Opinión: A todo el que tiene, se le dará y le sobrará, por Ángel Corbalán

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Hoy, Jesús nos narra otra parábola del juicio. Nos acercamos a la fiesta del Adviento y, por tanto, el final del año litúrgico está cerca.

Dios, dándonos la vida, nos ha entregado también unas posibilidades -más pequeñas o más grandes- de desarrollo personal, ético y religioso. No importa si uno tiene mucho o poco, lo importante es que se ha de hacer rendir lo que hemos recibido. El hombre de nuestra parábola, que esconde su talento por miedo al amo, no ha sabido arriesgarse: «El que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor» (Mt 25,18). Quizá el núcleo de la parábola pueda ser éste: hemos de tener la concepción de un Dios que nos empuja a salir de nosotros mismos, que nos anima a vivir la libertad por el Reino de Dios.

La palabra “talento” de esta parábola -que no es nada más que un peso que denota la cantidad de 30 Kg de plata- ha hecho tanta fortuna, que incluso ya se la emplea en el lenguaje popular para designar las cualidades de una persona. Pero la parábola no excluye que los talentos que Dios nos ha dado no sean sólo nuestras posibilidades, sino también nuestras limitaciones. Lo que somos y lo que tenemos, eso es el material con el que Dios quiere hacer de nosotros una nueva realidad.

La frase «a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mt 25,29), no es, naturalmente, una máxima para animar al consumo, sino que sólo se puede entender a nivel de amor y de generosidad. Efectivamente, si correspondemos a los dones de Dios confiando en su ayuda, entonces experimentaremos que es Él quien da el incremento: «Las historias de tantas personas sencillas, bondadosas, a las que la fe ha hecho buenas, demuestran que la fe produce efectos muy positivos (…). Y, al revés: también hemos de constatar que la sociedad, con la evaporación de la fe, se ha vuelto más dura…» (Benedicto XVI).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”»

Las Lecturas de este domingo nos hablan de la parte que nos toca a cada uno de los seres humanos en nuestra propia salvación. Sabemos que la salvación es obra de Dios, por los méritos de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo en nosotros, pero a cada uno de nosotros nos toca una pequeña parte: nuestra respuesta a las gracias que el Señor nos da en cada momento y a lo largo de toda nuestra vida.

Para explicar un poco mejor cuál es la participación divina y cuál es la participación humana en nuestra propia salvación, nos apoyaremos en el acuerdo firmado en 1999 entre Luteranos y Católicos sobre la Doctrina de la Justificación. ¿Por qué usar este documento? Porque allí queda muy bien especificada la necesidad de nuestra respuesta a la gracia y el hecho de que nuestra santificación (o justificación) es obra de Dios, pero requiere nuestra respuesta.

Dice este documento: “La justificación es obra de Dios Trino … Sólo por gracia, mediante la fe en Cristo y su obra salvífica, y no por algún mérito, nosotros somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos a buenas obras”.

Es decir: Dios nos santifica, sin ningún mérito de nuestra parte, pues el Espíritu Santo, actuando en nosotros, nos capacita para que, respondiendo a la gracia, realicemos buenas obras.

Entrando ya en la Liturgia de la Palabra de este Domingo, vemos que el Evangelio nos trae la famosa parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30). En la época de Jesucristo, un “talento” significaba unos 35 kilos de metal precioso. Pero en esta parábola vemos que el Señor usa los talentos para significar las capacidades que Dios da a cada uno de nosotros, las cuales debemos hacer fructificar.

Cristo nos presenta el Reino de los Cielos como un hombre que llama a sus servidores para encargarle sus bienes.

A uno le dio cinco talentos, a otro tres talentos y al último solamente un talento. Los dos primeros duplicaron sus talentos y el último escondió el único talento que le dieron.

Al regresar el amo, los dos primeros son felicitados, se les promete que se le confiarán cosas de mucho valor y se les invita “tomar parte en la alegría de su Señor”. Es decir que los que hicieron fructificar sus talentos llegaron al Reino de los Cielos.

Pero el que no, le fue quitado el talento que guardó sin hacer fructificar y, además, es echado “fuera, a las tinieblas, donde será el llanto y la desesperación”. Es decir, el servidor que no hizo frutos, será condenado igual que un pecador. ¿Por qué?

Porque también es un pecador. Hay un tipo de pecado, llamado “pecado de omisión” que se refiere, no a lo que se ha hecho, sino a lo que se ha dejado de hacer. Y todo aquél que no responde a las gracias recibidas de Dios, peca por omisión.

Dios distribuye sus gracias a quién quiere, cómo quiere, cuándo quiere y cuánto quiere. Lo importante no es recibir mucho o poco, más o menos que otro. Esta parábola nos muestra que Dios reparte sus dones en diferentes medidas. Lo importante es saber que Dios da a cada uno lo que necesita para su salvación, y lo da en la forma y en el momento adecuado: “Mi gracia te basta” (2 Cor. 12. 9). “Tú les das la comida a su tiempo. Abres la mano y sacias de favores a todo viviente” (Sal. 145, 15).

Además, Dios exige en proporción de lo que nos ha dado. “A quien mucho se le da, mucho se le exigirá” (Lc. 12, 48). Y lo que nos ha dado es para hacerlo fructificar.

¿Qué espera Dios de nosotros? Que con las gracias que nos da demos frutos de virtudes y de buenas obras. Dicho en otras palabras: El nos da las gracias, y espera que aprovechemos esas gracias. Aprovechar las gracias es crecer en virtudes y en servicio a los demás.

Tomemos, por ejemplo, una de las virtudes que Dios nos ha dado: la Fe, la cual consiste en creer las verdades divinas. Y creer simplemente porque El nos las ha revelado, aunque las apariencias nos digan otra cosa.

Esa fe en Dios deberá fructificar al traducirse en una fe más profunda que nos lleva a tener una total confianza en Dios, en sus planes para nuestra vida y en su manera de realizar esos planes.

Además, porque creemos en Dios, creemos que debemos a amarnos como El nos ha amado. De allí, entonces, que la fe también debe producir frutos de buenas obras en servicio a los demás, en solidaridad con el otro, en compasión con quienes necesitan ayuda, en el perdón a los que nos hacen daño.

Sin embargo, es importante recordar siempre esto: sería tonto creer que somos nosotros mismos los que hacemos fructificar nuestro talentos. ¡Qué lejos estamos de la verdad cuando así pensamos!

Otro talento adicional que Dios nos da es la misma capacidad de responder a sus gracias. Por nosotros mismos, sencillamente, no podemos. El ser humano no es capaz por sí mismo de ningún acto que lo santifique. Y con ese talento adicional que Dios nos da de responder a sus gracias, podemos y debemos cooperar en nuestra propia salvación. Es lo que Dios espera de nosotros.

Veamos otros pasajes bíblicos en que El Señor nos recuerda todo esto:

“Nadie puede venir a Mí si el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44). Aquí el Señor nos habla de la necesidad que tenemos de la gracia divina, pues nada podemos por nosotros mismos.

“Yo soy la Vid y mi Padre el Viñador. Si alguna de mis ramas no produce fruto, El la cortará, y poda toda rama que produce fruto para que dé más” (Jn. 15, 1-2). Nos indica la necesidad de cooperar con la gracia divina, dando buenos frutos; de cómo Dios nos capacita para dar aún más frutos, y del riesgo que corremos de no producir frutos.

De allí que en la Aclamación Evangélica cantamos con el Aleluya este llamado del Señor: “Permanezcan en Mí y Yo en ustedes; el que permanece en Mí da fruto abundante” (Jn. 15, 4-5).

“Por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia que me confirió no ha sido estéril. He trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15, 10). Nos muestra que no somos capaces de nada sin la gracia divina y también la necesidad que tenemos de responder a esa gracia.

“He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de la santidad, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez” (2 Tim. 4, 7-8). Nos habla de nuestra correspondencia a la gracia y del premio prometido a quienes hagan fructificar la gracia.

La Primera Lectura tomada del Libro de los Proverbios nos habla de la esposa virtuosa. Puede tomarse pensando en la mujer casada, pero puede referirse también a la Iglesia como esposa de Cristo.

La Iglesia – es decir, cada uno de nosotros los cristianos- debemos ser como esa esposa fiel, que sabe trabajar respondiendo a las capacidades que Dios le da, que sabe ayudar al desvalido, que respeta a Dios y que termina siendo “digna de gozar del fruto de sus trabajos”. Es decir, si somos como la esposa virtuosa, podremos llegar a disfrutar del premio prometido: nuestra salvación eterna.

La Segunda Lectura de San Pablo que nos trae la Liturgia de hoy (1 Tes. 5, 1-6) coincide con el final de la parábola de los talentos, en la que el Señor nos dice que cuando El vuelva y nos pida cuentas, los que no hayan dado frutos serán echados fuera del Reino de los Cielos, y los que hayan dado frutos entrarán a gozar de la presencia del Señor.

En su carta San Pablo nos habla de la sorpresa que será la venida del Señor: “El día del Señor llegará como un ladrón en la noche … o como los dolores de parto a la mujer encinta y no podrán escapar”. Siempre se nos habla de la sorpresa con que nos llegará ese día, por lo que se nos invita a una constante vigilancia.

“En la venida del Hijo del Hombre, sucederá lo mismo que en los tiempos de Noé … no se daban cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos” (Mt. 24, 37-39). “Cuando estén diciendo: ‘¡Qué paz y qué seguridad tenemos!’ de repente vendrá sobre ellos la catástrofe” (1 Tes. 5, 3). “Así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será le venida del Hijo del Hombre en su día” (Lc. 17, 24).

Sin embargo, San Pablo nos insiste en que no debemos tener miedo, simplemente debemos estar preparados en todo momento, como nos invitaba el domingo anterior la parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes.

Así nos dice San Pablo hoy: “A ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz del día, no de la noche y las tinieblas. Por tanto, no vivamos dormidos … mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.

En resumen, la Palabra de Dios hoy nos invita a vivir vigilantes respondiendo a la gracia que Dios nos da en todo momento. Esta respuesta significa ir creciendo en virtudes y dando frutos de buenas obras. Recordemos que Dios nos otorga su gracia como un tesoro que es necesario poner a producir, pues hacer lo contrario significa la pérdida de ese tesoro y el riesgo de no recibir la salvación eterna.

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