Opinión: Se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes, por Ángel Corbalán

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Hoy vemos cómo Jesús —que nos ama— quiere que todos entremos en el Reino de los cielos. De ahí esta advertencia tan severa a los “ricos”. También ellos están llamados a entrar en él. Pero sí que tienen una situación más difícil para abrirse a Dios. Las riquezas les pueden hacer creer que lo tienen todo; tienen la tentación de poner la propia seguridad y confianza en sus posibilidades y riquezas, sin darse cuenta de que la confianza y la seguridad hay que ponerlas en Dios. Pero no solamente de palabra: qué fácil es decir «Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío», pero qué difícil se hace decirlo con la vida. Si somos ricos, cuando digamos de corazón esta jaculatoria, trataremos de hacer de nuestras riquezas un bien para los demás, nos sentiremos administradores de unos bienes que Dios nos ha dado.

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Acostumbro a ir a Venezuela a una misión, y allí realmente —en su pobreza, al no tener muchas seguridades humanas— las personas se dan cuenta de que la vida cuelga de un hilo, que su existencia es frágil. Esta situación les facilita ver que es Dios quien les da consistencia, que sus vidas están en las manos de Dios. En cambio, aquí —en nuestro mundo consumista— tenemos tantas cosas que podemos caer en la tentación de creer que nos otorgan seguridad, que nos sostiene una gran cuerda. Pero, en realidad —igual que los “pobres”—, estamos colgando de un hilo. Decía la Madre Teresa: «Dios no puede llenar lo que está lleno de otras cosas». Tenemos el peligro de tener a Dios como un elemento más en nuestra vida, un libro más en la biblioteca; importante, sí, pero un libro más. Y, por tanto, no considerarlo en verdad como nuestro Salvador.

Pero tanto los ricos como los pobres, nadie se puede salvar por sí mismo: «¿Quién se podrá salvar?» (Mc 10,26), exclamarán los discípulos. «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27), responderá Jesús. Confiémonos todos y del todo a Jesús, y que esta confianza se manifieste en nuestras vidas.

(Rev. Xavier SERRA i Permanyer)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

Las Lecturas de hoy nos presentan a la Sabiduría Divina en oposición a las riquezas.

Comenzando con la Primera Lectura del Libro de la Sabiduría (Sb. 7, 7-11), se nos hace ver que la Sabiduría es por mucho preferible a los bienes materiales y a cualquier clase de riquezas, sea cual fuere, no importe su valor.

Por cierto, no se refiere el texto a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios. ¿Qué es la Sabiduría? Es aquel don mediante el cual podemos ver las cosas, las personas, las circunstancias de nuestra vida como Dios las ve; nos permite apartarnos de nuestros criterios humanos -limitados y equivocados- para ver desde la perspectiva de Dios.
Esa Sabiduría la elogia así la Primera Lectura: “La prefería a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza … todo el oro, junto a ella, es un poco de arena y la plata es como lodo”.

Ningún poder, ninguna joya, ninguna riqueza puede compararse con la Sabiduría. Por eso San Pablo considera “pérdidas” todas las “ganancias humanas” y considera “basura” cualquier cosa, comparada con Cristo, el Hijo de Dios, la encarnación de la Sabiduría misma. (cfr. Flp. 3, 7-8)
Quien quiera dejarse llevar por la Sabiduría Divina debe, primero que todo, leer, escuchar, meditar y comenzar a vivir la Palabra de Dios, porque -como nos dice el mismo San Pablo en la Segunda Lectura (Hb.4, 12-13): “La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma … y descubre los pensamientos e intenciones del corazón”.

Nadie puede permanecer indiferente si se deja escudriñar por la Sabiduría de Dios contenida en su Palabra. Si nos dejamos guiar por la Sabiduría Divina, tarde o temprano quedamos desnudos, todo queda al descubierto. Y … o cambiamos para dejarnos guiar por la Sabiduría o nos oponemos a ella.

Que equivale a decir que nos oponemos a Dios, pues Dios es la Sabiduría
misma.

Uno de los temas más delicados e incomprendidos de la Sabiduría Divina nos lo narra el Evangelio de hoy (Mc. 10, 17-30). Se trata del suceso del joven que se le acercó corriendo a Jesús para pedirle su consejo: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”.

La primera cosa que resalta es la inmediata respuesta de Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino Dios”. Con esto el Señor quiere hacer saber al joven que se ha dado cuenta de su fe. Prácticamente, le hace notar que se ha dado cuenta de que El es Dios.

Por ello quizá, Jesús avanza un poco más y no sólo le propone lo básico -los 10 Mandamientos- sino que “mirándolo con amor”, le propone la máxima expresión de Sabiduría: renuncia de todos los bienes terrenos, para seguirlo a El, Sabiduría Infinita. Es una invitación a desestimar la riqueza para estimar sólo a Dios.

Este personaje hubiera sido uno de los Apóstoles, pero lamentablemente, hoy ni siquiera sabemos su nombre: lo conocemos simplemente como el joven que no supo seguir a Cristo, “porque tenía muchos bienes”.

Y … ¿nosotros? ¡Cuántas veces no hemos hecho lo mismo que este joven!
¿Cuántas veces no hemos preferido las riquezas, el poder, las glorias, lo pasajero de este mundo, a Dios?

¿Cuántas veces nos hemos aferrado a lo perecedero, a lo que se acaba, a lo frívolo y vacío, para decir que no a Dios?

¿Cuántas veces no hemos dicho que no a Dios, para cambiarlo por una posición, un dinero, una joya, un poco de riqueza?

De allí la grave sentencia del Señor: “Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Algunos exégetas comentan que en realidad esta frase del Señor no era la hipérbole (exageración) que parece ser, sino que se refería a la dificultad que los camellos tenían para traspasar una de las puertas de entrada de Jerusalén, llamada justamente “El Ojo de la Aguja”. Con todo y que esta explicación “deshiperboliza” el comentario de Jesús, la dificultad para los ricos sigue existiendo.

Y ¿quiénes son los ricos? Jesús lo explica de seguidas en este mismo texto: “rico = el que confía en las riquezas”. Rico, entonces es todo aquél que confía más en los bienes materiales que en Dios. Ricos son todos los que, igual a este joven, prefieren las riquezas a Dios … o inclusive aquéllos que convierten a las riquezas en su dios.

No es éste el único pasaje del Evangelio en el que aparece la riqueza como un obstáculo muy difícil de superar para alcanzar la salvación. Pero … ¿es que la riqueza es mala en sí misma? ¿Es que es malo ser rico?
No parece ser así. Lo que sucede es que los seres humanos tenemos una tendencia muy marcada y muy peligrosa de apegarnos de tal forma a las riquezas que llegamos a colocar los bienes materiales por encima de Dios o, inclusive, en vez de Dios.

Sin embargo, la mayoría de los seres humanos parecemos no darnos cuenta de esto, sino que nos apegamos ¡tanto! a las riquezas y a los bienes materiales, como si éstos lo fueran todo. De allí la sentencia del Señor, que se completa con esta otra frase: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!”.

Por cierto, los discípulos se asombran y preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Contesta el Señor: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.
No hay salvación fuera de Jesucristo, el Hijo de Dios (ver Dominus Jesús). Para El todo es posible, aún la salvación de aquéllos que prefieren las riquezas a Dios.

Ahora bien, es cierto que Dios nos salva, pero no nos salva sin nuestra colaboración. ¿Y cuál es nuestra colaboración? Pues, nuestra respuesta positiva a la gracia divina, o sea, el ir aprovechando todas las gracias que Dios va derramando a lo largo de nuestra vida. Y el Señor, para quien todo es posible, quiere y puede quitarnos muchos pecados. Puede hasta desapegarnos de los bienes materiales.

Que el Señor, para quien todo es posible, pueda desapegarnos de las riquezas y hacer que las tengamos por “basura” al compararlas con la Sabiduría y con Dios mismo.

Siendo el 15 de octubre la fiesta de esa “sabia” Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús, recordemos palabras suyas sobre este tema: “Aunque duraran siempre los deleites del mundo, las riquezas y gozos, todo es asco y basura comparados con los tesoros divinos” (Moradas VI, 4, 10-11).

Sin embargo, pensemos en los que, teniendo una llamada especial del Señor –como la que tuvo el joven rico- sí han dejado todo por El.

Los Apóstoles en este pasaje le dicen al Señor: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”, a lo que Jesús responde: “Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por Mí y por el Evangelio, dejará de recibir en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”.

Y como comentario a esta promesa del Señor y a lo efímero de las riquezas, dejamos al Padre Emiliano Tardiff, quien fuera gran predicador mundial de la Renovación Carismática, a que, con su característica sabiduría, llena de un maravilloso humor, nos convenza de lo inconveniente que es apegarse a las cosas materiales y de cómo funciona el ciento por uno prometido por Jesucristo. ¡Es un recuento imperdible!

Estaba el Padre Emiliano Tardiff en una gira de predicación por África, en la que el Señor había realizado grandes prodigios de curaciones de todo tipo. Y solía el Padre contar en sus predicaciones esto que aparece también en su libro “Jesús está vivo”:

Un Prefecto africano, por cierto, protestante, quiso agradecer al Padre Emiliano por las curaciones que el Señor había realizado en dos miembros de su familia. Cuenta que este Prefecto estaba muy emocionado y le llevó un ‘regalito’ para que lo guardara como recuerdo … se trataba de un auténtico colmillo de elefante.

“Quise guardarlo en mi maleta, pero no cabía. Entonces lo envolví y continué el viaje. Sin embargo, tuve que pagar exceso de equipaje por culpa del dichoso colmillo que pesaba mucho. Al bajar del avión, por poco olvido el colmillo en la banda de equipajes. En una mano cargaba mi pequeña maleta y en la otra aquel envoltorio. El ‘regalito’ comenzaba a serme estorboso y costoso”.

Sucedió que una persona le hizo saber lo valioso que era un colmillo de elefante y los riesgos que se corrían con el tráfico del marfil. Y cuenta el P. Emiliano: “A partir del momento que supe el precio del colmillo y los riesgos que corría con él, cambió mi vida. Inmediatamente le compré una maleta especial que cuidaba con más esmero que la mía. En los aeropuertos crecían los problemas: al salir pagaba exceso de equipaje y al llegar tenía que orar así:

-Señor, yo soy testigo de que Tú abres los ojos a los ciegos. Ahora ciérraselos a estos señores para que no vean el colmillo … Tú sabes que es un ‘regalito’.

“Cuando me hospedaba en una casa, lo primero que guardaba y escondía era el costoso colmillo. A veces hasta lo ponía debajo de la cama, y al regresar de predicar por la noche, lo primero que hacía era arrodillarme para buscar mi colmillo. A veces lo sacaba y lo contemplaba por algunos segundos. Después de acariciarlo lo volvía a guardar cuidadosamente.

“Un día estaba en oración cuando de pronto comencé a pensar en el valioso colmillo y las preocupaciones y ansiedades que me habían venido desde que viajaba conmigo … Entonces exclamé en voz alta:

-Señor, qué razón tenías cuando dijiste ‘bienaventurados los pobres’, porque cuando yo no cargaba colmillo no tenía problemas como ahora
.

“Me levanté de la oración y regalé el colmillo, con lo que regresó inmediatamente la paz a mi corazón. Desaparecieron las preocupaciones, los excesos de equipaje y hasta las distracciones en la oración.

“Con esto he aprendido que los colmillos de elefante: llámese poder, dinero, gloria, cosas materiales, son siempre fuente de esclavitud. Lo peor es que ante ellos nos postramos y nos distraen del verdadero Dios. ¡Qué incómodos son estos colmillos! ¡Cuánto exceso de equipaje pagamos por ellos! ¡Qué pesados son, sobre todo cuando atrás del comillo cargamos al elefante completo!”

Continúa el Padre Emiliano:

“Que no necesitamos de los bienes materiales los que confiamos en el Señor, me lo demostró hermosamente el Dueño de todas las cosas. El boleto de Camerún y Senegal costó $1.680. Como era demasiado dinero para esos países tan pobres les pedí que no me dieran nada por mi trabajo, sino que simplemente pagaran el costo del boleto. Así, entre los dos países, me dieron $1.700”.

Alguien se enteró del asunto y le hizo ver que sólo le estaban dando $20. ¡Menos de un dólar por día! El Padre no dudó, sino que respondió, haciendo mención al Evangelio de hoy:

-No te preocupes, el Señor nos da el ciento por uno.

De regreso a casa después del viaje a África, el Padre comenzó a abrir la correspondencia retrasada y se tropezó con una que decía así: “Hemos pensado enviarte un ‘regalito’ para la evangelización. Al leer la palabra ‘regalito’, me acordé del colmillo de elefante y solté la carta asustado. En eso cayó de la misma un cheque por $2.000. ¡Exactamente cien veces más que los $20 que me habían dado en África! Yo me reí y le dije a Jesús:

-Se ve que eres un buen judío, pues has hecho perfectamente las cuentas al darme el ciento por uno…”

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