San Pablo, Apóstol (s. I )

Dejó escrito: «He combatido bien mi combate; he terminado mi carrera; he guardado la fe. Ahora me está reservada la corona de justicia que Dios, justo juez, me dará en su día; y no sólo a mí, sino a todos los que aman su venida».

Y fue mucha verdad que combatió, que hizo muchas carreras y que guardó la fe. Su competición, desde Damasco a la meta -le gustaba presentar la vida cristiana con imágenes deportivas- no fue en vano, y merecía el podio. Siempre hizo su marcha aprisa, aguijoneado con el espíritu de triunfo, porque se apuntó, como los campeones, a los que ganan.

En otro tiempo, tuvo que contentarse con guardar los mantos de los que lapidaban a Esteban. Después se levantó como campeón de la libertad cristiana en el concilio que hubo en Jerusalén. Y vio necesario organizar las iglesias en Asia, con Bernabé; ciega con su palabra al mago Elimas y abre caminos en un mundo desconocido.

Suelen acompañarle dos o tres compañeros, aunque a veces va solo. Entra en el Imperio de los ídolos: países bárbaros, gentes extrañas, ciudades paganas, caminos controlados por cuadrillas de bandidos, colonias de fanáticos hebreos fáciles al rencor y tardos para el perdón. Antioquía, Pisidia, Licaonia, Galacia.

Y siempre anunciando que Jesús es el hijo de Dios, Señor, Redentor y Juez de vivos y muertos que veinte años antes había ido de un lado para otro por Palestina, como un vagabundo, y que fue rechazado y colgado en la cruz por blasfemo y sedicioso.

Los judíos se conjuraron para asesinarle. En la sinagoga le rechazan y los paganos le oyen en las plazas. Alguno se hace discípulo y muchos se amotinan, le apedrean y maldicen. Va y viene cuando menos se le espera; no tiene un plan previo porque es el Espíritu quien le lleva; de casi todos lados le echan.

Filipos es casi-casi la puerta de Europa que le hace guiños para entrar; de allí es Lidia la primera que cree; pero también hubo protestas y acusaciones interesadas hasta el punto de levantarse la ciudad y declararlo judío indeseable haciendo que termine en la cárcel, después de recibir los azotes de reglamento. En esta ocasión, hubo en el calabozo luces y cadenas rotas.

Tesalónica, que es rica y da culto a Afrodita, es buena ciudad para predicar la pobreza y la continencia. Judío errante llega a Atenas -toda ella cultura y sabiduría- donde conocen y dan culto a todos los diosecillos imaginables, pero ignoran allí al Dios verdadero que es capaz de resucitar a los muertos como sucedió con Jesús.

Corinto le ofrece tiempo más largo. Hace tiendas y pasa los sábados en las sinagogas donde se reúnen sus paisanos. Allí, como maestro, discute y predica. El tiempo libre ¡qué ilusión! tiene que emplearlo en atender las urgencias, porque llegan los problemas, las herejías, en algunas partes no entendieron bien lo que dijo y hay confusión, se producen escándalos y algunos tienen miedo a la parusía cercana. Para estas cuestiones es preciso escribir cartas que deben llegar pronto, con doctrina nítida, clara y certera; Pablo las escribe y manda llenas de exhortaciones, dando ánimos y sugiriendo consejos prácticos.

En Éfeso trabaja y predica. Los magos envidian su poder y los orfebres venden menos desde que está Pablo; el negocio montado con las imágenes de la diosa Artemis se está acabando. Las menores ganancias provocan el tumulto.

Piensa en Roma y en los confines del Imperio; el mismo Finisterre, tan lejano, será una tierra bárbara a visitar para dejar sus surcos bien sembrados. Solo el límite del mundo pone límite a la Verdad.

Quiere despedirse de Jerusalén y en Mileto empieza a decir «adiós». La Pentecostés del cincuenta y nueve le brinda en Jerusalén la calumnia de haber profanado el templo con sacrilegio. Allí mismo quieren matarlo; interviene el tribuno, hay discurso y apelación al César. El camino es lento, con cadenas y soldado, en el mar naufraga, se producen vicisitudes sin cuento y se hace todo muy despacio.

La circunstancia de cautivo sufrido y enamorado le lleva a escribir cartas donde expresa el misterio de la unión indivisible y fiel de Cristo con su Iglesia. Al viajero que es místico, maestro, obrero práctico, insobornable, valiente, testarudo, profundo, piadoso, exigente y magnánimo lo pone en libertad, en la primavera del año sesenta y cuatro, el tribunal de Nerón. Pocos meses más tarde, el hebreo ciudadano romano tiende su cuello a la espada cerca del Tíber.

¿Que nos enseña la vida de Pedro?

Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse para ser santos todos los días Pedro concretamente nos dice: ” sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” ( I Pedro, 1, 15)

Cada quién, de acuerdo a su estado de vida debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.

Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

¿Que nos enseña la vida de San Pablo?

Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicándo su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar que viva, y de diferente maneras.

Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

Dios nuestro, que nos llenas de santa alegría con la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de estos apóstoles, de quienes recibió el primer anuncio de la fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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Opinión: No tengáis miedo, por Ángel Corbalán

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Jesús1

Estamos en una época, en la que todo el mundo pregona sus verdades, sobre todo en las redes sociales. Pocos escuchan las razones de los otros y las tertulias televisivas o radiofónicas, se han convertido en enfrentamientos, no digamos el propio Parlamento, o simplemente cualquier esquina, o los bares. Es un momento también difícil para nuestra tarea de evangelizar, sin embargo, Jesús hoy nos dice: “Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea”.

Nos repite varias veces: “No tengáis miedo”. En este ambiente de falta de diálogo y de encuentro, los cristianos tenemos un gran desafío, transmitir los valores del Reino. No podemos echar más leña al fuego y aunque nos critiquen y en ocasiones tengamos la sensación, de que muchos ridiculizan nuestra fe, según ellos “nuestro buenismo”, tendremos que seguir apostando por lo que nos transmitió el Maestro. El Evangelio del Reino, desde el principio provocó en muchos rechazo, sobre todo, de los que están contra la justicia, la fraternidad, la dignidad y los derechos de todas las personas. Hay gentes que no pueden entender, como celebramos el domingo pasado, que todos debemos estar sentados en la misma mesa, compartiendo el pan y la vida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Las Lecturas de este Domingo nos hablan de la persecución a la cual puede estar sometido el cristiano que sigue a Cristo y da testimonio de El … como El nos lo pide. Sin embargo la idea de persecución permanece un poco oculta en estas Lecturas si no leemos los versículos del Evangelio de San Mateo, que aparecen inmediatamente antes de los que nos presenta la Liturgia de hoy.

Asimismo, hemos visto que la Primera Lectura es tomada del Libro del Profeta Jeremías (Jr. 20, 10-13). Y ¿quién fue Jeremías? Fue quizá el Profeta más sufrido, de carácter tímido y manso, que prefería la vida tranquila. Pero Dios lo escogió para llevar su mensaje a un pueblo rebelde. Esto le trajo a Jeremías muchos enfrentamientos, luchas y persecuciones de parte de ese pueblo.

Fijémonos lo que dice el Profeta sobre sí mismo y sobre esta situación: “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror … para podernos vengar de él …Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera”. Sin embargo Jeremías se mantuvo firme ante la llamada del Señor y se sometió a todos los riesgos y a todas las persecuciones, pues confiaba plenamente en Dios.

Así continúa el Profeta: “Pero el Señor, guerrero y poderoso, está a mi lado. Por eso mis perseguidores no podrán conmigo … El ha salvado la vida de su pobre de la mano de los malvados”.

Este testimonio del Profeta Jeremías sirve de aliento para aquéllos que hemos sido llamados al servicio de Cristo; es decir, todos los bautizados. Cristo tuvo sus discípulos: al comienzo hubo 72. De entre esos 72 escogió a los 12 Apóstoles. ¿Quiénes son sus Apóstoles hoy? El Papa, los Obispos, los Sacerdotes. ¿Y quiénes somos sus discípulos hoy? Pues todos los bautizados, todos los laicos que desean seguir a Cristo.

Y a todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, el Señor nos anuncia persecuciones. Nos guste la palabra o no, el hecho es que Cristo no nos ofrece a sus seguidores una vida cómoda y libre de vicisitudes y sufrimientos. Muy por el contrario: las Lecturas de hoy -y muchas otras de la Sagrada Escritura- así nos lo indican.

También el Salmo 68 que hoy hemos rezado se refiere a persecuciones y desprecios: “Por ti he sufrido oprobios, y la vergüenza cubre mi rostro. Extraño soy aun para aquéllos de mi propia sangre, pues me devora el celo de tu casa”. El “celo de tu casa” es el impulso que el verdadero seguidor de Cristo tiene para defender la Palabra de Dios y para llevarla a quien desee escucharla.

Veamos el Evangelio de hoy, pero también los versículos que lo preceden (Mt.10, 17-23). Por cierto el sub-título que trae la Biblia Latinoamericana es elocuente: “Los testigos de Jesús serán perseguidos”.

El Señor comienza por anunciar persecuciones de parte de los gobernantes. Nos dice que no nos preocupemos cuando se nos juzgue, pues “no van a ser ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes”. Luego pasa a anunciar la persecución de que seremos objeto por parte de los nuestros, de nuestra propia familia. Y termina sentenciando: “A causa de mi Nombre, ustedes serán odiados por todos, pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará”.\

El Evangelio de hoy nos llama a la valentía y al abandono en Dios cuando la evangelización, la predicación de su mensaje, se haga difícil y riesgosa. No podemos arredrarnos en los momentos de dificultad que puedan presentarse en la tarea de la evangelización. “No tengan miedo”, nos dice el Señor, “porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”.

La recompensa será grande para los que no temamos y hagamos lo que Cristo hizo y lo que nos pide a todos: “A quien me reconozca delante de los hombres, Yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los Cielos”. Y el riesgo es grande también: “Al que me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos”.

Las palabras del Señor son, entonces, muy claras: como seremos objeto de persecución por dar testimonio de Cristo, El nos recomienda -y así comienza el Evangelio de hoy- que no temamos a los hombres, que no tengamos miedo de predicar, de pregonar todo lo que El nos ha enseñado y nos ha pedido.

Nos dice que no nos preocupemos por las persecuciones. Que nos fijemos los pájaros que vuelan: ni uno solo cae a tierra si no lo permite el Padre Celestial. Que en cuanto a nosotros, el Padre nos tiene tan cuidados y vigilados que cada cabello de nuestra cabeza está contado. Nos recuerda que nosotros valemos muchísimo más que todos los pájaros del mundo.

Y nos repite que no temamos a lo que los hombres nos pueden hacer, que éstos sólo pueden matar el cuerpo. Pero que a los que sí hay que tenerles miedo es a los que pueden arrojar al lugar de castigo al alma y al cuerpo.

Y ¿quiénes son ésos? No son los hombres. Son los demonios, a ésos sí hay que temer. Hay que estar bien en guardia contra el Demonio y sus secuaces que continuamente nos tientan, buscando apartarnos del Camino y llevarnos a la condenación eterna.

Y ¿cómo nos ponemos con guardia contra éstos? Pues, a través de la oración frecuente y asidua, y recibiendo con frecuencia los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión.

La Bienaventuranza “Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos” muchas veces se malinterpreta, y se piensa que se refiere a los que se les sigue juicio o están en las cárceles justa o injustamente. Pero se olvida que “justicia” en el contexto bíblico significa “santidad”; no significa justicia como se entiende hoy en día esta palabra.

Así que esta bienaventuranza sobre los perseguidos a causa de tratar de ser santos, de tratar de seguir a Cristo, viene a corroborar este trozo del Evangelio de San Mateo y la suerte del Profeta Jeremías.
Fijémonos que esta Bienaventuranza es la última de todas y es la única que el Señor explica con más detalles.

Así continúa el texto -también de San Mateo- “Dichosos ustedes cuando por causa mía los maldigan, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el Cielo. Pues bien saben que así trataron a los Profetas que hubo antes que ustedes.” (Mt. 5, 10-11).

El Señor, entonces, no nos promete un camino fácil. No nos promete éxitos y triunfos, sino que nos anuncia el mismo camino de El: contradicciones, odios, calumnias, persecuciones, etc. En realidad, si vemos bien el Camino de Cristo, si vemos bien cómo llegó hasta la muerte en cruz, el ser perseguidos por su causa es signo evidente de que vamos por su Camino, no por el nuestro; es signo de que lo vamos siguiendo a El, como El nos lo pidió. “El que quiera seguirme … tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24).

Sin embargo la bienaventuranza de los perseguidos no significa que no sintamos dolor, que no podamos asustarnos en algún momento. El Señor no nos pide que llamemos gozo a lo que es dolor, ni nos pide que seamos indiferentes hasta el punto de no sufrir nada. El Señor lo que nos dice es que confiemos que el Padre nos cuida directamente … a tal punto que ¡hasta tiene contado cada cabello de nuestra cabeza!

Esa confianza nos hará fuertes en las luchas y en las persecuciones. Por eso hemos rezado en el Salmo 68: “Quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre”. Es decir el Señor cuida de aquél que no pone su confianza en sí mismo, sino que confía sólo en El. ¡Eso es ser pobre … pobre de espíritu! Confiando así, sabiéndonos en sus Manos, Dios cambiará el temor en valentía y la debilidad en fortaleza.

San Pablo, en su Carta a los Romanos que hemos leído como Segunda Lectura (Rom. 5, 12-15), nos recuerda que “por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios”.

Ese desbordamiento de la gracia de Dios es el premio seguro que el Señor ofrece a quienes nos entreguemos a El para llevar su Palabra a donde El lo requiera y a quien El disponga -sin importarnos el riesgo que esto pueda significar. Y ese premio que El nos promete es nada menos que el Reino de los Cielos, la Vida Eterna en gloria con El, para siempre.

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Opinión: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, por Ángel Corbalán

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Jesús Sacramentado -082

La Iglesia vive de la Eucaristía. El libro del Deuteronomio exhorta al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. Trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Recuerda que fue Dios quien liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Si Israel se olvida de la ayuda recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes.

La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto.

El mismo peligro tenemos nosotros cuando abandonamos la participación en la Eucaristía. En este día del Corpus Christi se nos recuerda a los cristianos de ahora que, como escribió Juan Pablo II, la Iglesia vive de la Eucaristía –“Ecclesia de Eucharistia”-

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Alguno puede preguntarse si la fiesta de hoy, no es una repetición del día de Jueves Santo, (en ella también celebramos el Día de Amor Fraterno y de la Caridad), o de lo que actualizamos cada domingo y cada día en la Eucaristía. Hay que remontarse a la tradición, para conocer el verdadero sentido de esta fiesta, que está sobre todo, centrada en la adoración al Santísimo y su vivencia en la religiosidad popular.

Hoy salimos a la calle en procesión, esperemos que no con la pretensión, de enseñar nuestras Custodias, palios, peinetas… lo cual nos convertiría, en una muestra de arqueología. Salimos, porque Él está siempre en salida y aunque a nosotros nos cueste, quiere poner su mesa en las casas, en las calles, en las plazas, en las esquinas. Derramó su sangre por todos o por muchos, no entremos en discusiones litúrgicas, y nos recuerda que nosotros, debemos poner también nuestra vida al servicio del pueblo.

Al celebrar la Eucaristía, reconocemos que nuestra vida, nuestros bienes, nuestro trabajo, son un bien de toda la comunidad, renunciamos como Jesús, a la pertenencia exclusiva. Por eso, para celebrar esta fiesta se necesita valentía, sólo desde la audacia, se puede creer en el desafío que nos recuerda, que nuestra vida no es una propiedad privada, sino algo que está al servicio del bien común. Nos lo deja claro el lema de Cáritas, en este Día de la Caridad:

“Llamados a ser comunidad”. Antes, nos lo ha dicho en la segunda lectura San Pablo en su carta a los Corintios: “El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Se trata de vivir en este día la “cultura del encuentro”, éste es el sentido de nuestra presencia en las calles, la Campaña de Cáritas, recoge unas palabras del papa Francisco que nos lo explicita: “La acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común que es de todos”. Al comer juntos el pan, les decimos a los hermanos: esta es mi vida entregada por vosotros (repasemos el Evangelio de hoy). Comulgar es darse a los demás y recibir a los demás, saber aceptar al “extraño” en nuestro grupo, nuestra mesa, nuestros círculos, nuestro pueblo, nuestro barrio… y eso es el encuentro, del que se nos habla desde Cáritas.

Cada vez que celebramos esto en memoria suya, nos introducimos en la historia de liberación que comenzó Dios, sacando a su pueblo de la esclavitud y alimentándole con el maná, como nos recuerda la primera lectura del Deuteronomio. La Eucaristía nos conduce hacia la tierra prometida, para aprender a vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos. Todas las personas de un lugar u otro, tenemos los mismos derechos. Por eso, esta fiesta es un símbolo de lo que es el Reino, todos comemos el mismo pan y no puede ser que mientras unos comen hasta hartarse, otros pasen necesidad.

Lo que estamos haciendo este domingo, es para hombres y mujeres recios, no es algo ritual o vacío, es poner en juego la vida, es donarse y aceptar la vida de los otros, es dejarse habitar por Jesús y habitar en Él. Es compartir la mesa del trabajo diario, con toda la humanidad que sufre, no separar esta mesa del altar, de las mesas de la vida. Será quizás por eso, por lo que nos cuesta tanto celebrar la Eucaristía y salir a la calle, acompañando en procesión a todos los que buscan su liberación. Es mejor domesticar lo que nació como alternativo, subversivo y revolucionario, aunque a unos cuantos les fuera la vida en ello.

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Opinión: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, por Ángel Corbalán

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Jesús - Dios envió a su Hijo1

Hoy nos viene bien volver a escuchar que «tanto amó Dios al mundo…» (Jn 3,16) porque, en la fiesta de la Santísima Trinidad, Dios es adorado y amado y servido, porque Dios es el Amor. En Él hay unas relaciones que son de Amor, y todo lo que hace, activamente, lo hace por Amor. Dios ama. Nos ama. Esta gran verdad es de aquellas que nos transforman, que nos hacen mejores. Porque penetran en el entendimiento, se nos hacen del todo evidentes. Y penetran nuestra acción, y la van perfeccionando hacia una acción toda de amor. Y como más puro, se hace más grande y más perfecto.

San Juan de la Cruz ha podido escribir: «Pon amor donde no hay amor, y encontrarás amor». Y esto es cierto, porque es lo que Dios hace siempre. Él «ha enviado a su Hijo al mundo (…) para que se salve» (Jn 3,17) gracias a la vida y al amor hasta la muerte en cruz de Jesucristo. Hoy le contemplamos como el único que nos revela el auténtico amor.

Se habla tanto del amor, que quizá pierde su originalidad. Amor es lo que Dios nos tiene. ¡Ama y serás feliz! Porque amor es dar la vida por aquellos que amamos. Amor es gratuidad y sencillez. Amor es vaciarse de uno mismo, para esperarlo todo de Dios. Amor es acudir con diligencia al servicio del otro que nos necesita. Amor es perder para recobrarlo al ciento por uno. Amor es vivir sin pasar cuentas de lo que uno va haciendo. Amor es lo que hace que nos parezcamos a Dios. Amor —y sólo el amor— es la ¡eternidad ya en medio de nosotros!

Vivamos la Eucaristía que es el sacramento del Amor, ya que nos regala el Amor de Dios hecho carne. Nos hace participar del fuego que quema en el Corazón de Jesús, y nos perdona y rehace, para que podamos amar con el Amor mismo con que somos amados.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas. Así lo aprendimos en el Catecismo. Es un misterio imposible de entender y de captar cabalmente, menos aún de explicar. Y esto es así, pues se trata de la esencia misma de Dios, imposible de explicar con nuestro limitado intelecto humano.

Muchos Teólogos que lo han estudiado han tratado de hacerlo accesible al hombre común. Y han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversos símiles, tratando de ponerlo al alcance de todos. Uno de estos símiles, tal vez el más convincente, es el de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios.

¿Por qué es esto así? Porque la Santísima Trinidad es el más grande de los misterios de nuestra fe. Y por eso es imposible de ser comprendido por nosotros, pues nuestro limitado intelecto humano, es ¡tan pobre para explicar las cosas de Dios!

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que están muy … muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

Se cuenta que mientras San Agustín se encontraba preparándose para dar una enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, le pareció estar caminando en la playa frente a un mar inmenso. Vio de repente a un niño que se distraía recogiendo agua del mar con una concha de caracol y tratando de vaciarla en un hoyito que había hecho en la arena. Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito. San Agustín, por supuesto, se dio cuenta de que era imposible que el niño lograra esa absurda pretensión. Entonces le dijo al niño: “Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!” Y el Niño le replicó: “Esto no es más imposible de lo que es para ti meter el misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza”. Y con estas palabras el “Niño” desapareció.

Así es nuestro intelecto: tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo cuando trata de explicarse verdades infinitas como este misterio.

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera velada… incompleta.

Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.

Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas. Recordemos lo que Jesucristo nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn.14, 23).

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.

Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco, pero desde el principio. Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1,2).

Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. “Una vez bautizado Jesús salió del río. De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre El. Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” (Mt. 3, 16-17).

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 18).

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación.

¿Cómo es la relación de la Santísima Trinidad con nosotros? El Espíritu Santo en su obra de santificación en cada uno de nosotros, nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, y el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a El. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt. 11, 27).

Recordemos nuevamente, entonces, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y recordemos que aunque aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

¿Cómo, entonces, podemos vivir este misterio desde ya aquí en la tierra? En las citas de la Sagrada Escritura que hemos recordado podemos ver la clave: el Espíritu Santo va realizando su obra de santificación en cada uno de nosotros.

¿En qué consiste esa obra de santificación? Es la labor del Espíritu Santo, por la cual nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, a Jesucristo. Esto lo hace el Espíritu Santo si se lo permitimos; es decir, si somos perceptivos a sus inspiraciones, si somos dóciles y obedientes a esas inspiraciones. Y esas inspiraciones siempre nos llevan a buscar y a cumplir la Voluntad de Dios.

¿Cómo percibir las inspiraciones del Espíritu Santo? ¿Cómo ser dóciles y obedientes a esas inspiraciones? La clave está en la oración -la oración sincera. La oración nos abre al Espíritu Santo y nos hace captar esa suave brisa que es El. Debemos orar para escuchar al Espíritu Santo.

Debemos orar para permitirle que haga en cada uno de nosotros su obra de santificación.

Así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios. Y esa unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene, como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí.

Tal vez con esta explicación se nos haga más fácil comprender esa bellísima y conmovedora oración de Jesús durante la Ultima Cena con sus Apóstoles, cuando rogó al Padre de esta manera: “Que ellos sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno. Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn. 17, 21-23). ¡Unidos cada uno de nosotros al Dios Trinitario, para así estar unidos entre nosotros por Dios mismo!

Que al meditar la profundidad del Misterio de la Santísima Trinidad, podamos vivir lo que nos dice San Pablo al final de la Segunda Lectura (2 Cor 13, 12-13), que es esa frase trinitaria importantísima que repetimos al comienzo de cada Misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros”.Y que así podamos comenzar a vivir nuestra unión con la Santísima Trinidad y la unión de nosotros entre sí, pues es ese Dios Trinitario Quien nos une.

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Opinión: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, por Ángel Corbalán

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Hoy, la escena que contemplamos en el Evangelio nos pone ante la intimidad que existe entre Jesucristo y el Padre; pero no sólo eso, sino que también nos invita a descubrir la relación entre Jesús y sus discípulos. «Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3): estas palabras de Jesús, no sólo sitúan a los discípulos en una perspectiva de futuro, sino que los invita a mantenerse fieles al seguimiento que habían emprendido. Para compartir con el Señor la vida gloriosa, han de compartir también el mismo camino que lleva a Jesucristo a las moradas del Padre.

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14,6-7). Jesús no propone un camino simple, ciertamente; pero nos marca el sendero. Es más, Él mismo se hace Camino al Padre; Él mismo, con su resurrección, se hace Caminante para guiarnos; Él mismo, con el don del Espíritu Santo nos alienta y fortalece para no desfallecer en el peregrinar: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1).

En esta invitación que Jesús nos hace, la de ir al Padre por Él, con Él y en Él, se revela su deseo más íntimo y su más profunda misión: «El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza» (San Gregorio de Nisa).

Un Camino para andar, una Verdad que proclamar, una Vida para compartir y disfrutar: Jesucristo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

En el Evangelio de hoy, nuestro Señor Jesucristo nos da la que tal vez sea la definición más completa y profunda que El hizo de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Y nos dejó esa definición la noche antes de su muerte, cuando cenando con los Apóstoles, les daba sus últimos y quizás más importantes anuncios. Los Apóstoles, sin lograr entender mucho de lo que les decía, estaban evidentemente preocupados. Y el Señor los tranquilizaba diciéndoles: “En la Casa de Mi Padre hay muchas habitaciones … Me voy a prepararles un lugar … Volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, también estén ustedes. Y ya saben el Camino para llegar al lugar donde Yo voy” (Jn. 14, 1-12).”

Tomás, el que le costaba creer, le replica: “Señor, si ni siquiera sabemos a dónde vas ¿cómo podemos saber el camino?”, a lo que Jesús le responde: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Efectivamente, Jesús iba a morir, resucitar y ascender al Cielo; es decir, se iba a la Casa del Padre. Y a ese sitio desea llevarnos a cada uno de nosotros, para que estemos donde El está. Y El no solamente nos muestra el Camino, sino que nos dice que El mismo es el Camino, cuestión un tanto complicada, que Jesús les explica de seguidas: “Nadie va al Padre si no es por Mí”

El Camino del cual nos está hablando el Señor no es más que nuestro camino al Cielo. Es el camino que hemos de recorrer durante esta vida terrena para llegar a la Vida Eterna, para llegar a la Casa del Padre, donde El está.

Y … ¿cómo es ese camino? Si pudiéramos compararlo con una carretera o una vía como las que conocemos aquí en la tierra, ¿cómo sería? ¿Sería plano o encumbrado, ancho o angosto, cómodo o peligroso, fácil o difícil? ¿Iríamos con carga o sin ella, con compañía o solos? ¿Con qué recursos contamos? ¿Tendríamos un vehículo … y suficiente combustible? ¿Cómo es ese Camino? ¿Cómo es ese recorrido?

Veamos algo importante: Jesús mismo es el Camino. ¿Qué significa este detalle? Significa que en todo debemos imitarlo a El. Significa que ese Camino pasa por El. Por eso debemos preguntarnos qué hizo El. Sabemos que durante su vida en la tierra El hizo sólo la Voluntad del Padre. Y, en esencia, ése es el Camino: seguir sólo la Voluntad del Padre. Ese fue el Camino de Jesucristo. Ese es nuestro Camino.

Vista la vida de Cristo, podríamos respondernos algunas preguntas sobre este recorrido: es un Camino encumbrado, pues vamos en ascenso hacia el Cielo.

Sobre si es ancho o angosto, Jesús ya lo había descrito con anterioridad: “Ancho es el camino que conduce a la perdición y muchos entran por ahí; estrecho es el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que dan con él” (Mt. 7, 13-14).

¿Fácil o difícil? Por más difícil que sea, todo resulta fácil si nos entregamos a Dios y a que sea El quien haga en nosotros. Así que ningún recorrido, por más difícil que parezca, realmente lo es, si lo hacemos en y con Dios.
Carga llevamos. Ya lo había dicho el Señor: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lc. 9, 23).

No vamos solos. No solamente vamos acompañados de todos aquéllos que buscan hacer la Voluntad del Padre, sino que Jesucristo mismo nos acompaña y nos guía en el Camino, y -como si fuera poco- nos ayuda a llevar nuestra carga.

¿Recursos? ¿Vehículos? ¿Combustible? Todos los que queramos están a nuestra disposición: son todas las gracias -infinitas, sin medida, constantes, y además, gratis (por eso se llaman gracias)- que Dios da a todos y cada uno de los que deseamos pasar por ese Camino que es Cristo y seguir ese Camino que El nos muestra con su Vida y nos enseña con su Palabra: hacer en todo la Voluntad del Padre.

En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 6, 1-7) se nos relata la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en “siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que les ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor “a la oración y al servicio de la palabra”.

Y respecto de esos “Ministerios” o funciones de servicio dentro de la Iglesia, el Concilio Vaticano II nos indica que, no sólo los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas tienen funciones, sino que también los Laicos pueden y deben realizar funciones de servicio en la Iglesia. Y este derecho le viene a los Seglares del simple hecho de ser bautizados, pues el Sacramento del Bautismo los hace “participar en el Sacerdocio regio de Cristo” (LG 26).

Y el Concilio basa esa solemne declaración en la Segunda Lectura que hemos leído hoy, tomada de la Primera Carta del Apóstol San Pedro (1 Pe. 2, 4-9). En efecto, en su Documento sobre el Apostolado Seglar (AA 3) el Concilio explica lo que significa hoy para nosotros esta Segunda Lectura:

1. El Apostolado y el servicio de los Seglares dentro de la Iglesia es un derecho y es un deber.

2. Por el Bautismo los Laicos forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación son fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a realizar la Evangelización, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Nótese que el Concilio nos habla de derecho y de deber. O sea que la misión de evangelizar que tienen los laicos es obligatoria, no es optativa.

Y, especialmente ahora esa obligación es más apremiante. ¿Por qué? Porque desde Juan Pablo II se está llamando a todos, Sacerdotes y Laicos, a realizar la Nueva Evangelización.

Y ¿por qué hace falta una Nueva Evangelización? No tenemos más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que la Fe y la pertenencia real a la Iglesia está en niveles críticos.

Y niveles críticos significa que la gente no parece estar siguiendo el camino que Jesús nos dejó señalado, el camino para llegar al Padre, para llegar al Cielo donde cada uno tiene un sitio preparado por el mismo Jesús.

La gente está a riesgo de no llegar a la meta señalada. Y esto que es tan crucial, no parece ser importante para casi nadie. ¿Sabe la gente para qué fue creada, hacia dónde va, qué sucede después de esta vida, qué opciones hay al morir?

No hay negocio más importante, no hay meta más crucial que la Vida Eterna. ¿Quién lo sabe? ¿Quién se da cuenta? ¿Quién actúa de acuerdo a esto?

Por ello, hay que evangelizar. Y ¿qué es evangelizar? Es llevarle la Buena Nueva de salvación a toda persona que quiera escucharla: Dios nos envió a su Hijo Único para salvarnos, para abrirnos las puertas del Cielo. Esa es nuestra meta. Hacia allí debemos dirigirnos. En eso consiste la Nueva Evangelización, que es deber de todos, y es urgente.

Volviendo a lo que nos dice San Pedro en esta Carta: Cristo es la piedra fundamental -la piedra angular. Pero todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, “somos piedras vivas, que vamos entrando a formar parte en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo”. Por eso el Concilio, basándose en esta Carta, declara que los Seglares “son consagrados como sacerdocio real y nación santa”.

Sin embargo, a pesar de toda la grandeza y significación que tiene el hecho de que los Seglares participen del Sacerdocio de Cristo, hay que tener en cuenta que hay una distancia considerable entre la función de un Sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden Sacerdotal y la función evangelizadora de un laico -inclusive si éste es un Ministro Laico instituido para ejercer algún tipo de función dentro de la Iglesia.

Pero es así como, a través de unos y otros Ministerios dentro de su Iglesia – los Ministerios Sacerdotales y los Ministerios Laicales y los laicos evangelizadores- “el Señor -como hemos repetido en el Salmo (32)- “cuida de los que le temen”, cuida de cada uno de nosotros.

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