Archive for La opinión

Mayor-Net colaborará con la Asociación de Pensionistas y Personas Mayores la Unión

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En la tarde del lunes 6 de Octubre, Mayor-Net, en la persona de su presidente Ángel Corbalán, visitó las instalaciones de la Asociación de Pensionista y Personas Mayores “La Unión”, en la carretera del Cobre, se trataba de colaborar con esta asociación algecireña para impartir clases de Internet a pensionistas y mayores de esta asociación.

Mayor-Net, dentro de su voluntariado de mayores en nuestra comarca, atendió a la llamada de su presidenta, Rosi y de Paco, su secretario y tesorero, y se personó para que, una vez sea inaugurada el Aula Digital, poder comenzar a la mayor brevedad posible los cursos de Internet para más de 20 asociados que ya se han apuntado para ello.

Se trata de sinergia. Si, de sinergia entre asociaciones. A fin de cubrir las necesidades de los mayores a través de otros mayores voluntarios que ya vencieron el miedo a las Nuevas Tecnologías gracias a las actividades de Mayor-Net.

La confianza de los asociados a la Asociación de Pensionistas y Personas Mayores “La Unión”, serán atendidas debidamente con las clases que comenzarán una vez inauguradas las nuevas instalaciones.

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Opinión: «El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado», por Ángel Corbalán

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Hoy, el Señor nos hace un retrato de los notables de Israel (fariseos, maestros de la Ley…). Éstos viven en una situación superficial, no son más que apariencia: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). Y, además, cayendo en la incoherencia, «porque dicen y no hacen» (Mt 23,3), se hacen esclavos de su propio engaño al buscar sólo la aprobación o la admiración de los hombres. De esto depende su consistencia. Por sí mismos no son más que patética vanidad, orgullo absurdo, vaciedad… necedad.

Desde los inicios de la humanidad continúa siendo la tentación más frecuente; la antigua serpiente continúa susurrándonos al oído: «El día en que comiereis de él (el fruto del árbol que está en medio del jardín), se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5). Y continuamos cayendo en ello, nos hacemos llamar: “rabí”, “padre” y “guías”… y tantos otros ampulosos calificativos. Demasiadas veces queremos ocupar el lugar que no nos corresponde. Es la actitud farisaica.

Los discípulos de Jesús no han de ser así, más bien al contrario: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,11). Y como que tenemos un único Padre, todos ellos son hermanos. Como siempre, el Evangelio nos deja claro que no podemos desvincular la dimensión vertical (Padre) y la horizontal (nuestro) o, como explicitaba el domingo pasado, «amarás al Señor, tu Dios (…). Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37.39).

Toda la liturgia de la Palabra de este domingo está impregnada por la ternura y la exigencia de la filiación y de la fraternidad. Fácilmente resuenan en nuestro corazón aquellas palabras de san Juan: «Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso» (1Jn 4,20). La nueva evangelización —cada vez más urgente— nos pide fidelidad, confianza y sinceridad con la vocación que hemos recibido en el bautismo. Si lo hacemos se nos iluminará «el camino de la vida: hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre» (Sal 16,11).

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor

COMENTARIO.

Las Lecturas de hoy se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios.

La Primera Lectura del Profeta Malaquías (Ml. 1, 14; 2, 2,8-10) es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví … no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”

Luego en el Evangelio (Mt. 23, 1-12), Jesús hace algo parecido, criticando a un grupo religioso de su época, el de los Fariseos, cuyo objetivo era la práctica de la ley de Moisés en la forma más estricta y detallada.

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que el Señor los llamó “hipócritas”. Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

El Evangelio de hoy trae una frase que llama la atención, la cual es importante aclarar: “A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre Celestial”. ¿Por qué, entonces, los Católicos llamamos “Padre” al Sacerdote? Es una pregunta y un ataque que formulan los enemigos de la Iglesia a nosotros los Católicos.

Y la respuesta es que llamamos así a los Sacerdotes por lo mismo que llamamos “maestro” al que enseña y por lo mismo que llamamos “guía” al que orienta o dirige. En realidad usamos esos nombres porque no tiene nada de malo hacerlo y porque Jesucristo realmente no prohibió que lo hiciéramos.

Lo que sucede es que al aislar la frase y sacarla fuera de contexto parecería que no puede llamarse a nadie ni “padre”, ni “maestro”, ni “guía”. Si eso fuera cierto no pudiéramos llamar a nuestro progenitor “padre”. Ese es el sentido material de la palabra “padre”: progenitor. Cuando llamamos a los Sacerdotes, “Padre” el vocablo tiene un sentido espiritual.

Y el mismo Jesús utiliza la palabra “padre” en ese sentido espiritual para referirse a alguien que no es Dios Padre.

En la parábola del rico y el pobre Lázaro, Jesús pone en la boca del rico esta exclamación: “Padre Abraham, ten piedad de mí” (Lc. 16, 24).

De allí que haya que ver todo el contexto de este trozo del Evangelio, para podernos dar cuenta que lo que quiere prohibir el Señor no es el uso de las palabras “Maestro”, “Padre” y “Guía”, sino la actitud de superioridad con relación al prójimo.

Para poder entender lo que quiere decir este pasaje bíblico no hay que quedarse con lo que significan estas palabras, sino con el sentido de todo el pasaje, en el que lo más importante es el llamado a la humildad de parte de los que tienen esas funciones.

Si nos fijamos cómo concluye el planteamiento de Jesús, podemos darnos cuenta de qué es lo que el Señor nos quiere comunicar con esa advertencia: “El mayor de entre ustedes sea vuestro servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

El Señor condena el orgullo de los que quieren ocupar los primeros puestos y hacen las cosas para ser admirados. A esta conducta Jesús contrapone la sencillez y humildad que desea que sean sello de sus apóstoles y discípulos, los cuales deben ser “servidores” de los demás.

Y no sólo nos lo aconsejó, sino que de esto nos dio ejemplo al hacer un servicio que usualmente hacían a los invitados a los banquetes los sirvientes de las casas: lavar los pies a sus Apóstoles en la Ultima Cena.

A esta actitud de humildad que el Señor reclama, hay que añadir el amor y la entrega generosa por los demás de que nos habla San Pablo en la Segunda Lectura (1 Tes. 2, 7-9. 13). Aquí vemoscuál es el trato que el Apóstol ha dado a aquéllos a quienes sirve. Más allá del servicio, les habla de una ternura maternal y hasta de entregar la propia vida por ellos.

Veamos ahora con detalle, algunas de las acusaciones hechas por Jesús a los Fariseos en el Evangelio de hoy, para no caer nosotros en la misma hipocresía que el Señor condenó tan duramente:

“Hagan todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra”. ¡Cuántas veces nuestro ejemplo no va parejo con nuestra predicación y con nuestras exigencias a los demás! ¡Cuántas veces nuestros actos contradicen nuestras palabras!

Sin embargo, a veces son otros los que desdicen con su ejemplo lo que predican. ¿Qué hacer, entonces? Si ellos no practican lo que dicen, ¿significa que hay que descalificar lo dicho?

Debemos recordar que Dios quiere que sigamos los buenos consejos, aunque quienes los den no den el ejemplo con sus obras. Así que no sirven excusas como: “hay Sacerdotes sinvergüenzas, por tanto yo no creo en los Sacerdotes ni en lo que predican”

Esta excusa suele escucharse con cierta frecuencia, pero no es válida. Sólo Dios es perfecto; sólo Jesús fue Maestro perfecto, pues era Dios. Todos los seres humanos podemos errar, por lo que los maestros humanos pueden ser imperfectos en sus enseñanzas y mucho más en sus obras.

Tratemos, entonces, de tener coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras, dando siempre buen ejemplo y evitando el pecado de escándalo. Pero no hay que descalificar a los predicadores porque su ejemplo no sea perfecto.

“Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover”. Los Fariseos ponían cargas pesadas e insoportables a los demás, y ellos mismos no las cumplían. No hagamos nosotros igual.

Pero también al pensar en las cargas, recordemos lo que nos dice Jesús: “Mi yugo es suave y mi carga es llevadera” (Mt. 11, 30). Y es llevadera y dulce nuestra carga, pues Jesús la comparte con nosotros. Jesús nos ayuda a llevarla. El tuvo al Cireneo que le ayudó a llevar su cruz. Y ¡qué mejor Cireneo que el nuestro! Es Jesús mismo quien viene a ayudarnos, cuando le entregamos a El nuestras cargas.

Por otro lado, ¡cuántas veces cargamos a nuestros prójimos con nuestras cargas, a veces reales, a veces inventadas por nosotros mismos! Pero debemos saber que Dios desea que nosotros no carguemos de peso a los demás, sino que más bien les ayudemos a llevar sus cargas.

“Todo lo hacen para que los vea la gente”. Aquí sí es verdad que el “fariseo” se nos sale con más frecuencia. ¡Cómo nos gusta ser admirados y respetados! ¡Cómo nos gusta que se hable bien de nosotros! Y, peor aún, ¡cuántas son las cosas que hacemos para ser apreciados y alabados! ¿Qué valor, entonces, tienen esas cosas buenas que hacemos, pero con un fin farisaico, interesado, impuro? ¿Dónde está la pureza de corazón y la rectitud de intención cuando así nos comportamos?

Cuando oímos hablar de los fariseos y recordamos cómo el Señor los acusó y los fustigó, nos parece que son personajes lejanos en el tiempo y que nada tienen que ver con nuestra manera de proceder. Hasta podríamos pensar: ¿para qué están en los Evangelios y para qué nos ponen en la Liturgia todos estos regaños que el Señor le da a los fariseos?

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que Jesús los llamó “hipócritas”. Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

Pero … ¿nos hemos puesto a pensar que también nosotros a veces somos como los fariseos? La hipocresía es uno de los defectos que nos permitimos a nosotros mismos, casi sin darnos cuenta. La hipocresía, la cual vemos tan repugnante, es doblez y falta de rectitud de intención.

El doblez (¿o la doblez?), es decir, el tener dos caras, es más frecuente de lo que creemos o nos damos cuenta. ¿Nos hemos detenido a pensar que hipocresía es también hacer las cosas con intenciones escondidas o distintas a las que mostramos? ¿Nos damos cuenta que a veces somos hipócritas hasta con Dios? ¡Y esa actitud la consideramos como un derecho adquirido! Está tan arraigada a veces en nuestra manera de proceder que ya ni nos damos cuenta de que es un defecto, porque nos sale de manera demasiado espontánea.

Pero esa actitud es totalmente contraria a la pureza de corazón, que Jesús nos pide: Bienaventurados los de corazón puro… (Mt. 5, 8)

La advertencia de Jesús nuestro Señor es bien clara: “Si vuestra santidad no es mayor que la de los maestros de la Ley y los Fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 20).

Practiquemos la pureza de corazón, la rectitud de intención, la honestidad mental y espiritual. Si nos cuesta, pidámosla en la oración. Sólo así, el discurso contra los fariseos no será para nosotros.

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Protagonista de la Semana: Rocío Arrabal, parlamentaria y candidata a la secretaría local del PSOE

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La parlamentaria Rocío Arrabal, ha presentado esta semana su candidatura a la secretaría local del PSOE, un cargo al que también aspira el actual líder local, Juan Lozano. Arrabal nos cuenta sus inicios, su trayectoria, y lo que espera del PSOE del futuro, al que pretende dirigir.

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Opinión:«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón (…). Amarás a tu prójimo como a ti mismo» por Ángel Corbalán

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Hoy, nos recuerda la Iglesia un resumen de nuestra “actitud de vida” («De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»: Mt 22,40). San Mateo y San Marcos lo ponen en labios de Jesucristo; San Lucas de un fariseo. Siempre en forma de diálogo. Probablemente le harían al Señor varias veces preguntas similares. Jesús responde con el comienzo del Shemá: oración compuesta por dos citas del Deuteronomio y una de Números, que los judíos fervientes recitaban al menos dos veces al día: «Oye Israel! El Señor tu Dios (…)». Recitándola se tiene conciencia de Dios en el quehacer cotidiano, a la vez que recuerda lo más importante de esta vida: Amar a Dios sobre todos los “diosecillos” y al prójimo como a sí mismo. Después, al acabar la Última Cena, y con el ejemplo del lavatorio de los pies, Jesús pronuncia un “mandamiento nuevo”: amarse como Él nos ama, con “fuerza divina” (cf. Jn 14,34-35).

Hace falta la decisión de practicar de hecho este dulce mandamiento —más que mandamiento, es elevación y capacidad— en el trato con los demás: hombres y cosas, trabajo y descanso, espíritu y materia, porque todo es criatura de Dios.

Por otro lado, al ser impregnados del Amor de Dios, que nos toca en todo nuestro ser, quedamos capacitados para responder “a lo divino” a este Amor. Dios Misericordioso no sólo quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29), sino que nos diviniza, somos “partícipes” (sólo Jesús es Hijo por Naturaleza) de la naturaleza divina; somos hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. A san Josemaría le gustaba hablar de “endiosamiento”, palabra que tiene raigambre en los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, escribía san Basilio: «Así como los cuerpos claros y trasparentes, cuando reciben luz, comienzan a irradiar luz por sí mismos, así relucen los que han sido iluminados por el Espíritu. Ello conlleva el don de la gracia, alegría interminable, permanencia en Dios… y la meta máxima: el Endiosamiento». ¡Deseémoslo!

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,34-40):

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor

COMENTARIO.
Las lecturas de este domingo nos hablan del amor… del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo. En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios, la cual nos ha sido revelada en la Sagrada Escritura. Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables. No puede separarse uno del otro.

Veamos el primero de los dos mandamientos: amar a Dios. Nos dice Jesús en el Evangelio que éste es “el más grande y el primero de los mandamientos” (Mt. 22, 34-40). Pero… ¿en qué consiste? ¿Qué significa amar a Dios? El mismo Jesús nos lo dice: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn. 14, 15). Amar a Dios, entonces, es complacer a Dios. Quien ama complace al ser amado. Amar a Dios es tratar de agradar a Dios en todo, en hacer su Voluntad, en cumplir sus mandamientos, en guardar su Palabra. Amar a Dios es también, amarlo a El primero que nadie y primero que todo. Y amarlo con todo el corazón y con toda el alma significa estar dispuestos a cumplir sus deseos y a entregarnos a El sin condiciones.

Es decir, amar a Dios es también servir a Dios, idea que nos plantea San Pablo en la Segunda Lectura: “Ustedes han aceptado la Palabra de Dios en tal forma que … se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo” (1 Tes. 1, 5-10).

Sabemos también que Dios es la fuente de todo amor … y no sólo eso, sino que Dios es el Amor mismo (cfr. 1 Jn. 4, 8). Esto significa que no podemos amar por nosotros mismos. El ser humano no puede amar si no fuera por Dios. Lo que sucede es que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar: amarle a El y amar también a los demás. Porque Dios nos ama es que podemos nosotros amar.

Esto significa también que ambos mandamientos -el amor a Dios y el amor al prójimo- están unidos. Uno es consecuencia del otro. No podemos amar al prójimo sin amar a Dios. Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos al prójimo, pues el amor a Dios necesariamente se traduce en amor al prójimo.

“La característica de la civilización cristiana es la Caridad: el Amor de Dios que se traduce en amor al prójimo … el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables” (Benedicto XVI, 19-10-2008).

Como el Señor nos manda a “amar al prójimo como a nosotros mismos”, debemos ver qué significa eso y cómo se ama así. ¿Qué es amarse a uno mismo?

Vale la pena aquí detenerse un poquito, para revisar lo que se ha dado por llamar “auto-estima”, concepto que ha pretendido basarse en esta frase del Señor, en la que se dice que El nos manda a amarnos a nosotros mismos. Pero, viéndolo bien … ¿qué es amarse a uno mismo? ¿Significa amar a alguien estimar sus cualidades o, más bien, amarlo significa buscar su bien sin tener en cuenta cualidades y defectos? Asimismo, ¿significa amarse a uno mismo estimar las cualidades propias o, en cambio, significa buscar el propio bien y la propia complacencia? Apreciar las propias cualidades y el propio valer es estimarse a uno mismo. No significa esta estima amarse a uno mismo. Amarse a uno mismo es otra cosa: es buscar el propio bien y la propia complacencia. Y ésa fue la medida mínima que Dios nos puso para amar a los demás.

¿Qué nos quiere decir el Señor, entonces, cuando nos pide amar al prójimo como a uno mismo? Nos quiere decir que desea que tratemos a los demás como nos tratamos a nosotros mismos. Si nos fijamos bien, somos muy complacientes con nosotros mismos: ¡Cómo respetamos nuestra forma de ser y de pensar! ¡Cómo excusamos nuestros defectos! ¡Cómo defendemos nuestros derechos! ¡Cómo nos complacemos nosotros mismos, buscando lo que nos agrada y lo que necesitamos o creemos necesitar!

El precepto del Señor de amar a los demás tiene esa medida: la medida de cómo nos respetamos y nos complacemos nosotros mismos. Dicho más simplemente: debemos tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos, complacer a los demás como nos complacemos a nosotros mismos, ayudar a los demás como nos ayudamos a nosotros mismos, respetar a los demás como nos respetamos a nosotros mismos, excusar los defectos de los demás como excusamos los nuestros, etc., etc.

Amar al prójimo como a uno mismo no significa, por tanto, auto-estimarse, sino más bien seguir este otro consejo de Jesús: “Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes” (Lc. 6, 31). Nos amamos tanto a nosotros mismos que esa fue la medida mínima que puso el Señor para nuestro amor a los demás.

Debemos tener en cuenta, además, que nuestro amor al prójimo no puede depender de las cualidades de ese prójimo, ni siquiera de cómo sea el trato que ese prójimo nos dé. Nuestro amor a los demás depende, más bien, del hecho de que todos somos creaturas de Dios.

¿Cómo se ama al otro? Para contestarlo en pocas palabras: amar al otro es pensar en las necesidades del otro antes que en las necesidades propias. Es cumplir esta petición de Jesús: “Hagan a los demás todo lo que quieran que hagan a ustedes” (Mt. 7, 12).

La Primera Lectura nos trae un grupo de leyes referentes a los deberes para con el prójimo necesitado, con el correspondiente castigo para sus transgresores (Ex. 22, 20-26).

Pero una lista más completa la tenemos en las Obras de Misericordia, tanto espirituales, como corporales, que nos propone la Iglesia Católica. En esa lista vemos cómo amar al prójimo es estar atento a sus necesidades, que pueden ser espirituales (enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos); o materiales (dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres).

Sin embargo, es fácil amar a quienes nos aman y hacer bien a quienes nos hacen bien, pero cosa difícil es amar a quienes no nos tratan bien o a quienes -voluntaria o involuntariamente- nos causan algún desagrado o algún daño. Pero recordemos que Jesús nos ha dicho: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos. El hace brillar el sol sobre malos y buenos, y caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5, 43-45). Precepto difícil de cumplir, pero no imposible, pues Dios no puede pedirnos nada imposible. Amar a los enemigos significa perdonarlos, a pesar de lo que nos hagan, no desearles mal ni buscar la venganza y la retaliación, sino en cambio, desearles el bien y procurárselo cuando se presente la oportunidad.

Para tomar la medida de nuestro amor al prójimo podemos revisar en San Pablo su descripción del amor fraterno: “El amor es paciente y servicial. No tiene envidia. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra del mal. El amor disculpa todo… todo lo soporta” (1 Cor. 13, 4-7).

Decíamos que Jesús nos dio una medida mínima para nuestro amor al prójimo: amarlo como nos amamos a nosotros mismos. Pero también nos dio una medida máxima, que El nos mostró con su ejemplo: “Ámense unos a otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12). Y El nos amó mucho más que a sí mismo. ¿No dio su vida por nosotros?

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Opinión: Id a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda, por Angel Corbalán

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Hoy, Jesús nos muestra al rey (el Padre), invitando —por medio de sus “siervos” (los profetas)—, al banquete de la alianza de su Hijo con la humanidad (la salvación). Primero lo hizo con Israel, «pero no quisieron venir» (Mt 22,3). Ante la negativa, no deja el Padre de insistir: «Mirad mi banquete está preparado, (…) y todo está a punto; venid a la boda» (Mt 22,4). Pero ese desaire, de escarnio y muerte de los siervos, suscita el envío de tropas, la muerte de aquellos homicidas y la quema de “su” ciudad (cf. Mt 22,6-7): Jerusalén.

Así es que, por otros “siervos” (apóstoles) —enviados a ir por «los cruces de los caminos» (Mt 22,9): «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas…», dirá más tarde el Señor Jesús en Mt 28,19— fuimos invitados nosotros, el resto de la humanidad, es decir, «todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales» (Mt 22,10): la Iglesia. Aún así, la cuestión, no es sólo estar en la sala de bodas por la invitación, sino que, tiene que ver también y mucho, con la dignidad con la que se está («traje de boda», cf. v. 12). San Jerónimo comentó al respecto: «Los vestidos de fiesta son los preceptos del Señor y las obras cumplidas según la Ley y el Evangelio que son las vestiduras del hombre nuevo». Es decir, las obras de la caridad con las que se debe acompañar a la fe.

Conocemos que Madre Teresa, todas las noches, salía a las calles de Calcuta a recoger moribundos para darles, con amor, un buen morir: limpios, bien arropados y, si era posible, bautizados. Cierta vez comentó: «No tengo miedo de morir, porque cuando esté delante del Padre, habrá tantos pobres que le entregué con el traje de bodas que sabrán defenderme». ¡Bienaventurada ella! —Aprendamos la lección nosotros.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra del Señor

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Opinión: Derechos Torcidos, por Rafael Fenoy

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En este tiempo de desamparo, en esta etapa política, que dura ya largos años, la inmensa mayoría de la población ha perdido mucho. Sobre todo la confianza en un sistema político que se presentó, después de la larga noche dictatorial, como una etapa de esperanza, prometiendo que a fuerza de esfuerzo todo lo necesario sería posible.

Llevamos 38 años de una transición política que no acaba de finalizar y donde se repiten los viejos tics fraudulentos, los angostos comportamientos dictatoriales, los trapicheos, los enchufismos, los privilegios… de la antigua cultura autoritaria. Se han perdido en este corto, pero intenso camino, muchas ilusiones, mucho optimismo y sobre todo la seguridad de que el trabajo colectivo sostendría los derechos sociales, e incluso los ampliaría.
Y algunos han pretendido que, además de padecer la crisis, nos sintamos culpables. Y algunos siguen queriendo que veamos como normal el que el derecho a un trabajo digno en tu tierra, o que se cobren las pensiones, sean quimeras, sueños a los que se debe renunciar.

Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que los emigrantes de la época de Franco volvían a casa, en que los hijos tenían mejores oportunidades que sus padres, en que el derecho a la salud y las pensiones eran sagrados. Ahora la nada amenaza nuestras más legítimas aspiraciones, no a ser ricos, pero si vivir con dignidad en nuestra tierra, la tierra de quienes nos precedieron y poder heredar el inmenso patrimonio cultural y medio ambiental que nos legaron.
Millones han pedido todo, sus trabajos, sus viviendas, sus ansias de vivir dignamente. La juventud es consciente de que deberá asumir cualquier trabajo, a precio de saldo, a tiempo perdido, o mucho peor tendrá que emigrar, como hicieron sus abuelos, pero sin perspectiva de regreso, porque el modo de vida ha cambiado tanto que no parece tener vuelta atrás.

Los que aún conservan el trabajo han visto como su salario ha perdido poder adquisitivo en algo más de un 15,4%. Son testigos impotentes del abaratamiento y la facilidad (injustificable) de los despidos. Por mencionar un sector, entre 2010-2016, los docentes han dejado de percibir entre 10.000 y 16.000 euros del salario bruto (sin antigüedad) dependiendo del cuerpo al que pertenecieran, y ello no ha supuesto incremento de empleo, todo lo contrario, ya que ha aumentado su jornada laboral, han desaparecido mejoras laborales a mayores de 55 años, han sido penalizados por encontrarse enfermos, se han reducido las horas “oficiales” de preparación de clases y evaluaciones, y la necesaria cooperación entre docentes.

Y quienes son responsables de estos desmanes, amén de fraudes, estafas, robos… siguen jugando a “campañas electorales” pretendiendo comunicar que su desgobierno ha sido bueno y positivo. Si de verdad alguien ve que su vida ha mejorado no debe dudar en volver a votarlos, pero si no ha sido así ¿Cómo es posible que las encuestas proclamen que millones de votantes volverán a votarlos? Una de dos: o el miedo (irracional) a Podemos, ha ganado adeptos; o quizás, mucha gente se queja, porque está de moda, y en el fondo todo, en esta corrupción autoritaria, le va muy, pero que muy bien.

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El Centro Documental acoge la presentación de “Mis reflexiones II”, de Paco Domínguez

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El Centro Documental José Luis Cano ha acogido la presentación de la obra de Francisco Domínguez Caro, Mis reflexiones. Segunda parte. Se trata de reflexiones de temas comunes, muy variados, y cómodas para leer, como describe el propio autor.

El libro consta de 266 páginas, tiene 64 capítulos editado por Seleer. La presentación contó con José Ojeda Luque y Juan Emilio Ríos.

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Paco Domínguez presentó su libro “Mis Reflexiones”

Paco Domínguez presentará mañana su libro “Mis reflexiones”

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LA OPINIÓN DE…PACO DOMÍNGUEZ

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Hoy Paco Domínguez…”Peatones y conductores”.

Otros comentarios:

Paco Domínguez…”Fijar objetivos”.

Paco Domínguez…”Las cosas de los refranes”.

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LA OPINIÓN DE…PACO DOMÍNGUEZ

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Hoy Paco Domínguez…”Fijar objetivos”.

Otros comentarios:

Paco Domínguez…”Las cosas de los refranes”.

Paco Domínguez…”¿Y que es eso del carácter?”.

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LA OPINIÓN DE…ÁNGEL CORBALÁN

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Hoy Ángel Corbalán…”No somos todos iguales”.

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Ángel Corbalán…”Ser mayores sin ser viejo”.

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