Opinión: Renta básica ¿para qué? si los pobres ya no son necesarios, por Rafael Fenoy

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Hace más de 20 años un profesor de economía norteamericano ,Jeremy Rifkin, escribió un libro titulado “El fin del Trabajo”, que se publicó en España por el círculo de lectores en 1997. En este profético trabajo se recogían las palabras del filósofo y psicólogo Herbert Marcuse, pronunciadas en el inicio de la transición hacia la era de la información: «La automatización amenaza con hacer posible la inversión de la relación entre el tiempo de ocio y el de trabajo: esto es, hacer que el tiempo empleado en el trabajo se convierta en marginal mientras que el tiempo empleado en el ocio se haga fundamental. El resultado sería una modificación radical en la asignación de valores, y una forma de vida incompatible con las culturas tradicionales».

Asistimos a la profunda transformación que está suponiendo la modificación de los sistemas productivos altamente robotizados y controlados tecnológica e informáticamente. Las consecuencias se hacen evidentes en la destrucción de empleos, por millones, las deslocalizaciones industriales que la globalización ha impulsado casi al infinito y las inmensas concentraciones de capitales.

En este escenario que amenaza con desarrollarse coherente desde su macabra lógica, las palabras de Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica, de la Universidad Ramón Llull, hunden en la desesperanza. Cree este economista que “la brecha entre ricos y pobres va a seguir creciendo” Y esto va a ser así porque los pobres ya no son necesarios “en un sistema productivo que sólo requiere de máquinas y capital humano altamente cualificado”. Nuestra escala de valores está siendo zamarreada porque algo esencial se ha modificado profundamente y escapa al control social y político.

El concepto de trabajo, ligado a una actividad esencialmente humana, ha desaparecido casi por completo. Lo que realizan las máquinas no se puede llamar “trabajo”, aunque se sigue haciendo. Antes una parte de la apropiación de plusvalía que el capitalista realizaba, se transfería a las clases populares mediante los salarios. De esta manera la acumulación de capital se realizaba de manera algo más pausada, sólo acelerada por las conquistas de imperios coloniales y explotación de enormes yacimientos de riquezas naturales en forma de materias primas.

Repartido el control sobre estas riquezas, después de dos guerras mundiales, al capital sólo le quedó para acelerar la apropiación de plusvalía, reducir la parte de redistribución que se realizaba mediante los salarios. El aumento de la brecha entre ricos y pobres es la consecuencia lógica de esta inhumana evidencia. Y si a esto añadimos la incoherencia del incremento de la población humana, ya somos algo más de 7000 millones, precisamente cuando menos mano de obra humana le hace falta al sistema capitalista.

Siguen la gran patronal española, el fondo monetario internacional y otras instituciones afines, abundando en la necesidad de “flexibilizar” la contratación laboral y la reducción de sueldos, como si de ello dependiera la tan cacareada “recuperación económica”. Sigue el gobierno aireando que la falta de empleo está relacionada con la formación de las personas trabajadoras. Y es que es tan fuerte la verdad que ocultan, que les es preciso seguir engañando al pueblo a base de pretendidas medidas para salir de la crisis. Cuando saben, y muy bien, que no hay, ni habrá, trabajado para todas las personas que lo necesitan y cada vez menos.

Por ello el Catedrático Santiago Niño Becerra, apunta hacia la implementación de la renta básica, aunque reconoce que acceder a las grandes reservas de capital en manos de muy pocos megarricos y superdirectivos no será tarea fácil y menos con gobiernos neoliberales que legitiman “un sistema tributario complaciente con ellos”.

Cuanto antes de informe adecuadamente de la debacle que ya estamos padeciendo, sobre todo a la gente joven, antes se producirán las medidas necesarias para garantizar la supervivencia de la población. Aunque, mirado desde el lado de los ricos, los gobiernos que ellos ponen y quitan dentro del espejismo democrático que sostienen, “no van a poner en marcha políticas fiscales agresivas a fin de garantizar la redistribución de la riqueza, porque ya no es necesario que los de abajo prosperen”, porque los pobres ya no son necesarios.

Fdo. Rafael Fenoy Rico

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