Ni viejos ni nuevos, por el cierre de los CIES ya

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En los oscuros días de 1939, cuando no menos de medio millón de demócratas españoles cruzaba los Pirineos para huir del fascismo, Francia los recibió con campos de internamiento. Algunos de ellos, tan siniestros que luego fueron utilizados por los nazis para encerrar judíos.

Sus nombres todavía perviven en la memoria de sus supervivientes. El campo de Gurs, que fue el más importante, o el más inquietante; el de Argelés-sur-Mer, junto a una playa; el de Sain-Cyprien y Barcarés, el de Septfonds, el de Rivesaltes o del de Vernet d´Ariége, que fue el que luego marcó el paso de la oca.

¿Se hubieran alegrado aquellos republicanos fugitivos que en lugar de refugio les encerraban entre alambradas, si las autoridades francesas les hubieran prometido construir un campo nuevo en lugar de cerrar los que existían?

Casi ochenta años después, ahora en España, asistimos al mismo disparate.

Ni refugiamos a los refugiados ni prestamos otra atención a los que escapan de la miseria, del hambre y de la falta de expectativas que unas prisiones a las que no llamamos prisiones sino Centros de Internamiento para Extranjeros, CIEs.

Hoy 15 de junio, en toda España, llevamos a cabo una serie de acciones para visibilizar que los CIEs existen, que la rabia y la vergüenza pueden tocarse, que tras esos muros, en numerosos CIEs, se han cometido crímenes, pero los inmigrantes allí confinados no han sido los verdugos, sino las víctimas.

Allí encarcelamos a los que oficialmente no podemos encarcelar aunque ganas no les falten de hacerlo a nuestras autoridades que hoy, quince de junio, quizá celebren los cuarenta años de nuestras primeras elecciones democráticas. Ojalá los inmigrantes detenidos en estos establecimientos que se supone que no son penitenciarios, pudieran también celebrar nuestra democracia.

Como no queremos cambiar la realidad, cambiamos las palabras. En vez de detenerles, les interceptamos. En vez de encarcelarles, les retenemos.

Si al cruzar clandestinamente una frontera no han cometido delito alguno sino una simple falta, cambiemos la ley para convertirles en delincuentes en lugar de simples y honrados buscavidas.

Cuando quieren convertirse en trabajadores, a ser posible con derechos, le imputamos un supuesto delictivo contra el derecho de los trabajadores.

Se pongan como se pongan, digan lo que digan, las cárceles son las cárceles. La de la Piñera, en Algeciras, lo fue. Por allí pasaron también viejos republicanos que habían saltado sin permiso las alambradas de la falta de libertad. También, contrabandistas, logreros, pacifistas, sablistas, homicidas, narcos y proxenetas. Si ahora cruzáramos sus puertas nos encontraríamos con gente que llegó hasta aquí siguiendo la estrella de oriente de los sueños, que quizá eran maestros o albañiles, cantantes o chachas, proletarios del mundo que decidieron unirse para cambiar su mundo ya que no podían cambiar el resto. ¿Ese es un crimen que deben pagar con la cárcel?

El Gobierno español, pionero en su género para la actual Unión Europea, ha recortado hasta el ridículo la ayuda a la cooperación con África, salvo que la ayuda a la cooperación se conceda como un chantaje para cerrar fronteras. Y se utilizan para construir vallas con concertinas, laberintos de metal donde mueren porteadoras, sistemas electrónicos de detección o centros de internamiento, los presupuestos que antes bien debieran utilizarse para evitar que todavía sigan muriendo niños por sarampión, que el Sida arrase regiones como un huracán sin nombre, que secuestren niñas o violen utopías, que el fanatismo cambie la esperanza por rencor, que la corrupción mate como si fuera una guerra, que la esclavitud conserve sus condiciones laborales aunque se llame de otra forma.

Seguimos levantando barrotes tercamente cuando mejor debiéramos levantar recién nacidos en brazos de la solidaridad, ancianos a los que no aguarde necesariamente un pudridero, jóvenes que no tengan por qué poner su destino en las manos de una mafia y padres o madres que puedan serlo sin tener que abandonar su patria.

Y, desde la América primero de Donald Trump, al norte de África, seguimos construyendo empalizadas, muros por los que no pasan nunca las rutas del terror a mano armada que tanto nos escalofría sino que intentan simplemente saltarlos aquellos que siguen la brújula de la desesperación y que no vienen a Europa buscando pelea sino aquel viejo oasis del que les hablaron donde antes existía, dicen, el bienestar y las libertades.

Si no quieres CIEs, toma dos tazas. En lugar de cerrar definitivamente el de La Piñera o el antiguo cuartel de la Isla de las Palomas, en Tarifa, el anuncio de construcción de un nuevo CIE en Algeciras se produce cuando el número de inmigrantes irregulares desciende en Europa, cuando utilizamos a Turquía como muro de contención de aquellos que huyen de todas las guerras de todo el Magreb, cuando aquellos que más están llegando a este lado del mundo siguen siendo sirios, a pesar de que apenas les permitamos alcanzar las oficinas de refugio en la frontera de Melilla, salvo que paguen bajo cuerda a los guardias marroquíes.

Ahora que queremos cambiar a Europa para que siga siendo Europa, quizá sería bueno empezar a distinguir entre medidas de seguridad reales contra aquellos que ejercen el despotismo de la violencia, y la generosidad del abrazo hacia aquellos que buscan, simplemente, la tierra prometida.

Treinta y tres años después de que aparecieran los primeros cadáveres de espaldas mojadas en las costas del Estrecho, nos seguimos haciendo las mismas preguntas que entonces:
¿Por qué se ponen en manos de una mafia que les explota, les extorsiona, les viola y les empuja al peligro de un naufragio?
Porque los países europeos no le ofrecen documentación para poder cruzar en un ferry o en un avión.

¿Por qué deciden venir sin documentos en regla?
Porque no está clara la regla por la que la Unión Europea concede esos documentos.

¿Por qué no concede visados la Unión Europea?
Porque no quiere que aumente el número de inmigrantes.

¿Y así no aumenta el número de inmigrantes?
Así no crece el número de inmigrantes con papeles.

Pero aumenta el número de inmigrantes sin papeles.
Si, pero también sin derechos. Ni deberes.

Sin embargo, la gente protesta y crece el fascismo.
Si, pero no importa: los partidos tradicionales asumen la política del fascismo y así el fascismo no crece tanto como pensábamos que iba a crecer.

Ah, claro, ahora comprendo por qué la Unión Europea no concede visados.
La culpa la tienen ellos, los inmigrantes, por leer a Mario Benedetti, que también lo fue y que quería ser feliz aunque no tuviera permiso.

Dos de cada tres de los inmigrantes que son ingresados durante sesenta días en los CIEs son puestos en libertad al finalizar dicho periodo. ¿No pudieran aguardar esa decisión burocrática en cualquier otro domicilio, lejos de esas celdas que oficialmente no son celdas, fuera de ese limbo que a menudo recuerda a un infierno? La falta de acuerdos bilaterales provoca que tan sólo los oriundos de Marruecos o de Senegal suelen ser devueltos a sus países de origen. El resto permanece durante dos meses en ese lugar en ninguna parte, en donde de tarde en tarde, desde Barcelona a Madrid o Málaga, su única puerta de salida fue la muerte.

¿Por qué no son sustituidos los CIEs por pisos tutelados, por brazaletes electrónicos, por la simple retirada del pasaporte si es que lo tuvieran, por la obligación de presentarse en comisaría cada quince días como si fueran como alguno de esos defraudadores con suficiente dinero para pagar su fianza? Eso, al menos, se preguntan muchos expertos. Nosotros entendemos, sin embargo, que los que logran llegar hasta aquí después de poner en peligro sus vidas quizá podrían merecer el simple gesto de confianza de un apretón de manos.

Los aquí presentes, gente del Campo de Gibraltar acostumbrada a sobrevivir durante siglos, no queremos que el nombre de la muy noble y muy leal ciudad de Algeciras, en la que vivimos, siga viéndose asociado a un CIE, el último de Andalucía, sea en un edificio antiguo o en un inmueble de nueva construcción. En definitiva, uno de esos lugares terribles que quizá terminaremos recordando como, casi ochenta años después de la guerra civil española, rememoramos a los siniestros campos de internamiento que brindó Francia a nuestros bisabuelos como único regalo de bienvenida al supuesto país de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

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