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Opinión: No andéis preocupados por vuestra vida, por Ángel Corbalán

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Hoy, Jesús, recurriendo a metáforas tomadas de la naturaleza propias de su entorno en las más fértiles tierras de Galilea donde pasó su niñez y su adolescencia —los lirios del campo y los pájaros del cielo— nos recuerda que Dios Padre es providente y que, si vela por las creaturas suyas más débiles, tanto más lo hará por los seres humanos, sus creaturas predilectas (cf. Mt 6,26.30).

El texto de Mateo es de un carácter alegre y optimista, donde encontramos un Hijo muy orgulloso de su Padre porque éste es providente y vela constantemente por el bienestar de su creación. Ese optimismo de Jesús no solamente debe ser el nuestro para que nos mantengamos firmes en la esperanza —«No andéis preocupados» (Mt 6,31)— cuando surgen las situaciones duras en nuestras vidas. También debe ser un incentivo para que nosotros seamos providentes en un mundo que necesita vivir lo que es la verdadera caridad, o sea, la puesta del amor en acción.

Por lo general, se nos dice que tenemos que ser los pies, las manos, los ojos, los oídos, la boca de Jesús en medio del mundo, pero, en el sentido de la caridad, la situación es todavía más profunda: tenemos que ser eso mismo, pero del Padre providente de los cielos. Los seres humanos estamos llamados a hacer realidad esa Providencia de Dios, siendo sensibles y acudiendo en auxilio de los más necesitados.

En palabras de Benedicto XVI, «los hombres destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad». Pero también nos recordó el Santo Padre que la caridad tiene que ir acompañada de la Verdad que es Cristo, para que no se convierta en un mero acto de filantropía, desnudo de todo el sentido espiritual cristiano, propio de los que viven según nos enseñó el Maestro.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?

¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gante de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

Las lecturas hoy nos advierten de la inconveniencia del apego a las riquezas y también no hablan de la Divina Providencia, ese cuidado que Dios da a sus creaturas. Y podemos ver en estas lecturas de hoy dos aspectos de este cuidado amoroso de Dios: confianza en la Divina Providencia en cuanto a nuestras necesidades materiales y confianza también en cuanto a lo que nos depara el futuro.

Sobre el apego a las riquezas Jesús nos da una imagen sacada de la esclavitud de aquel entonces. Nos dice que quien pretenda servir a dos amos se va a ver en dificultades, pues por tratar de obedecer a uno, descuidaría al otro. Y con esta comparación pasa a darnos la idea: no se puede servir a Dios y al dinero (Mt. 6, 24).

Jesús usa la palabra servir. No quiere decir que no haya que tener bienes materiales y que no haya que procurarlos. Con la palabra servir el Señor se está refiriendo a ser esclavos del dinero, o sea, a dejar que el dinero nos domine. Cuando el dinero se convierte en lo más importante en nuestra vida, nos puede llegar a esclavizar.

Entonces, no es lo mismo tener riquezas que servir o ser esclavo de éstas. ¿Cómo diferenciar estas dos actitudes?

Habla Jesús de dos señores: un señor es Dios y otro es el dinero. Dios desea que nosotros seamos obedientes a El, pues El es el Señor. El nos creó, es nuestro Dueño, dependemos de El. A El debemos obediencia: ser y hacer lo que El desea de nosotros.

Pero Jesús nos está advirtiendo que el dinero también pretende ser señor, que el dinero pretende ser nuestro señor. Y ¿puede el dinero hacernos depender de él? ¡Claro que sí! Cuando nuestra vida está centrada sólo y por encima de todo lo demás, en conseguir dinero y en obtener lo que el dinero nos puede dar, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en esclavos del dinero y se ha convertido el dinero en señor nuestro.

Como medida del recto uso del dinero y de los bienes materiales, tendríamos que preguntarnos: ¿me está sirviendo el dinero y lo que obtengo con él a cumplir mejor la voluntad de Dios, o me aleja de ella? ¿El dinero y las riquezas que tengo me ayudan que Dios sea mi Señor, mi Dueño, o me alejan de este ideal?

Continuando con el Evangelio, Jesús pasa a hablarnos de su Providencia Divina (Mt 6, 25-33). También lo hace la Primera Lectura (Is 49, 14-15).

Con una imagen de ternura maternal, Dios a través del Profeta Isaías nos asegura que El siempre cuida de nosotros: “¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidara, Yo nunca me olvidaré de ti”, dice el Señor Todopoderoso.

Dios da la imagen de una madre que es la persona más pendiente del bienestar de su hijo. Y nos dice que El es así. Pero que si acaso hubiera una madre que se olvidara de su hijo, El que es el Señor Todopoderoso, no se olvidará jamás. La Divina Providencia es ese cuido constante, amoroso, tierno de Dios para con nosotros sus creaturas.

En el Evangelio Jesús usa una imagen campestre de aves del cielo para asegurarnos que él se ocupa directamente de nuestra alimentación. Que si su Padre del Cielo alimenta a las aves que no guardan su alimento en graneros, ¿cómo no va a cuidar de nuestro alimento si nosotros valemos muchísimo más que las aves?

También nos asegura que no tenemos que preocuparnos por el vestido. Y recurre a otra imagen campestre: los lirios de campo. “Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos”.

Lo más grave es lo que nos dice enseguida: “Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?” Nos está diciendo algo que es evidente, pero que no tomamos en cuenta: Dios, que cuida de la hierba que es perecedera y dura muy poco, ¡cómo no nos va a cuidar más aún a nosotros que estamos destinados a vivir con El para siempre!

Pero además, nos recrimina algo: nos dice que si estamos demasiado preocupados por la ropa es porque tenemos poca fe (!!!???). ¿Por qué nos acusa de poca fe? Porque para tener confianza plena en la Providencia Divina, hay que tener mucha fe: la confianza en Dios es una consecuencia de nuestra Fe en El.

Pero no se queda allí el Señor. Luego nos ubica bien ubicados: nuestra preocupación por los alimentos y por el vestido es inútil, ya que a fuerza de preocuparnos no vamos a ser capaces de extender nuestra vida siquiera un momento: “¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?”

Nos dice luego lo que debemos hacer y lo que El desea: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura”. Es decir, nuestra preocupación debiera estar en buscar ante todo los bienes espirituales, las cosas de Dios, lo que El desea de nosotros, buscar lo que necesitamos para llegar a poseer los bienes eternos del Cielo. Si buscamos a Dios primero, lo demás, lo material, nos viene dado como ñapa, como un bono adicional, sin tener que buscarlo.

Lo más grave es que si buscamos la añadidura, la ñapa, el bono adicional, nos podemos quedar sin ambas cosas: sin la añadidura y sin el Reino de Dios que es el Cielo.

El otro aspecto de la Providencia Divina se refiere al futuro. Nos dice Jesús que no debemos preocuparnos “por el mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas”.

Todos los seres humanos pasamos en algunos momentos de nuestra vida por problemas, vicisitudes, adversidades, sufrimientos. Unos más, otros menos; unos antes, otros después, a cada uno nos llega el momento de tribulación. Por eso el Señor nos advierte que preocuparnos por el mañana es agregar más penas a las que ya tiene el día de hoy. El Señor nos está diciendo que hay que vivir el presente, que ya eso es bastante.

Vivamos el presente, confiemos en la Divina Providencia para nuestras necesidades materiales y para el futuro, y no dejemos que el dinero nos esclavice. Nuestro único Señor es Dios.

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Opinión: ¿Nos interesamos del uso en la red por parte de nuestros menores?, por Ángel Corbalán

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Los padres y madres, somos los que marcamos el comportamiento correcto o erróneo de nuestros menores en redes sociales. Cuando jocosamente comentamos esos chistes subido de tono o imágenes poco mostrables que se intercambian por whatsApp y es delante de un menor… es posible que le estemos mostrando un uso incorrecto y sancionable de una herramienta digital para nuestros hijos e hijas?.

De qué nos sirve que le demos “clases magistrales” de forma verbal… si ellos aprenden viendo lo que hacen sus padres..? ¿Cuándo nos daremos cuenta que desde que nacen, nuestros hijos e hijas, somos sus maestros diarios de la asignatura de la educación y del comportamiento… a través del nuestro?
Nos quejamos de lo mal que hablan, que gritan, que no escuchan, etc… es posible que lo hayan visto en nuestro comportamiento en casa?… pues en Internet es igual.

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Algunos padres (me refiero a madre y padre), usan la Internet a través de Redes Sociales y apenas se protegen o le prestan la atención que debieran, por ellos y su entorno… como son los menores. Los padres deben aprender a utilizar la misma tecnología que sus hijos, de tal manera que mantengan su autoridad y responsabilidad ante ellos.
Aquí algunos consejos.

Utilizar contraseñas robustas: letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y caracteres alfanuméricos… Y que se cambien con frecuencia.

No aceptar a extraños como amigos. Aceptar a desconocidos en las Redes Sociales puede suponer un grave peligro para los menores, que no saben si en realidad detrás de los perfiles hay chavales de su edad o adultos con algún tipo de intención perniciosa.

Cuidado con la webcam. Si un ordenador es hackeado, la cámara puede ser activada por control remoto aunque parezca que está apagada.

No enviar fotos íntimas. Enviar por Whats App fotografías de contenido erótico es uno de los mayores peligros. El menor suele considerar que sólo las verá aquella persona que ha seleccionado, pero una vez enviada se pierde el control sobre la utilización de la misma.

Cuidado con lo que se comparte. En la red todo es público, se tarda muy poco en subir una foto, pero toda una vida en intentar eliminarla de buscadores y entornos on line.

La mejor medida de protección es la educación. Los jóvenes deben conocer cómo utilizan las Nuevas Tecnologías de una forma segura, qué acciones constituyen delitos digitales y los peligros a los que se pueden enfrentar.
No utilizar redes Wi-Fi públicas. Estas redes no garantizan la seguridad suficiente para navegar con tranquilidad y, en ocasiones, pueden aparecer en el listado “cebos” para hacerse con el control de nuestro smartphone y tener acceso a toda nuestra información.
Configurar correctamente la privacidad de las cuentas en las Redes Sociales. Hay que controlar qué información se comparte con los contactos y qué datos son accesibles a todo el mundo.

Para evitar que nuestros dispositivos sean hackeados, es importante que el navegador, el sistema operativo y el antivirus estén correctamente actualizados.

Y como no… no permitan, madres o padres, que sus menores utilicen el whatsApp personal de los mayores, para comunicarse entre amigos que hacen lo mismo, generalmente, con el teléfono y el grupo de WhatsApp de las mamás…
Cuando esto se lo explico a una madre, no le da importancia, cuando es precisamente la técnica que los delincuentes utilizan para contactar con los menores, usurpar otra identidad.

Sin embargo, es cuando le pongo el ejemplo más común en ese mal uso y permitido por ciertas madres a sus hijos o hijas, cuando ya deciden no volver a permitirlo… el ejemplo es sencillo; una conversación en un chat donde hay más de 40 madres en el grupo de “mamas del cole”, los niños que escriben, lo hacen de cosas propias de niños y niñas… hasta les puede gustar un chico o chica determinada… ellos, creyendo que es privado… y la conversación está a disposición de 38 madres más… entonces, es cuando por el resultado de la misma, en la puerta el colegio, cuando hay miradas de algunos grupos de madres hacia las mamas de los niños en cuestión… cuando a través de los colores que brotan de las caras de las aludidas… aprenden del erro. Eso sí, cuando es el “depredador”, el delincuente, quien se enmascara como una madre más… los resultados pueden ser muchísimo más graves y horribles consecuencias.
Pero, no pasa nada, eso pensamos todos cuando creemos que los problemas siempre van para otros…
Mi consejo, como padre y abuelo, protejamos a nuestros hijos, más si son menores, de los peligros en Redes Sociales… eso sí, antes aprendamos nosotros… los padres y las madres.

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Opinión: Sed perfectos como es perfecto vuestro padre celestial, por Ángel Corbalán

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Hoy, la Palabra de Dios, nos enseña que la fuente original y la medida de la santidad están en Dios: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Él nos inspira, y hacia Él caminamos. El sendero se recorre bajo la nueva ley, la del Amor. El amor es el seguro conductor de nuestros ideales, expresados tan certeramente en este quinto capítulo del Evangelio de san Mateo.

La antigua ley del Talión del libro del Éxodo (cf. Ex 21,23-35) —que quiso ser una ley que evitara las venganzas despiadadas y restringir al “ojo por ojo”, el desagravio bélico— es definitivamente superada por la Ley del amor. En estos versículos se entrega toda una Carta Magna de la moral creyente: el amor a Dios y al prójimo.

El Papa Benedicto XVI nos dice: «Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama». Jesús nos presenta la ley de una justicia sobreabundante, pues el mal no se vence haciendo más daño, sino expulsándolo de la vida, cortando así su eficacia contra nosotros.

Para vencer —nos dice Jesús— se ha de tener un gran dominio interior y la suficiente claridad de saber por cuál ley nos regimos: la del amor incondicional, gratuito y magnánimo. El amor lo llevó a la Cruz, pues el odio se vence con amor. Éste es el camino de la victoria, sin violencia, con humildad y amor gozoso, pues Dios es el Amor hecho acción. Y si nuestros actos proceden de este mismo amor que no defrauda, el Padre nos reconocerá como sus hijos. Éste es el camino perfecto, el del amor sobreabundante que nos pone en la corriente del Reino, cuya más fiel expresión es la sublime manifestación del desbordante amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Palabra de Dios

Las lecturas de hoy nos hablan del llamado de Dios a todos los seres humanos a que seamos santos, porque El es Santo. Quiere decir que, si hemos de ser cristianos, debemos imitarlo a El. Y esa imitación es principalmente en su santidad.

La santidad no es sólo para los Papas, los Sacerdotes y para los Santos que han sido reconocidos por la Iglesia –los Santos canonizados. La santidad es para todos: hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y viejos. Todos estamos llamados a ser santos.

Sorprende que ese llamado a la santidad no es sólo hecho por Jesús en el Nuevo Testamento, sino que nos viene desde mucho más atrás. La Primera Lectura es del Levítico, el tercer libro del Antiguo Testamento. Veamos:

Dijo el Señor a Moisés: “Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: ‘Sean santos, porque Yo, el Señor, soy santo. (Lev 19, 1-2)

Aquí Dios ordena a Moisés que le hable a toda la asamblea, en la que estaba el pueblo de Israel completo, sin hacer distinción de Sacerdotes y laicos, ni de hombres y mujeres, ni de niños y viejos.

Y sucedió que unos 1.300 años después, Jesús, al no más comenzar su vida pública, repite este mismo mandato de ser santos a todo el pueblo que se reunió para escuchar su Sermón de la Montaña: “sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt. 5, 48).

Eso de la santidad o perfección (como la llama Jesucristo) abruma y asusta, porque la creemos imposible. Pero los santos canonizados que precisamente la Iglesia nos presenta como modelos a imitar, no nacieron santos -inclusive muchos fueron bien pecadores. Y eran personas iguales a nosotros. ¿Cuál es la diferencia? Que ellos tomaron este mandato de Dios en serio…y lo creyeron posible.

Ahora bien, la santidad sólo es posible porque Dios es Santo y nos ofrece todas las ayudas necesarias para imitarlo a El y llegar a la santidad.

La santidad es el tema más importante del Evangelio de hoy, tanto que la Liturgia nos lo presenta también en la Primera Lectura. Pero este Evangelio nos trae unos cuantos consejos que hemos de seguir para llegar a ser santos. Esos consejos pueden resumirse en esto: No devolver mal por mal y perdonar a los enemigos.

La más controversial de estas instrucciones es la de poner la otra mejilla: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero Yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda”.

Y es controversial porque pareciera que Jesús nos está pidiendo dejarnos agredir más allá de la agresión inicial. ¿Será así? Pareciera que no, porque cuando Jesús fue interrogado por Caifás en el juicio antes de su condena a muerte, un guardia lo cacheteó. Y ¿qué hizo Jesús? Veamos cómo confrontó al guardia:

Uno de los guardias que estaba allí le dio a Jesús una bofetada en la cara, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?» Jesús le dijo: «Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?» (Jn 18, 22-23)

Si continuamos con el Sermón de la Montaña, vemos que Jesús da dos consejos más que van en la misma línea de mostrar la otra mejilla: el entregar el manto además de la túnica, es decir, quedarse sin ropas, y el caminar una milla extra (ir más allá de la distancia requerida y permitida por la ley, llevando la carga de un soldado romano).

Sin entrar en detalles legales y costumbristas de aquella época, vale la pena destacar que biblistas estudiosos de las leyes, las normas y las costumbres hebreas, piensan que estos tres consejos tenían como objetivo el poder desarmar anímica y moralmente al agresor. En ese sentido pueden tomarse como consejos para resistir los irrespetos y las injusticias sin tener que recurrir a la violencia. La no-violencia, pues.

Y para nosotros hoy –porque la Palabra de Dios es para todas las personas y para todos los tiempos- significan claramente lo que nos dice la Primera Lectura: No te vengues ni guardes rencor. No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. A quien nos ha hecho daño debemos perdonar, no podemos guardarle rencor (éste hace más daño al rencoroso que a aquél a quien se le tiene rencor). Tampoco podemos distraer pensamientos de venganza y –mucho menos- realizar alguna acción de venganza personal.

Ama a tu prójimo como a ti mismo es otro de los mandatos. Es fácil decir esta frase y se oye mucho por todos lados; por cierto, de manera tergiversada, queriendo decir que Dios nos manda a amarnos a nosotros mismos. Dios no nos manda a amarnos a nosotros mismos. Lo que quiere decir el Señor es que usemos la medida con que nos amamos a nosotros mismos (somos egoístas y amamos muchísimo nuestra propia persona, y eso Dios lo sabe). De allí que nos ponga esa medida mínima para amar a los demás. Y ésa es la mínima, porque la máxima es la que Cristo nos mostró con su muerte por nosotros, y eso también nos lo va a pedir más adelante en su vida pública.

¿Cómo nos amamos a nosotros mismos? Fijémonos bien: ¡Cómo nos consentimos a nosotros mismos! ¡Cómo nos comprendemos a nosotros mismos! ¡Cómo nos perdonamos nuestros errores y faltas! ¡Cómo nos excusamos a nosotros mismos! Así debe ser nuestra comprensión, nuestro perdón, nuestras excusas, nuestros cuidados para con los demás: como a nosotros mismos.

Pero Cristo sigue profundizando en el amor a los demás: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos”.

El amor a los demás hay que extenderlo a los enemigos y a los que nos odian y nos persiguen y nos calumnian. Ya la exigencia se pone más difícil, ¿no? Pero si Dios pide esto, será difícil, pero no imposible. Y es posible porque El nos proporciona todas las gracias para cumplir con lo que nos pide.

Para convencernos bien de esto, más adelante en este mismo Sermón de la Montaña, nos dice que si no perdonamos a los que nos hacen daño, nuestro Padre Celestial tampoco nos perdonará a nosotros. ¿Cómo es esto? Pues como se oye: “Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes.” (Mt 6, 15)

Una cosa muy interesante es la finalidad que nos da para tener ese comportamiento magnánimo con los enemigos: “hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial”.

¿Qué nos quiere decir el Señor? Que cuando tratamos así a los enemigos, también los desarmamos y eso puede servirles de estímulo para que sean amigos de Dios y amigos nuestros. Sólo así podremos ser -nosotros y nuestros enemigos- hijos de Dios. Todos somos creaturas de Dios, pero para ser hijos de Dios hay unas cuantas exigencias. Una de ellas parece ser el trato magnánimo a los enemigos.

Esto que nos propone Jesús fue lo que sucedió con los adversarios del Cristianismo al comienzo de la Era Cristiana: muchos enemigos se convertían por el amor y el perdón que les dejaban ver los primeros cristianos, aquéllos que realizaron la primera evangelización. A nosotros nos toca ahora la Nueva Evangelización. Tendremos que imitarlos, ¿no?

Pero muchos pensarán que estos consejos son necedades y que son imposibles de vivir hoy en día. Eso puede ser así si juzgamos estas cosas según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios. Por eso nos advierte San Pablo en la Segunda Lectura: “Si alguno de ustedes se tiene a sí mismo por sabio según los criterios de este mundo, que se haga ignorante para llegar a ser verdaderamente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios… y Dios hace que los sabios caigan en la trampa de su propia astucia” (1 Cor 3, 16-23).

Las palabras del Salmo de hoy nos pueden enseñar a perdonar y a ser magnánimos: El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados.

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Opinión: No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas, por Ángel Corbalán

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Hoy, Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.

En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).

«Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra, visto que “la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2Cor 3,6). Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).

El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,17-37):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor

COMENTARIO.

En el Evangelio de hoy continuamos con el Sermón de la Montaña, que comienza con el discurso de las Bienaventuranzas. El Sermón de la Montaña lo predicó Jesucristo en los primeros meses de su Vida Pública y en él da la pauta de lo que sería la enseñanza que El venía a dar. El centro de esta predicación del Señor es el Amor y la primacía de éste sobre la Ley.

Por eso deja claramente establecido que no ha venido a abolir la Ley antigua, sino a perfeccionarla. De allí la insistencia en decir: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos… Pero yo les digo: …” Con este planteamiento, varias veces repetido, el Señor anuncia los perfeccionamientos más fundamentales que viene a introducir en la Nueva Ley. Estos perfeccionamientos están basados más en el amor que en el cumplimiento de la Ley Antigua. Y resultó que el amor terminó siendo mucho más exigente que la Ley que los israelitas de entonces trataban de cumplir al pie de la letra.

Por supuesto, el contenido de este discurso impresionó a la gente que lo escuchó, pero dice San Mateo al final del Sermón de la Montaña que lo que más impresionó fue “su modo de enseñar, porque hablaba con autoridad y no como los maestros de la Ley que tenían ellos” (Mt. 7, 28).

Veamos algunos de perfeccionamientos que el Señor nos presenta como preceptos de la Nueva Ley:

Al antiguo precepto de “No matarás”, agrega el insulto, la ira, la agresión, el desprecio, el resentimiento contra alguien. Y explica con más detalle: “Cuando vayas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda”.

Y… ¿hacemos esto? Cuando venimos a Misa y vamos a comulgar ¿hemos perdonado realmente a los que nos han hecho daño? ¿Hemos pedido perdón a quien hemos ofendido? ¿Nos hemos liberado de los resentimientos absurdos que tenemos contra los demás? Y los llamamos absurdos, pues no hacen daño al otro, sino que terminan haciendo más daño a quien los lleva en su corazón.

El Rito de la Paz que se realiza justo antes de la Comunión indica precisamente esto a lo cual se refiere el Señor. Pero… ¿nos damos “fraternalmente” la Paz, como indica el Celebrante? En ese momento las personas que tenemos “próximas” representan al “prójimo”, al “hermano” de que nos habla el Señor en este pasaje. Y ese gesto no significa un saludo banal, ni está allí para dar el pésame o las condolencias a los familiares del difunto por el cual se está ofreciendo la Misa. Ese gesto significa algo muy concreto y exigente: que no tenemos nada contra nadie, que nuestro corazón está limpio de rencor, de resentimiento y que, por tanto, puedo comunicar la Paz que Cristo nos da. Sólo así, reconciliados plenamente con el hermano, podemos entonces comulgar y “presentar nuestra ofrenda”, en las condiciones que el Señor nos indica.

El perdón es difícil. Es uno de esos preceptos exigentes que pone Jesucristo en su Ley del Amor. Si nos cuesta, pidamos esa gracia al Espíritu Santo. Esa gracia del perdón es de las cosas buenas que el Señor desea que le pidamos, para El dárnosla. Es bueno acostumbrarse a pedir virtudes, a pedir cosas buenas… y no tanta cosa poco útil a la vida espiritual.

Otro perfeccionamiento a la Antigua Ley que nos da Jesús se refiere a que, aunque no se materialice algún acto que vaya contra la Ley, ya con sólo el deseo, hemos infringido la Ley. El solo deseo de algún acto contrario a la Ley de Dios, ya es una falta.

Por eso el que habla contra alguien, sobre todo si es una calumnia, ya ha asesinado a ese hermano en su corazón. También el que haya mirado a alguien con deseo, aunque no materialice ese deseo, ya ha cometido adulterio en su corazón.

Como vemos, la Ley Nueva se centra también en lo íntimo de la persona, en aquellos pensamientos y deseos nuestros que sólo Dios conoce. De allí la importancia de la pureza de corazón, de no tener deseos escondidos, ni de manifestar en palabras, cosas que vayan contra el amor.

También habla el Señor contra el divorcio y a favor de la indisolubilidad del Matrimonio Cristiano. No es lícito divorciarse y volverse a casar. Y basado en esto la Iglesia no permite la recepción de la Comunión a los que se encuentran en esta situación irregular, pero sí los invita a venir a la Santa Misa, a orar, e inclusive a hacer obras de caridad y a participar en algunas actividades de la Iglesia, invitándolos siempre a pedir la gracia de regularizar su situación.

Para aclarar muchos comentarios sobre cambios de disciplina en la Iglesia para los divorciados re-casados, el 1/2/2017 habló el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Gerhard Müller, quien afirmó que “la exhortación apostólica Amoris laetitia no contradice la enseñanza católica sobre el matrimonio ‘como una unión indisoluble entre un hombre y una mujer’, y por ello alentó a leer este documento en su conjunto para evitar confusiones” (Vat 1-2-17)

Jesús nos habla también de no jurar. Y nos dice que la cuestión es muy sencilla: decir simplemente sí, cuando es sí, y no, cuando es no.
Así nunca necesitaremos jurar

Para comprender y vivir esta Nueva Ley que Jesús nos trae es necesario que el cristiano esté abierto y se deje penetrar de la Sabiduría Divina. San Pablo sigue insistiendo en esto a lo largo de esta Primera Carta a los Corintios que hemos estado leyendo estos domingos, junto con el Sermón de la Montaña.

Juzgados estos exigentes preceptos del Señor con sabiduría humana, la cual San Pablo desecha por completo en esta Carta, es imposible comprenderlos y cuesta mucho aceptarlos. Pero la Sabiduría de Dios, nos dice San Pablo, “que es misteriosa y escondida… fue prevista por Dios para conducirnos a la gloria”, para llegar a disfrutar de “lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Y ¿quiénes son los que aman a Dios? Los que cumplen sus preceptos, los que siguen su Voluntad.

Y eso que Dios tiene preparado no lo podemos ni imaginar. Así dice San Pablo: “ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haberlo imaginado”. Esa es la descripción del Cielo que nos da San Pablo. El lo vio, y eso es lo que nos da a conocer de lo que vio.

Por eso hemos cantado en el Salmo: “Dichoso el que cumple la Voluntad del Señor”. Dichoso, porque podrá llegar a ese sitio que Dios nos tiene preparado. En vez de pensar que los preceptos del Señor son imposibles o demasiado difíciles, debemos orar como lo hicimos en el Salmo: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad y a guardarla de todo corazón”. Amén.

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Opinión: Vosotros sois la luz del mundo, por Ángel Corbalán

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Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.

La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.

La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).

Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.

A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.

Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

“Ustedes son la sal de la tierra … Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5, 13-16), nos dijo el Señor en el Sermón de la Montaña.

Cuando no somos sal ni luz, no somos cristianos útiles. ¿Y cuál es la sal y la luz que faltan para dar sabor al mundo?

Revisemos nuestro ambiente. ¿Cómo está el mundo? El mundo está intoxicado de conocimientos humanos y está insípido de Sabiduría Divina. El mundo está intoxicado de falsos valores y está insípido de valores eternos. El mundo está intoxicado de materialismo y está insípido de espiritualidad. Por eso el mundo necesita recibir el sabor de la sal que Jesús nos pide que le demos.

El cristiano debe darle sabor a este mundo insípido con lo que realmente es importante, que son las verdades y los valores eternos.

El cristiano debe darle sabor a este mundo insípido con lo que realmente es importante, que son las verdades y los valores eternos.

Por cierto, fijémonos que también nos alerta el Señor de no volvernos insípidos nosotros mismos, pues se nos puede “echar fuera”, como la sal que no sirve.

En cambio, cuando se es “sal”, también se es “luz”.

¿Y de dónde sacamos la sal para dar sabor al mundo? La sacamos de la ADORACION a Dios, porque no puedo ser sal si no obtengo el sabor que me da el Señor en la oración. A eso se refiere la ADORACION.

ADORAR es orar de una manera muy especial, y sólo así puedo recibir la sal con la que voy a dar sabor al mundo.

¿Y cómo adoramos? ADORAR es saber que Dios me ha creado. Y porque me ha creado, le pertenezco, dependo de El. Y como dependo de El, me rindo a El haciendo su voluntad.

Pero si no sabemos adorar a Dios, sucederá que la sal se volverá insípida y no será útil.

En el Aleluya hemos recordado que Jesucristo es “la Luz del mundo” (Jn. 8, 12).

Porque cuando se es “sal”, también se es “luz”. Jesucristo es “la Luz del mundo”. Y El nos hace ser partícipes de esa luminosidad suya, siendo nosotros resplandores de El. Así, al adorar a Dios, somos también portadores de la Luz de Cristo, porque somos reflejo de El. Sal y luz. Eso debemos ser.

Al llenarnos de la sal de Jesús en la ADORACIÓN, podremos llevar la Sabiduría Divina al mundo intoxicado de conocimientos humanos; los valores eternos al mundo intoxicado de falsos valores; la espiritualidad al mundo intoxicado de materialismo. Eso es ser “sal”.

Al ADORAR también podremos practicar la Caridad, siendo reflejos del Amor de Dios. Y es que, si no adoramos, corremos el riesgo de que nuestra solidaridad para con los demás sea un mero acto de filantropía humana, y no lo que debe ser: un verdadero reflejo del Amor de Dios.

Por eso la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is.58, 7-10) nos habla de las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, etc. Practicando la caridad así -no como un acto de filantropía humana, sino como reflejo del Amor de Dios- también seremos luz. Nos dice Isaías que cuando se es misericordioso y caritativo, “surge tu luz como la aurora… brilla tu luz en las tinieblas y tu oscuridad es como el mediodía”.

El Salmo 111 recuerda cómo el cristiano es luz. “El justo brilla como una luz en las tinieblas”. Ser justo se refiere aquí a vivir ajustados a la Voluntad de Dios. Continúa el Salmista diciendo que el justo no vacila, está firme siempre y no teme las malas noticias, pues vive confiado en el Señor.

Y San Pablo en la Segunda Lectura (1 Cor. 2, 1-5) nos muestra cómo debe ser el cristiano que desee cumplir con ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

¿Qué hizo San Pablo? El se limitó a ser portador de Cristo, no usó discursos llenos de sabiduría humana, sino que imitó a Cristo y habló de Cristo.

San Pablo (1 Cor. 2, 1-5) nos muestra cómo debe ser el cristiano que desee cumplir con ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”. No consiste en estar llenos de conocimientos humanos, ni mucho menos en predicar la sabiduría que fenece, que es engañosa, que está llena de orgullo y de vanidad y que, por lo tanto, es vacía.

San Pablo nos dice que él se limitó a ser portador de Cristo, que no usó discursos llenos de sabiduría humana, sino que imitó a Cristo y habló de Cristo.

Sólo así, haciendo lo que Jesús nos pide, lo que el Papa nos recuerda, lo que San Pablo hizo, podrá el cristiano ser “sal”, dando sabor de Dios al mundo vacío de El, y ser “luz”, iluminando al mundo con Sabiduría Divina.

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Opinión: Bienaventurados los pobres de espíritu, por Ángel Corbalán

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Hoy leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.

La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio…, y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia… (cf. Mt 5,3-11).

Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.

¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).

San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo… Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12a):

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor

COMENTARIO

Las Lecturas de hoy nos hablan de las llamadas “Bienaventuranzas”, que es aquella lista de motivos de felicidad que nos da el Señor en el Sermón de la Montaña, al comienzo de su vida pública, y que hoy nos narra el Evangelio de San Mateo (Mt. 5, 1-12)

Analizadas las Bienaventuranzas desde un punto de vista meramente humano, podrían parecernos una verdadera contradicción. Pero ya se había anunciado de Jesucristo en el momento de su Presentación en el Templo, que había venido “para ser signo de contradicción” (Lc. 2, 34). Y uno de los discursos del Señor en que se palpa bien este anuncio es precisamente el de las Bienaventuranzas.

Todas las Lecturas de hoy, incluyendo el Salmo 145 nos llaman también a esas actitudes virtuosas -aparentemente inhumanas- que nos llevan a la bienaventuranza, a la verdadera felicidad.

“Busquen la santidad, busquen la humildad”, nos dice el Profeta Sofonías en la Primera Lectura (So 2,3: 3, 12-13).

San Pablo en su Carta a los Corintios (1Co. 1, 26-31) nos habla de esa humildad, de esa sencillez que pide el Profeta Sofonías y que Cristo ratifica en el discurso de las Bienaventuranzas. Y lo hace San Pablo hablando claramente del peligro de confiar en “criterios humanos”.

Entre los que han sido llamados por Dios, nos dice, “no hay muchos sabios, ni poderosos, ni nobles según los criterios humanos. Más bien Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles de este mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes, a los que no valen nada, para que nadie pueda presumir delante de Dios”.

Así son los criterios de Dios ¡tan diferentes de los criterios humanos! Pero ¿nos damos cuenta de esto? ¿O seguimos con los criterios que nos vende el mundo: el poder, la riqueza, el mucho valer, la auto-suficiencia, etc., con las que -contrario a los que nos dicen las Lecturas de hoy- estamos presumiendo delante de Dios, buscando glorias humanas, pensando que podemos por nosotros mismos, creyéndonos muy capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, sin recordar que hasta cada latido de nuestro corazón depende de Dios que nos creó.

Y las Lecturas de hoy son muy claras y muy precisas. Contradictorias de los criterios humanos, sí; pero no dejan espacio para la duda.

La Primera Lectura nos habla del “día de la ira del Señor”. “Aquel día, dice el Señor, Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiarán en el nombre del Señor”.

Los que queden el día del Juicio de Dios serán “los pobres y humildes”. Será un “resto”; es decir, lo que quede: una pequeña porción. ¿Cómo formar parte de ese “resto”? La respuesta está en el discurso de las Bienaventuranzas. Veamos cada una de estas actitudes que nos pide el Señor para ser contados entre los que heredaremos el Reino de los Cielos:

“Dichosos, felices, bienaventurados, los pobres de espíritu”. Esta pobreza de que nos habla el Señor no se trata de la pobreza material, sino de una pobreza “de espíritu”, la cual consiste en poner nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos.

Así que “ricos”, según éste y otros pasajes del Evangelio, significan los que se creen capaces sin Dios. Y “pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, sólo proponiéndoselo uno. También significa no poner la confianza en el dinero, en los bienes materiales, sino sólo en Dios.

Así que no es la pobreza material lo que -necesariamente- nos lleva a la bienaventuranza, sino la correcta actitud de corazón ante lo que Dios es y ante lo poco o nada que somos ante Dios. Y la pobreza material es causa de bienaventuranza sólo en la medida en que nos lleva a esa actitud interior de pobreza de espíritu.

“Dichosos los que lloran”. Se refiere esta bienaventuranza a los que sufren, pero a los que sufren como el Señor desea: no rechazando el sufrimiento que más tarde o más temprano, más fuerte o menos fuerte, nos llega a cada uno. No rechazando la cruz que el Señor nos presenta para seguirlo a El, como El nos pide.

Esta bienaventuranza consiste en aceptar el sufrimiento, imitando a Cristo, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, dándole así valor redentor, como nos indica el Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre el sufrimiento humano: valor redentor para nosotros mismos y para los demás.

Consiste esta actitud en imitar a Cristo en su sufrimiento. Todo lo que vivimos en sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.

“Dichosos los mansos”. En la traducción actual se habla de sufridos, pero más exacto, para no confundir esta bienaventuranza con la anterior, es referirse a los mansos, a “los mansos y humildes de corazón”, como nos indica el Señor en otro pasaje. La humildad y la mansedumbre son requerimientos esenciales para “heredar la tierra”, la tierra prometida, la bienaventuranza del Cielo.

“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”. Justicia en el contexto bíblico significa “santidad”. Se habla de hombres “justos”, como hombres “santos”. Así que el Señor nos está hablando del deseo de ser santos, de tener hambre y sed de “santidad”. ¿Y qué es desear ser santos? Es desear cumplir la voluntad de Dios en todo. Así que el buscar la voluntad de Dios y no la nuestra, nos lleva a la verdadera felicidad de las Bienaventuranzas.

“Dichosos los misericordiosos”. Ser misericordioso es saber perdonar y excusar a los demás y -sobre todo- sabernos necesitados de la misericordia divina, porque somos pecadores y le fallamos a Dios continuamente. Así, siendo tolerantes y sabiendo perdonar a los demás, podremos ser objeto de la Misericordia infinita de Dios.

“Dichosos los limpios de corazón”. La limpieza o pureza de corazón consiste en buscar a Dios por lo que El es, tener rectitud de intención, honestidad interior. Significa esto, no tener dobleces en ninguna circunstancia, no tener hipocresía interior, y esto muy especialmente en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios.

La limpieza de corazón es también no tener el espíritu sucio por el apego al pecado, a los vicios, a las pasiones, por el apego a los criterios del mundo. Y esta pureza de corazón nos dispone para comprender las cosas de Dios. Así podremos ver las cosas de Dios como El las ve, no como las ve el mundo. Así podremos “ver a Dios” en cada circunstancia de nuestra vida, como nos promete esta Bienaventuranza.

“Dichosos los que trabajan por la paz”. Y ¿quiénes trabajan por la paz? Los que son pacíficos, los que llevan la Paz de Cristo en su corazón. Así van llevando esa Paz por todas partes y a todas las personas.

“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia”. No se refiere esto a todos los presos o perseguidos por cualquier causa, o porque hayan cometido un delito. Aquí “justicia” se refiere también a “santidad”. Fijémonos que el Señor explica esta última Bienaventuranza en la siguiente frase: “Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía”.

Es claro que el Señor está llamando bienaventurados a los que son perseguidos por seguir a Cristo, por tratar de ser santos. Y esto va desde las persecuciones que llevan al martirio, como la de los primeros cristianos, a la de los católicos que por mucho tiempo estuvieron sometidos a practicar su fe en la clandestinidad en los países comunistas, y hasta las críticas que reciben los cristianos practicantes que ponen a Dios por encima de otra cosa. Y esta crítica puede venir de amigos o enemigos… y puede tener lugar hasta dentro de la propia familia.

Las Bienaventuranzas son actitudes exigentes, aparentemente inhumanas -si las juzgamos con criterios de mundo, si las juzgamos sin pureza de corazón.

Las Bienaventuranzas son regalos del Espíritu Santo, para aquéllos que estemos convencidos que son el camino que lleva a la eterna Bienaventuranza del Cielo, a la definitiva y Verdadera Felicidad, que sólo alcanzaremos en la otra Vida.

Pidamos, entonces, el don de las Bienaventuranzas al Espíritu Santo y por intercesión de nuestra Madre, María Santísima, que vivió las Bienaventuranzas en la tierra y vive la Bienaventuranza del Cielo, reinando con su Hijo Jesucristo.

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Opinión: El Acoso Escolar es responsabilidad de todos y… Mayor-Net, por Ángel Corbalán

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“Quien ante un problema no aporta soluciones… es parte del problema”. Y así es. Cuando Mayor-Net, comenzó a ocuparse dentro de sus limitaciones, para que los mayores y jubilados se conectaran con garantías a las Nuevas Tecnologías, no éramos ajenos a los problemas del entorno, los nietos y nietas de este alumnado.

Ahora, tocará ser sensible, por una gran parte de la sociedad, de los casos que la prensa a elevado a noticia, de los resultados de acoso y maltrato de menores contra menores y durará tres días.

Realmente, estos casos, son la punta muy fina de un enorme iceberg. Si el acoso, bien en horas escolares, ha crecido… o bien en los parques o donde se reúnan los niños y niñas, a través del uso indebido de las Nuevas Tecnologías, se ha multiplicado no solo en tiempo, sino que se ha agudizado y muchas veces camuflado.

Como ponente de actividades (charlas-coloquio) para prevenir a menores de diferentes peligros en las redes sociales, he podido comprobar que la mayoría de los menores escolarizados de nuestra comarca, como en otras comarcas, son muy activos en diferentes redes, muchas de ellas, para mayores de edad.

Desde que el pasado curso escolar 2015/16, como pioneros en este sector y dentro del voluntariado, comenzamos a nuestros seminarios para AMPAs y charlas-coloquio para los menores escolares, hemos centrado ese espacio de tiempo en informar y aclarar como suceden y crecen estos delitos como es el ciberbullyng o ciber acoso.

En países donde este problema, el peor desenlace, como el suicidio, era una constante, Finlandia era un caso, han conseguido casi erradicarlo. Aún con las adversidades que un país como el nórdico tienen; pocas horas de luz, temperaturas extremas y alto consumo de alcohol.
Y lo están consiguiendo atajando el problema desde la raíz, el grupo, la sociedad y su compromiso con todos.
En nuestras charlas para chicos de 5º y 6º de Primaria, y hasta 1 de la ESO, que son chicos y chicas de 10 a 12 ó 13 años. Les centramos en el origen del problema y cómo prevenirlo desde el minuto CERO.

Antes que, ya la solución escape de la ciudadanía o del resto del alumnado. Como; las velas, flores y días de luto.
¿Como?
Pues como otro delito. De la misma manera que en la calle, avisaríamos de cualquier intento de delito de alguien, como es un robo, en clase, en el recreo o en la red social… también.

Pues, los menores lo captan enseguida, y toman muy buena nota, es lo que observamos en nuestras charlas con ejemplos reales y videos el acosador en potencia, necesita ser arropado por más alumnos y alumnas o bien, otros chicos y chicas… es un chico o una chica que ha recibido mucho odio y necesita sentirse importante o fuerte a la hora de centrar ese odio hacia la víctima.

La víctima, al ser acosada, no se siente víctima. Al contrario, se siente culpable, ya que, enfrente, no ve a un acosador o acosadora, el silencio o mirar al otro lado por parte de los demás, consigue que el acosado, considere que son todos los que están enfrente o en contra. No recibe afecto o apoyo de nadie… y cuando va a casa, no denuncia el acoso, pues se siente culpable de ser diferente a los demás… y afronta un periodo de soledad… con sus desenlaces.

Ojo; la víctima si sobrevive en ese continuo miedo y percibiendo el odio de los demás… se convierte, con los años, en un maltratador en potencia… de los más débiles, por ejemplo, esposa o novia. Pues quien recibe odio… no da cariño.

Los chicos y chicas que acuden a nuestras charlas, analizan y reaccionan, identificando las posturas negativas y positivas.

Estas medidas, que llevamos desde el voluntariado de Mayor-Net, tendría más éxito si a esta “mesa”, no le fallara la otra pata… los padres, madres y tutores.

Los docentes saben como actuar desde el primer momento que conocen las primeras escaramuzas del acosador o acosadora, pues debe contar con la denuncia del alumnado que lo conoce… y rápidamente, actúa como buenos profesionales de una labor que es vocacional.

Pero, fuera del recinto escolar, los padres, madres ó tutores de estos menores… acuden a alguna charla, están interesados en conocer estos delitos o capacitados para ayudar a sus tutelados?

Las estadisticas dicen que el 80% de los adultos que interactúan en redes sociales, no saben o no lo hacen… el protegerse en esas redes. Si lo hicieran se protegerían ellos y ellas, así como su entorno.

Y si no lo digo… reviento. Estas actividades, de las que dentro de la Oferta Educativa Escolar que se beneficiarán más de 2.800 niños y niñas, ya lo han hecho más de 800 de La Linea, con coste CERO, se ofrecieron a los AMPAs… a todos… y sólo en un curso escolar, han accedido de 56 colegios… 5 AMPAs. Ni el 10%.

No hay que ser muy inteligente para entender por qué sólo se denuncian esa punta de iceberg, tal vez, 5 de cada 200 casos de acoso a menores… tal vez, porque la conciencia de padres, madres y tutores, no se lo permiten?
Si no ayudamos a nuestros menores, no nos sorprendamos que llamen a las puertas equivocadas.

Hoy más que nunca, hay que hacer cosas para mejorar cosas… nosotros lo hacemos… antes lo hicimos explicándolo a nuestros nietos e hijos… eso si, y que denuncien cualquier delito… es cosa de buena ciudadanía.

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Opinión: Hoy es… San Francisco de Sales, por Ángel Corbalán

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La vida de este «apóstol de la amabilidad», doctor de la Iglesia, es uno de los claros ejemplos de lucha sin cuartel contra el defecto dominante y muestra de que cuando se ama a Dios, con su gracia, todo es posible. Nacido en el castillo de Sales en Saboya el 21 de agosto de 1567 fue conquistando la virtud día tras día. En ella condensaba la exquisita enseñanza evangélica que había recibido de su madre, excelente narradora de la fe que desmenuzó ante los ojos inquietos del niño. Heredó su paciencia y constancia, así como la elegancia en el trato. Temiendo su padre que la influencia materna hiciera de él un hombre frágil, designó al riguroso y exigente P. Déage para ser su preceptor. El santo agradeció siempre sus enseñanzas y las acogió humildemente. Eso sí, determinó actuar con los demás de un modo distinto, allanándoles el camino y liberándoles del peso que encierra el perfeccionismo. Al recibir la primera comunión en el colegio de Annecy con 8 años, estableció las consignas que seguiría su vida de entrega a Cristo: orar, visitar al Santísimo, ayudar a los pobres y leer vidas ejemplares. Procuró ser fiel a ellas hasta el fin de sus días.

Sentía ardientes deseos de consagrarse a Cristo, pero su padre lo envió a estudiar a París. Recibió educación en el colegio Clermont de los jesuitas, que combinaba con dos horas diarias de equitación, esgrima y baile, bajo la dirección del P. Déage, en un plan diseñado por él que incluía confesión y comunión semanal. Destacó en retórica, filosofía y teología. La determinación que tomó de consagrarse a la Santísima Virgen le ayudó a superar todas las pruebas que sufrió en esa época, manteniendo incólume su pureza. Sus modelos eran san Francisco de Asís y san Felipe Neri. A los 18 años era manifiesta su inclinación a la ira. Y consciente de ello, ponía todo su empeño en contenerla. Se dice que la sangre se agolpaba en sus mejillas en determinadas situaciones incómodas para él. Qué esfuerzos haría para someter este defecto que quienes le conocían, al ver su trato exquisito, consideraban que estaba libre de esa tendencia y jamás podrían haber imaginado el combate interior que libraba. Experimentaba también una profunda angustia que le llevaba a pensar en su condenación. Esta idea se le clavó hondamente y trazó en su organismo las huellas de su inquietud: una suma delgadez y el temor por su razón. Le aterrorizaba saber que en el infierno no podría amar a Dios. Este desasosiego se disipó al recitar ante la Virgen la oración de san Bernardo «Acordaos…», y también le ayudó a curar su orgullo.

En 1588 comenzó a estudiar derecho en Padua, como deseaba su padre, sin descuidar la teología que precisaba dominar para ser sacerdote. Aún seguía estrictamente el plan de vida que se trazó a los 8 años. Todos los días hacía su examen particular; tenía presente su defecto dominante: el mal genio, y veía si había actuado con la virtud contraria a esta tendencia. Oraba, meditaba, se proponía ser cada día más amable en su trato con los demás, con la prudencia debida, trayendo a su mente la presencia de Dios. Prosiguió defendiendo su vocación con paciencia y tesón hasta que logró vencer la férrea voluntad de su padre en cuyos planes no entraba la opción de entrega total a Dios sino que esperaba que hubiera contraído matrimonio eligiendo otra forma de vida. Finalmente, logró su deseo, y fue ordenado sacerdote. Lo destinaron a la costa sur del lago de Ginebra para luchar contra el protestantismo, y allí desplegó todas sus artes de modo que se produjeron numerosas conversiones. En esta compleja misión de Chablais tuvo que hacer acopio de paciencia y esperar confiadamente que en el árido corazón de las gentes germinase la semilla de la fe. El arma fue el amor, y así lo confió él mismo a santa Juana Chantal: «Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar contra los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas». En 1602 fue designado obispo de Ginebra, sucediendo en el gobierno de la diócesis al prelado Claudio de Granier. Fijada su residencia en Annecy, enseguida destacó por su generosidad, caridad y humildad.

Juana Chantal fue una de las incontables personas a las que dirigiría espiritualmente. La conoció en 1604 cuando predicaba un sermón de Cuaresma en Dijón. Con ella fundó la Congregación de la Visitación en 1610. Como rector de almas no tenía precio. Era bondadoso y firme a la par. En su Introducción a la vida devota había hecho notar: «Quiero una piedad dulce, suave, agradable, apacible; en una palabra, una piedad franca y que se haga amar de Dios primeramente y después de los hombres». Acuñó esta conocida apreciación, surgida de su experiencia: «un santo triste es un triste santo». A él se debe también la consigna escrita en su Tratado del Amor de Dios: «La medida del amor es amar sin medida». Preocupado por la vivencia de la caridad más exquisita había escrito: «No nos enojemos en el camino unos contra otros». «Caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y amor; y te lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, si es posible; por ningún pretexto des en tu corazón entrada al enojo». Así había vivido: entregado a los demás; hecho ascua de amor. Tras su muerte, acaecida en Lyon el 28 de diciembre de 1622, monseñor Camus manifestó que al extraerle la vesícula biliar hallaron nada menos que 33 piedras. Eso da idea del ímprobo esfuerzo que habría hecho el santo a lo largo de su vida para trocar en mansedumbre y dulzura un temperamento volcánico poderosamente inclinado al mal genio y a la cólera. Fue canonizado el 19 de abril de 1665 por Alejandro VII. Es patrón de los escritores y periodistas católicos.

Señor Dios nuestro, que hiciste que el obispo San Francisco de Sales se hiciera todo para todos para ganarlos a todos, haz que, iluminado por su ejemplo, también nosotros sepamos manifestar la dulzura de tu amor en el servicio de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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Opinión: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres, Ángel Corbalán

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Hoy, Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.

«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.

Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (…)».

Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retira a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.

Les dijo:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.

Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Palabra del Señor.

Las Lecturas de este Domingo nos hablan principalmente de dos cosas: de la manifestación de Jesús como fuente de luz y de salvación, y de la escogencia de los primeros discípulos.

Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías así: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is. 8,23/9-3).

El Evangelista San Mateo es uno de los discípulos escogidos y se da cuenta de que esa profecía de Isaías que hemos leído en la Primera Lectura (Is. 9, 1-4) se está cumpliendo ante sus propios ojos. Por eso, al comenzar a narrar en su Evangelio la vida pública del Señor, San Mateo quiere comunicarnos esa buena nueva a todos: nos dice que Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías.

Pero ¿qué significará esto que dice el Profeta Isaías? En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.

San Mateo nos especifica que Jesús dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaún y precisa que esta ciudad quedaba justamente en el territorio de las tribus de Zabulón y Neftalí, como para que sus lectores se den cuenta que de veras se está cumpliendo en Jesús esta profecía de Isaías. El camino del mar se refiere a una vereda natural que venía del Mediterráneo y pasaba precisamente por el norte del Mar de Galilea, escenario del Evangelio de hoy, donde eran pescadores algunos de los que Jesús escoge como Apóstoles.

En otro tiempo el Señor humilló esa zona hace referencia a que sus habitantes habían sido conquistados por Asiria siglos antes. Tan grave era su situación que la zona era llamada Galilea de los paganos, pues estaban en gran oscuridad por ignorancia religiosa, idolatría y otros pecados. Pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar porque precisamente allí comenzará a brillar esa gran Luz que es Jesucristo.

Es por ello que en el Salmo 26 hemos alabado a Jesús cantando: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Y, siendo el Señor nuestra luz y salvación, ¿a quién deberemos seguir? ¿en quién nos deberemos apoyar?

En el Salmo hemos orado respondiendo estas preguntas … Pero a veces no nos damos cuenta de lo que decimos. Sabiendo que Jesús es nuestra luz y nuestra salvación, a El debemos seguir. Y de esto se trata este Evangelio de hoy.

En efecto, San Mateo nos narra también la escogencia de los primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pero tengamos en cuenta que el Señor nos escoge y nos llama a todos para ser sus discípulos y seguidores. No sólo llama a los Sacerdotes y a las Religiosas: el Señor nos llama a todos. Y el Señor llama de muchas maneras y en diferentes circunstancias a lo largo de toda nuestra vida.

Sucede, sin embargo, que la voz del Señor es suave y el llamado que hace a nuestra puerta es también suave. No nos obliga, no nos grita, ni tampoco tumba nuestra puerta. El Señor es gentil. No nos doblega, ni nos amenaza. Pero siempre está allí, llamando a nuestra puerta.

Somos libres de abrirle o no. Somos libres de responderle o no. El llamado es para seguirle a El. Puede ser en la vida de familia o en la vida religiosa o hasta solos en el celibato. Pero sea para una u otra cosa, siempre será para “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn. 15, 18 – 17, 14).

Esta frase del Señor es ¡tan poco comprendida y tan poco practicada!

Hemos sido escogidos por El para seguirle. “Ven y sígueme”, le dijo a sus primeros discípulos. “Ven y sígueme”, nos dice a cada uno de nosotros también.

Y seguirle a El implica muchas veces ir contra la corriente, ir contra lo que el mundo nos propone. Seguirle a El es ser como El y es hacer como El. Y ¿qué hace Jesús? ¿Qué nos muestra Jesús con su vida aquí en la tierra? Lo sabemos y El nos lo ha dicho: “He bajado del Cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn. 6, 38).

Seguirlo a El es, entonces, buscar la Voluntad de Dios y no la propia voluntad. Es hacer lo que Dios quiere y no lo que yo quiero. Es ser como Dios quiere que sea y no como yo quiero ser.

A veces creemos que por ser Católicos, bautizados, ya tenemos asegurada la salvación. Ciertamente nuestro catolicismo significa que tenemos a nuestra disposición todos los medios de salvación que nos llegan a través de la Iglesia por Cristo fundada. Pero no basta.

El Señor tal vez podría decirnos como nos ha dicho en la Carta a los Hebreos: “Tengamos cuidado, no sea que alguno se quede fuera. Porque a nosotros también se nos ha anunciado ese mensaje de salvación, lo mismo que a los israelitas en el desierto; pero a ellos no les sirvió de nada oírlo, porque no lo recibieron con fe” (Hb. 4, 1-2). Esta advertencia se refiere a que, de los varones que salieron de Egipto, sólo Josué y Caleb entraron a la Tierra Prometida.

No basta decir yo tengo fe, yo creo en Dios. Esa fe tiene consecuencias. Recibir el mensaje de Jesucristo con fe, hoy, es seguirlo en el cumplimiento de la Voluntad de Dios. Tal vez algunos que no han nacido y crecido como Católicos busquen la Voluntad de Dios mejor que muchos de los que sí hemos tenido ese privilegio.

Pero, ¿cuál es la Voluntad de Dios? Primeramente, cumplir los mandamientos. Eso ya es algo, pero aún no es toda la Voluntad de Dios. Lo siguiente es aceptar lo que Dios permite para mi vida, sea lo que sea: lo que me gusta y lo que no me gusta. Y por último, hacer lo que creo que Dios me pide.

¡Cuidado, porque podríamos quedar fuera! ¡Cuidado si no nos dejamos iluminar por esa “gran luz” que es Jesucristo nuestro Señor! ¡Cuidado si no aceptamos su mensaje de salvación! Porque como hemos cantado en el Salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación. Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida”.

Y, para vivir en la casa del Señor eternamente, es necesario comenzar a vivir en su casa aquí en la tierra. Y eso significa vivir en su Voluntad siempre y en todo momento. Que así sea.

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Opinión: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, por Ángel Corbalán

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Hoy hemos escuchado a Juan que, al ver a Jesús, dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). ¿Qué debieron pensar aquellas gentes? Y, ¿qué entendemos nosotros? En la celebración de la Eucaristía todos rezamos: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Y el sacerdote invita a los fieles a la Comunión diciendo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…».

No dudemos de que, cuando Juan dijo «he ahí el Cordero de Dios», todos entendieron qué quería decir, ya que el “cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas.

Por otro lado, el cordero es el animalito que los israelitas sacrifican para rememorar la pascua, la liberación de la esclavitud de Egipto. La cena pascual consiste en comer un cordero.

Y aun los Apóstoles y los padres de la Iglesia dicen que el cordero es signo de pureza, simplicidad, bondad, mansedumbre, inocencia… y Cristo es la Pureza, la Simplicidad, la Bondad, la Mansedumbre, la Inocencia. San Pedro dirá: «Habéis sido rescatados (…) con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,18.19). Y san Juan, en el Apocalipsis, emplea hasta treinta veces el término “cordero” para designar a Jesucristo.

Cristo es el cordero que quita el pecado del mundo, que ha sido inmolado para darnos la gracia. Luchemos para vivir siempre en gracia, luchemos contra el pecado, aborrezcámoslo. La belleza del alma en gracia es tan grande que ningún tesoro se le puede comparar. Nos hace agradables a Dios y dignos de ser amados. Por eso, en el “Gloria” de la Misa se habla de la paz que es propia de los hombres que ama el Señor, de los que están en gracia.

Juan Pablo II, urgiéndonos a vivir en la gracia que el Cordero nos ha ganado, nos dice: «Comprometeos a vivir en gracia. Jesús ha nacido en Belén precisamente para eso (…). vivir en gracia es la dignidad suprema, es la alegría inefable, es garantía de paz, es un ideal maravilloso».

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo:

«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Aunque nuestra tradición popular dice: “que hasta San Antón, Pascuas son”, hemos comenzado el tiempo ordinario. Es verdad que el Evangelio de este domingo, forma parte de nuestras reflexiones del tiempo de Navidad, pero vamos a intentar situarlo en el nuevo contexto litúrgico. Dicen los entendidos, que cuando Juan escribió este evangelio, quedaban grupos de seguidores del Bautista que le consideraban el Mesías y por eso, pone en boca de Juan el Bautista, la primera profesión de fe: “Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Jesús es más que el Bautista.

Especialistas aparte, lo que parece importar al evangelista, es situar a Jesús a partir de los antiguos textos proféticos y de los acontecimientos que están ocurriendo en el presente, en la realidad por la que atraviesa la comunidad cristiana en la situación actual. Por eso, los títulos que se le atribuyen: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, “el que existía antes que yo”, “éste es el Hijo de Dios”. La pregunta en definitiva, no es tanto: ¿quién es Jesús?, sino ¿qué significa Jesús para nosotros?, de eso dependerá el titulo que le demos.

Una de las tareas más difíciles del cristianismo hoy, es presentar quién es Jesús para nosotros, sin caer en las fórmulas tantas veces usadas, que en ocasiones son tan poco comprensibles. Se trata, como hace el evangelista, de recoger la historia y la fe de los primeros cristianos y lo que aportaron, y de actualizar esa experiencia. No podemos atarnos a las expresiones, éstas no son fijas e inamovibles, lo importante es trasmitir con un lenguaje actual y de sentido, lo que es sustancial en el encontrase con Jesús. Resumir eso en una palabra, como hace San Pablo en la segunda lectura: “es el Señor”, ayuda, en estos tiempos de “tuit”, y frases cortas.

En el texto de hoy, aparece la expresión: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, que repetimos en la Eucaristía antes de la comunión. Puede que no sea muy apropiado y moderno, llamar a Jesús “el Cordero”, pero entronca, con toda la tradición de Isaías sobre el Siervo de Dios, (primera lectura). Actualiza la entrega, su muerte en la cruz para que todos tengan vida. No se trata de tener elaborados conceptos y reflexiones, de hablar mucho, sino de encontrar aquellas claves, que iluminan lo que estamos viviendo. Por eso en el cristianismo, siempre existieron los títulos, quizás el más ilustrativo es el de “Jesucristo”.

Decir antes de la comunión estas palabras de Juan el Bautista, es decir, que quienes pretendemos unirnos hoy a Jesús en la comunión, debemos estar dispuestos a ser “siervos”, luchar contra la muerte, que es el pecado del mundo y entregar la vida como aquel “cordero” llevado al matadero. Con esta expresión, estamos diciendo sin retoricas, que los cristianos estaremos allí donde el pecado, la muerte, ejerce un gran poder sobre los hombres, porque nuestra tarea como la de Jesús, es luchar por la vida y por eso comulgamos, nos hacemos también ofrenda.

Desde nuestro bautismo en Espíritu, demos testimonio como Juan el Bautista del Hijo de Dios, buscando la paz con nosotros mismos y entre los pueblos, colaborando con la caridad, la solidaridad y la justicia. Desde la amistad, la alegría, el afecto, el amor, propongamos la libertad, la responsabilidad, saludando a todos como hace San Pablo a los Corintios: “La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros”. Quizás entonces, como en aquel tiempo, cuando alguien venga hacia nosotros, pueda exclamar: ¡he aquí un seguidor del Cordero! No olvidemos que dibujar un Cordero, era uno de los símbolos que identificaban a los primeros cristianos.

PD: Hoy es la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, el lema es: “Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz”. Viendo las imágenes no es cuestión de muchas palabras y puede que no llegue con las oraciones, es momento a contracorriente en esta vieja Europa, de recordar los valores.

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