Opinión: La justicia dependiente, por Rafael Fenoy

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¡Que si!, Que ya se sabe aquello de la independencia de los poderes del estado democrático. En los libros de teoría política, el triangulo formado por los clásico poderes legislativo, ejecutivo y judicial aparece nítidamente marcado. Y todo porque se supone que quienes gobiernan no lo hacen motu propio por el bien del pueblo. Y ¡claro” debe haber otros poderes que atemperen las ansias desmedidas de “ponerse las botas” a fuerza de robar todo lo que se pueda, si es público mejor. Aunque han descubierto que se puede robar a otros y el Estado correr con los gastos.

La jueza Alaya hace escasos días se ha despachado a gusto en la Facultad de Derecho de Granada, en el desarrollo de una conferencia organizada por el Foro para la Concordia Civil, con el sugerente título «La independencia judicial en una sociedad democrática».

Las escandalosas verdades que pronunció se quedarán en un momento de lúcida crítica que en nada afectarán al orden establecido ya que las conclusiones se formulan desde premisas estériles si de transformar este tortuoso mundo de la política se trata. Porque al final todo está en manos de políticos. Después de la muerte de Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios, el poder monolítico ejercido por una oligarquía de grandes banqueros, grandes familias y factótums del régimen, tenía que cambiar de forma para que todo cambiara sin cambiar nada.

Y llegan los partidos políticos y los políticos primerizos que en ellos se embarcan y reman prudentemente, despacito, casi sin dejar ondas en el agua de torrenteras por donde transitaba las ansias de libertad de un pueblo al que se le prometía todo después de 40 años de dictadura. Y poco a poco fueron invadiendo todos los espacios que el poder oficial iba dejando vacíos, primero con la UCD y después con el PSOE que consumó el mapa autonómico actual, en el que florecieron sillones a miles para la casta política y se multiplicaron por 17 los poderes ejecutivos y legislativos.

Pero eso sí sin dejar que el poder judicial campara por sus respetos. Y en la constitución ya se consumó el modelo que permite que la política mangonee los tres poderes, sin que pueda existir independencia alguna.
Podría haberse optado por una división real, dejando al estamento político sólo la llave del poder legislativo, que es el único que se elige en las urnas. Y con una buena administración pública profesionalizada ¿para qué políticos en el ejecutivo? Que sea el parlamento quien dirija a las administraciones mediante las leyes, que eso es lo que debe imperar en un “Estado de Derecho”. La Justicia profesionalizada, preparada y ajustándose a las leyes del legislativo no requeriría de mayores cuidados. Pero eso no sucedió y ahora jueces y fiscales manifiestan amargamente las constantes injerencias en sus actuaciones de la política, de sus jefes políticos.

Por eso a la Jueza Alaya se le ocurre en este maltrecho panorama que sólo las acusaciones populares pueden salvar a la justicia. Animando a que se utilicen y que se les facilite medios económicos para poder ejercerlas de verdad. Estaría bien una reforma fiscal para que todos los dineros que la ciudadanía invierte en acusaciones populares pudiera desgravarse del IRPF.

Fdo Rafael Fenoy Rico

La juez Alaya rompe su silencio: «Hay una justicia poderosos y otra para los que no lo son»
La magistrada arremete contra los poderes políticos, a quienes culpa de la falta de independencia

La juez Mercedes Alaya, conocida por la instrucción de causas como la de
los falsos ERE de la Junta de Andalucía o los cursos de formación, ha
ofrecido este jueves una conferencia crítica acerca de la
independencia judicial. La reaparición de la magistrada ha tenido lugar
en la Facultad de Derecho de Granada, en un acto organizado por el Foro para la Concordia Civil.
Bajo el título «La independencia judicial en una sociedad democrática», la
conferencia de Alaya ha resultado ser un sesudo monólogo en el que ha
lamentado una y otra vez las injerencias del poder político en la
actividad del poder judicial, lo que supone un ataque contra la división de
poderes de los estados democráticos. Con bella parsimonia ha llegado, ha
dejado el abrigo sobre la silla, ha tomado asiento y ha comenzado a repartir
a zurdas y a diestras. Sin distinción de colores. Ha tenido hasta para la
prensa cuyos consejos de administración están copados por políticos.
«Los jueces están solos ante el peligro», ha señalado Mercedes Alaya.
La juez ha descargado su forma de ver el mundo judicial ante una sala
abarrotada que no daba crédito a las declaraciones de la magistrada. Ha
advertido de la paulatina y grave pérdida de independencia que
padece el gremio. Las consecuencias han quedado sintetizadas en pocas
–y sin embargo lapidarias– palabras: «Hay una justicia para poderosos y
hay una justicia para los que no lo son».
En su análisis, ha arremetido contra la jerarquización a la que está
sometida la justicia, lo que provoca una «peligrosa» merma de la
independencia de jueces y fiscales. Los nombramientos de los miembros
del Consejo General del Poder Judicial o del Fiscal General del Estado
desembocan en que haya profesionales que «proyectan su carrera con
fines políticos», pues «los que mejor se relacionan con los políticos
llegarán más lejos que los que tengan más capacidad».
Según la magistrada, «no hay el menor atisbo de posibilidad de
actuación al margen del que está por encima». La elección de jueces y
fiscales, ha dicho, debería partir del consenso absoluto de todos los
partidos políticos. «Que se pongan de acuerdo», ha remachado
mientras golpeaba la mesa. Alaya también ha lamentado la «carencia de
autonomía presupuestaria» del CGPJ, que se traduce en que estén
«siempre limosneando». Por tanto, se dan «situaciones bochornosas» en
reuniones en las que se baila «al soniquete de los políticos» mientras los
jueces trabajan «con una escasez de medios intolerable» salvada con
«un gran esfuerzo personal» que merca su vocación.
Un largo y sonoro aplauso le ha dado la razón al término de su
ponencia. «Lo que ha soltado no lo dice nadie en España»,
comentaban algunos asistentes eufóricos en los corrillos: «Está enfada, se
nota; es normal…».
Acusaciones populares: la salvación de la justicia
Mercedes Alaya ha querido hablar en Granada como ciudadana. Y como
ciudadana, entre dardo y dardo a los poderes, ha reservado algunas
palabras dirigidas expresamente a sus iguales, a quienes ha tratado de
concienciar; no sólo en los problemas, sino también en las soluciones. «La
única solución es que estos procedimientos se mantengan gracias a
las acusaciones populares», una forma de personación que cumple con
la premisa de que «la justicia emana del pueblo». Según la magistrada, no
hay mayor representación de la voluntad ciudadana que las acusaciones
populares, las cuales «pueden complementar el ejercicio de la acción
pública», por lo que considera oportuno que sean apoyadas
económicamente.

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