Opinión: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?, por Ángel Corbalán

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Hoy, está muy de moda hablar del amor a los hermanos, de justicia cristiana, etc. Pero apenas se habla del amor a Dios.

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Por eso tenemos que fijarnos en esa respuesta que Jesús da al letrado, quien, con la mejor intención del mundo le dice: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,29), lo cual no era de extrañar, pues entre tantas leyes y normas, los judíos buscaban establecer un principio que unificara todas las formulaciones de la voluntad de Dios.

Jesús responde con una sencilla oración que, aún hoy, los judíos recitan varias veces al día, y llevan escrita encima: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29-30). Es decir, Jesús nos recuerda que, en primer lugar, hay que proclamar la primacía del amor a Dios como tarea fundamental del hombre; y esto es lógico y justo, porque Dios nos ha amado primero.

Sin embargo, Jesús no se contenta con recordarnos este mandamiento primordial y básico, sino que añade también que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Y es que, como dice el Papa Benedicto XVI, «amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero».

Pero un aspecto que no se comenta es que Jesús nos manda que amemos al prójimo como a uno mismo, ni más que a uno mismo, ni menos tampoco; de lo que hemos de deducir, que nos manda también que nos amemos a nosotros mismos, pues al fin y al cabo, somos igualmente obra de las manos de Dios y criaturas suyas, amadas por Él.

Si tenemos, pues, como regla de vida el doble mandamiento del amor a Dios y a los hermanos, Jesús nos dirá: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Y si vivimos este ideal, haremos de la tierra un ensayo general del cielo.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

En el Evangelio de hoy presenciamos un diálogo entre Jesús y un letrado de la Ley, que le hace una pregunta clave al Señor: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc. 12, 28-34). Y al concluir este diálogo Jesús le hace un comentario final: “No estás lejos del Reino de Dios”.

Y en esta respuesta el Señor hace gala de una promesa anterior: “No crean que yo vine a suprimir la Ley o los Profetas. No vine a suprimirla, sino a darle forma definitiva” (Mt. 5, 17).

Efectivamente, para responder a la pregunta, Jesús recordó un texto antiguo que nos trae la Primera Lectura tomada del Deuteronomio (Dt. 6, 2-6). Este libro es uno de los libros de la Ley antigua y la Primera Lectura contiene el texto que los judíos repetían dos veces al día como plegaria de la mañana y de la tarde, el cual comienza con la palabra: “Escucha” y continúa con el mandato: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

Pero no se queda el Señor con el solo mandamiento de amar a Dios, sino que le da a éste un toque nuevo, agregando que hay un segundo mandamiento también: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Con esta novedad complementaria del precepto antiguo, Jesús está cumpliendo lo que había dicho sobre la Ley de Moisés en el Sermón de la Montaña, cuando adivirtió que no la eliminaría, sino que la completaría, dándole la forma final.

Ahora bien, ¿por qué el precepto antiguo comienza con la palabra “escucha”? ¿Por qué la oración judía comienza también con esa palabra? “Escucha” es una invitación a meditar el precepto del Señor, para vivir de acuerdo a ese precepto. No es casual que el mandato de Yahvé comience con esa orden de “escuchar”. Porque para hacer vida la Palabra de Dios y sus mandatos no basta hablar y pedir, sino que hay que escuchar. Hay que escuchar a Dios. Es necesario orar, escuchando, para poder dejar que la Palabra de Dios penetre y se haga vida en nosotros, para poder ir haciendo la Voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida, no importen las circunstancias. Siempre es necesario “escuchar” para poder cumplir lo que Dios nos pide, pero la oración en escucha se hace particularmente importante cuando las “circunstancias” se vuelven especialmente difíciles en nuestro amor a Dios y al prójimo, y requerimos gracias especiales de Sabiduría y Fortaleza del Espíritu Santo.

Sobre la necesidad de orar escuchando para poder hacer la Voluntad de Dios, también nos advierte el mismo Jesús: “No es el que me dice ¡Señor! ¡Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo” (Mt. 7, 21).

Volviendo al personaje del Evangelio, el letrado que había hecho la pregunta a Jesús no podía dejar de estar de acuerdo con El, pero no se queda sólo en decir que está de acuerdo, sino que agrega que el amar a Dios y el amar al prójimo como a uno mismo, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Se ve que conocía la Ley y los Profetas, pues con esto recuerda palabras de los antiguos Profetas. Uno de ellos, Samuel, que fue el último Juez de Israel y también Profeta dijo: “A Yahvé no le agradan los holocaustos y sacrificios, sino que se escuche su voz.” (1 Sam. 15, 22). También Oseas, que supo bien lo que era el perdón y la misericordia, ya que a él, el Señor le hizo experimentar el dolor y la vergüenza de la traición, nada menos que de su esposa, a quien nunca dejó de amar. Así dice el Señor por su boca: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os. 6, 3-6).

Ahora bien ¿significa esto que Dios no desea nuestras ofrendas? De ninguna manera. Significa que primero que nuestras ofrendas, desea que lo amemos a El sinceramente y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. De allí que posteriormente Jesús ahonde esta idea con esta exigente advertencia: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24).

Esto textos son exigentes. ¡Bien exigentes! Responder bien por mal no es fácil. Perdonar cuando se nos ha ofendido injustamente no es fácil. Saludar y amar a quien es nuestro enemigo no es fácil. Amar a quien nos ha hecho daño no es fácil.

Y más que difícil, es imposible. Imposible si pretendemos cumplir estas exigencias con nuestras fuerzas “humanas”, que más bien nos orientan hacia otras direcciones: hacia el rencor, la venganza, el desquite, la discordia, la pelea, etc.

De allí que la oración en escucha a Dios sea indispensable para poder cumplir los mandatos exigentes y nada fáciles del Señor.

De allí que requiramos ese “escuchar” a Dios, el experimentar su misericordia para con nosotros, para dejar que sea El Quien ame a través de nosotros, ya que por nosotros mismos no podemos amar.

Esta incapacidad de amar por nosotros mismos nos lo recuerda San Juan en su Evangelio y en sus Cartas:

“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12). “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios. Todo el que ama conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor … El Amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10). El Amor viene de Dios. Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros.

Si oramos así con sinceridad, amando a Dios “con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas”, vamos bien. Si nos damos a El, y si amamos a nuestros hermanos “como a nosotros mismos”, vamos bien. Si los tratamos como deseamos ser nosotros tratados, haciéndoles el bien, perdonando, aunque seamos ofendidos, tal vez así Jesús pueda decirnos como al letrado: “no estás lejos del Reino de Dios”.

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