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Opinión: Él está cerca, por Ángel Corbalán

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Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.

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Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?

Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”… Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Ya acercándonos al final del Año Litúrgico, el cual suele terminar en el mes de Noviembre de cada año, este último Domingo del Ciclo “B”, ciclo que concluye la próxima semana con la Fiesta de Cristo Rey, las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre la Parusía.

“Parusía” es una palabra que intriga -cuando no se conoce su significado- y que tal vez asusta cuando sí se conoce.

En efecto, en su sentido estricto, “Parusía” significa la segunda venida de Cristo. Y eso asusta. Pero, si lo pensamos bien, no tendría que asustar, porque estamos hablando de la culminación de la salvación.

¿Pero por qué hablamos de culminación de la salvación? ¿Ya Cristo no nos salvó? Es que la salvación fue efectuada ya por Cristo, pero será completada plenamente con su segunda venida en gloria, cuando venga a establecer su reinado definitivo, cuando como nos dice la Segunda Lectura, “sus enemigos sean puestos bajo sus pies” (Hb. 10, 11-14.18).

De allí que no haya que temer, porque la Parusía será el momento de nuestra salvación definitiva. Será, además, el momento más espectacular y más importante de la historia de la humanidad: ¡Cristo viniendo en la plenitud de su gloria, de su poder, de su divinidad! Si hace dos mil años Cristo vino como un ser humano cualquiera, en su segunda venida lo veremos tal cual es, “cara a cara” (1 Cor. 13, 12).

Será el momento de nuestra definitiva liberación: nuestros cuerpos reunidos con nuestras almas. De eso se trata precisamente la resurrección prometida para ese momento final.

Es cierto que la Primera Lectura del Profeta Daniel nos hace algunos anuncios aterradores. Pero ese momento será terrible para algunos, para “los que duermen en el polvo y que despertarán para el eterno castigo” (Dn. 12, 1-3). Pero ésos serán los que no hayan cumplido la voluntad de Dios en esta vida terrena, los que se hayan opuesto a Dios y a sus designios, los que hayan buscado caminos distintos a los de Dios. Es decir, ese castigo será para los que le han dado la espalda a Dios.

Pero los justos, los que hayan buscado cumplir la voluntad de Dios en esta vida, los que por esa razón “están escritos en el libro … despertarán para la vida eterna … brillarán como el esplendor del firmamento … y resplandecerán como estrellas por toda la eternidad” (Dn. 12, 1-3).

Notemos que Daniel nos habla de “los guías sabios” y “los que enseñan a muchos la justicia”.

La gloria esplendorosa será para los guías que sean sabios, que estén llenos de la Sabiduría Divina y que guíen a otros con esa Sabiduría. También será esa gloria para aquéllos que enseñen la justicia. La justicia, en lenguaje bíblico, significa santidad.

Es decir, esa gloria esplendorosa será también para aquéllos que, viviendo en santidad, viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios, enseñen a otros la santidad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, tanto con su ejemplo, como con su palabra.

Es cierto que nos dice también el Profeta, que ese momento será precedido por “un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo”.

Ahora bien, no hay que temer este tiempo final, pues dentro de su Providencia Divina, Dios prepara todo para bien de los que le aman, para bien de aquéllos que han vivido acorde a su Voluntad en esta vida –la que estamos viviendo antes de que vuelva glorioso como justísimo Juez en la Parusía.

De allí que las pruebas y sufrimientos de esa etapa serán la última llamada –la última oportunidad- de conversión para los que se encuentren en estado de pecado y decidan –por fin- no seguir dándole la espalda a Dios.

Será también la última ocasión de expiación para los que, aun andando en la Voluntad de Dios, requieren de esa etapa de purificación para poder ver a Dios cara a cara.

Porque “bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt. 5, 8) y, refiriéndose a la entrada a la Jerusalén Celestial, nos dice el Apocalipsis: “En ella no entrará nada manchado” (Ap. 21, 27) y “Felices los que lavan sus ropas…se les abrirán las puertas de la Ciudad” (Ap. 22, 14).

En ese sentido, esa etapa de sufrimientos es, entonces, fruto de la infinita misericordia de Dios que quiere que todos sus hijos sean salvados y disfruten eternamente con El, la gloria del Cielo que nos ha preparado desde toda la eternidad.

Es por ello que, para el verdadero seguidor de Cristo, las tribulaciones de ayer, de hoy y del futuro, tribulaciones personales o grupales, tribulaciones de ciudades, de países, del mundo, son vistas –y aprovechadas- como preparación de todos los seres humanos a esa venida final de Cristo en gloria.

El Evangelio también nos habla de lo mismo. Es Cristo predicando sobre ese momento. Y nos dice que será un momento en que “el universo entero se conmoverá, pues verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad. Y El enviará a sus Ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (Mc. 13, 24-32).

Es bueno hacer notar que tanto la profecía de Daniel, como el anuncio del Evangelio, se referían también a hechos que sucedieron ya en la historia, pues así es la Palabra de Dios: para todo momento.

En el caso de Daniel, se refería a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos. En el caso del Evangelio, se trataba de la destrucción de Jerusalén. Pero en sentido pleno, estas lecturas se refieren a la Parusía, al fin de los tiempos.

Otro punto interesante en ambas lecturas es la participación de los Ángeles en favor de los elegidos. La lectura del Libro de Daniel nos habla de San Miguel Arcángel, “el gran príncipe que defiende a tu pueblo”. El Evangelio de hoy nos habla de todos los Ángeles “encargados de reunir a todos los elegidos”.

Otro tema que toca el Señor en el Evangelio es el momento en que esto sucederá. Y a pesar de que el momento no es lo más importante, pues siempre tenemos que estar preparados, como bien nos indica Jesús con varias parábolas, sí nos da el Señor en este Evangelio algún indicio: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”.

En ese momento seremos resucitados y reunidos todos: unos resucitarán para una vida de felicidad eterna en el Cielo y otros para una vida de condenación eterna en el Infierno. En ese momento grandioso, inimaginable, esplendoroso, tal vez el momento más espectacular y más importante de toda la historia humana, habrá “cielos nuevos y tierra nueva” para los salvados. Será el Reinado definitivo de Cristo (cfr. Ap. 21 y 1 Pe. 3, 10-13).

Con esta esperanza se comprende cómo -desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días- los cristianos, deseosos de volver a ver el rostro glorioso de Cristo, han esperado siempre la Parusía y hasta han creído sentirla muy próxima en algunos momentos de la historia de la humanidad. De allí que con el deseo de ese momento toda la Iglesia ore con las palabras finales de la Biblia: “Ven, Señor Jesús” (Ap. 22, 20).

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Opinión: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?, por Ángel Corbalán

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Hoy, está muy de moda hablar del amor a los hermanos, de justicia cristiana, etc. Pero apenas se habla del amor a Dios.

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Por eso tenemos que fijarnos en esa respuesta que Jesús da al letrado, quien, con la mejor intención del mundo le dice: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,29), lo cual no era de extrañar, pues entre tantas leyes y normas, los judíos buscaban establecer un principio que unificara todas las formulaciones de la voluntad de Dios.

Jesús responde con una sencilla oración que, aún hoy, los judíos recitan varias veces al día, y llevan escrita encima: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29-30). Es decir, Jesús nos recuerda que, en primer lugar, hay que proclamar la primacía del amor a Dios como tarea fundamental del hombre; y esto es lógico y justo, porque Dios nos ha amado primero.

Sin embargo, Jesús no se contenta con recordarnos este mandamiento primordial y básico, sino que añade también que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Y es que, como dice el Papa Benedicto XVI, «amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero».

Pero un aspecto que no se comenta es que Jesús nos manda que amemos al prójimo como a uno mismo, ni más que a uno mismo, ni menos tampoco; de lo que hemos de deducir, que nos manda también que nos amemos a nosotros mismos, pues al fin y al cabo, somos igualmente obra de las manos de Dios y criaturas suyas, amadas por Él.

Si tenemos, pues, como regla de vida el doble mandamiento del amor a Dios y a los hermanos, Jesús nos dirá: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Y si vivimos este ideal, haremos de la tierra un ensayo general del cielo.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

En el Evangelio de hoy presenciamos un diálogo entre Jesús y un letrado de la Ley, que le hace una pregunta clave al Señor: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc. 12, 28-34). Y al concluir este diálogo Jesús le hace un comentario final: “No estás lejos del Reino de Dios”.

Y en esta respuesta el Señor hace gala de una promesa anterior: “No crean que yo vine a suprimir la Ley o los Profetas. No vine a suprimirla, sino a darle forma definitiva” (Mt. 5, 17).

Efectivamente, para responder a la pregunta, Jesús recordó un texto antiguo que nos trae la Primera Lectura tomada del Deuteronomio (Dt. 6, 2-6). Este libro es uno de los libros de la Ley antigua y la Primera Lectura contiene el texto que los judíos repetían dos veces al día como plegaria de la mañana y de la tarde, el cual comienza con la palabra: “Escucha” y continúa con el mandato: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

Pero no se queda el Señor con el solo mandamiento de amar a Dios, sino que le da a éste un toque nuevo, agregando que hay un segundo mandamiento también: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Con esta novedad complementaria del precepto antiguo, Jesús está cumpliendo lo que había dicho sobre la Ley de Moisés en el Sermón de la Montaña, cuando adivirtió que no la eliminaría, sino que la completaría, dándole la forma final.

Ahora bien, ¿por qué el precepto antiguo comienza con la palabra “escucha”? ¿Por qué la oración judía comienza también con esa palabra? “Escucha” es una invitación a meditar el precepto del Señor, para vivir de acuerdo a ese precepto. No es casual que el mandato de Yahvé comience con esa orden de “escuchar”. Porque para hacer vida la Palabra de Dios y sus mandatos no basta hablar y pedir, sino que hay que escuchar. Hay que escuchar a Dios. Es necesario orar, escuchando, para poder dejar que la Palabra de Dios penetre y se haga vida en nosotros, para poder ir haciendo la Voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida, no importen las circunstancias. Siempre es necesario “escuchar” para poder cumplir lo que Dios nos pide, pero la oración en escucha se hace particularmente importante cuando las “circunstancias” se vuelven especialmente difíciles en nuestro amor a Dios y al prójimo, y requerimos gracias especiales de Sabiduría y Fortaleza del Espíritu Santo.

Sobre la necesidad de orar escuchando para poder hacer la Voluntad de Dios, también nos advierte el mismo Jesús: “No es el que me dice ¡Señor! ¡Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo” (Mt. 7, 21).

Volviendo al personaje del Evangelio, el letrado que había hecho la pregunta a Jesús no podía dejar de estar de acuerdo con El, pero no se queda sólo en decir que está de acuerdo, sino que agrega que el amar a Dios y el amar al prójimo como a uno mismo, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Se ve que conocía la Ley y los Profetas, pues con esto recuerda palabras de los antiguos Profetas. Uno de ellos, Samuel, que fue el último Juez de Israel y también Profeta dijo: “A Yahvé no le agradan los holocaustos y sacrificios, sino que se escuche su voz.” (1 Sam. 15, 22). También Oseas, que supo bien lo que era el perdón y la misericordia, ya que a él, el Señor le hizo experimentar el dolor y la vergüenza de la traición, nada menos que de su esposa, a quien nunca dejó de amar. Así dice el Señor por su boca: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os. 6, 3-6).

Ahora bien ¿significa esto que Dios no desea nuestras ofrendas? De ninguna manera. Significa que primero que nuestras ofrendas, desea que lo amemos a El sinceramente y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. De allí que posteriormente Jesús ahonde esta idea con esta exigente advertencia: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24).

Esto textos son exigentes. ¡Bien exigentes! Responder bien por mal no es fácil. Perdonar cuando se nos ha ofendido injustamente no es fácil. Saludar y amar a quien es nuestro enemigo no es fácil. Amar a quien nos ha hecho daño no es fácil.

Y más que difícil, es imposible. Imposible si pretendemos cumplir estas exigencias con nuestras fuerzas “humanas”, que más bien nos orientan hacia otras direcciones: hacia el rencor, la venganza, el desquite, la discordia, la pelea, etc.

De allí que la oración en escucha a Dios sea indispensable para poder cumplir los mandatos exigentes y nada fáciles del Señor.

De allí que requiramos ese “escuchar” a Dios, el experimentar su misericordia para con nosotros, para dejar que sea El Quien ame a través de nosotros, ya que por nosotros mismos no podemos amar.

Esta incapacidad de amar por nosotros mismos nos lo recuerda San Juan en su Evangelio y en sus Cartas:

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12). “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios. Todo el que ama conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor … El Amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10). El Amor viene de Dios. Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros.

Si oramos así con sinceridad, amando a Dios “con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas”, vamos bien. Si nos damos a El, y si amamos a nuestros hermanos “como a nosotros mismos”, vamos bien. Si los tratamos como deseamos ser nosotros tratados, haciéndoles el bien, perdonando, aunque seamos ofendidos, tal vez así Jesús pueda decirnos como al letrado: “no estás lejos del Reino de Dios”.

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Opinión: Hoy 2 de Noviembre, día de los Fieles Difuntos y de los que están vivos, por Ángel Corbalán

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Tradicionalmente, en estas fechas, nos acordamos o no, de nuestros seres queridos. Y parece ser que, nos vemos obligados a visitar cementerios, limpiar lápidas y llevar flores porque es el día de ello.

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A continuación, si lo hemos hecho, hasta nos quedamos tranquilos y si hemos coincidido con el hermano, primo o cuñado… nos vamos a comer juntos.

Y alguien dirá eso del muerto al… y el vivo al…

No. Yo no pienso en eso. Agradezco que se recuerde al menos un día, al ser querido que nos dejó de este mundo.

Sin embargo, es cierto que, es mi caso, mis seres queridos y ausentes, están presentes en mi mente y corazón, sea día 2 de noviembre o no.

Hoy es el día que aprovecho para recordar a Ana María Rabatte y su poema…

En vida hermano, en vida….

“Si deseas dar una flor
no esperes a que se mueran,
mándala hoy con amor…
en vida, hermano, en vida.”

Hoy es el día de los vivos. Llama a ese ser querido que llevas tiempo sin hablar con el… hazlo en vida. Y seguro que, lo celebrará en vida.

Y el citado poema termina así…

“Nunca visites panteones,

ni llenes de tumbas flores,
llena de amor corazones…
en vida, hermano, en vida.”

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Opinión: Celebramos la Festividad de Todos los Santos, por Ángel Corbalán

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Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos».

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Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.

Celebramos las Festividad de todos los santos!!

Los católicos estamos de fiesta porque el 1º de noviembre se celebra a todos los santos. Esa es la verdadera fiesta de estos días, celebrar a los monstruos y a las brujas no es de cristianos. Celebrar el día de muertos es una tradición de nuestra patria, y es bueno que como cristianos hagamos oración por nuestros difuntos. Pero ¿por qué celebrar la fiesta de todos los santos?

¿Quiénes son los santos?

Los santos no son personas diferentes de nosotros, en todos los tiempos ha habido santos, de diferente edad, unos niños, otros jóvenes, adultos, viejitos, hay santos y hay santas, unos flaquitos, otros gorditos, unos muy inteligentes otros muy sencillos, algunos han nacido muy ricos otros fueron muy pobres, unos son blancos otros negros, unos han sido santos desde pequeños, otros llevaron una vida en la que no conocían a Dios, y se portaron muy mal, pero cuando se encontraron con Jesús, cambiaron, y decidieron ser felices siguiéndolo.

Todos, pero todos, estamos llamados a ser santos, Dios nos quiere santos, y para eso nos dio el Don de la Fe, fue su regalo cuando nos bautizaron, y todos los que estamos bautizados tenemos que ser santos, pero también tenemos que querer serlo. El Don de la Fe es más grande que todos los súper poderes de tus héroes favoritos y además es de verdad. Pero la fe no es para tener unos músculos muy fuertes, o para poder volar, o ver a través de las paredes, ni para golpear a nadie.

Ser santos es querer seguir a Jesús, actuar como él, hacer el bien como él, amar como él.

SER SANTO ES SER AMIGO DE JESÚS.

¿A qué Santo o santa conoces?, ¿por qué es santo? Hacer una pequeña lista como la de los superhéroes pero de los santos que los niños vayan nombrando. ¿En tu casa hay imágenes de algún santo o santa? ¿Sabes cómo vivió, qué hizo para ser santo? ¿En la tele has visto que pongan a los santos?

Vamos ahora a conocer algunos de ellos.

Hace un tiempo hubo un niño llamado Domingo Savio, que desde muy chiquito entendió que ser amigo de Jesús era lo más importante en la vida.

El día que hizo su primera comunión, escribió en un papelito: “Mis amigos serán Jesús y María, me confesaré y comulgaré los domingos y días de fiesta, prefiero morir antes que pecar”. Quería hacer la voluntad de Dios en todo. Un día un maestro preguntó en el recreo a todos los niños: “Si supieran que hoy iban a morir ¿qué harían?, uno contestó “correría con mi mamá”, otro dijo: “yo iría a la Iglesia a rezar y a confesarme”, y Domingo dijo: “seguiría jugando porque en este momento esa es la voluntad de Dios”. Era un niño alegre, feliz, porque amaba a Jesús.

Santa Teresita, también amaba mucho a Jesús y a María Santísima, tenía muchas hermanas y todas ellas quisieron consagrarse al Señor. Ella siempre supo que todas las cosas pequeñas, oraciones, trabajos, servicios hechos con amor eran lo que agradaba a Dios, un día le dijo a Jesús que ella quería ser su “pelotita” para que el niño Jesús jugara con ella. Cuando recibía la Sagrada Comunión era la más feliz del mundo. Era buena con todos y buscaba hacer favores a las personas que no sabían dar las gracias y eso le costaba trabajo pero se lo ofrecía a nuestro Señor. Rezaba como quien platica con el mejor de los amigos porque conocía muy bien quien era Jesús.

San Agustín fue un gran santo, pero él no siempre se portó bien, hacía sufrir a su mamá con su mal comportamiento, pero su mamá que era muy santa, se llamaba Mónica, rezaba mucho para que su hijo conociera a Jesús, y el día que Agustín encontró a Jesús en su vida se llenó de tanta alegría que ya no quiso nunca más pecar, fue con su mamá y juntos rezaron y dieron gracias a Dios. San Agustín llegó a ser Obispo y tenía tanta confianza en el amor de Dios que le decía: “Señor, nos creaste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Pensaba y meditaba en las cosas de Dios, escribió muchos libros que ahora en la Iglesia sirven de guía para todos los cristianos. Decía también: “Ama y haz lo que quieras”, porque sabía muy bien, que cuando se ama a Dios sólo harás lo que le agrada.

La Madre Teresa de Calcuta, quiso agradar a Jesús sirviendo a los más pobres, a los que nada tenían, a los que no podían pagar con nada, cuidaba con mucho amor a los enfermos porque decía que en los enfermos más pobres encontraba a Jesucristo. Todas las mañanas asistía a Misa, y comulgaba, para que todo lo que hiciera en el día fuera obra de Jesús.

Cuando ya estaba muy viejita, seguía trabajando, hablaba a mucha gente, a los presidentes de los países, a los sacerdotes a personas de todo el mundo y los invitaba a que cuidaran la vida de todas las personas, sobre todo la de los niños. Ella rezaba siempre el Santo Rosario porque así siempre tenía la ayuda de la Virgen María.

Otros santos, han ido a lugares muy lejanos donde no se conoce a Jesús y les enseñan a amar a nuestro Señor, a ellos se les llaman Misioneros, algunos han muerto dando su vida por la fe, estos son los Mártires. Otros se han dedicado a cuidar a los enfermos, a los pobres, algunos fundaron colegios para que los niños se educaran y conocieran a Jesús. Otros se han quedado en su ciudad y en su casa pero han hecho la voluntad de Dios y se han mantenido en su amistad. Algunos santos son muy conocidos por todos, pero hay otros que nadie conoce, más que Dios. Otros que han estado enfermos le entregan a Jesús todos sus sufrimientos, y así, nos encontramos que aunque los santos no salen mucho en la televisión ni los periódicos nos platican de ellos, están haciendo que en el mundo brille la gloria de Dios.

Los nombres que tenemos muchas veces son los nombres de algún santo o santa, son nuestros patronos, por ejemplo San Carlos, Santa Teresa, Santa Cecilia, San Pedro, San Juan, San Alberto, San García Abad, etc.

Los santos, o sea los que ya están en el cielo porque vivieron su bautismo, a ellos se les veneran porque son:

Modelo: Porque viendo lo que ellos hicieron para ser amigos de Dios nosotros los podemos imitar.

Estímulo: Porque ellos, lucharon como ahora nosotros y ya gozan de la herencia a la que también nosotros estamos llamados.

Intercesores: Son amigos y hermanos nuestros y grandes bienhechores a quienes podemos recurrir suplicándoles que hagan valer su influencia ante Dios en ayuda de nuestras necesidades.

EXPERIENCIA CRISTIANA

Ya nos dimos cuenta que los superhéroes son algunos personajes de la televisión, que nos divertimos y jugamos a que somos ellos, pero que en realidad no podemos tener súper poderes porque ellos sólo existen en las caricaturas y las películas, en cambio los santos son aquellos que han sido fieles a su bautismo, que el don de la fe que recibieron lo usaron muy bien.

El Papa Juan Pablo II nos ha invitado a vivir la santidad muchas veces, él ha llevado una vida de santidad y ha llevado al altar a muchos santos, y nos dice que para ser santos hay que:

Orar: Hacer oración, no sólo rezar oraciones de memoria sino poner en ellas el corazón, orar es platicar con Dios.

Ir a Misa y comulgar. La Misa (La Eucaristía), es el lugar más hermoso del mundo, es como estar en el cielo porque ahí está presente Jesús que se nos da en la comunión.

La Confesión. Acercaros seguido al perdón que Dios siempre nos da cuando hemos pecado. Así recuperamos su amistad y volvemos a ser felices.

La Gracia. Confiar en Dios, saber que sólo porque Jesús nos acompaña siempre, podemos ser buenos.

Escuchar la Palabra de Dios. Conocer lo que Dios nos dice en la Biblia, aprender el catecismo, para hacer lo que le agrada a Dios.

Anunciar la Palabra de Dios. Ser misioneros, llevar a otros la alegría de encontrarse con Jesús, lo podemos hacer con palabras, con nuestro comportamiento, con nuestra compañía, ayudando a los demás con amor.

La Santísima Virgen, san José, los apóstoles, mártires y santos todos esperan nuestro triunfo, están atentos a nuestra lucha, no nos olvidan.

¿Qué crees que puedes hacer tú para ser santo?

De los santos que hablamos hoy ¿a quién te gustaría parecerte?

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Opinión: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Rabbuní, ¡que vea!, por Ángel Corbalán

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Hoy, contemplamos a un hombre que, en su desgracia, encuentra la verdadera felicidad gracias a Jesucristo. Se trata de una persona con dos carencias: la falta de visión corporal y la imposibilidad de trabajar para ganarse la vida, lo cual le obliga a mendigar. Necesita ayuda y se sitúa junto al camino, a la salida de Jericó, por donde pasan muchos viandantes.

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Por suerte para él, en aquella ocasión es Jesús quien pasa, acompañado de sus discípulos y otras personas. Sin duda, el ciego ha oído hablar de Jesús; le habrían comentado que hacía prodigios y, al saber que pasa cerca, empieza a gritar: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10,47). Para los acompañantes del Maestro resultan molestos los gritos del ciego, no piensan en la triste situación de aquel hombre, son egoístas. Pero Jesús sí quiere responder al mendigo y hace que lo llamen. Inmediatamente, el ciego se halla ante el Hijo de David y empieza el diálogo con una pregunta y una respuesta: «Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Mc 10,51). Y Jesús le concede doble visión: la física y la más importante, la fe que es la visión interior de Dios. Dice san Clemente de Alejandría: «Pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios».

Frecuentemente nos quejamos y decimos: —No sé rezar. Tomemos ejemplo entonces del ciego del Evangelio: Insiste en llamar a Jesús, y con tres palabras le dice cuanto necesita. ¿Nos falta fe? Digámosle: —Señor, aumenta mi fe. ¿Tenemos familiares o amigos que han dejado de practicar? Oremos entonces así: —Señor Jesús, haz que vean. ¿Es tan importante la fe? Si la comparamos con la visión física, ¿qué diremos? Es triste la situación del ciego, pero mucho más lo es la del no creyente.
Digámosles: —El Maestro te llama, preséntale tu necesidad y Jesús te responderá generosamente.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
«Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

La Primera Lectura nos trae un texto del Profeta Jeremías (Jer. 31, 7-9) referido al regreso del pueblo de Israel del exilio y entre ellos vienen también “los ciegos y los cojos”.

Nos habla el Profeta de “torrentes de agua” y de “un camino llano en el que no tropezarán”. Sin duda se refieren estos simbolismos a la gracia divina que es una “fuente de agua viva” que calma la sed, que fortalece y que allana el camino hacia la Vida Eterna.

Sabemos que es Dios quien guía a su pueblo de regreso a su patria. Y cuando Dios es el que guía, los cojos pueden caminar y los ciegos tienen luz. Es una figura muy bella sobre la conversión interior, que nos lleva a poder ver la luz interior, aunque fuéramos ciegos corporales.

Es el caso del Evangelio de hoy (Mc. 10, 35-45), el cualnos narra la curación del ciego Bartimeo, ciego de sus ojos, pero vidente en su interior; ciego hacia fuera, pero no hacia dentro; ciego corporal, mas no espiritual; ciego de los ojos, mas no del alma.

Este nuevo milagro de Jesús nos ofrece bastante tela de donde cortar para extraer enseñanzas muy útiles a nuestra fe, nuestra vida de oración y nuestro seguimiento a Cristo.

Un día este hombre ciego estaba ubicado al borde del camino polvoriento a la salida de Jericó. Pedir limosna era todo lo que podía hacer para obtener ayuda humana, y eso hacía.

Pero Bartimeo había oído hablar de Jesús, quien estaba haciendo milagros en toda la región. Sin embargo, su ceguera le impedía ir a buscarlo. Así que tuvo que quedarse donde siempre estaba.

Pero he aquí que un día el ciego, con la agudeza auditiva que caracteriza a los invidentes, oye el ruido de una muchedumbre, una muchedumbre que no sonaba como cualquier muchedumbre.

Y al saber que el que pasaba era Jesús de Nazaret, “comenzó a gritar” por encima del ruido del gentío: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Trataron de hacerlo callar, pero él gritaba con más fuerza. Jesús era su única esperanza para poder ver.

Ciertamente Bartimeo era ciego en sus ojos corporales: no tenía luz exterior. Pero sí tenía luz interior, sí veía en su interior, pues reconocer que Jesús era el Mesías, “el hijo de David”, y poner en El toda su esperanza, es ser vidente en el espíritu.

Su fe lo hacía gritar cada vez más y más fuertemente, pues estaba seguro que su salvación estaba sólo en Jesús. Y tal era su emoción que “tiró el manto y de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús”, cuando éste, respondiendo a sus gritos, lo hizo llamar.

Ahora bien, los “gritos” de Bartimeo llamaron la atención de Jesús, no sólo por el volumen con que pronunciaba su oración de súplica, sino por el contenido:

“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Un contenido de fe profunda, pues no sólo pedía la curación, sino que reconocía a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías que esperaba el pueblo de Israel. De allí que Jesús le dijera al sanarlo: “Tu fe te ha salvado”.

Analicemos un poco más los “gritos-oración” de Bartimeo. “Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí”. Los judíos sabían que el Mesías debía ser descendiente de David. Así que, reconocer a Jesús como hijo de David, era reconocerlo como el Mesías, el Hijo de Dios hecho Hombre.

Podemos decir que esta súplica desesperada de Bartimeo contiene una profesión de fe tan completa que resume muchas verdades del Evangelio. Es la llamada “oración de Jesús” que puede utilizarse para la oración constante, para orar “en todo momento … sin desanimarse” (Ef. 6, 18), como nos recomienda San Pablo.

Si nos fijamos bien, es una oración centrada en Jesús, pero es también una oración Trinitaria, pues al decir que Jesús es Hijo de Dios, estamos reconociendo la presencia de Dios Padre, y nadie puede reconocer a Jesús como Hijo de Dios, si no es bajo la influencia del Espíritu Santo.

Además, al reconocer a Jesús como el Mesías, nuestro Señor, reconocemos su soberanía sobre nosotros y su señorío sobre nuestra vida, es decir, reconocemos nuestro sometimiento a su Voluntad.

Y al decir “ten compasión de mí”, reconocemos que, además, de dependientes de El, tenemos toda nuestra confianza puesta sólo en El, nuestra única esperanza, igual que Bartimeo.

“Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador” es una oración que contiene esta otra verdad del Evangelio: que somos pecadores y que dependemos totalmente de Dios para nuestra salvación.

Es una oración de estabilidad y de paz que, repetida al despertar y antes de dormir y en todo momento posible a lo largo del día, puede llevarnos a vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios … y a seguir a Cristo como lo hizo Bartimeo, quien “al momento recobró la vista y se puso a seguirlo por el camino”.

En la Segunda Lectura (Hb. 5, 1-6) nos sigue hablando San Pablo sobre el Sacerdocio de Cristo. Cristo es Sumo y Eterno Sacerdote. No es posible llegar a Dios sin pasar por Cristo, de quien depende nuestra salvación. Es lo que proclamó la Iglesia con la Declaración “Dominus Iesus” (JPII 2000, sobre la Unicidad y Universalidad Salvífica de Jesucristo y su Iglesia).

No es posible la salvación, sino a través de Cristo. Pretender otras vías, conociendo la de Cristo, es pura ilusión … y más que ilusión, engaño. Muchos llegaron a criticar la “Dominus Iesus” como contraria al ecumenismo, pero más bien esta Declaración pone las cosas en su lugar: Cristo es nuestra salvación. No hay salvación fuera de El y de su Iglesia.

En formas misteriosas los no-cristianos pueden ser salvados, pero su salvación se sucede en Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías que Bartimeo reconoció aún sin verlo.

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Opinión: El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, por Ángel Corbalán

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Hoy, nuevamente, Jesús trastoca nuestros esquemas. Provocadas por Santiago y Juan, han llegado hasta nosotros estas palabras llenas de autenticidad: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida» (Mc 10,45).

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¡Cómo nos gusta estar bien servidos! Pensemos, por ejemplo, en lo agradable que nos resulta la eficacia, puntualidad y pulcritud de los servicios públicos; o nuestras quejas cuando, después de haber pagado un servicio, no recibimos lo que esperábamos. Jesucristo nos enseña con su ejemplo.

Él no sólo es servidor de la voluntad del Padre, que incluye nuestra redención, ¡sino que además paga! Y el precio de nuestro rescate es su Sangre, en la que hemos recibido la salvación de nuestros pecados. ¡Gran paradoja ésta, que nunca llegaremos a entender! Él, el gran rey, el Hijo de David, el que había de venir en nombre del Señor, «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres (…) haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fl 2,7-8).

¡Qué expresivas son las representaciones de Cristo vestido como un Rey clavado en cruz! En Cataluña tenemos muchas y reciben el nombre de “Santa Majestad”. A modo de catequesis, contemplamos cómo servir es reinar, y cómo el ejercicio de cualquier autoridad ha de ser siempre un servicio.

Jesús trastoca de tal manera las categorías de este mundo que también resitúa el sentido de la actividad humana. No es mejor el encargo que más brilla, sino el que realizamos más identificados con Jesucristo-siervo, con mayor Amor a Dios y a los hermanos. Si de veras creemos que «nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos» (Jn 15,13), entonces también nos esforzaremos en ofrecer un servicio de calidad humana y de competencia profesional con nuestro trabajo, lleno de un profundo sentido cristiano de servicio. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: «El fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio, el fruto del servicio es la paz».

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Las Lecturas de hoy se refieren al sufrimiento, en comparación con los deseos de reconocimiento y de honra que -equivocadamente- alimentamos y promovemos los seres humanos.

En la Primera Lectura del Antiguo Testamento se anuncian los sufrimientos de Cristo y su finalidad. “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento”, anunciaba el Profeta Isaías. “Cuando entregue su vida como expiación … con sus sufrimientos justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos” (Is. 53, 10-11).

En efecto, nos dice el Evangelio (Mc. 10, 35-45): “Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos”.

Y el sacrificio de Cristo, anunciado desde el Antiguo Testamento y realizado hace 2018 años menos 33 (hace 1985 años), se re-actualiza en cada Eucaristía celebrada en cada altar de la tierra. ¡Gran milagro!

“El más grande de los milagros”, lo proclamaba el Papa Juan Pablo II en una de sus Catequesis de los Miércoles del año 2000, dedicada a la Eucaristía.

Y nos comentaba Juan Pablo II en su Encíclica sobre la Eucaristía («Ecclesia de Eucharistia») que los Apóstoles, habiendo participado en la Última Cena, tal vez no comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo en el Cenáculo. Aquellas palabras vinieron a aclararse plenamente al terminar el Triduo Santo, lapso que va de la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Resurrección.

Nos dice el Papa que la institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, comenzando con la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto había árboles de olivo muy antiguos, que tal vez fueron testigos de lo que ocurrió aquella noche, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal.

La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación, al instituir la Eucaristía durante la Ultima Cena, comenzaría a ser derramada con los azotes, la corona de espinas, y su efusión, hasta la última gota, se completaría después en el Calvario. Y entonces su Sangre se convierte en instrumento de nuestra redención.

“En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa «contemporaneidad» entre aquel Triduo y el transcurrir de todos los siglos” (JP II-Ecclesia de Eucaristía).

Recuerdo. Memorial. Re-actualización. Son todas palabras que definen lo que realmente sucede en la Santa Misa. Es decir, en cada Eucaristía se recuerda, se revive, se re-actualiza, más aún, se hace presente el Sacrificio de Cristo: su muerte para salvación de todos. Estamos en el Calvario cuando estamos en Misa. La escena del Calvario se hace presente en la Misa. ¡Gran Milagro!

Nos dice la Encíclica que cuando se celebra la Eucaristía … se retorna de modo casi tangible al momento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, se retorna a su «hora», la hora de la cruz y de la glorificación. A aquella hora vuelve espiritualmente todo Presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella”.

La Segunda Lectura (Hb. 4, 14-16) nos habla de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote. El Sumo Sacerdote era el jefe del Templo en el Antiguo Testamento, el que ofrecía la víctima del sacrificio. Jesucristo, entonces, no sólo es Sumo Sacerdote, sino que El mismo es la Víctima.

Y San Pablo nos recuerda que Jesús pasó por el sufrimiento, que El comprende nuestro sufrimiento, pues El lo experimentó hasta el extremo. Tembló ante el sufrimiento y la muerte, pero lo hizo todo para nuestra salvación.

Jesús no retrocede ante la perspectiva del dolor y el sufrimiento extremo. De hecho, comentó a un grupo de sus seguidores después de su entrada triunfal a Jerusalén, días antes de su muerte: “Me siento turbado ahora. ¿Diré acaso al Padre: líbrame de la hora? Pero no. Pues precisamente llegué a esta hora para enfrentar esta angustia” (Jn. 12, 27).

Y justo antes de plantearnos su angustia nos pidió a nosotros que hiciéramos como El: “Si el grano de trigo no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna” (Jn. 12, 25-26).

Si El sufrió, El sabe lo que nos está pidiendo. Si El sirvió, El sabe lo que nos está pidiendo. “Acerquémonos, por tanto, en plena confianza, al trono de gracia”. No hay que temer al sufrimiento. Hay que acercarse a éste “en plena confianza”. El sufrimiento es un “trono de gracia”.

Pero ¡qué distinto vemos los humanos el sufrimiento!

A la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros, cabe pensar entonces cómoaceptamos nosotros el sufrimiento. Cabe cambiar nuestra visión del sufrimiento, si no tenemos la adecuada.

Para ello, cabe recordar cómo recibieron los Apóstoles el anuncio de la pasión y muerte del Mesías. Es insólito ver la reacción de éstos …

Y más insólito aún resulta observar nuestras reacciones al sufrimiento. ¿Cómo son?

El Evangelio de hoy nos narra lo que sucedió enseguida de que Jesús, aproximándose con sus discípulos a Jerusalén, les anunciara por tercera vez su Pasión. (cfr. Mc. 10, 32-34).

Ahora bien, lo insólito está en observar que enseguida de este patético, pero también esperanzador anuncio -pues lo cierra el Señor asegurándoles que a los tres días resucitará- los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, los más cercanos a Jesús además de Pedro, parecen no darle importancia a lo anunciado y le piden -¡nada menos!- estar sentados “uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Poder y gloria. Posiciones y reconocimiento.

¡Cómo somos los seres humanos! ¿Cómo reaccionamos ante anuncios de sufrimiento? Estos dos evadieron la idea misma del sufrimiento y pensaron más bien en los honores, en los puestos, en el poder… para cuando ya todo hubiera pasado. De allí la respuesta de Jesús: el que quiera tener parte en la gloria, deberá pasar por la dura prueba del sufrimiento.

Y les pregunta si están dispuestos. No habían siquiera comenzado a comprender el misterio de la cruz, pero ambos, Santiago y Juan, responden que sí están dispuestos. No sabían lo que decían, pero su respuesta fue “profética”, pues más adelante supieron sufrir y morir por Él. ¡Ah! Pero es que primero tuvieron que morir a sus aspiraciones a ser los primeros, para convertirse en servidores, como su Maestro.

En el seguimiento a Cristo no hay puestos, ni competencias, ni pre-eminencias, ni ambiciones, ni afán de honores, de glorias, de triunfos. Es al revés:

El que quiera ser grande, que se humille.
El que quiera elevarse, que se abaje.
El que quiera sobresalir, que desaparezca.
El que quiera destacarse, que se opaque.
El que quiera ser primero, que sirva.

Jesús nos da el ejemplo. El, siendo Dios, el Ser Supremo, lo máximo, ha venido “a servir y a dar su vida por la salvación de todos”.

Es lo que se re-actualiza en cada Eucaristía. Es lo que cada uno de nosotros debe re-actualizar en su vida: servir, aún en el sufrimiento, en la cruz de cada día, y hasta en la muerte. ¿Para qué? Pues para la propia salvación y para la salvación de otros.

Una santa cuya fiesta es este mes, Santa Teresa de Jesús, logró entender muy bien eso del sufrimiento. Y lo explicaba con su usual sentido común: “¡Oh Señor mío! Cuando pienso de qué maneras padecisteis y como no lo merecíais, no sé dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer” (Camino, 15, 5). ¿Dónde tenemos el seso los que no queremos sufrir?

Nuestra honra no está en evitar el sufrimiento, ni está en los reconocimientos humanos. Nuestra honra está en la gloria eterna. Y a ésa tenemos acceso justamente porque Jesucristo, con su sufrimiento, muerte y resurrección, la ha ganado para todos… para todos los que quieran llegar a ella.

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Opinión: Se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes, por Ángel Corbalán

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Hoy vemos cómo Jesús —que nos ama— quiere que todos entremos en el Reino de los cielos. De ahí esta advertencia tan severa a los “ricos”. También ellos están llamados a entrar en él. Pero sí que tienen una situación más difícil para abrirse a Dios. Las riquezas les pueden hacer creer que lo tienen todo; tienen la tentación de poner la propia seguridad y confianza en sus posibilidades y riquezas, sin darse cuenta de que la confianza y la seguridad hay que ponerlas en Dios. Pero no solamente de palabra: qué fácil es decir «Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío», pero qué difícil se hace decirlo con la vida. Si somos ricos, cuando digamos de corazón esta jaculatoria, trataremos de hacer de nuestras riquezas un bien para los demás, nos sentiremos administradores de unos bienes que Dios nos ha dado.

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Acostumbro a ir a Venezuela a una misión, y allí realmente —en su pobreza, al no tener muchas seguridades humanas— las personas se dan cuenta de que la vida cuelga de un hilo, que su existencia es frágil. Esta situación les facilita ver que es Dios quien les da consistencia, que sus vidas están en las manos de Dios. En cambio, aquí —en nuestro mundo consumista— tenemos tantas cosas que podemos caer en la tentación de creer que nos otorgan seguridad, que nos sostiene una gran cuerda. Pero, en realidad —igual que los “pobres”—, estamos colgando de un hilo. Decía la Madre Teresa: «Dios no puede llenar lo que está lleno de otras cosas». Tenemos el peligro de tener a Dios como un elemento más en nuestra vida, un libro más en la biblioteca; importante, sí, pero un libro más. Y, por tanto, no considerarlo en verdad como nuestro Salvador.

Pero tanto los ricos como los pobres, nadie se puede salvar por sí mismo: «¿Quién se podrá salvar?» (Mc 10,26), exclamarán los discípulos. «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27), responderá Jesús. Confiémonos todos y del todo a Jesús, y que esta confianza se manifieste en nuestras vidas.

(Rev. Xavier SERRA i Permanyer)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

Las Lecturas de hoy nos presentan a la Sabiduría Divina en oposición a las riquezas.

Comenzando con la Primera Lectura del Libro de la Sabiduría (Sb. 7, 7-11), se nos hace ver que la Sabiduría es por mucho preferible a los bienes materiales y a cualquier clase de riquezas, sea cual fuere, no importe su valor.

Por cierto, no se refiere el texto a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios. ¿Qué es la Sabiduría? Es aquel don mediante el cual podemos ver las cosas, las personas, las circunstancias de nuestra vida como Dios las ve; nos permite apartarnos de nuestros criterios humanos -limitados y equivocados- para ver desde la perspectiva de Dios.
Esa Sabiduría la elogia así la Primera Lectura: “La prefería a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza … todo el oro, junto a ella, es un poco de arena y la plata es como lodo”.

Ningún poder, ninguna joya, ninguna riqueza puede compararse con la Sabiduría. Por eso San Pablo considera “pérdidas” todas las “ganancias humanas” y considera “basura” cualquier cosa, comparada con Cristo, el Hijo de Dios, la encarnación de la Sabiduría misma. (cfr. Flp. 3, 7-8)
Quien quiera dejarse llevar por la Sabiduría Divina debe, primero que todo, leer, escuchar, meditar y comenzar a vivir la Palabra de Dios, porque -como nos dice el mismo San Pablo en la Segunda Lectura (Hb.4, 12-13): “La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma … y descubre los pensamientos e intenciones del corazón”.

Nadie puede permanecer indiferente si se deja escudriñar por la Sabiduría de Dios contenida en su Palabra. Si nos dejamos guiar por la Sabiduría Divina, tarde o temprano quedamos desnudos, todo queda al descubierto. Y … o cambiamos para dejarnos guiar por la Sabiduría o nos oponemos a ella.

Que equivale a decir que nos oponemos a Dios, pues Dios es la Sabiduría
misma.

Uno de los temas más delicados e incomprendidos de la Sabiduría Divina nos lo narra el Evangelio de hoy (Mc. 10, 17-30). Se trata del suceso del joven que se le acercó corriendo a Jesús para pedirle su consejo: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”.

La primera cosa que resalta es la inmediata respuesta de Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino Dios”. Con esto el Señor quiere hacer saber al joven que se ha dado cuenta de su fe. Prácticamente, le hace notar que se ha dado cuenta de que El es Dios.

Por ello quizá, Jesús avanza un poco más y no sólo le propone lo básico -los 10 Mandamientos- sino que “mirándolo con amor”, le propone la máxima expresión de Sabiduría: renuncia de todos los bienes terrenos, para seguirlo a El, Sabiduría Infinita. Es una invitación a desestimar la riqueza para estimar sólo a Dios.

Este personaje hubiera sido uno de los Apóstoles, pero lamentablemente, hoy ni siquiera sabemos su nombre: lo conocemos simplemente como el joven que no supo seguir a Cristo, “porque tenía muchos bienes”.

Y … ¿nosotros? ¡Cuántas veces no hemos hecho lo mismo que este joven!
¿Cuántas veces no hemos preferido las riquezas, el poder, las glorias, lo pasajero de este mundo, a Dios?

¿Cuántas veces nos hemos aferrado a lo perecedero, a lo que se acaba, a lo frívolo y vacío, para decir que no a Dios?

¿Cuántas veces no hemos dicho que no a Dios, para cambiarlo por una posición, un dinero, una joya, un poco de riqueza?

De allí la grave sentencia del Señor: “Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Algunos exégetas comentan que en realidad esta frase del Señor no era la hipérbole (exageración) que parece ser, sino que se refería a la dificultad que los camellos tenían para traspasar una de las puertas de entrada de Jerusalén, llamada justamente “El Ojo de la Aguja”. Con todo y que esta explicación “deshiperboliza” el comentario de Jesús, la dificultad para los ricos sigue existiendo.

Y ¿quiénes son los ricos? Jesús lo explica de seguidas en este mismo texto: “rico = el que confía en las riquezas”. Rico, entonces es todo aquél que confía más en los bienes materiales que en Dios. Ricos son todos los que, igual a este joven, prefieren las riquezas a Dios … o inclusive aquéllos que convierten a las riquezas en su dios.

No es éste el único pasaje del Evangelio en el que aparece la riqueza como un obstáculo muy difícil de superar para alcanzar la salvación. Pero … ¿es que la riqueza es mala en sí misma? ¿Es que es malo ser rico?
No parece ser así. Lo que sucede es que los seres humanos tenemos una tendencia muy marcada y muy peligrosa de apegarnos de tal forma a las riquezas que llegamos a colocar los bienes materiales por encima de Dios o, inclusive, en vez de Dios.

Sin embargo, la mayoría de los seres humanos parecemos no darnos cuenta de esto, sino que nos apegamos ¡tanto! a las riquezas y a los bienes materiales, como si éstos lo fueran todo. De allí la sentencia del Señor, que se completa con esta otra frase: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!”.

Por cierto, los discípulos se asombran y preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Contesta el Señor: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.
No hay salvación fuera de Jesucristo, el Hijo de Dios (ver Dominus Jesús). Para El todo es posible, aún la salvación de aquéllos que prefieren las riquezas a Dios.

Ahora bien, es cierto que Dios nos salva, pero no nos salva sin nuestra colaboración. ¿Y cuál es nuestra colaboración? Pues, nuestra respuesta positiva a la gracia divina, o sea, el ir aprovechando todas las gracias que Dios va derramando a lo largo de nuestra vida. Y el Señor, para quien todo es posible, quiere y puede quitarnos muchos pecados. Puede hasta desapegarnos de los bienes materiales.

Que el Señor, para quien todo es posible, pueda desapegarnos de las riquezas y hacer que las tengamos por “basura” al compararlas con la Sabiduría y con Dios mismo.

Siendo el 15 de octubre la fiesta de esa “sabia” Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús, recordemos palabras suyas sobre este tema: “Aunque duraran siempre los deleites del mundo, las riquezas y gozos, todo es asco y basura comparados con los tesoros divinos” (Moradas VI, 4, 10-11).

Sin embargo, pensemos en los que, teniendo una llamada especial del Señor –como la que tuvo el joven rico- sí han dejado todo por El.

Los Apóstoles en este pasaje le dicen al Señor: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”, a lo que Jesús responde: “Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por Mí y por el Evangelio, dejará de recibir en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”.

Y como comentario a esta promesa del Señor y a lo efímero de las riquezas, dejamos al Padre Emiliano Tardiff, quien fuera gran predicador mundial de la Renovación Carismática, a que, con su característica sabiduría, llena de un maravilloso humor, nos convenza de lo inconveniente que es apegarse a las cosas materiales y de cómo funciona el ciento por uno prometido por Jesucristo. ¡Es un recuento imperdible!

Estaba el Padre Emiliano Tardiff en una gira de predicación por África, en la que el Señor había realizado grandes prodigios de curaciones de todo tipo. Y solía el Padre contar en sus predicaciones esto que aparece también en su libro “Jesús está vivo”:

Un Prefecto africano, por cierto, protestante, quiso agradecer al Padre Emiliano por las curaciones que el Señor había realizado en dos miembros de su familia. Cuenta que este Prefecto estaba muy emocionado y le llevó un ‘regalito’ para que lo guardara como recuerdo … se trataba de un auténtico colmillo de elefante.

“Quise guardarlo en mi maleta, pero no cabía. Entonces lo envolví y continué el viaje. Sin embargo, tuve que pagar exceso de equipaje por culpa del dichoso colmillo que pesaba mucho. Al bajar del avión, por poco olvido el colmillo en la banda de equipajes. En una mano cargaba mi pequeña maleta y en la otra aquel envoltorio. El ‘regalito’ comenzaba a serme estorboso y costoso”.

Sucedió que una persona le hizo saber lo valioso que era un colmillo de elefante y los riesgos que se corrían con el tráfico del marfil. Y cuenta el P. Emiliano: “A partir del momento que supe el precio del colmillo y los riesgos que corría con él, cambió mi vida. Inmediatamente le compré una maleta especial que cuidaba con más esmero que la mía. En los aeropuertos crecían los problemas: al salir pagaba exceso de equipaje y al llegar tenía que orar así:

-Señor, yo soy testigo de que Tú abres los ojos a los ciegos. Ahora ciérraselos a estos señores para que no vean el colmillo … Tú sabes que es un ‘regalito’.

“Cuando me hospedaba en una casa, lo primero que guardaba y escondía era el costoso colmillo. A veces hasta lo ponía debajo de la cama, y al regresar de predicar por la noche, lo primero que hacía era arrodillarme para buscar mi colmillo. A veces lo sacaba y lo contemplaba por algunos segundos. Después de acariciarlo lo volvía a guardar cuidadosamente.

“Un día estaba en oración cuando de pronto comencé a pensar en el valioso colmillo y las preocupaciones y ansiedades que me habían venido desde que viajaba conmigo … Entonces exclamé en voz alta:

-Señor, qué razón tenías cuando dijiste ‘bienaventurados los pobres’, porque cuando yo no cargaba colmillo no tenía problemas como ahora
.

“Me levanté de la oración y regalé el colmillo, con lo que regresó inmediatamente la paz a mi corazón. Desaparecieron las preocupaciones, los excesos de equipaje y hasta las distracciones en la oración.

“Con esto he aprendido que los colmillos de elefante: llámese poder, dinero, gloria, cosas materiales, son siempre fuente de esclavitud. Lo peor es que ante ellos nos postramos y nos distraen del verdadero Dios. ¡Qué incómodos son estos colmillos! ¡Cuánto exceso de equipaje pagamos por ellos! ¡Qué pesados son, sobre todo cuando atrás del comillo cargamos al elefante completo!”

Continúa el Padre Emiliano:

“Que no necesitamos de los bienes materiales los que confiamos en el Señor, me lo demostró hermosamente el Dueño de todas las cosas. El boleto de Camerún y Senegal costó $1.680. Como era demasiado dinero para esos países tan pobres les pedí que no me dieran nada por mi trabajo, sino que simplemente pagaran el costo del boleto. Así, entre los dos países, me dieron $1.700”.

Alguien se enteró del asunto y le hizo ver que sólo le estaban dando $20. ¡Menos de un dólar por día! El Padre no dudó, sino que respondió, haciendo mención al Evangelio de hoy:

-No te preocupes, el Señor nos da el ciento por uno.

De regreso a casa después del viaje a África, el Padre comenzó a abrir la correspondencia retrasada y se tropezó con una que decía así: “Hemos pensado enviarte un ‘regalito’ para la evangelización. Al leer la palabra ‘regalito’, me acordé del colmillo de elefante y solté la carta asustado. En eso cayó de la misma un cheque por $2.000. ¡Exactamente cien veces más que los $20 que me habían dado en África! Yo me reí y le dije a Jesús:

-Se ve que eres un buen judío, pues has hecho perfectamente las cuentas al darme el ciento por uno…”

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Opinión: Que viva la Virgen del Pilar patrona de la guardia civil, por Ángel Corbalán

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Hoy es 12 de Octubre y no es un día cualquiera, sobre todo, para las personas que vivimos a un lado y el otro del “charco”. Si por un lado, recordamos el momento en que Cristobal Colón, enviado a expensas de la Corona de Castilla y Aragón (España) y con el apoyo no sólo moral sino económico de Isabel “La Católica”, llegaba a costas del “Nuevo Mundo”, América, que desde entonces, venía a ampliar más allá y a miles de millas del hasta entonces fin de la tierra (Finis Terrae) romano, y con ello, demostrar que la tierra era redonda y más grande.

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Y por supuesto, con más culturas. Por otro lado, para los creyentes cristianos, tenía ese día una mayor importancia, se llevaba La Palabra de Dios, más allá donde hasta ese momento, se creía era el fin del mundo. Si bien hasta Finisterrae, hoy Galicia, había llegado el apóstol de Jesús, Santiago el Mayor (también Patrón de España), también en una parte muy importante de la tierra cristiana y española, Zaragoza, Nuestra Señora del Pilar, se le aparecía a este valiente apostol que había llegado tan lejos andando por esos caminos, para darle ánimos y sintiera su protección. Sí, mira por donde en ese momento, Nuestra Señora y el apóstol, nos daba un claro ejemplo que ahí estaban para protegernos, en esos momentos que como los de ahora, son tan difíciles.

¿A que somos afortunados al tenerlos ?. Ojo. También, nos proteje a todos y a todas, a uno y al otro lado del charco. Por cierto, hoy celebramos a Nuestra Señora del Pilar.

La Virgen del Pilar

«Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía al pueblo en el desierto». María, asentada en el pilar de su basílica. Desde el siglo noveno, la piedad de los reyes y el pueblo entero para Nuestra Señora del Pilar. Señalada su fiesta por el Papa Clemente XII en el día 12 de octubre, los destellos de ese bendito Pilar irradiaron hasta el otro extremo del océano Atlántico, a donde en un 12 de octubre llegaba a bordo de las carabelas descubridoras, capitaneadas no en vano por la nao Santa María, «la luz de la fe». Cuando Pío XII, el 14 de febrero de 1958, concedía a todas las iglesias de España, Ibero América y Filipinas «la misa propia de la Bienaventurada Virgen María del Pilar», abrazaba en un lazo de hermandad de fe a un rosario de pueblos nuevos y viejos para que, con la unidad de un mismo idioma castellano, felicitaran una vez más a María «porque el Poderoso ha hecho grandes obras por ella» y le rogaran su intercesión para «permanecer firmes en la fe y generosos en el amor.

Breve historia de la aparición en vida de Nuestra Señora al Apóstol Santiago.

Según documentos del siglo XIII, el Apóstol Santiago, El Mayor, hermano de San Juan, viajó a España a predicar el evangelio (año 40 d.C.), y una noche la Virgen María se le apareció en un pilar.

La tradición nos cuenta que Santiago había llegado a Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, y una noche, estando en profunda oración junto a sus discípulos a orillas del río Ebro, la Santísima Virgen María se manifestó sobre un pilar, acompañada por un coro de ángeles, (ella aun vivía en Palestina).

La Virgen le habló al Apóstol pidiéndole que se le edificase ahí una iglesia con el altar en derredor al pilar y expresó: “Este sitio permanecerá hasta el fin del mundo para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que imploren mi ayuda”.

El lugar, ha sobrevivido a invasiones de diferentes pueblos y a la Guerra Civil española de 1936-1939, cuando tres bombas cayeron sobre el templo y no estallaron. También se cree que la Virgen le dio al Apóstol una pequeña estatua de madera.

Luego de la aparición, Santiago junto a sus discípulos comenzaron a construir una capilla en donde se encontraba la columna, dándole el nombre de “Santa María del Pilar”. Este fue el primer templo del mundo dedicado a la Virgen. Después de predicar en España, Santiago regresó a Jerusalén. Fue ejecutado por Herodes Agripas alrededor del año 44 d.C. siendo el primer apóstol mártir, luego del suceso sus discípulos tomaron su cuerpo y lo llevaron a España para su entierro. Siglos después el lugar fue encontrado y llamado Compostela (campo estrellado).

El primer santuario sobre la tumba de Santiago la ordenaron construir el rey Alfonso II, El Casto de Asturias, y el obispo Teodomiro en el siglo IX. Hoy se encuentra una magnífica catedral en sitio.

La Virgen del Pilar protectora.

Esta es la Historia de cómo la Virgen del Pilar pasó a ser Patrona de la Guardia Civil.
En la Real Orden Circular del Ministerio de la Guerra de 8 de febrero de 1.913, el Rey declaró Patrona de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar.

Todo comenzó unos cuantos años antes, serí­a el año 1.864 cuando el sacerdote D. Miguel Moreno que era el primer Capellán Castrense del prestigioso Colegio de Guardias Jóvenes llamado “Duque de Ahumada” que se encuentra en Valdemoro, tuvo a bien colocar en la capilla del citado colegio una imagen de la Virgen del Pilar de Zaragoza.

Serí­a en 1.865 cuando de forma espontanea según narran los escritos se celebró la primera Patrona de la Guardia Civil, que era en el mes de septiembre y no Octubre como lo es ahora.

Fueron los alumnos de este Colegio que al convertirse en profesionales al ir destacados a los puestos de toda España, fueron difundiendo este acto de celebrar la Patrona con un homenaje de fe hacia la Virgen del Pilar.

Esta tradición durante más de 50 años consistí­a en tener fe como protectora en los servicios que se prestaban a la Virgen del Pilar.

El Teniente General D. Ángel Aznar Butigieg que en 1.913 era el Director General del Cuerpo trasladó una petición al Ministro de la Guerra que no era otro que D. Agustín Luque y Coca, donde le pidió oficialmente que la Virgen del Pilar fuera declarada Patrona del Cuerpo de la Guardia Civil, a lo que el Rey D. Alfonso XIII, accedió y mandó publicar.

Después de su publicación, las palabras que transmitió el Teniente General D. Aznar fueron estas:

“La Guardia Civil, compuesta por los soldados más veteranos del Ejército, satisfizo siempre a las esperanzas de la Nación y respondió a la confianza de los Gobiernos porque sois valientes, firmes en la fatiga y abnegados en el peligro. Este año, al solemnizar el dí­a de la Patrona, celebraremos en la Guardia Civil la primera fiesta de compañerismo. Cuando os congreguéis para ello en cada Puesto, dedicad una oración a nuestros compañeros que sacrificaron la vida en el cumplimiento del deber y al inolvidable Duque de Ahumada, organizador del Cuerpo; y antes de separaros, terminad nuestra fiesta diciendo; ¡Viva España!, ¡Viva el Rey! “.

Era el año 1.917 cuando el Director General que era el Teniente General D. Antonio Tovar Marcoleta ofrendó con una placa a la Virgen del Pilar, que a dí­a de hoy aún se conserva en la Basí­lica de Zaragoza en el mismo lugar donde fue colocada.
Allí­ se puede leer el siguiente texto:

“Los Generales, Jefes, Oficiales y personal de Tropa del Instituto de la Guardia Civil como homenaje a Nuestra Señora la Virgen del Pilar declarada su Excelsa Patrona por Real Orden de 8 de febrero de 1913“.

Son muchos años los que han pasado ya, pero a dí­a de hoy todos los años el 12 de Octubre se celebra la famosa fiesta de la Guardia Civil, en honor a su Patrona la Virgen del Pilar, siendo la protectora de estos valientes hombres y mujeres que dan su vida a la defensa de la Constitución y el territorio español.

Y una antigua copla dice así:

Es la Virgen del Pilar
la que más altares tiene,
pues no hay ningún español
que en su pecho no la lleve.

A pasar por Zaragoza
el Ebro murmura y dice:
La Virgen es para España
y España es para la Virgen.

Hay en el mundo una España,
y en España un Aragón,
y en Aragón una Virgen,
gloria del pueblo español.

Virgen del Pilar, no olvides
que no podrían vivir
ni España sin Zaragoza,
ni Zaragoza sin Ti.

Junto al Ebro echo una jota
en cuanto el Pilar se cierra,
pa que se entere la Virgen
de que estoy de centinela.

Aragón está en España,
Zaragoza en Aragón,
el Pilar en Zaragoza,
y en el Pilar mi ilusión.

De Zaragoza p´abajo
lleva el Ebro agua bendita;
porque en Zaragoza besa
los pies de la Pilarica.

El Ebro nace en Reinos,
y desemboca en el mar,
y pasa por Zaragoza,
para besar el Pilar.

La Virgen del pilar dice
que no quiere ser francesa;
que quiere ser capitana
de la tropa aragonesa.

Cuando Zaragoza estaba
sitiada por los franceses,
la Virgen del Pilar era
amparo de aragoneses.

El Pilar es el peñón
y la Seo la muralla;
en cada calle un cañón,
para defender a España.

En Torrero tiran bombas
y en el Castillo granadas,
y la Virgen del Pilar
con el manto las aparta.

Zaragoza la bombean,
la bombean los franceses,
la Virgen del pilar dice:
no temáis, aragoneses.

Zaragoza está en un llano,
la Torre Nueva en el medio,
y la Virgen del Pilar
a las orillas del Ebro.

Iberos y americanos:
sabed bien y recordad,
que Colón pisó aquel suelo
en el día del Pilar.

Que Viva La Virgen del Pilar !!

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Opinión: Hoy celebramos a… Los santos Ángeles Custodios, por Ángel Corbalán

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Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que me pongas en los brazos de Jesús, José y María.

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En la S. Biblia la palabra Ángel significa “Mensajero”. Un espíritu purísimo que está cerca de Dios para adorarlo, y cumplir sus órdenes y llevar sus mensajes a los seres humanos.

En el antiguo testamento aparece la figura del ángel custodio que ayuda a cada hombre en su vida. Según la Iglesia Católica cada hombre tiene un ángel que le cuida, le protege, le ayuda, le guía. Nunca le deja sólo y siempre está con él en los momentos difíciles de su vida, nunca caerá en su olvido.

La primera constancia que tenemos de los ángeles custodios es cuando cada niño tiene un ángel de la guardia que le ayuda y protege. El ángel custodio sigue siendo esa misma figura presente en los adultos.

Hoy día, también se celebra el patrón de la Policía. Se trata de un símil en el que la policía se convierte en el ángel custodio de cada uno de los ciudadanos, que nos cuidan, protegen, aseguran, etc.

Angeles custodios desde…

En el Nuevo Testamento es tan viva la creencia de que cada uno tiene un ángel custodio, que cuando San Pedro al ser sacado de la cárcel llega a llamar a la puerta de la casa donde están reunidos los discípulos de Jesús, ellos creen al principio, que no es Pedro en persona y exclaman: “Será su ángel” (Hechos 12, 15).

Ya en el año 800 se celebraba en Inglaterra una fiesta a los Ángeles de la Guarda y desde el año 1111 existe una oración muy famosa al Ángel de la Guarda. Dice así: “Ángel del Señor, que por orden de su piadosa providencia eres mi guardián, custodiame en este día (o en esta noche) ilumina mi entendimiento, dirige mis afectos, gobierna mis sentimientos, para que jamás ofenda a Dios Señor. Amen.

En el año 1608 el Sumo Pontífice extendió a toda la Iglesia universal la fiesta de los Ángeles Custodios y la colocó el día 2 de octubre.

Consejos de un santo: San Bernardo en el año 1010 hizo un sermón muy célebre acerca del Ángel de la Guarda, comentando estas tres frases:

Respetemos su presencia (portándonos como es debido).
Agradezcámosle sus favores (que son muchos más de los que nos podemos imaginar).
Y confiemos en su ayuda (que es muy poderosa porque es superior en poder a los demonios que nos atacan y a nuestras pasiones que nos traicionan).

San Juan Bosco narra que el día de la fiesta del Ángel de la Guarda, un dos de octubre, recomendó a sus muchachos que en los momentos de peligro invocaran a su Ángel Custodio y que en esa semana dos jóvenes obreros estaban en un andamio altísimo alcanzando materiales y de pronto se partió la tabla y se vinieron abajo. Uno de ellos recordó el consejo oído y exclamó: “Ángel de mi guarda!”. Cayeron sin sentido. Fueron a recoger al uno y lo encontraron muerto, y cuando levantaron al segundo, al que había invocado al Ángel Custodio, este recobró el sentido y subió corriendo la escalera del andamio como si nada le hubiera pasado. Preguntado luego exclamó: “Cuando vi que me venía abajo invoqué a mi Ángel de la Guarda y sentí como si me pusieran por debajo una sábana y me bajaran suavecito. Y después ya no recuerdo más”. Así lo narra el santo.

En el siglo II el gran sabio Orígenes señalaba que “los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja”.

Desde la infancia a la muerte, la vida de humana esta rodeada de su custodia. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida”. Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios. CIC 336

La vida humana comienza en el momento de la concepción. Es en ese momento que Dios crea nuestra alma y se deduce que es entonces cuando se nos asigna el ángel custodio. Los ángeles custodios están encargados de velar por cada uno de nosotros, protegiéndonos de los peligros y alentando nuestra vida en Cristo. Deberíamos ser agradecidos con nuestro ángel e invocar su protección y guía

«Ángel santo de la guarda, compañero de mi vida, tú que nunca me abandonas, ni de noche ni de día. Aunque espíritu invisible, sé que te hallas a mi lado, escuchas mis oraciones, y cuentas todos mis pasos. En las sombras de la noche, me defiendes del demonio, tendiendo sobre mi pecho, tus alas de nácar y oro. Ángel de Dios, que yo escuche, tu mensaje y que lo viva, que vaya siempre contigo, hacia Dios, que me lo envía. Testigo de lo invisible, presencia del cielo amiga, gracias por tu fiel custodia, gracias por tu compañía».

Santo Tomás de Aquino dividió los Coros angélicos en nueve categorías diferentes: «Los Serafines, Querubines y Tronos, forman la augusta corte de la Santísima Trinidad; las Dominaciones presiden el gobierno del Universo; las Virtudes, la fijeza de las leyes naturales; las Potestades refrenan el poder de los demonios; los Principados tienen bajo su amparo a los reinos y naciones; lo Arcángeles defienden a las comunidades menores, y los Ángeles guardan a cada uno de los hombres».

Los mismos Salmos hablan con frecuencia de los Ángeles. Jesucristo se refirió en varias ocasiones a la misión de estos Espíritus purísimos. San Agustín afirmaba en su tiempo que «el Ángel de la Guarda nos ama como a hermanos y está con una santa impaciencia por vernos ocupar en el cielo aquellas sillas de que se hicieron indignos los ángeles rebeldes». ¿Qué hacer nosotros por el Ángel, ya que tanto hace él por nosotros? Dice el Éxodo: «Respétale y escucha su voz… Si oyes su voz y ejecutas cuanto te ordene, seré enemigo de tus enemigos».

ORACIÓN AL ÁNGEL DE LA GUARDA

Ángel de la paz, Ángel de la Guarda, a quien soy encomendado, mi defensor, mi vigilante centinela; gracias te doy, que me libraste de muchos daños del cuerpo y del alma. Gracias te doy, que estando durmiendo, me velaste, y despierto, me encaminaste; al oído, con santas inspiraciones me avisaste.

Perdóname, amigo mío, mensajero del cielo, consejero, protector y fiel guarda mía; muro fuerte de mi alma, defensor y compañero celestial. En mis desobediencias, vilezas y descortesías, ayúdame y guárdame siempre de noche y de día. Amén.

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Opinión: No hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre…, por Ángel Corbalán

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Hoy, según el modelo del realizador de televisión más actual, contemplamos a Jesús poniendo gusanos y fuego allí donde debemos evitar ir: el infierno, «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (Mc 9,48). Es una descripción del estado en el que puede quedar una persona cuando su vida no la ha llevado allí adonde quería ir.

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Podríamos compararlo al momento en que, conduciendo nuestro automóvil, tomamos una carretera por otra, pensando que vamos bien y vamos a parar a un lugar desconocido, sin saber dónde estamos y adónde no queríamos ir. Hay que evitar ir, sea como sea, aunque tengamos que desprendernos de cosas aparentemente irrenunciables: sin manos (cf. Mc 9,43), sin pies (cf. Mc 9,45), sin ojos (cf. Mc 9,47). Es necesario querer entrar en la vida o en el Reino de Dios, aunque sea sin algo de nosotros mismos

Posiblemente, este Evangelio nos lleva a reflexionar para descubrir qué tenemos, por muy nuestro que sea, que no nos permite ir hacia Dios, —y todavía más— qué nos aleja de Él.

El mismo Jesús nos orienta para saber cuál es el pecado en el que nos hacen caer nuestras cosas (manos, pies y ojos). Jesús habla de los que escandalizan a los pequeños que creen en Él (cf. Mc 9,42). “Escandalizar” es alejar a alguien del Señor. Por lo tanto, valoremos en cada persona su proximidad con Jesús, la fe que tiene.

Jesús nos enseña que no hace falta ser de los Doce o de los discípulos más íntimos para estar con Él: «El que no está contra nosotros, está por nosotros» (Mc 9,40). Podemos entender que Jesús lo salva todo. Es una lección del Evangelio de hoy: hay muchos que están más cerca del Reino de Dios de lo que pensamos, porque hacen milagros en nombre de Jesús. Como confesó santa Teresita del Niño Jesús: «El Señor no me podrá premiar según mis obras (…). Pues bien, yo confío en que me premiará según las suyas».

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Las Lecturas de hoy (Evangelio y Primera Lectura) nos hablan del derramamiento del Espíritu Santo fuera del círculo más íntimo de la comunidad dirigida por el Señor.

En efecto San Marcos (Mc 9, 38-43.45.47-48) nos narra el episodio en el que el Apóstol Juan le dice a Jesús: “‘Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, como no es de los nuestros, se lo prohibimos’. Pero Jesús le respondió: ‘No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquél que no está contra nosotros, está a nuestro favor’”.

Son palabras del Señor que hay que revisar muy bien, pues en otra oportunidad y, tratando el mismo tema de la expulsión de demonios, dijo lo contrario: “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc 11, 23). En realidad, en el primer caso, Jesús reconoce que sus seguidores pueden estar fuera del pequeño grupo de sus discípulos. Pero en la segunda ocasión, está refiriéndose a un grupo que lo atacaba, que decía – ¡nada menos! – que El echaba los demonios por el poder del mismo Demonio. ¡Acusación tremenda y definitivamente blasfema! Hay que saber diferenciar entre unos y otros.

La Primera Lectura (Nm 11, 25-29) nos narra un incidente en tiempos de Moisés. Nos cuenta que el Espíritu de Dios descendió sobre los setenta ancianos que estaban con Moisés y éstos se pusieron a profetizar. Pero el Espíritu Santo que “sopla donde quiere” (Jn 3, 8), hizo algo inesperado: se posó también sobre dos hombres que, si bien no estaban en el grupo con Moisés, estaban también en el campamento. Y sucedió lo mismo que con el Apóstol Juan: Josué, ayudante de Moisés, pensó que debía prohibírseles profetizar a estos dos elegidos, que no pertenecían al grupo más íntimo. Moisés corrige a Josué y exclama que ojalá todo el pueblo de Dios recibiera el Espíritu del Señor.

Estos dos episodios nos revelan que el Espíritu de Dios es libérrimo y que a veces se comunica fuera de los canales oficiales, lejos de la autoridad. Esos instrumentos más lejanos podrán ser genuinos siempre que sean realmente elegidos de Dios y siempre que respondan adecuadamente a esta elección, desde luego sometiéndose siempre a la autoridad, como vemos que sucedió en estos dos casos que nos traen las lecturas de este domingo.

Hay un caso muy famoso en el que el Espíritu de Dios se derramó en forma impresionante fuera del círculo íntimo inicial. San Pablo (Hech 9), por ejemplo, no pertenecía a los Doce, ni siquiera estaban cerca de ellos, ni siquiera era cristiano: sabemos que más bien perseguía a los seguidores de Cristo. También está el caso de Cornelio (Hech 10).

Sin embargo, hay que tener mucho cuidado en no confundir lo que realmente viene del Espíritu de Dios y lo que viene de Satanás, el cual es muy astuto, y sabemos por la Biblia y por experiencia, que se disfraza de “ángel de luz” (2 Cor 11, 14). Siempre ha habido que tener cuidado con este engaño satánico, pero esto es aún más necesario en nuestros días en que aparecen por todos lados milagros y supuestos mensajes de Dios y de la Virgen.

La difusión de prodigios provenientes del Demonio, quien es capaz de engañar a muchos haciéndoles creer que estos prodigios vienen del Espíritu de Dios, se difundían hace un tiempo en forma discreta y más bien escondida. Ahora no sólo continúan estas formas antiguas de difusión, sino que los engaños del Demonio y los demonios se propagan en forma masiva.

Recordemos que, si bien Jesucristo no quería que se marginara a sus genuinos seguidores, también nos previno contra los engañadores: “Se presentarán falsos cristos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar, si fuera posible, aun a los elegidos de Dios. ¡Miren que se los he advertido de antemano!” (Mt 24, 24).

La clave para saber quién es quién, está en darnos cuenta de que quien funge como instrumento de Dios, realmente lo sea, que esa persona verdaderamente actúe “en nombre de Jesús” -como nos dice el Evangelio de hoy- y que sea el Espíritu Santo Quien obre en él o en ella -como leemos en la lectura del Libro de los Números.

Una cosa es el que Dios manifieste su poder sanador a través de una persona por El elegida como su instrumento y quien ha respondido dócil y humildemente al llamado del Señor, y otra cosa es pretender sanar “abriendo ‘chakras’” y “conectándose con la ‘Energía Universal’”, tratar de “curarse uno mismo” y -como si fuera poco- algo aún más audaz: “convertirse en sanadores de los demás”. (Las comillas son de una invitación a un curso para sanarse uno mismo y aprender a sanar a los demás). De más reciente aparición en este tipo de prácticas paganas esotéricas está el Reiki, que en realidad es básicamente lo mismo: el que lo practica cree que puede sanar por las manos a través de una “energía universal” que supuestamente se transfiere por las palmas de sus manos al paciente.

Aunque los que estos medios usan digan que son amigos de Jesús ¿realmente están con El … o en contra de El? ¿Es Jesús Quien sana a través de ellos? ¿Es el Espíritu de Dios actuando en ellos? ¿O son ellos mismos, actuando en nombre propio y usando técnicas ocultistas -por cierto, muy peligrosas- que confunden a personas incautas y las hacen caer en graves riesgos físicos, emocionales y espirituales? Hay que saber diferenciar.

Una cosa es una persona a través de quien Dios se manifiesta dando un mensaje para un grupo, para otra persona o tal vez para el mundo, como puede ser algún vidente de una genuina aparición mariana, y otra cosa muy distinta es un adivino, un astrólogo o un brujo, que pretenda conocer y dar a conocer el futuro o resolver algún problema a través de técnicas ocultistas y demoníacas. Y ¡ojo, porque a veces tienen aciertos! Acierten éstos o no, parezcan amigos de Jesús o no, hay que preguntarse: ¿están éstos actuando en nombre de Dios y bajo la influencia del Espíritu Santo?

Algunos pueden presentarse de manera más encubierta. Pero… “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16). La persona que dice recibir mensajes o realizar prodigios ¿da frutos buenos de santidad en sí misma? ¿Se ven frutos de santidad en quienes la siguen? ¿O éstos, en vez de seguir a Dios, van fascinados tras el personaje por ser éste atractivo o complaciente? Nuevamente…recordemos lo que el Señor nos ha advertido de antemano: los falsos profetas harán cosas maravillosas, capaces en engañar.

Sabemos por la Sagrada Escritura y por la experiencia que Dios puede manifestarse en forma sobrenatural. Sin embargo, es necesario recalcar que no podemos ir tras estas manifestaciones extraordinarias, denominadas “carismas” en lenguaje bíblico, como si fueran el centro de la vida cristiana y lo único importante. Sabemos que son auxilios y que Dios las suscita para ayudar en la evangelización, para facilitar la conversión, para avivar la fe en la Iglesia.

Pero como Dios se revela de modo extraordinario y de hecho lo hace cuando quiere, como quiere, donde quiere y a través de quien quiere, nuestra actitud debe ser la de una entrega confiada en la providencia divina, sin estar buscando estas manifestaciones.

Nos dice el Catecismo que la función de las revelaciones privadas es ayudarnos, en algún momento de la historia, a vivir más plenamente lo que nos ha revelado Jesucristo. (ver CIC #67)

Y cuando se dan estas manifestaciones extraordinarias, hay que tener mucho cuidado en no seguir falsos profetas. Pero tampoco debiéramos rechazar o ahogar aquéllas que genuinamente vienen de Dios, como bien nos indica San Pablo (1 Tes. 5, 12.19.21) y también lo ratificó la Iglesia en el Concilio Vaticano II:

“Es la recepción de estos carismas, incluso los más sencillos, la que confiere a cada creyente el derecho y el deber de ejercitarlos para bien de la humanidad y edificación de la Iglesia, en el seno de la propia Iglesia y en medio del mundo, con la libertad del Espíritu Santo, que sopla donde quiere (Jn. 3,8), y en unión al mismo tiempo con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1 Tes. 5, 12.19.21)”. (Apostolicam actuositatem #3).

El Evangelio de hoy también toca el pecado de escándalo, es decir, el pecado en que por dar mal ejemplo o por dar un mal consejo, podemos hacer caer a otros en pecado; es decir, cuando nuestra conducta o nuestra palabra pueden servir de ocasión de pecado para otros.

Y Jesús fue sumamente severo con este tipo de pecado, especialmente cuando se escandaliza “a la gente sencilla que cree en El: ‘Más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar’”.

Fue igualmente severo el Señor al exigirnos cualquier renuncia con tal de evitar los pecados que nos alejan de El y ponen en peligro nuestra salvación eterna:

“Si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo, pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que ser arrojado con tus dos pies al lugar de castigo”. Y se refirió con la misma severidad al ojo y a la mano, todo para indicarnos lo importante que es nuestra salvación y lo grave que sería la condenación. Ningún esfuerzo es grande y ninguna negación imposible, cuando se trata de llegar a la Vida Eterna.

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